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¡Nikita, lo que se da no se quita! 

Fidel Castro y Nikita Kruschev

LA HABANA, Cuba. –  Tras el quinto aniversario de la muerte de Fidel Castro, el pasado 25 de noviembre de 2021, cabe recordar aquellos terribles días que vivimos los cubanos durante la Crisis de los Misiles, cuando estuvimos a punto de desaparecer del mapa por primera vez en nuestra historia. 

Todo comenzó el día 3 de julio de 1962, cuando a Raúl Castro, estando en una casa de protocolo del Kremlin, le dieron a firmar el documento más importante de su vida: la aprobación para instalar en la Isla misiles con cabezas nucleares.

Dicen que sus manos temblaban y que no podía ocultar su nerviosismo, que lo acompañaban varios colaboradores de Nikita Kruschev y que preguntó: “¿Cómo acabará todo esto?”. 

Luego, tuvo una larga conversación con su hermano Fidel y con Ernesto Guevara. Nunca se supo lo que hablaron, pero era de imaginar que aquellos tres hombres estaban de acuerdo con los dirigentes soviéticos, sobre todo cuando Cuba comenzaba a tener dificultades económicas por la escasez de productos  alimenticios.

A finales de ese mes, el panorama cubano comienza a cambiar, cuando seis naves soviéticas descargan armas y militares en puertos habaneros y días después el régimen manda a fusilar a casi 500 activistas anticastristas.

Todo estaba listo para una invasión: mientras los países de la OEA expulsan a Fidel Castro y allá en la URSS Kruschev ve tambalearse el socialismo luego de la construcción del muro de Berlín.

En su dacha de Peredelkino, muy cerca de Moscú, con el Politburó reunido junto al corresponsal de la Agencia Tass, pidió que convencieran a Castro de que “no existía otra opción para garantizar la defensa de Cuba que asustar a Kennedy con una guerra de misiles, aunque se sabía que el presidente norteamericano no sería capaz de aceptarla, como lo haría cualquier cretino”. 

Fidel consultó la propuesta del Kremlin. Consultó a toda su camarilla política. ¿Cómo convencer a la izquierda latinoamericana, que empezaba a dudar de él, de que no se había convertido en un satélite de la URSS? El Che le dio la razón a Kruschev: “Cualquier cosa que pueda detener a los yanquis merece la pena”, dijo.

Cuando Raúl llegó a Cuba el 17 de julio, luego de varias reuniones, Fidel firmó el acuerdo de la instalación de 40 plataformas de lanzamiento de misiles y envió a Moscú la copia firmada con el Che Guevara y Emilio Aragonés, jefe de las Milicias. Estos le pidieron a Nikita que hiciera público el Acuerdo, según deseo de Fidel, y Nikita respondió: “De eso nada”. Entonces el Che preguntó: “¿Y qué sucedería si los yaquis atacaran a Cuba?”. Kruschev se encogió de hombros y casi se rió. El Che propuso que firmaran todos y Kruschev exclamó: “Yo firmaré cuando vaya a Cuba próximamente”.

En realidad, desde mayo de 1962, la flota soviética había comenzado a instalar bases de lanzamiento y, en julio, ya los buques soviéticos habían comenzado a descargar lo necesario para la “Operación Corsario”, como se llamó en Moscú.  

Ya en octubre de ese año había 43 000 soldados soviéticos en la Isla y numerosos misiles nucleares apuntados a Estados Unidos, que podían causar la muerte a 80 millones de estadounidenses.

El mundo se estremecía al borde de una tercera guerra mundial, mientras Fidel pedía a Kruschev que atacara primero en caso de invasión a Cuba.

Al final de la historia, triunfa la paz y la cordura. No obstante, Castro nunca se quitó su uniforme de guerra. Colérico, convocó a un gran mitin el 1 de noviembre. Al cabo de más de 60 años, todavía se recuerda aquella consigna suya para que un pueblo se movilizara y coreara en términos ofensivos: “Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”. Esa fue su venganza. Ni siquiera obtuvo sus cinco condiciones para recibir a los inspectores de la ONU.  

El 5 de diciembre, todavía enfurruñado al no formar parte del acuerdo de la Crisis de los Misiles, confisca miles de comercios de ropa, zapaterías y ferreterías.

Fuentes: 

Cuba-Estados Unidos, Cronología. Jane Franklin, Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2015. 

Castro el desleal, por Serge Raffy, septiembre 2004, Madrid.

Cuba. Cronología, Fornés-Bonavía Dolz, Editorial Verbum, 2003, Madrid.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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“The Courier”, o cómo el castrismo casi extingue a la humanidad

The Courier película

MIAMI, Estados Unidos.- Desde que se aliara al sistema comunista internacional, el castrismo mostró su habilidad de influencia y expansión no solo en el área latinoamericana, sino en otros lugares distantes y ajenos del mundo, donde cumplieron los designios de la Unión Soviética, como uno de sus más rebeldes y diligentes satélites.

Las escasas obras artísticas que se aproximan a narrar capítulos de tan perniciosas aventuras son bienvenidas y convenientes para las nuevas generaciones.

Existe, por supuesto, una notable diferencia entre los amagos del actual socialismo, disfrazado de oveja, que florece en los Estados Unidos y en otros países democráticos, y aquel universo original, complejo y represivo, aislado por el muro de Berlín, donde el comunismo se sentía a sus anchas desde el punto de vista geopolítico, impelido por líderes reconocidos y respetados en organizaciones internacionales —aunque cometieran crímenes de lesa humanidad— así como por influyentes artistas e intelectuales, de no menos celebridad, quienes solían recibir el Premio Stalin por la Paz, transformado luego en Premio Lenin cuando Nikita Khrushchev denunció, precisamente, los atropellos del estalinismo.

Vale la pena mencionar algunos de los creadores que merecieron dichos galardones, sin entrar a considerar que provenían de regímenes dictatoriales y enaltecían figuras nefastas para el bienestar de la humanidad: Jorge Amado, Anna Seghers, Ilya Ehrenburg, Paul Robeson, Pablo Neruda, Bertolt Brecht, Nicolás Guillén, Louis Aragon, Pablo Picasso, Oscar Niemeyer, Rafael Alberti, Miguel Ángel Asturias, Joris Ivens y Miguel Otero Silva, entre otros.

