Un socialismo roto y huérfano

La desaparición física de Hugo Chávez, discípulo, hijo adelantado y, al final, padre de Fidel Castro, deja desvencijado, roto y huérfano al llamado socialismo del siglo XXI, una corriente política que domina una importante región de América Latina y en la que entran, si se ajustan un poco en los asientos, mesiánicos, totalitarios, arribistas y moderados con resultados positivos para el desarrollo de sus países.
La debacle original hierve desde diciembre en Venezuela, cuando el presidente viajó a Cuba para someterse a una cirugía y no se le volvió a ver porque entró en una agonía que sus atareados herederos disimulaban con partes médicos escritos por propagandistas para ganar tiempo, ponerse de acuerdo y armar la figura de Nicolás Maduro para convertirlo en un Chávez, sin discurso, ni carisma, ni bigote.
Los venezolanos son los que sufrirán con más rigor la muerte del hombre de Barinas porque a los desbarajustes económicos, la violencia y la imposición de un régimen autoritario que se ha gestado durante 14 años, se une ahora el desconcierto que se puede tocar con la mano en las altas esferas del Gobierno, los militares y la oposición.
El otro golpe inmediato y directo será para Cuba. La dictadura de la isla ha reconocido que con el dinero de Venezuela y la cercanía y la generosidad de Chávez con su admirado comandante, consiguió estabilizar medianamente la economía después de que volara por el aire el campo socialista y se declara en el país, el llamado período especial, un eufemismo para la ruina y el hambre.
El núcleo duro del socialismo del siglo XXI pierde a su jefe máximo y Rafael Correa está preparado para sustituirlo de inmediato, pero llega disgustado con su colega de Nicaragua, Daniel Ortega. Y lo sustituye en la cumbre del movimiento por la argentina Cristina Fernández. Así es que el velorio del líder se hace con devoción revolucionaria y una primera escisión en la cumbre.
El alerta y preparado economista de Quito tiene la misión de darle coherencia al grupo, continuar con un tono discreto y respetuoso con Brasil y Uruguay, reencontrarse con el nicaragüense, incorporar a los que queden en Miraflores y soportar a Evo Morales, para que progrese el viejo proyecto antiimperialista aunque falte o se rebaje el flujo de la tubería de petrodólares y en los conflictos internacionales falten los tropezones y se eche de menos las rancheras en las celebraciones.
El Hugo Chávez que ha muerto hace unas horas deja esa y otras muchas marcas en su país y en el continente. Lo más sobresaliente de su obra puede ser su torpeza como dirigente político. De todos modos, el que murió será más soportable que el santurrón que tratan de elevar ahora al cielo de América los pícaros que no quieren perder el poder y los aprovechados del dinero de Venezuela.
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