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José Martí frente a la manipulación castrocomunista

Castrismo, Cuba, Cubanos, Martí

LAS TUNAS, Cuba. — Este sábado, se conmemora el 170 aniversario del nacimiento en La Habana el 28 de enero de 1853 de José Martí, abogado, periodista, diplomático, filósofo, Apóstol de nuestra independencia, muerto en combate a los 42 años en Dos Ríos, Oriente, el 19 de mayo de 1895.

Por sus ideas independentistas —como tantos jóvenes cubanos por estos días—, Martí fue condenado a seis años de cárcel. Ingresaría al presidio político a los 17 años, el 4 de abril de 1870, pero los trabajos forzados quebrantarían su salud, y por gestiones familiares y de amigos fue indultado el 26 de septiembre del propio año y desterrado.

Según Jorge Mañach en la biografía Martí, el Apóstol, don Mariano, el padre de Martí, un valenciano, tendría cierta tendencia hacia el enojo, que lo haría recurrir a la violencia física para reprimir la participación de su hijo en la lucha contra el colonialismo español; difícil relación paterna que no sería así con la madre, doña Leonor Pérez, quien le inculcaría valores y afectos, el humanismo del cuál haría gala, guiado de quien fuera su mentor: el abogado, maestro y humanista Rafael María de Mendive.

Martí vivió la mayor parte de su vida fuera de Cuba, con 18 años, desterrado, llegó a España en 1871, donde publicó El presidio político en Cuba, un alegato jurídico contra la dominación española. Acogiéndose en mayo de 1871 a un plan de estudios de enseñanza libre que, sin concluir el bachillerato, le permitió matricular Derecho y Filosofía en la Universidad Central de Madrid, ya residiendo en Zaragoza se graduaría de Licenciado en Derecho Civil y Canónigo, y en Filosofía y Letras, en 1874, con 21 años de edad. Viviría en México entre 1875 y 1876, en Guatemala a partir de 1877 y en Estados Unidos desde 1880 hasta 1895. Fue en este último país donde escribió la mayor parte de su obra y organizó la Guerra de Independencia.

Pero fue en la Universidad de Zaragoza, en 1874, cuando Martí mostró su vocación humanista irrestricta, que volcaría en todo su pensamiento, por los derechos naturales e imprescriptibles de todos los seres humanos. Así y todo, el pensamiento humano, jurídico y político de Martí ha sido manipulado por el castrocomunismo, mucho antes de los castristas proclamarse marxistas, partiendo por Fidel Castro, quien, en su autodefensa por el asalto al cuartel Moncada, atribuyó a Martí la autoría intelectual del ataque, cometido con nocturnidad y alevosía, vistiendo los mismos uniformes que los atacados, perfidia inimaginable en el Apóstol.

En el colmo del lavado de cerebro nacional ejecutado por el régimen, castrocomunistas falseadores de la historia han llegado a decir que, de haber vivido en nuestro tiempo, Martí hubiera sido comunista, un socialista convencido. Pero esa patraña se cae por sí sola, y no sólo voy a citar la frase que la desmiente, sino también el contexto en que fue escrita, en Nueva York, en mayo de 1894, un año antes de morir en Dos Ríos, cuando escribió a su amigo Fermín Valdés Domínguez, sugiriéndole que, “explicar será nuestro trabajo, liso y hondo”, respecto a aquellos que buscan un poco más de orden cordial, y de equilibrio indispensable en la administración de las cosas de este mundo, afirmando:

“Por lo noble se ha de juzgar una aspiración: y no por esta o aquella verruga que le ponga la pasión humana. Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: -el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas- y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para levantarse en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”.

Tales ambiciosos, según Martí en esa carta a Valdés Domínguez —que puede leerse en el tomo 3, página 168, de las Obras Completas —, los de la “soberbia y rabia disimulada” que fingen ser “defensores de los desamparados” los vemos noche y día en la televisión, cual retrato del régimen castrocomunista y de sus dirigentes y funcionarios, y como unos van, según dijo el Apóstol, de “pedigüeños” y cómo según él los vio ya en su época, otros pasan de “energúmenos a chambelanes”. Ese es el socialismo que Martí percibió y ahora pretenden embutirle.

