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Feria del Libro de La Habana: los olvidos suelen ser condenas

Cuba, Feria del Libro, Fidel Castro

LA HABANA, Cuba. — No recuerdo quién me contó el suceso; pudo ser Rafael Alcides o Regina Coyula, tengo la certeza de que fue uno de los dos, pero sí que recuerdo los detalles. Resulta que Edel Morales, quien alguna vez fuera vicepresidente del Instituto Cubano del Libro, y que ahora vive en algún exilio, caminaba por el recinto ferial con esa manera que tienen los jefes de andar por ahí, por esos recintos que les ofrecen ciertas potestades, y sobre todo muchas seguridades, y se cruzó con Rafael Alcides.

Sí, fue allá, fue en La Cabaña, y en una feria del libro, donde se cruzaron Alcides y Morales; así de extraños son algunos encuentros; un gran poeta y un poetastro; y al segundo, es decir, al malo, no se le ocurrió le ocurrió otra cosa que evadir al bueno, y para conseguirlo se hizo el tonto, el despistado, el muy atareado; y todo para que no se percibiera, como si tal cosa fuera posible, su decisión de negarle el saludo al escritor, a ese escritor al que tantas veces le había pedido “consejos poéticos”, a ese al que en otros tiempos hizo largas y muy inclinadas reverencias que, sin dudas, merecía el autor de Agradecido como un perro”.

En otra época, antes de que el poder decidiera la marginación del poeta y novelista, el que aún no fuera vicepresidente, ese que en el centro de la Isla miraba a los autos pasar hacia occidente con ganas de montarse en uno y escapar, le dio a leer a Alcides sus poemas, después, claro, de hacer el viaje definitivo hacia occidente; y esperó sus opiniones, sus recomendaciones, esas que solícito atendió. Luego vino la marginación de Rafael, y el jefezuelo abandonó, como por “arte de magia”, la devoción que antes le dedicara al bardo.

Él, y otros, apoyaron con sus silencios el ostracismo que dictaron para el autor. Y luego Alcides no volvió a ser invitado a las ferias del libro, porque tales “fiestas” eran solo para los escritores revolucionarios, como también eran para los revolucionarios las editoriales. Así fuimos cayendo en “desgracia”, en el peor ostracismo, muchos escritores. Nuestras obras dejaron de publicarse en Cuba, nuestros nombres no volvieron a ser mencionados en publicaciones periódicas y revistas regentadas por el poder, que son las únicas que permite la sesentona dictadura.

Nunca más las autoridades enviaron una credencial para que nuestros accesos a los recintos feriales fluyeran tranquilamente y con decoro. Jamás volvimos a estar sentados en una mesa, desde donde se hablaba, se debatía, de poesía, de narrativa o de ensayos literarios y filosóficos, de cualquier tipo. Nunca más se propuso un debate sobre la obra de Guillermo Cabrera Infante o Reinaldo Arenas, y también desaparecieron nuestros nombres de todos los catálogos de publicaciones cubanas. El mundo editorial cubano nos vetó a muchos, lo que sin dudas es un modo de represión.

Y no bastó con prohibir la edición de nuestros libros, las ferias también nos cerraron las puertas, a pesar de nuestras múltiples ediciones y lectores, a pesar de nuestros premios. En esta edición de la feria, dedicada a México, invitaron a quien es, sin dudas, uno de los autores más importantes del panorama literario latinoamericano, y también mi amigo; ninguna de esas autoridades del mundo editorial tuvo la cortesía, con el autor mexicano Mario Bellatín, de hacer que me enterara de su presencia, y solo pude abrazarlo, cuando estaba a punto del regreso, gracias a la bondad de los amigos, y no de esos excluidores funcionarios.

En ésta, y en otras ya pasadas ferias del libro, no son pocos los autores olvidados, y lo peor es que la lista crece de una edición a otra. En esta feria no hay anaquel que exhiba un título de Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante o Severo Sarduy. En ésta fanfarrona fanfarria no hay un título con la firma de Ángel Santiesteban, quien ha ganado casi todos los premios convocados en la Isla, y más allá.