Eran unas relaciones tan cómplices y oportunistas, que estos famosos culturales no tuvieron miramientos para compartir, con el paso del tiempo, la nómina de premios con crueles dictadores como Fidel Castro, Leonid Brezhnev, János Kádár, Sukarno y el propio Khrushchev.

Afortunadamente el mundo cambió y solo Corea del Norte, China, Laos, Vietnam, Cuba, Nicaragua y Venezuela integran los últimos bastiones de un sistema social en bancarrota, porque el tristemente célebre “campo socialista” ya se disipó para beneficio de la humanidad.

A propósito de estas circunstancias, ahora se puede disfrutar en diversas plataformas de streaming, así como en algunas salas de cine, el thriller político “The Courier” (El mensajero), que vuelve a remontar los tiempos de la llamada guerra fría, cuando el enfrentamiento ideológico no se andaba con suspicacias y a los soviéticos se les ocurrió instalar cohetes, con potenciales ojivas nucleares, en Cuba, dando lugar a la peligrosa Crisis de Octubre o de los Misiles en 1962, cuando estuvimos cerca de la tercera conflagración mundial.

En esta ocasión, la historia se cuenta desde la perspectiva de dos personas que revelaron el secreto militar ofensivo de los soviéticos a las agencias occidentales de inteligencia: un hombre de negocios británico, sin ningún otro atributo, Greville Wynne, y el coronel de la nomenclatura militar soviética Oleg Penkovsky.

Para el primero constituyó una insospechada y peligrosa tarea patriótica de espionaje aficionado. Mientras que, para el militar ruso, veterano de la Segunda Guerra Mundial, leninista convencido, la idea era evitar la escalada de la carrera armamentista en el área nuclear.

La película muestra, en detalle, dos sociedades en las antípodas, una vigilada, represiva, donde los antagonistas son eliminados físicamente y los niños sufren el adoctrinamiento ideológico, entre otras atrocidades.

Y la democracia, con sus errores enmendables, de personas libres, capaces de enfrentarse, duramente, al bullying de funcionarios gubernamentales mediante francas discusiones. Un mundo que corresponde a la realidad del ser humano con sus ambiciones, esperanzas y frustraciones.

Cuando Penkovsky logra viajar a Londres, como parte de una delegación comercial, Wynne lo invita a cenar a su casa. Gesto que no puede reciprocar el militar ruso porque en la URSS le tienen prohibido agasajar a un extranjero en su hogar.

Estas y otras divergencias son constantemente recordadas, como lecciones oportunas para las nuevas generaciones nacidas y criadas en libertad que, extrañamente, suelen buscar una alternativa social a su suerte con un supuesto socialismo democrático.

La película presenta la reveladora reunión de Khrushchev con los cabecillas de su dictadura del proletariado, donde discuten sobre una isla del Caribe a donde han extendido su influencia.

Durante el encuentro, cierto burócrata comenta despectivo: “Cuba ha dado más problemas de lo que vale. Es nuestro único punto en América Latina pero demasiado aislada, no podemos expandirnos desde allí, es un punto débil para nosotros”.

A lo cual responde Khrushchev: “Pero podemos convertirlo en un punto débil para los estadounidenses”, idea que dio lugar a la siniestra instalación de las armas nucleares a pocas millas de territorio americano, por primera vez en la historia.

“The Courier” es una película a la vieja usanza, de héroes y traidores, sin el agobio y la hipocresía de los nuevos parámetros de realización en Hollywood.

Atañe un asunto siempre tan emergente como el de salvar a la humanidad de una ideología donde la crueldad y la violencia se ponen en práctica para sojuzgar al prójimo, a como dé lugar, sin valorar las aciagas consecuencias.

Cine Cubano en Trance con Alejandro Ríos.
Dilucidar la isla y su cultura a partir del séptimo arte que la denota. La intensa quimera de creadores, tanto nacionales como foráneos, que no cesan de manifestar una solidaria curiosidad por tan compleja realidad, es parte consustancial de esta sección

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Gracias, Nikita Jrushchov

Nikita Jrushchov y Fidel Castro (Foto: Sputnik/Yuri Abramovich)

MIAMI, Estados Unidos. – No sabemos bien los cubanos cuánto le debemos al tosco primer ministro soviético que dirigió la URSS entre 1953 y 1964, primero como primer secretario del Partido Comunista soviético, y luego también como presidente del Consejo de Ministros, y bajo cuyo patrocinio consolidó el poder en Cuba el máximo desequilibrado que fue Fidel Castro.

No se lo imaginó en su momento nadie, ni los 7,4 millones de cubanos que existían en la Isla en octubre de 1962, ni los 186,5 millones de estadounidenses que habitaban “el imperio” en esa fecha, ni los habitantes de la cuenca del Caribe en aquel entonces. 

¿Quién hubiera podido imaginarse lo que vendría si en vez de haber tenido Jrushchov las riendas del poder en Moscú, las hubiera tenido su predecesor ―el sanguinario Josef Stalin― o su sucesor ―el burócrata Leonid Breschnev―, ambos mucho más fríos e inescrupulosos que el viejo Nikita?

Recapitulemos los eventos: a petición del propio Fidel Castro, envalentonado luego del intento estadounidense de invasión por Bahía de Cochinos en abril de 1961 ―que Cuba convirtiera en la victoria de Girón―, la URSS desplazó misiles nucleares hacia Cuba a partir de julio de 1962. Cuando Estados Unidos descubrió las bases nucleares en la Isla mediante reconocimiento aéreo de un avión U-2 de sus Fuerzas Aéreas, el presidente John F. Kennedy exigió a su contraparte ruso el retiro de los misiles. El día 22 de octubre, Estados Unidos ordenó el bloqueo naval de la Isla, y luego de varios días de negociaciones, Jrushchov y Kennedy llegaron a un acuerdo de retirar los misiles de Cuba a cambio del retiro de los misiles estadounidenses de una base turca.

El quid pro quo ruso-norteamericano enfureció al Comandante-en-Jefe. Se sabe que se sintió ninguneado por ambos imperios. El 26 de octubre de ese año, Castro, el gestor del “patria-o-muerte”, le escribía a su “querido camarada Jrushchov” la siguiente súplica:

“En este momento quiero hacerle partícipe de mi opinión personal. Si… los imperialistas invaden a Cuba con el objetivo de ocuparla, el peligro que esa política agresiva representa para la humanidad es tan grande que tras tener lugar ese hecho la Unión Soviética no debe nunca permitir circunstancia alguna en que los imperialistas puedan ser los primeros en lanzar un ataque nuclear contra ella.