El castrocomunismo ha segregado y segrega a los cubanos por sus ideas y su condición de isleños como en su día el apartheid marginó a los sudafricanos por el color de la piel. Así, prohibió alojarse en hoteles para extranjeros y organizar empresas sólo para extranjeros; y, en el colmo de su bajeza, los castristas, adueñándose de Cuba, afirman “las calles son de los revolucionarios” y “las universidades son para los revolucionarios”, y de ellas echan a los que llaman “contrarrevolucionarios”. ¿Y esa es la Cuba que quiso Martí? ¡No! Y ahí están sus palabras, las que, por estado de necesidad, jurídicamente hablando, citaré in extenso, según las pronunció en conmemoración del 10 de octubre de 1868, en Hardman Hall, Nueva York, el 10 de octubre de 1889, según aparece en el tomo 4 de las Obras Completas, Editorial Nacional de Cuba, La Habana 1963. Dice Martí:

“La patria es dicha de todos, y dolor de todos, y cielo para todo, y no feudo ni capellanía de nadie; y las cosas públicas en que un grupo o partido de cubanos ponga las manos con el mismo derecho indiscutible con que nosotros las ponemos, no son suya sólo, y de privilegiada propiedad, por virtud sutil y contraria a la naturaleza, sino tan nuestras como suyas, por lo que, cuando las manos no están bien puestas, hay derecho pleno para quitarles de sobre la patria las manos.”

Entonces cabe preguntar: Si es martiano según dicen, ¿cómo el Partido Comunista se ha convertido en monopolio de vidas y haciendas y presunto hacedor de justicias intangibles? ¿Cómo transforma en reos y hace sancionar penalmente a quienes tienen “derecho pleno para quitarles de sobre la patria las manos” haciendo de ella una tierra estéril?

En el discurso pronunciado en honor de Fermín Valdés Domínguez en el salón Jaeger´s, Nueva York, el 24 de febrero de 1894, Martí dijo: “Un pueblo se amengua cuando no tiene confianza en sí: crece cuando un suceso honrado viene a demostrarle que aún tiene entero y limpio el corazón”, y así sucedió el 11 de julio de 2021 en Cuba, la protesta cívica pacífica, “un suceso honrado”, pretendió demostrar que los cubanos, menguados por más de medio siglo de dictadura, todavía tenían “entero y limpio el corazón”, pero el régimen los aplastó, con policías y turbas y la cárcel, porque los cubanos limpios de corazón son un peligro para la dictadura.

Sí. Los comunistas, que los habrá honestos, pero no los veo, y los visibles son pancistas, vividores, arribistas utilitarios, y como resultado han hecho de Cuba una tierra vana, no como la que quiso José Martí y así lo dijo: “Ancha es la tierra de Cuba inculta, y clara es la justicia de abrirla a quien la emplee, y esquivarla de quien no haya de usar; y con un buen sistema de tierras, fácil en la iniciación de un país sobrante, Cuba tendrá casa para mucho hombre bueno, equilibrio para los problemas sociales, y raíz para una República que, más que de disputas y de nombres, debe ser de empresa y de trabajo”.

Pero Cuba hoy no es de “empresa y de trabajo”, sino de “disputas y de nombres” que van haciéndola cada vez más mísera con sus discursos hueros. Luego… señores castrocomunistas, digan ustedes cualquier cosa, menos que son ustedes martianos, porque ni en Vindicación de Cuba, esa encendida defensa de Martí a los cubanos, caben ustedes ni de petimetres.

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¿Qué es real y qué no sobre la visita de Al Capone a Cuba?

CDMX, México.- El famoso y temido gánster estadounidense Alphonse Gabriel Capone, más conocido como Al Capone, visitó Cuba en 1928 para supervisar uno de sus negocios: el contrabando de alcohol.

Entre 1920 y 1933 rigió en Estados Unidos la llamada Ley Seca. Durante esos años la mayor parte de la mercancía alcohólica que entró en territorio estadounidense provino de las Antillas, Cuba entre ellas. En ese contexto era de esperarse que el célebre gánster se metiera en el negocio y llegara a la isla para asegurarse de que el contrabando fuese exitoso.