Premios recibidos por el escritor cubano Ángel Santiesteban (Foto: Cortesía)

Y para colmo nos enteramos de que acaba de subir a algún avión una “delegación de escritores” para asistir a la feria de Buenos Aires. Y quizá ya estén allí, en la tierra de Borges y Cortázar, esos cubanos. Y la lista es un primor. Hasta allí llegan escritores de intrascendentes obras y muchos apegos al discurso del poder.

Por allá anda Teresa Melo, de quien dicen que es poeta, aunque la mayoría de sus desempeños escriturales aparecen en el Granma haciendo elogios del poder. Allá está Antonio Rodríguez Salvador, quien responde al apelativo de “Chichito”, y como si no fuera mucho, también mandaron a Jorge Ángel Hernández Pérez. Y yo ruego a Dios cada día para que no me confundan con ese que exhibe nombre idéntico al mío, y apellidos semejantes.

Y así sucede siempre. Los excluidos somos cada vez más excluidos, incluso cuando nuestros currículos ostenten premios nacionales e internacionales. Nunca olvido a Abel Prieto en aquellos días en los que fuera ministro de Cultura. Nunca olvido esa vez en la que dijo, el peludillo, a uno de los jurados del premio Rómulo Gallegos en el que yo concursaba: “Ese premio tiene que ser para Isaac Rosas”.

Premio recibido por el autor (Foto: Cortesía)

Bien recuerdo que tuve, desde el principio, cuatro votos, y eran cinco los jurados. Y los miembros de ese jurado fueron entonces “invitados” a la asamblea nacional venezolana, donde les recordaron que el premio debía ser para el español, y así fue como ganó el comunista español amigo de Cuba y Fidel Castro, mientras yo perdía cien mil dólares.

Y ahora la feria del libro de La Habana seguirá su curso sin muchos de los escritores cubanos. La feria del libro de Buenos Aires seguirá su curso, con una representación cubana de “medio pelo”, con los autores de una escritura que reverencia al poder comunista cubano. Todas las ferias volverán a abrirse una y otra vez, y crecerán las exclusiones, porque cuando Fidel Castro dijo: “No le decimos al pueblo cree, sino lee”, quiso decir: “no le decimos al pueblo lee sino cree, solo que nadie entendió que todo era cuestión de invertir términos, que donde dice digo, dice Diego… , que las ferias, como las universidades, son para los “revolucionarios”.

ARTÍCULO DE OPINIÓN
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Cuba e Irlanda: dos islas y un destino

Michael D’Higgins, presidente de Irlanda, durante su reciente visita a Cuba (Escambray)

LA HABANA, Cuba.- Si algún acontecimiento logró atenuar la grisura de la 26 edición de la Feria del Libro de La Habana  fue la participación irlandesa en la referida cita literaria. Una presencia que incluyó al presidente de esa nación, Michael Higgins, y algunos escritores como el novelista Joseph O´ Connor, autor de la conocida novela El crimen del Estrella del Mar.

Tanto en los espacios académicos de la Feria del Libro, como en otras actividades desarrolladas por el mandatario irlandés, salieron a relucir ciertos paralelos entre Cuba y esa isla europea.

Se trata de dos islas que han debido encauzar con sumo cuidado sus relaciones con vecinos poderosos, y que además padecieron hambrunas y éxodo masivo de su población.

Es de destacar que entre 1845 y 1849 a los irlandeses se les afectó la cosecha de patatas, lo que ocasionó una hambruna de grandes proporciones. Un descalabro que provocó la muerte de casi un millón de personas, y la emigración de buena parte de sus pobladores.