Le manifiesto lo anterior porque yo creo que la agresividad de los imperialistas es extremadamente peligrosa y que si ellos de hecho llevan a cabo el acto brutal de invadir a Cuba en violación de la ley y la moral internacional, ese sería el momento para eliminar tal peligro de una vez y para siempre a través de un acto de legítima defensa, y aunque se trataría de una solución dura y terrible no hay otra alternativa.

La “solución dura y terrible” no era otra que un ataque nuclear desde Cuba hacia Estados Unidos, lo que hubiera sido, sin duda, el principio de una tercera guerra mundial, y en este caso, una guerra termonuclear. En su demencial egocentrismo, Fidel Castro concovaba a “la guerra final de los tiempos contra las naciones del hombre” que se anuncia en el capítulo 16, versículo 16 del libro bíblico del Apocalipsis: el Armagedón. 

En 2010, Jeffrey Goldberg, periodista de The Atlantic, entrevistó al ya enfermo y jubilado Fidel Castro. Entre los muchos temas de los que hablaron, Goldberg le preguntó si a esas alturas aún le parecía que su petición a Jruschov de atacar a los Estados Unidos había sido lógica. Castro le contestó: “Después de haber visto lo que he visto y sabiendo lo que sé hoy día, nada de aquello valió la pena”.

Una respuesta cínica, soberbia e impenitente de quien no había dudado ni un segundo en causar la destrucción de la civilización humana medio siglo antes. Ese era el diabólico Fidel Castro. Todo aquel que desde el poder en Cuba hable de continuidad o se inspire en las palabras del Comandante, no hace otra cosa que convocar a Cuba a la destrucción total, algo a lo que estuvo dispuesto el máximo orate. 

Ese 30 de octubre, un muy-cuerdo y sereno Nikita Jruschov le contestaba a su “estimado camarada Fidel”: 

“En su cable del 27 de octubre usted propuso que deberíamos ser los primeros en llevar a cabo un ataque nuclear contra el territorio enemigo. Naturalmente, usted comprende a dónde nos hubiera llevado. No hubiera sido un simple golpe, sino el comienzo de una guerra mundial termonuclear.

Estimado camarada Fidel Castro, encuentro su propuesta equivocada… Hemos vivido unos momentos muy graves, una guerra termonuclear global pudo haber estallado… Los Estados Unidos hubieran sufrido enormes pérdidas, pero la Unión Soviética y todo el bloque socialista también hubiera sufrido grandemente. Es difícil decir cómo hubieran terminado las cosas para el pueblo cubano. Ante todo, Cuba se hubiera quemado en los fuegos de la guerra. Sin duda el pueblo cubano hubiera luchado valientemente pero, también sin duda, el pueblo cubano hubiera perecido…”.

Si se tiene en cuenta el alcance de una explosión atómica del calibre disponible en 1962, que bien podía alcanzar un radio de 25 a 30 kilómetros, los 7,4 millones de cubanos en la Isla hubieran perecido, o sufrido quemaduras y mutilaciones irreparables. Eso sin contar un probable contraataque estadounidense. Una quinta o sexta parte de los 186,5 millones de norteamericanos también hubiera sufrido semejantes bajas, dependiendo del número de misiles que se dispararan hacia el norte, y hacia cuáles centros urbanos.

No podemos imaginarnos las repercusiones a medio y largo plazo. Lo cierto es que no hubieran nacido los 4 millones de cubanos que nacieron después de 1962. La historia hubiera alterado la consigna de optatividad “patria o muerte” a la de un destino fatídico de “patria y muerte”. Quizás Wikipedia indicaría: “Cuba: país que existió entre 1492 y 1962. Actual desierto”.

En sus memorias, publicadas en 1970 y 1974, Nikita Jrushchov dice sobre Fidel Castro: “Castro era un extremista exaltado, un fanático” que “no comprendió nunca que los misiles soviéticos se colocaron en Cuba para impedir un ataque norteamericano a la Isla, y no para atacar a los Estados Unidos”. Gracias, Nikita Jrushchov, por salvarnos de un genocida.

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La carta de Fidel Castro a Nikita Krushchev que llegó tarde

Fidel Castro

Fidel Castro
Fidel Castro y Nikita Krushchev en propaganda de la época. Foto tomada de Internet (antikbar.co.uk)

LA HABANA, Cuba.- Hace apenas dos años los cubanos de la Isla y del exilio nos enteramos que la famosa carta que Fidel Castro envió a Nikita Krushchev el 26 de octubre de 1962, para que disparara primero durante la Crisis de los Misiles, en una situación que puso al mundo al borde del holocausto, no llegó a tiempo.

Según relató el Teniente Coronel retirado Jorge Hernández Garaboto al periódico Juventud Rebelde ese mismo día, pero de 2018, mientras escribía la carta, Fidel había ordenado abrir fuego contra los aviones norteamericanos que inspeccionaban los cohetes nucleares ya descubiertos en San Cristóbal, perteneciente en ese entonces a la provincia de Pinar del Río.

Contó Garaboto que Castro incluso decretó la Alarma de Combate de las Fuerzas Revolucionarias para vencer al Imperialismo cuatro días antes: divisiones de infantería, brigadas de tanques y artillería, batallones independientes con grupos de artillería reactiva, morteros de 120 milímetros, unidades navales de la Marina de Guerra Revolucionaria, baterías de artillería antiaérea, aviones de combate y 269 000 hombres sobre las armas en la primera hora.

Pero el Teniente Coronel nada dijo sobre la visita que Fidel Castro hizo a la Embajada Soviética las noches del 26 y el 27 de octubre de 1962, cuando y donde la carta fue traducida para ser enviada a Nikita Krushchev; una carta que, según el periodista oficialista Elier Ramírez Cañedo, no llegó a tiempo, “…por lo que la URSS, sin contar con la dirección cubana, negoció con Kennedy de manera subrepticia la salida de los cohetes nucleares”, y evitó así una tercera guerra mundial, donde Cuba hubiera desaparecido del mapa.

Dijo Elier Ramírez que el embajador soviético de entonces, Alexander I. Alexeyev, relató que aquella noche de octubre Fidel visitó la sede diplomática y le dictó la misiva para que la hiciera llegar a su destinatario cuanto antes; contó que, estando él todavía allí, remitió un breve cifrado en el que informaba sobre la posibilidad del ataque a Cuba. Unas horas antes los militares de la Embajada habían enviado un telegrama a Moscú en los mismos términos preocupantes.

