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Domingo, 23 de julio 2017

Rafael Rojas: A dónde iba Cuba, según Raúl Roa, en 1957

Roa piensa que hay que evitar que Cuba caiga en el abismo, pero lo que propone para lograrlo no es otra cosa que el restablecimiento de la Constitución del 40.Es evidente que la crisis cubana, según Roa, no era obra sólo de la dictadura: la violencia revolucionaria también era responsable

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Fidel BatistaHay unos años un tanto neblinosos, en la biografía política de Raúl Roa, que se enmarcan entre 1955 y 1958. Son los años en que, tras la amnistía decretada por el gobierno de Fulgencio Batista, regresa a La Habana, de su exilio en México, donde había sido profesor de la Universidad de Nuevo León, en Monterrey, y director de la interesante revista Humanismo, y se reintegra a la vida intelectual cubana. Son los años, también, en que Roa vive un desencanto parecido al de su amigo Aureliano Sánchez Arango, que tuvo que ver con el fracaso de los últimos intentos revolucionarios de la Triple A y el ala radical del autenticismo en 1954. Desencanto que disipará con el respaldo a la Revolución de 1959, evento que quiebra definitivamente su amistad con Sánchez Arango.

En La Habana de aquellos años, Roa tiene una columna en el periódico El Mundo, muy leída y reconocida, donde expone su evolución política. La reciente edición de la antología Periodismo y nación. Premio Justo de Lara. 1934-1957 (La Habana, Editorial José Martí, 2013), compilada en la isla por Germán Amado-Blanco y Yasef Ananda Calderón, rescata dos de aquellos artículos, que ganaron ese importante premio de periodismo, otorgado por el Instituto Nacional de Cultura del gobierno de Batista y otras instituciones como la Sociedad de Amigos del País, la Escuela de Periodismo Manuel Márquez Sterling, el Colegio Nacional de Periodistas y la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de La Habana.

La mayoría de esos textos puede ser leída en el volumen En pie, editado por la Universidad Central de Las Villas en 1959.mEl primero de los artículos de Roa, premiado con el Justo de Lara, fue “12 de Octubre”, en el que cuestionaba las distintas concepciones de la efemérides de la llegada de Cristóbal Colón a América. Según Roa, la fecha no debía ser celebrada como “Día de la Raza”, ya que españoles y americanos no pertenecían a una raza sino a varias. Tampoco el 12 de Octubre debía ser festejado como “Día del Descubrimiento”, porque no fue eso lo que hizo Colón, quien murió pensando que América era el extremo de oriental de Asia. Más que descubrimiento, decía Roa en 1955, siguiendo al historiador mexicano Edmundo O’Gorman, hubo encubrimiento de América. Pero ni siquiera el 12 de Octubre debía ser reconocido como “Día de la Hispanidad”, toda vez que lo “hispánico” en América, aislado de lo criollo, lo africano o lo indígena, no era más que “un mito”. Por aquellos años, la crítica de Roa al discurso de la hispanidad lo colocaba, como en otras cosas, en las antípodas de intelectuales comunistas como Juan Marinello y Mirta Aguirre.

El 12 de Octubre, al decir de Roa, debía ser reconocido como el día de España y América. Era preciso dotar de americanismo esa festividad, entendiendo lo americano desde una tradición ideológica y literaria plural, en la que se juntaban Bolívar y Bello, Sor Juana y Darío, Martí y Gallegos. Que el último de los intelectuales americanos vindicados por Roa fuera Rómulo Gallegos reiteraba la apuesta política del intelectual cubano por una izquierda nacionalista y democrática, como la que, a su juicio, personificaban Acción Democrática en Venezuela, José María Figueres en Costa Rica, el PRI en México y el autenticismo radical en Cuba.

El segundo artículo de Roa, premiado con el Justo de Lara, en La Habana, apareció en El Mundo, el 21 de marzo de 1957, es decir, diez días después del asalto a Palacio Presidencial por el Directorio Revolucionario. El artículo se titula “¿A dónde va Cuba?” y la respuesta no pudo ser más contundente: “por el camino que están tomando las cosas Cuba va, inexorablemente, hacia el abismo”. Con la dictadura y la revolución, la isla había entrado en una “lógica demoniaca”, en la que el “estado de derecho, fundamento de la convivencia civilizada, era sustituido por el estado de naturaleza, ley de la selva”. Es evidente que la crisis cubana, según Roa, no era obra sólo de la dictadura: la violencia revolucionaria también era responsable. Y en ese punto se ubicaba a la derecha, por ejemplo, de Jorge Mañach, quien desde 1954 defendía a los moncadistas y a Fidel Castro:

“Nada peor puede ocurrirle a un pueblo que esta catastrófica subversión en sus relaciones de vida individual y colectiva. Se desploma el orden social, corrómpense las instituciones, se trastruecan los valores, la cultura se estanca, cunde el odio, se expande la violencia, la impunidad señorea, la razón se eclipsa, la inseguridad se entroniza y el homo hominis lupis de Hobbes deja de ser una metáfora para convertirse en cotidiana y brutal realidad. ¿Podría significar esto, en algún sentido, una solución a la tremenda crisis en que nos debatimos? ¿O entrañaría, por el contrario, la inmersión de Cuba en un ciclo interminable de sangre, lodo, miseria, desesperación y tiniebla?”

Naturalmente, Roa piensa que hay que evitar que Cuba caiga en el abismo, pero lo que propone para lograrlo no es otra cosa que el restablecimiento de la Constitución del 40:

“El país entero quiere paz, seguridad, justicia, libertad, progreso. Quiere vivir conforme a la constitución y la ley. Quiere elegir libremente a sus gobernantes y ejercitar plenamente sus derechos civiles, políticos, económicos, sociales y culturales. Quiere respeto para la vida, la hacienda y la dignidad de las personas. Quiere, en suma, que se le oiga, se le atienda y se le tenga en cuenta, como depositario legítimo que es de inalienable albedrío”.

Tradicionalmente, esta posición de Roa, a la altura de 1957, no es reconocida en la historia oficial. En el Diccionario de la Literatura Cubana (1984), por ejemplo, se decía que el intelectual cubano había estado exiliado en México hasta el triunfo de la Revolución, cuando fue designado embajador en la OEA, no por el gobierno de Fidel Castro, como también se afirma, sino por el de Manuel Urrutia Lleó y José Miró Cardona. Todavía en la Órbita de Raúl Roa (2004), editada por Salvador Bueno y Vivian Lechuga, aunque se reconocía el regreso a La Habana en 1955, se dice que entre este año y 1959, Roa “colaboró con el Movimiento 26 de Julio y la Resistencia Cívica”, pero no se admite su pertenencia a la Triple A de Aureliano Sánchez Arango, que con la ayuda del ex presidente Carlos Prío, intentó acciones armadas contra Batista, en Cuba, entre 1953 y 1954.

Breve biografía de Raúl Roa

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