Sin embargo, todo cambiaría en esa isla del Atlántico norte. A raíz de la presentación en la Feria del Libro de El Crimen del Estrella del Mar, Joseph O´ Connor  ofreció declaraciones al periódico Juventud Rebelde (“Los personajes me escogieron”, edición del 16 de febrero), en las que aclaró el porqué de reflejar en ese libro los malos momentos que atravesó su país.

Así se expresó el novelista: “Siempre tuve la intención de escribir sobre esa etapa por la que atravesó mi país, pero  lo que realmente me empujó a contar acerca de esa hambruna fue el hecho de que Irlanda ya hoy no es pobre, se convirtió en una nación de grandes riquezas, adonde llegan en la actualidad personas de muchas partes del mundo”.

En efecto, a partir de los años finales de la década del 80 de la pasada centuria,  la República de Irlanda experimentó un auge económico que la ha llevado a convertirse en uno de los países de mayor ingreso percápita del planeta, al extremo de que algunos especialistas comenzaron a denominarla el Tigre Celta.

Por otra parte, y haciendo válido aquello de que “las personas votan realmente con los pies”, Irlanda pasó a ser un país de inmigrantes, adonde llegan actualmente polacos, lituanos, letones, africanos, asiáticos y personas de otras regiones en busca de mejores condiciones de vida. Según estadísticas, cerca del 10% de la población irlandesa en los días que corren es de origen extranjero.

Bueno, y podrían preguntarse algunos, ¿cuál ha sido la causa de semejante progreso?  Pues, ni más ni menos que una apertura consecuente de la economía a los mecanismos de mercado, con énfasis en la inversión extranjera directa, la cual, a diferencia de lo sucedido hasta ahora en Cuba, sí encontró seguridad y condiciones favorables para su implementación. A lo anterior habría que agregar un sistema político transparente, pluripartidista y respetuoso de los derechos de la ciudadanía.

Como vemos, un camino muy diferente al que han conducido a Cuba sus actuales gobernantes.




El festival del monólogo del libro se fue a bolina

Pionero empinando un papalote en campaña oficial contra el embargo estadounidense (foto Cubadebate)

LA HABANA, Cuba.- La 26 Feria Internacional del Libro de La Habana, terminó el 19 en su sede de la fortaleza de La Cabaña, pero el sábado 18 alcanzó su mayor altura con decenas de papalotes remontados hacia el cielo veraniego de este febrero. Algunos de ellos muestran al volar —¡oh, elevada imaginación!— las portadas de libros que han aparecido en el evento, y los autores son también los empinadores de tales cometas letradas.

Y no es que esos escritores y los demás papaloteros quisieran poner bien alto en el cielo el libro, la cultura o la simple diversión a favor del viento. No, el firme motivo que los convocaba a esta vistosa demostración aérea era la indignación del pueblo lector y escribidor contra “una injusticia de más de medio siglo”.

Porque, efectivamente, se trataba de un acto de repudio, silencioso y empinado, contra el “bloqueo imperialista”. Así mismo. Y para que no cupiera duda alguna, un enorme coronel —como le llamamos a las grandes cometas, pero vaya qué casualidad de altura de grado— exhibía la portada de un libro de Ramón Sánchez-Parodi, quien fuera durante muchos años jefe de la Oficina de Intereses de Cuba en Washington.

No es una metáfora: la Feria habanera del Libro se desvanece en el viento. Cierto que nunca, como sabemos, tuvo mucha consistencia de verdadera romería libresca, ni convenció como espectáculo cultural abierto y diverso. En definitiva, jamás ha podido salir de la sombra que la pavorosa historia de esa enorme fortaleza arroja sobre un evento que se supone festividad moviéndose entre murallas de piedra centenaria y muros de férrea censura oficial, por pasarelas del peor gusto cultural —o cuartelario.