Fidel Castro Crisis de los misiles
Foto tomada de Granma

El periodista concluyó su relato de 2018, a 56 años de transcurrido el hecho, asegurando que “aún se intenta tergiversar aquella historia”, que es tan clara como el agua, pues el mismo Krushchev respondió a Fidel: …usted nos propuso que fuéramos los primeros en asestar el golpe nuclear contra el territorio del enemigo. Usted, desde luego, comprende a qué llevaría esto. No sería un simple golpe, sino el inicio de la guerra termonuclear”. A lo que Fidel ripostó: “Nosotros sabíamos, no presuma usted que lo ignorábamos, que habríamos de ser exterminados, como insinúa en su carta, en caso de estallar la guerra termonuclear. Sin embargo, no por eso le pedimos que retirara los proyectiles, no por eso le pedimos que cediera (…) sino que en caso de ataque exterior, y se convirtieran los imperialistas por ese hecho en agresores contra Cuba y contra la URSS, se le respondiera con un golpe aniquilador”.

Cuando el periodista oficialista describió la carta no mencionó dos pequeños párrafos que llaman mucho la atención: “Puede estar seguro que resistiremos firme y decididamente el ataque sea cual fuera. El estado moral del pueblo cubano es sumamente alto y se enfrentará al agresor heroicamente”.

Pero, ¿sabía el pueblo cubano lo que estaba pasando en esos momentos en la Isla? ¿Sabía de la existencia de los cohetes nucleares, instalados en secreto en el territorio nacional? Por supuesto que no. ¿Con qué se defendería el pueblo, con sus cazuelas vacías y sus zapatos rotos?

Por último, el periodista cubano aseguró que dichas cartas han sido utilizadas para sostener la versión de que a los soviéticos, ante las “propuestas irracionales” del líder cubano, no les quedó más remedio que negociar con Estados Unidos de espaldas a la dirección de la Isla.

Más tarde Krushchev fue destituido de forma deshonrosa por el Pleno del Partido de la URSS, pero, ¿no había sido el hombre que evitó una tercera guerra mundial, el hombre que salvó la vida de millones de cubanos, de millones de norteamericanos y de soviéticos?

Una última pregunta: ¿Será que la carta en la que Fidel le aconsejó al viejito Krushchev que disparara primero fue detenida a tiempo en algún buró del Kremlin, o de la KGB, y es al Kremlin y a la KGB a quienes les debemos que hoy 12 millones de cubanos vivan en la Isla, y que más dos millones lo hagan en Estados Unidos?

La lección que tuvimos no fue reconocida jamás por el iluminado líder cubano. La crisis de octubre resultó su mayor fracaso: desapareció el comunismo soviético y fracasó su propósito de invadir a Estados Unidos, aunque desapareciera Cuba del mapa.

Todo gracias a aquella carta suya del día 26 que no llegó a tiempo.

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La guerra nuclear que le pidió Castro a Jruschov

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Nikita Jruschov, Fidel Castro y John F Kennedy (foto: american.edu)

LA HABANA, Cuba. – Miente una vez más. Y cuando un periódico nacional de un país miente, es algo muy grave. Pierde confiabilidad. Pero, ¿le interesa acaso cuidar su confiabilidad, precisamente a este periódico fundado por Fidel Castro, para él, por él y siempre para él, en plena efervescencia de su dictadura?

Hace apenas unos días Granma publicó en primera plana que el dictador muerto había escrito el 15 de octubre del 2010, en alusión a una posible guerra entre Estados Unidos e Irán, que nadie puede darse el lujo de ser indiferente a la guerra, que el uso de las armas nucleares en una nueva guerra implicaría el fin de la humanidad, como lo previó el científico Albert Einstein.

Pero, ¿no fue este el mismo Fidel, en medio de las locuras de su época, quien en 1962 no sólo pudo darse el lujo de ser indiferente a la guerra, sino que se empeñó en provocarla?

Si Granma perdió la memoria, muchos la conservan.

El 26 de octubre de 1962, Fidel envió una carta al señor Nikita Jruschov, jefe máximo de la extinta URSS, pidiéndole que iniciara la guerra con sus cohetes nucleares antes de que Estados Unidos invadiera a Cuba, “en un acto de la más legítima defensa –dijo-, por dura y terrible que fuese la solución, porque no habría otra”.

Esta terrible carta, a espaldas del pueblo cubano que, incluso con el paso de los años todavía desconoce, termina aceptando “toda posibilidad de negociación, a pesar de que saben la gravedad del problema”.

O sea que, para este dictador, “el problema” se trataba, simplemente, de hacer la guerra nuclear.

Pero Estados Unidos, en este caso su Presidente Kennedy y el viejito Jruschov, sí calcularon las consecuencias de una guerra entre ellos.

Ambos mandatarios reaccionaron ante la grave responsabilidad que tenían en sus manos y negociaron a espaldas de Fidel, ya dispuesto a entrar en guerra y así lo repitió en su carta: “…nos disponemos con serenidad a enfrentar una situación que vemos muy real y muy próxima”.

Hoy, este mismo personaje, a mi entender diabólico e irresponsable, envalentonado por sus misiles nucleares para atacar a Estados Unidos, quien incluso años después, en 1981 pidió a la URSS le enviara misiles nuevamente para emplazarlas en Cuba, pensando que Ronald Reagan en un futuro cercano atacaría, dice que “nadie puede darse el lujo de ser indiferente a la guerra”.

Es cierto lo que afirma el señor Enrique Moreno Gimeranez, cuando cita a Eduardo Galeano en Granma, con relación a “las guerras que mienten, porque ninguna tiene la honestidad de confesar yo mato para robar, o en nombre de la paz, de Dios, de la civilización, del progreso, de la democracia”.

¿Podría decirme entonces Galeano por qué razón Fidel Castro quería la guerra? ¿En nombre de su dictadura, desaparecido ya el pueblo? ¿Cuáles eran los intereses de Fidel?

¿Es que estábamos, con perdón de los muertos que muertos están, en presencia de un psicópata, como lo diagnosticó la neuróloga Hilda Molina, incapaz de medir las consecuencias de una guerra entre Cuba y Estados Unidos?