Sobre su estancia en la isla hay muchas fábulas que no han sido comprobadas por los historiadores. Por ejemplo, la fastuosa casa que hay en Varadero con su nombre se atribuye que fue suya. Sin embargo, no hay indicios de esto. La casa fue construida en 1930 cuando el Al Capone estaba en la cárcel. Al parecer la selección del nombre no fue más que una iniciativa de marketing.

Lo que sí se ha comprobado es que se hospedó en el hotel Sevilla, en el piso seis. Dicen que lo mandó a cerrar solo para él y su comitiva.

El periodista, experto en temas históricos Ciro Bianchi relató al respecto que según: “ la leyenda popular pidió entonces reunirse con todos los empleados que se encargaban de la atención de dicha planta. Poco tenía que decirles. Pero congratuló con un billete de cien dólares a cada uno de ellos”.

Esa no fue la única muestra de ostentación del mafioso de Chicago. Otro de los hitos de su estancia en La Habana ocurrió en la calle Obispo donde compró tres relojes de pulsera marca Patek Philippe en “Le Palais Royal”, la joyería más cara de La Habana. Pagó seis mil dólares por ellos. Ha trascendido que una de las joyas fue para él, otra para su guardaespaldas y la tercera para un político cubano.

¿Buscaba Alcapone ganar simpatías para que nada interfiriera con su negocio? ¿Estaba pagando algún favor? Hasta hoy eso no lo sabemos, pero el tercer reloj terminó en la muñeca de Rafael Guas Inclán entonces presidente de la Cámara de Representantes y que luego fue vicepresidente de la República al lado de Fulgencio Batista.

Mucho más no se sabe de la estancia de Al Capone en La Habana pero se conserva una foto de él en los jardines de la cervecería La Tropical, en Marianao.

(Foto: tomada de Cubadebate)

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Matanzas, la Atenas de Cuba cumple 329 años

Ciudad de Matanzas

LA HABANA, Cuba. — El 12 de octubre de 1693 fue fundada la ciudad de San Carlos y San Severino de Matanzas, en el occidente cubano. Bañada por los ríos Yumurí, Canímar y San Juan, su nacimiento estuvo marcado por la necesidad de proteger la bahía, objetivo habitual de los ataques de corsarios y piratas. La necesidad de fortificar el cinturón comercial para evitar que los aventureros se apropiaran de tan importante enclave, condujo a que el rey de España, Carlos II, ordenara levantar la ciudad, lo cual se llevó a cabo mediante misa oficiada por el obispo Diego Evelino de Compostela y el entonces Gobernador Interino, Severino de Manzaneda.

Concebida como ciudad y no como una simple villa, responde a los principios político-militares del período renacentista, y a la imperiosa necesidad de resguardar la capital de ataques enemigos. El castillo de San Severino, una de las grandes construcciones militares de Cuba, atestigua la importancia que se le confirió a Matanzas, primera urbe del país erigida bajo la voluntad estatal explícita en los documentos emitidos por el Rey de España.

La también conocida como “Ciudad de los puentes” mostró un pujante desarrollo a partir del siglo XIX con la introducción de la imprenta, y despuntó en casi todos los sectores de la economía: energía, industria, comercio, ganadería y producción agrícola, especialmente el cultivo de la caña de azúcar. Se considera que el año 1813 marcó el inicio del Siglo de Oro de Matanzas, cuyo auge económico y cultural se mantendría en ascenso al punto de que, en 1860, fue bautizada públicamente como “La Atenas de Cuba”, epíteto que sus pobladores han sostenido con orgullo hasta la actualidad.

Entre sus hijos ilustres sobresalen el escritor y dramaturgo José Jacinto Milanés, el profesor Miguel Teurbe Tolón, quien diseñó el escudo y la bandera de Cuba a partir de una idea del patriota Narciso López; así como los músicos Dámaso Pérez Prado, Arsenio Rodríguez y Carlos Manuel Alfonso “Caíto”, percusionista y fundador de la legendaria Sonora Matancera.