De entrada, este año la feria estuvo dedicada a Armando Hart, un intelectual tan poco leído que se están editando 16 tomos de una colección garrafal —Cuba, una cultura de liberación, selección de escritos del Dr. Armando Hart Dávalos 1952-2016— para multiplicar las posibilidades de que ocurra un encuentro cercano con algún lector. De hecho, cuando le dijeron que esta edición del evento le estaría dedicada, el ex ministro de Cultura no lo podía creer —con toda razón— y dijo que no era escritor, sino “un político y un hablador aunque, desde luego, también escribo desde cada coyuntura histórica que me ha tocado vivir para defender mi patria”.

Pero no hay que asombrarse de esa exuberancia cultural, pues fueron más de 26 los títulos presentados este año por la colección 90 Aniversario para recoger la obra de un intelectual más trascendente aún que el doctor Hart, el doctor Fidel Castro. Pero toda esa frondosidad tan variada dejaba espacio todavía para flores como una biografía del brasileño Frei Betto —con prólogo del fallecido Comandante— más dos o tres libros del propio teólogo.

O como una compilación de elogios de grandes letrados a Roberto Fernández Retamar por sus 85 años. O como Aló Presidente teórico, del comandante bolivariano Hugo Chávez, con prólogo del por ahora presidente Nicolás Maduro. Y así, mucho y mucho papel más. Por desgracia, cuando le preguntaban su opinión a los asistentes a la Feria, insistían casi siempre en que los libros no eran muy variados pero sí muy caros.

El escritor Paco Ignacio Taibo II, siempre de guerrilla por la causa, respondió en una entrevista que “este año vemos menos literatura chatarra”, pues “la feria se estaba llenando de maniquíes, reinecitas y princesitas, posters de futbolistas, y eso no hace nuevos lectores”. Para colmo, declaró que “la oferta literaria sigue siendo pobre”.

Experto en ferias internacionales de este tipo, opinó que “para mantener la gran masa de lectores que creó, Cuba necesita un alimento cultural fuerte. Las editoriales nacionales están publicando exceso de ensayos para especialistas, para las escuelas, la academia, pero poca literatura de ficción, de ciencia ficción, novelas, que son los libros que más atraen y generan lectores de calidad”. Aun así, como buen progresista, puntualizó que “comparado con el año pasado, este me parece mejor”.

Por lo menos sigue siendo una larga feria internacional interprovincial, como siempre, pues no acabará hasta el 16 de abril en Santiago de Cuba. “El comité organizador se empeña en ofrecer al público un evento lo más parecido posible a lo que la gente espera que este sea”, dice la prensa. Habría que ver quiénes son esa “gente que espera”. No debe ser la que uno ve por la calle, a juzgar por la monocromía de los autores y por tanta tonelada de monomanía impresa.

Parece que, si el monólogo es no preguntar nada, entonces, “la respuesta, mi amigo, está flotando en el viento”, como diría Dylan. Por eso, en los finales de esta pétrea kermés de cuartel, cerrando por todo lo alto, los organizadores mandan a los escritores a empinar papalotes y coroneles. Una elocuente pionera afirmó, sin aparente intención metafórica: “Gracias a Fidel estamos empinando papalotes hoy”.




El espíritu de los fusilados continúa en la Cabaña

Fusilamiento en La Cabaña (foto tomada de El Nuevo Herald)

LA HABANA, Cuba.- A Nelson Rodríguez Leiva, de 26 años, lo fusilaron en La Fortaleza de la Cabaña, en 1971, junto a su amigo del alma, Angelito de Jesús Rabí, de 17.

También en el mismo sitio, pero un siglo atrás, fusilaron al poeta Juan Clemente Zenea.

De nada sirvió que Nelson, en 1960, hubiera sido maestro alfabetizador en las montañas de Oriente, que en 1964 ya tuviera un excelente libro de cuentos publicado por el escritor Virgilio Piñera, en Ediciones R, que su madre, Ada Leiva, pidiera clemencia para su hijo en una carta a Fidel Castro, que otro libro de poemas de Nelson estuviera pendiente de publicación.