Hoy el periódico Granma, para hacer honor a quien lo fundó para él, por él y de él, echa culpas a Irán del conflicto ocurrido en días pasados entre ese país y Estados Unidos. Pero jamás le ha explicado al mundo ni al pueblo cubano que, en el año 2001, reunido Fidel con el gobierno de Teherán, exclamara que “Irán y Cuba, cooperando mutuamente, pueden poner de rodillas a los Estados Unidos”.

La obsesión que tenía Fidel de una guerra entre esos dos países lo llevó a que, el 14 de julio de 2010, el ministro de Asuntos Exteriores iraní, Manucher Motaki, le saliera al paso para señalarle que esa afirmación correspondía a “maniobras políticas”.

Era evidente que al dictador caribeño no le preocupaba en absoluto que, en noviembre de 2011, la Junta de Gobernadores del Organismo Internacional de Energía Atómica votara mayoritariamente en contra de Irán, ante el desarrollo de sus armas atómicas, donde sólo votó a favor Rafael Correa, de Ecuador, con una abstención. Meses después, el presidente iraní Majmud Ahmadinejad visitó Cuba, Venezuela, Nicaragua y Ecuador, como parte de una gira por América Latina.

Al año siguiente, en 2013, Raúl Castro, el hermano dictador, en conversaciones con el gobierno de Teherán, reiteró sus compromisos para ampliar los lazos “en todos los ámbitos”, puesto que Cuba, dijo “es un defensor del Programa nuclear iraní”, a pesar de que dicho Programa haya motivado varias sanciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas a Irán.

El resultado fue de esperar: La penetración de Irán en América Latina y su apoyo a actividades internacionales del grupo terrorista Herzbolá, causaron gran preocupación en el Congreso de Estados Unidos.

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Israel advierte a Irán y Siria: No habrá una nueva “crisis de octubre”

Avigdor Liberman, ministro de Defensa israelí (AFP)

MIAMI, Estados Unidos.- El ministro de Defensa israelí, Avigdor Liberman, insinuó el miércoles que su país planea seguir atacando posiciones iraníes dentro de Siria tras los enfrentamientos aéreos de este fin de semana.

Al hablar en una conferencia de alcaldes y líderes locales en Tel Aviv, Liberman agregó que Israel no buscaba intensificar la situación con Irán y su aliado Hezbollah, pero que estaba preparado para ir a la guerra si fuera necesario.

“No depende de nosotros”, dijo, citado por The Times of Israel.

El funcionario señaló que Irael no desea “conquistar Líbano ni establecer asentamientos judíos en Siria”. Sin embargo, evocó un episodio de “la historia reciente, cuando la Unión Soviética decidió poner misiles balísticos en Cuba, al lado de los Estados Unidos. El presidente [John F.] Kennedy estaba listo para arriesgarse a una tercera guerra mundial”.

“(Kennedy) dijo: ‘No permitiremos los misiles rusos en Cuba.’ Bueno, Siria está mucho más cerca de nosotros de lo que Cuba está con los Estados Unidos. Por lo tanto, esperamos que las personas actúen de forma lógica, considerada, y no nos pongan en una situación que no nos deje otra opción”.

Llamó a Siria e Irán a “no ser tontos” o “provocadores”.

El ministro de Defensa también pareció confirmar informes de que Irán estaba intentando establecer instalaciones para la producción de misiles avanzados para Hezbollah en el Líbano.

Cuando se le preguntó sobre el tema, Liberman contestó: “Por supuesto algo que me preocupa a mí y al sistema de defensa”.

“Somos conscientes [del problema], y es uno de los grandes desafíos: evitar la producción de armas de precisión en el Líbano. Estamos trabajando con canales diplomáticos, y estamos decididos a evitar la producción masiva de armas de precisión en suelo libanés “, dijo.

Liberman hizo sus declaraciones en la Muni Expo, una conferencia para los gobiernos locales israelíes y el Fondo Nacional Judío, en el centro de convenciones de Tel Aviv.

El sábado por la mañana, un avión teledirigido iraní fue trasladado en avión a territorio israelí, cerca de la frontera con Jordania, donde fue derribado por un helicóptero de ataque IDF Apache. En respuesta a la incursión de drones, aviones israelíes atacaron el centro de comando móvil desde el cual fue operado, informó el ejército.

Durante el ataque de represalia, uno de los ocho aviones de combate israelíes F-16 que tomaron parte en la operación se estrelló en Israel después de que aparentemente fue alcanzado por un misil antiaéreo sirio y su tripulación fue rescatada. La Fuerza Aérea de Israel luego realizó una segunda ronda de ataques aéreos, destruyendo entre un tercio y la mitad de las defensas aéreas de Siria, según el portavoz de las IDF, el teniente coronel Jonathan Conricus.

Aunque Liberman dijo que Israel “hará lo que sea necesario para evitar el afianzamiento iraní en Siria”, prácticamente descartó la posibilidad de realizar ataques dentro de Irán, como han sugerido algunos funcionarios israelíes, incluido el ministro de Educación Naftali Bennett, una influyente voz de línea dura en el gabinete de seguridad.




¿Cómo recuerdan los cubanos la Crisis de Octubre?

LA HABANA, Cuba.- Graciella tenía trece años en octubre de 1962. Recuerda que una mañana su padre fue movilizado porque, según le explicó su abuela en aquel momento: “los americanos iban a atacar Cuba y los rusos se habían aliado con Fidel para defender al pueblo”. Con versiones más o menos similares, los cubanos que hoy superan los sesenta años de edad rememoran aquel mes de octubre en que la Isla se convirtió en una bomba nuclear a la entrada del Golfo de México.

Lo curioso es que el acontecimiento que atrajo hacia la mayor de las Antillas más atención que el triunfo de 1959, resulta desconocido para los cubanos nacidos en la era socialista. Los libros de historia “oficiales” han reservado, para las nuevas generaciones, un modesto párrafo donde se resume el suceso, resaltando la gloria de Fidel Castro y la “doble moral” de soviéticos y norteamericanos, que negociaron a espaldas del caudillo la salida de los peligrosos misiles, a los cuales debió su nombre la Crisis de Octubre.

La historia no contada es algo más compleja y reviste una conducta gravísima por parte del líder barbudo, idealizado en otros tiempos gracias al desbordado intelectualismo de izquierda.

