Cien años del señor del mambo

Cien años del señor del mambo

Dámaso Pérez Prado está vivo y presente en la música

Dámaso Pérez Prado (CC)
Dámaso Pérez Prado (CC)

MADRID, España.- Dámaso Pérez Prado (Matanzas, Cuba, 1916), que cumple esta semana sus primeros 100 años, está vivo y presente en la música porque inventó una manera delirante y sensual de hacer bailar a los hombres y las mujeres. Sí, él descubrió el mambo enmascarado en lo hondo del danzón clásico de su país y lo puso en su piano y en sus orquestas para que se alcanzara una forma especial de felicidad.

Hijo de un periodista y una maestra, el niño matancero aprendió piano enseguida y ya en ese universo artístico comenzó a desarrollarse también como arreglista, apareció el compositor y el director.

Hacia 1940, Pérez Prado se mudó para La Habana y comenzó a trabajar con grupos musicales que actuaban en los principales clubes de la ciudad ubicados en las cercanías de la playa habanera de Marianao o en las peligrosas y atractivas esquinas que rodean el puerto.

La historia rigurosa suele decir que Pérez Prado, a partir de un ritmo que habían comenzado a ensayar y a popularizar los hermanos Cachao y Orestes López, configuró la estructura del mambo tal y como se conoció después y se hizo mundialmente famoso. Pérez Prado le añadió los cambios que quiso y lo comenzó a montar en la programación de la orquesta Casino de la Playa de la que era director y arreglista, hasta que luego, en 1945, fundara su conjunto.

La polémica sobre la paternidad del mambo nunca se ha terminado, pero lo que nadie duda es que Pérez Prado contribuyó a hacerlo más bailable y lo difundió por el mundo entero.

En México, su segunda patria donde murió en 1989, por estos días volverán con más frecuencia a los salones y a las reuniones de amigos nostálgicos algunas de las piezas clásicas de Pérez Prado como Cerezo rosa, Patricia, Mambo número 5, El ruletero, Norma, La de Guadalajara, La chula linda y Mambo en trompeta.

También en Cuba lo recordarán algunos conocedores y amantes de su música, porque el hombre del mambo fue tratado con distancia siempre por los burócratas de su país porque aunque se había ido a ese país vecino en 1948, mucho antes de la llegada de Fidel Castro a La Habana, nunca volvió.

Algunos amigos aseguran que en los últimos años de su vida, ya retirado y encerrado, quizás, en los recuerdos de sus días de gloria, Pérez Prado leía (o veía) fotonovelas. Sus preferencias literarias, como puede entenderse, eran bastante elementales, pero algunos de los grandes escritores de América Latina sí eran fanáticos de su música y así lo escribieron.

En 1951, un Gabriel García Márquez muy joven le dedicaba este párrafo: «Cuando el serio y bien vestido compositor cubano Dámaso Pérez Prado descubrió la manera de ensartar todos los ruidos urbanos en un hilo de saxofón, se dio un golpe de Estado contra la soberanía de los ritmos conocidos».

El pianista de Matanzas no había leído al colombiano que, al igual que él, halló refugio para trabajar y crear en Ciudad de México. A lo mejor lo había visto en los diarios y no podía saber lo que pensaba de su música el autor de Cien años de soledad.

También es seguro que Pérez Prado no leyó una página de su compatriota Alejo Carpentier, pero el novelista, ensayista y musicólogo habanero sabía mucho sobre el matancero. «Hay mambos detestables», escribió, «pero los hay de una invención extraordinaria, tanto desde el punto de vista instrumental como desde el punto de vista melódico. Pérez Prado, como pianista de baile, tiene un raro sentido de la variación, rompiendo con esto el aburrido mecanismo de repeticiones y estribillos que tanto contribuyó a encartonar ciertos géneros bailables antillanos».

Ahora sí, el que lo dejó clavado con un sobrenombre que lo acompaña en estos cien años fue su amigo el cantante Benny Moré, el Bárbaro del Ritmo. Moré era conocido por su capacidad de improvisación y en una actuación en Ciudad de México, en la década del 40, entró en el controvertido asunto de la paternidad del mambo y se preguntó: «¿Quién inventó el mambo que me sofoca?/ ¿Quién inventó el mambo que a las mujeres las vuelve locas?/ ¿Quién inventó esa cosa loca?/ Un chaparrito con cara de foca».

Eternidad y memoria para ese chaparro lleno de música.

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