Hace apenas unos días El Nuevo Herald de Miami publicó un extenso reportaje sobre una exposición del escritor Juan Abreu, con un centenar de retratos de fusilados por el régimen castrista, pintados por él, presentada en la sede del Parlamento Europeo, en Bruselas, Bélgica.

Quizás allí estaba el rostro de Nelson.

Abreu recibió el respeto y la admiración de ex presos políticos plantados como Pedro Corso, director del Instituto de la Memoria Histórica Cubana contra el Totalitarismo y del poeta Angel Cuadra, quien aseguró que la Exposición de Abreu “…es como poner a hablar la historia a través de los rostros, de rescatarlos y darles una nueva vida”. También hubiera recibido el apoyo del escritor Reinaldo Arenas, su gran hermano de corazón, lamentablemente fallecido en Nueva York y quien siempre recordó a su amigo Nelson.

Se trata, dijo Abreu, “…no de retratos convencionales, sino de un acercamiento a los rostros, muchas veces borrosos, conservados en viejas fotos”.

Debe considerarse una victoria ese proyecto de Abreu de llevar al Parlamento Europeo una historia que el régimen cubano, hoy en manos de Raúl Castro, quiere borrar, sobre todo por estos días en que se utiliza precisamente el mismo lugar donde se fusiló a través de juicios sumarísimos, para dar escarmientos o simplemente por venganza, o por miedo, a que surgiera una fuerte oposición entre todos los opositores políticos condenados a muerte.

La cifra de cinco mil fusilados pende como una espada de  Damocles sobre Cuba. El espíritu de todos ellos continúa en la Fortaleza de la Cabaña, por muchas fiestas que organicen, por mucha algarabía, bullicio, alboroto o jaleo que haya, por mucha venta de libros que realice el gobierno verdugo cada año, para un pueblo que de tanto inventar, no tiene tiempo de leer.

En esa fortaleza, con una historia tan tenebrosa como la dictadura misma, se celebra la Feria del Libro, estratégico proyecto de Fidel Castro para limpiar de sangre sus fosos, celdas, rejas y paredes, como si así pudiera desaparecer la Historia.

Allí quedaron para siempre los dos jóvenes escritores Nelson y Angelito, amarrados, con los ojos tapados para no ver los fusiles de la noche, muy juntos, como pidieron morir.

No hace mucho, alguien que los conoció, me dijo que Nelson era muy romántico, que lloraba con las melodías de Los Beatles, que hasta se parecía un poco al rostro de James Dean, el actor norteamericano de los años cincuenta y que Angelito, convertido en su noble paje, hasta tenía cara de niño.

Por las tristes callejuelas de la Fortaleza de la Cabaña, por donde caminaron hacia la muerte Nelson y su amigo, hoy caminan los “agradecidos” que ignoran esta historia. Andan en busca de un libro para leer. No precisamente El Regalo, el libro de relatos de Nelson o aquellas cuartillas embadurnadas de lágrimas que alguien recogió de un calabozo vacío.




Gardel en la Feria del libro de La Habana

Gardel coverVALENCIA, España -En febrero del 2012 asistí por última vez a la Feria del Libro de La Habana, tres años después leo algunas notas de colegas capitalinos que reportan –como yo entonces- las novedades del Carnaval festivo literario en una isla donde casi todo se extiende en las praderas del absurdo, incluido el recinto ferial –una fortaleza medieval frente a la bahía-, cuyos muros simbolizan el encierro del país y lo paradójico como norma: anaqueles tipográficos con excesivos mitos y fabulaciones, historias y reflexiones toleradas por tenaces comisarios de estado que silencian a poetas, narradores y ensayistas.

De aquella “fiesta vigilada” recuerdo el cinismo de dos invitados extranjeros portadores del síndrome de la ideologización libresca: el periodista hispano-francés Ignacio Ramonet y el teólogo brasileño Frei Betto quienes disertaron sobre la miseria y los retos del mundo y se marcharon a hoteles cinco estrellas en automóviles de lujo. Recuerdo también la abrumadora presencia de folletos y libracos de o sobre Fidel Castro, Ernesto Guevara, Hugo Chávez y reediciones de Trotsky, el socialismo y otros ismos destinados al polvo y las polillas, receptores de tanta desmesura editorial.