Para el año 1962 una invasión norteamericana era inminente. El ejército de Estados Unidos había realizado un simulacro de desembarco, y se esperaba una movilización de decenas de miles de efectivos, como parte de la llamada operación “Mangosta”. Un ataque de semejantes proporciones, equipado con el arsenal militar más moderno, no podría ser repelido por las milicias cubanas. Fidel Castro lo sabía, y mientras crecía su preocupación ante la posibilidad de un choque definitivo, el dictador soviético Nikita Kruschev aprovechó la coyuntura para imponer la instalación, en secreto, de misiles con cabezas nucleares en cada punto cardinal de la Isla.

El pueblo cubano recibió la incursión belicista como muestra de buena voluntad bolchevique ante la prepotencia del imperio; pero Kruschev solo deseaba crear un punto de confrontación pasiva con el gobierno de Kennedy, para obligarlo a retirar las ojivas nucleares que, desde Turquía, apuntaban a la Unión Soviética. Antiguos rencores se ocultaban tras aquella singular muestra de apoyo hacia Cuba, que durante trece días se convirtió en el núcleo de una prueba de fuerzas que amenazó con hacer explotar el hemisferio.

La historia oficialista ha sido generosa con Fidel Castro y su proceder durante la Crisis; pero lo cierto es que el Comandante comprometió la soberanía nacional de un modo que no se vio jamás en los años de la República Mediatizada. Por un corto lapso los soviéticos fueron los señores de Cuba, y sutilmente demostraron que solo los norteamericanos podían llevarlos a la mesa de negociaciones. Fidel Castro era un megalómano tropical a quien debían tratar con cuidado para no arriesgar la precaria estabilidad de su atalaya en el Caribe; pero bien mirado, el caudillo latinoamericano solo había servido, como vulgar peón, al propósito de hacer pactar al Tío Sam.

Kruschev y Kennedy desmantelaron sus respectivos arsenales nucleares sin contar con Fidel Castro, y a pesar del berrinche mesiánico del Che, que estaba dispuesto a hacer estallar la Isla con tal de desaparecer a los Estados Unidos. La peor parte se la llevó el pueblo cubano, que somatizó aquel umbral del apocalipsis con una paranoia colectiva cuyas secuelas se hicieron sentir durante muchos años.

El 28 de octubre de 1962 quedó formalizado el acuerdo entre los dos presidentes, mientras Fidel Castro, acomplejado por haber sido tratado como un simple lacayo del Kremlin, no halló mejor manera de desquitarse que negándose a aceptar la visita de los inspectores de la ONU encargados de verificar el total repliegue de los misiles. Aquel escándalo ante las Naciones Unidas que culminó con una revisión, por parte de la armada estadounidense, de los buques soviéticos en alta mar, ha pasado a la historia de Cuba como “una valiente respuesta del comandante”; pero en realidad solo fue un intento desesperado por apuntalar su monumental orgullo.

La Crisis de Octubre fue un descalabro ético para la naciente Cuba socialista, que se erigía como símbolo de independencia y soberanía. En plena algarabía revolucionaria, aquel episodio trituró el ego de Fidel Castro. Atenazado por la temprana sujeción económica a la URSS, el líder no tuvo más opción que entregar el país al Ejército Rojo, para que Kruschev jugara su peligrosa partida de ajedrez político sobre un campo minado.




“Usted nos propuso que fuéramos primeros en asestar el golpe nuclear”

LAS TUNAS, Cuba.-  “Usted nos propuso que fuéramos primeros en asestar el golpe nuclear contra el territorio del enemigo. Usted, desde luego, comprende a qué llevaría esto. Esto no sería un simple golpe, sino que el inicio de la guerra mundial termonuclear.

“Querido compañero Fidel Castro, considero esta proposición suya como incorrecta, aunque comprendo su motivo.

“Hemos vivido el momento más serio, en que pudo desencadenarse la guerra termonuclear mundial. Evidentemente, en tal caso los EE.UU. sufrirían enormes pérdidas, pero la Unión Soviética y todo el campo socialista también sufrirían mucho.

“En lo que se refiere a Cuba, al pueblo cubano, es difícil incluso decir en general con qué eso podría terminarse para él. En primer término en el fuego de la guerra se quemaría Cuba. No hay ninguna duda de que el pueblo cubano lucharía valientemente, pero que perecería heroicamente de eso tampoco hay duda”, dijo Nikita Jruschov a Fidel Castro en un cable fechado el 27 de octubre de 1962.

A propósito de esa “guerra termonuclear mundial”, a punto de desatarse a sólo 90 millas de suelo estadounidense, el Archivo de Seguridad Nacional (NSA) de la Universidad George Washington, recién acaba de publicar los planes elaborados por las fuerzas armadas de Estados Unidos para ocupar Cuba y establecer un gobierno provisional a las órdenes de un “gobernador militar”, en lo que se llamó la Crisis de los Misiles.

“La resistencia a las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos será eliminada por la fuerza, y los responsables de quebrantamientos graves serán tratados con severidad”, decía la Proclama No. 1 del gobernador militar, publicada por el NSA.

Cabe preguntarse: ¿Qué acontecimientos geopolíticos ocurrieron en Cuba entre enero de 1959, cuando triunfó la llamada Revolución, y octubre de 1962, cuando a resultas del armamento nuclear soviético instalado en Cuba, Cuba pudo ser ocupada y los cubanos tratados como cautivos en un campo de concentración?

En fecha tan temprana como febrero de 1959, con fachada de periodista acreditado como corresponsal de la agencia TASS, llegó a La Habana el agente de la inteligencia soviética Alexander Alexeev, coronel del KGB y futuro embajador de la Unión Soviética en Cuba.

A través del comandante Camilo Cienfuegos, en octubre de 1959 Alexeev pidió encontrarse con Fidel Castro, entrevista efectuada pocos días después, y según los que conocieron de ella, “tuvo más de sondeo que de interés periodístico.”

Poco después, mediado 1960, Jruschov mandó por otro agente del KGB que andando el tiempo llegaría a teniente general, NicolaiLeonov, amigo de Raúl Castro desde 1953.

La misión encomendada por Jruschov a Leonov era simple: secretamente, incluso sin conocimiento de la embajada soviética en Praga, donde se encontraba Raúl Castro, debía contactarlo y trasmitirle verbalmente una invitación para visitar Moscú.

Con la aprobación de Fidel Castro, el 17 de julio de 1960 llegaba a Moscú su hermano Raúl, ministro de las fuerzas armadas, al frente de una delegación recibida por mariscales y generales adjuntos al Kremlin.

El 4 de agosto y el 30 de septiembre de 1961, la Unión Soviética y Cuba firmaron dos convenios por los que se comprometían a la cooperación mutua. Por el primer contrato multimillonario, firmado en La Habana, el gobierno soviético entregaba al cubano armamento por valor de 48 500 000 (dólares estadounidenses). El segundo pacto, firmado en Moscú, ascendía a la cifra de 149 550 00.

Ese capital destinó armas de infantería, artillería, tanques, transportes, aviones caza, bombarderos, helicópteros, equipos de comunicación y radiolocalización, lanchas torpederas, buques caza submarinos, municiones, piezas de repuesto y entrenadores para ese profuso arsenal. Las fuerzas armadas cubanas crecieron de 49 mil efectivos en 1960 a  138 mil alistados en diciembre de 1961.

Cuba, con unos seis millones de habitantes y las fuerzas armadas mejor equipadas de Latinoamérica en ese momento, ¿por qué instaló armamento nuclear ruso, si su doctrina militar, plagiada a Von Clausewitz, reformulada por los castristas como “guerra de todo el pueblo”, estaba basada en el odio y la enemistad al sistema sociopolítico estadounidense y no en casus foederis (entrar en guerra al lado de un Estado aliado)?

Por la presencia de oficiales del KGB, en el caso del coronel Alexander Alexeev de forma encubierta en Cuba desde el año 1959, luego consejero de la embajada de la URSS en La Habana hasta mayo de 1962 y poco después promovido a embajador, con esa jerarquía llegó a La Habana el 11 de agosto del propio año, trayendo consigo los documentos oficiales de “cooperación militar” Cuba-URSS, es posible colegir que la idea Jruschov de transformar a Cuba en una base militar soviética, data desde el triunfo de la revolución en 1959 y no de abril de 1962, cuando estando en Crimea y en alusión a los cohetes estadounidenses en Turquía dijo: “(…) podemos crear a los norteamericanos una situación parecida cerca de la frontera de Estados Unidos si ubicamos cohetes en Cuba.”

Más que disuadir una invasión estadounidense a Cuba, tempranamente Jruschov planeó según expertos, “una correlación geoestratégica URSS-EE.UU., tarea que primero requirió una labor de inteligencia sobre Fidel Castro.

Allanado ese camino, enviar a Cuba la Agrupación de Tropas Soviéticas (ATS), fuerza expedicionaria enmascarada en 85 buques mercantes, integrada por 51 mil soldados, aviadores y marineros, cuyo grupo de dirección operativa lo integraron 12 generales y un contraalmirante, consumaba la idea.

Cuando estalló la crisis, ya estaban en Cuba, dislocados en las seis provincias en que se dividía el país, acantonados en campamentos protegidos con alambradas de púas, custodiados por soldados soviéticos, donde no tenían acceso los militares cubanos, cerca de 42 mil efectivos a las órdenes del general de ejército Issa Pliev, quien sólo estaba subordinado a Moscú.

Evidentemente, tales decisiones estaban en manos de Jruschov y no de Fidel Castro. Tan así es, que sólo en manos del general Pliev y luego de su “buen discernimiento”, estaba la facultad de emplear el regimiento de armas nucleares tácticas, dotado con todas sus ojivas nucleares, que junto con las baterías de cohetes tierra-aire, protegían las armas nucleares estratégicas.

Uno de estos cohetes, al mando del mayor Iván Minovich Guerchenov, emplazado en La Anita, Banes, actual provincia Holguín, derribó el avión U-2 pilotado por el mayor Rudolph Anderson, el 27 de octubre, momento de mayor tensión de la crisis, distendida al día siguiente, cuando sin consultar a Fidel Castro, Jruschov propuso al presidente Kennedy retirar el armamento nuclear soviético emplazado en Cuba, a cambio de Estados Unidos retirar sus cohetes Júpiter de Turquía.

Tan en secreto fue el establecimiento y permanencia de la base militar soviética en Cuba, y tan ignorado el mando militar cubano, que a la retirada de sus tropas, el general Pliev y su Estado Mayor llevó con ellos a Moscú no sólo su documentación, sino también todos los documentos militares que incumbían a la parte cubana, por lo que cabe una última pregunta, cuya respuesta dejamos al lector:

¿Cómo Fidel Castro, si no había conseguido mantener en Cuba los documentos secretos de su ejército, en alianza con una potencia extranjera, pretendía ejercer cinco exigencias sobre la administración Kennedy, entre ellas, la retirada de la Base Naval de Guantánamo y el cese del embargo económico…?




El discurso de Kennedy que evitó una guerra nuclear cumple 55 años

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WASHINGTON.- “Buenas tardes conciudadanos. Este Gobierno, tal y como prometió, ha mantenido una férrea vigilancia sobre las operaciones del Ejército soviético en la Isla de Cuba”, con estas palabras el presidente de EEUU, John Fitzgerald Kennedy, comenzaba un discurso llamado a que no cambiara el curso de la historia.

Este domingo se cumplieron 55 años de ese crucial discurso, que fue emitido tanto por radio como en una televisión aún en blanco y negro, y que tuvo paralizado a todo un país que escuchaba atentamente cada una de sus 2.434 palabras, once de las cuales coincidían: “nuclear”.

Unas palabras que cambiarían el mundo, aunque en realidad fueran pronunciadas precisamente para todo lo contrario, para que no cambiara, para evitar un posible holocausto nuclear que hubiera convertido, según dijo el presidente, “el fruto de cualquier victoria en ceniza en nuestras bocas”.

A estas alturas, el escenario es bien conocido por todos. El 14 de octubre de 1962 fotografías tomadas por aviones U2 del servicio de inteligencia estadounidense revelaban la presencia de 8 lanzaderas y 16 misiles de medio alcance en la región occidental de la isla.

“Era evidente que estas armas estratégicas, que eran fiables y modernas, estaban destinadas a ser manejadas por la Unión Soviética y no para ser transferidas a Cuba”, señaló la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en un informe ya desclasificado.

Esta información dio paso a trece días de tensión en los que cualquier error de cálculo hubiera podido dar pie a un conflicto de consecuencias difíciles de imaginar.