Dedicada a la investigadora Zoila Lapique, al ensayista Ambrosio Fornet y a las culturas del Caribe, aquella Feria ofreció algunas novedades a los visitantes que no fuimos a comer y a mirar la ciudad desde la colina. En esa fiesta anual de autores y editores retornaron las obras del excomulgado dramaturgo y narrador Virgilio Piñera, homenajeado en su primer cumplesiglo por sus discípulos y herederos espirituales, algunos reincorporados al panteón literario nacional tras abandonar las críticas que los condujo al ostracismo.

De mi deambular libresco de febrero del 2012 me viene a la mente un coloquio conducido por la poetisa Reina María Rodríguez, varios títulos premiados ajenos a los pactos de silencio y omisiones propios del programa ferial: un poemario con nombre de novela de Larry J. González, El arte de morir a solas, de Ernesto Pérez Chang; Ritual del necio, de Roberto Méndez, los Poemas de Pedro Mir –dominicano- y Gobernante en Hiroona, del narrador G. C. Hamilton Thomas.

Vi, por supuesto, algo de Marcel Proust, los Mini libros de Perú y varios clásicos de España, México, Perú y el Caribe, además de Cuba y Venezuela, cuyos gobiernos financiaron las obras premiadas por la Casa de las Américas y una rareza jurídica: Primeras constituciones de Latinoamérica y el Caribe, dedicada al Bicentenario de la Constitución de Venezuela.

Compré entonces –y aún conservo- la colección Cuentos eróticos de la antigua Arabia, de Abdul H. Sadoun; La religiosa, del enciclopedista francés Denis Diderot, y Una pasión en el desierto, relatos seleccionados por el escritor Alberto Garrandés, más la Órbita de Virgilio Piñera y Paradiso, de José Lezama Lima”, su antípoda, presente como Virgilio en nuestra literatura tras décadas de exclusión.

Antes de irme revisé el stand de libros viejos -algunos “raros y valiosos”- y adquirí Memorias de Adriano, de Margarite Yourcenar; al hojearlo descubrí entre sus páginas una foto en blanco y negro –quizás de mediados del siglo pasado- de un hombre y una mujer ante la tumba de Carlos Gardel, al dorso una nota manuscrita de la dama diciéndole al destinatario que puso al cantor las flores que le encargó, aunque “no le faltan flores frescas de sus incesantes admiradores…”

Supuse que el hallazgo expresa los caminos cruzados por el azar: ¿quién encargó las flores al “zorzal criollo”?, ¿quién fue la mujer que le escribió la nota tras posar con su pareja frente al panteón del artista?, ¿cómo llegó esa imagen a la novela de la escritora francesa?, ¿conoció la narradora al cantante rioplatense en París?, ¿admiró Gardel al emperador Adriano?

La foto y el libro me implicaron pues admiro a Margarite Yourcenar y he escuchado la magnética voz de Gardel, pero ¿por qué me sorprenden en ese entorno extraño a tangos y milongas? ¿Será una travesura del mismísimo Adriano? o la alegoría de su presencia entre los cubanos y sus grotescos mini emperadores, más próximos al bolero, el mambo y la guaracha tropical.

No sé si Gardel estuvo en La Habana donde aún tiene admiradores que organizan peñas de tango y bailan milongas, si viniera ahora no cantaría en nuestra bulliciosa Feria del libro, ubicada entre los muros de la enorme fortaleza colonial reciclada en cárcel revolucionaria y luego en sede de eventos festivos; el lugar es más apropiado para las centurias del emperador Adriano que para el hipotético recital del mítico cantor argentino, de cuya tumba nos habla la dama de la foto sin imaginar el destino de esa imagen y de su posible receptor.