“La actitud del presidente fue fundamental para desactivar la crisis. Kennedy buscó evitar cualquier intercambio nuclear, ya fuera voluntario o accidental”, señaló a Efe la historiadora jefe de la Oficina del Departamento de Defensa, Erin Mahan.

Una de las medidas clave adoptada por el mandatario fue la creación de un grupo de trabajo formado por asesores de su confianza, la mayoría de los cuales pertenecía al Consejo de Seguridad Nacional.

Fue este grupo de expertos el que abogó por hacer oídos sordos a los responsables del Estado Mayor, que apostaban por un ataque aéreo sobre Cuba, y por abrir una negociación con el Kremlin a través de canales no tradicionales al tiempo que se implantaba un bloqueo sobre la isla par evitar la llegada de nuevas armas.

Esta decisión acabaría siendo doblemente acertada, ya no sólo porque a la postre demostró ser el camino correcto para zanjar la crisis, sino porque además, al ataque aéreo le hubiera seguido el consiguiente desembarco de tropas estadounidenses en la isla y esa hubiera sido una acción abocada al fracaso.

Pese a los numerosos informes realizados por los servicios secretos, lo que desconocía en ese momento la inteligencia estadounidense es que las tropas rusas desplegadas en Cuba también estaban equipadas con armamento nuclear, lo que “podría haber acabado” con las tropas, valoró Mahan.

“A través de iniciativas por canales no oficiales, Estados Unidos acordó no invadir Cuba y retirar sus misiles de Turquía. Por su parte, (el soviético Nikita) Khrushchev se comprometió a desmantelar y retirar los misiles soviéticos y bombarderos ligeros de Cuba”, explicó la historiadora del Pentágono.

La otra medida clave de esta crisis también tuvo a las palabras como protagonista y no fue otra que la histórica alocución presidencial, ya que al informar al pueblo estadounidense, a corazón abierto, Kennedy quedó legitimado para actuar con total libertad a sabiendas de que su honestidad le había granjeado el respaldo de todo el país.

“El camino que hemos elegido en estos momentos está lleno de peligros, como todos los caminos. Pero es el más coherente con nuestro carácter y nuestro valor como nación (…). Y un camino que nunca elegiremos, es el camino de la rendición y de la sumisión”, concluyó Kennedy en su alocución.

Y, en realidad, esa fue la clave. Encontrar un camino en el que no hubo vencidos, pero tampoco vencedores. Posiblemente la única vía que podía evitar que alguien acabara con ese desagradable sabor a ceniza en la boca.

(EFE)




‘¿Misiles norcoreanos en Cuba?’, se pregunta un medio británico

Misiles norcoreanos durante un desfile en Pyongyang (Bloomberg)

MIAMI, Estados Unidos.- Un artículo donde el líder del régimen norcoreano, Kim Jong-un, se compromete a apoyar a Cuba a “defender la soberanía del país” ante las crecientes amenazas de Estados Unidos, fue publicado por el periódico estatal Rodong Sinmun del país asiático.

En el texto, Kim celebró su “amistad invencible” con el Gobierno cubano, resalta Daily Star. Dirigiéndose directamente al líder cubano Raúl Castro Ruz, Kim celebra al régimen cubano por defender su territorio, al socialismo ya la revolución ante “movimientos de fuerzas hostiles”.

Su mensaje se produce días después de que Corea del Norte lanzara un misil balístico que cruzó sobre Japón en una prueba que elevó el tono de alarma en la región y que el Consejo de Seguridad de la ONU rechazó de forma unánime.

“Sería altamente improbable que Corea del Norte desplegara misiles a Cuba, ya que cualquier buque que transportaba armas casi seguramente sería incautado”, dice el Daily Star, señalando además que “Corea del Norte no posee los recursos para transportar un costoso sistema de misiles a la isla caribeña”.

“Sin embargo, los comentarios de Kim sobre el fortalecimiento de los lazos con Cuba podrían generar alarmas de otra crisis de misiles en Estados Unidos”, apunta la publicación británica.

En el artículo estatal norcoreano se lee: “La amistad entre la RPDC y Cuba es la amistad invencible forjada bajo la bandera del socialismo”.

“Los pueblos coreano y cubano sentían intensamente a través de su experiencia de vida que el socialismo representa el futuro ideal y rosa de la humanidad”.

“Así han cumplido su sagrada obligación en la lucha conjunta contra los imperialistas y por construir el socialismo”.

“Hoy el pueblo cubano está defendiendo firmemente la soberanía del país y el socialismo, y está promoviendo con éxito la revolución y la construcción, frustrando todo movimiento horrible de Estados Unidos para aislar y sofocar a Cuba bajo la dirección correcta del Partido Comunista de Cuba encabezado por Raúl Castro Ruz”.

El artículo fue publicado este miércoles para conmemorar el aniversario del establecimiento de las relaciones diplomáticas entre Corea del Norte y Cuba, aliados desde el 29 de agosto de 1960, en el apogeo de la Guerra Fría.

Dos años después de aquella fecha, en 1962, el entonces primer ministro ruso, Nikita Khrushchev, envió misiles nucleares a Cuba en respuesta a un despliegue de misiles balísticos por parte de Estados Unidos en Italia y Turquía.

Después de un período de tensas negociaciones, el entonces estadounidense John F. Kennedy finalmente convenció a Khrushchev de desmantelar las armas nucleares cubanas.

Aquel episodio se considera el más dramático la guerra fría, cuando pudo llegar convertirse en un conflicto nuclear a gran escala. Una experiencia que, según el Daily Star, tiene similitud con la actual crisis nuclear que envuelve a Asia con los sistemas de misiles estadounidenses en Corea del Sur y Japón.

Estados Unidos y Cuba han mejorado sus relaciones en los últimos años, después de que el expresidente Barack Obama y Raúl Castro anunciaran un acercamiento bilateral.

Sin embargo, en los últimos meses las relaciones entre Washington y La Habana han caído en picado.

En el pasado, Kim también ha elogiado su amistad con el presidente sirio, Bashar al-Assad, quien dijo que sus países deberían unirse para librar una “guerra contra las grandes potencias”.

En 2013, un buque de carga norcoreano fue interceptado en Panamá cuando intentaba pasar armas y aviones enviados desde Cuba al régimen de Pyongyang. Sobre Corea del Norte pesa un embargo de armas impuesto por Naciones Unidas, que en aquel entonces habría sido violado con la complicidad el régimen de La Habana.