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José Agustín Caballero, Manuel Márquez Sterling y Emilio Bacardí: tres cubanos extraordinarios

Cubanos, Cuba

HARRISONBURG, Estados Unidos. — Este domingo 28 de agosto coinciden tres efemérides significativas en la historia nacional cubana: el 260 aniversario del nacimiento de José Agustín Caballero, el 150 aniversario del nacimiento de Manuel Márquez Sterling y el centenario de la muerte de Emilio Bacardí Moreau, tres cubanos extraordinarios.

José Agustín Caballero: Un sacerdote que agrietó los moldes

Ingresó en el Seminario de San Carlos y San Ambrosio a los doce años el mismo día de su fundación, el 4 de abril de 1774. Luego continuó estudiando en el colegio San Gerónimo de La Habana, donde obtuvo los títulos de bachiller en Artes en 1771, bachiller en Sagrada Teología en 1787 y Doctor en Sagrada Teología en 1788. Se inició como sacerdote en 1781.

Al analizar la historia llama la atención cómo sucesos aparentemente triviales se hilvanan a lo largo de los años para tejer otros de trascendencia. Hago esta afirmación porque el llamado a desterrar la rigidez del pensamiento escolástico tiene sus raíces precisamente en José Agustín Caballero, de quien Félix Varela fue alumno, como también lo fueron José Antonio Saco y José de la Luz y Caballero, quien ejerció honda influencia sobre José Martí.

Sobre estos vínculos invisibles —o desestimados— escribió acertadamente Jorge Castellanos en su obra Raíces de la Ideología Burguesa en Cuba: “La historiografía cubana tradicional no ha querido tomar en cuenta los méritos de todos aquellos varones que humilde y calladamente prepararon el terreno para la profunda renovación de los valores filosóficos, educacionales y cívicos que experimentó Cuba en el primer tercio del siglo XIX. Hasta ahora Varela —el héroe— ha acaparado todos los lauros. Los demás —los precursores— han sido sistemáticamente olvidados”.

Uno de esos precursores fue José Agustín Caballero, pensador y escritor estrechamente vinculado al movimiento conocido como la Ilustración Reformista criolla, que surgió a finales del siglo XVIII y se extendió hasta bien entrado el siglo XIX. A este movimiento se le atribuye el inicio de la transformación cultural e ideológica cubana, que tendría en Varela y Martí otros referentes imprescindibles en ese siglo.

Manuel Márquez Sterling, presidente por seis horas

Aunque es reconocido como una figura icónica del periodismo cubano durante la etapa republicana, Márquez Sterling también fue diplomático, político, escritor y ajedrecista.

Se inició como periodista en El Pueblo y El camagüeyano en 1889, cuando tenía dieciséis años.

En 1895 conoció a José Martí y se declaró partidario de la independencia de Cuba, por lo que tuvo que partir al exilio, radicándose primero en México y luego en EE. UU.

Regresó a Cuba cuando todavía estaba en suelo patrio el gobierno interventor estadounidense. A partir de entonces, practicó asiduamente el periodismo, siendo además el fundador de los periódicos El Mundo (1901), El heraldo de Cuba (1913) y La Nación (1916).

Ocupando el cargo de embajador de Cuba en México se destacó por la protección que otorgó a Francisco Madero y a otros de sus seguidores cuando se produjo el golpe de Estado ejecutado contra el presidente mexicano. Sus reflexiones sobre el suceso quedaron expuestas en su libro Los últimos días de Madero.

Márquez Sterling escribió alrededor de quince libros, entre los que se hallan algunos dedicados al juego de ajedrez, una de sus pasiones.

Se opuso radicalmente a la dictadura de Gerardo Machado. Cuando el presidente Carlos Hevia tuvo que dimitir por presiones de Fulgencio Batista, se creó un vacío de poder. Para cubrirlo, Márquez Sterling, quien era Secretario de Estado, asumió la presidencia del país desde las seis de la mañana hasta las doce del mediodía, cuando el cargo fue asumido por Carlos Mendieta. Este suceso convirtió a Sterling en uno de los presidentes más fugaces de la historia mundial.

Fue un crítico tenaz de la Enmienda Platt. El 29 de mayo de 1934, cuando ocupaba el cargo de embajador de Cuba en Washington y después de haber firmado el tratado que derogaba el infame texto, declaró: “Ya puedo morir tranquilo”.

Emilio Bacardí Moreau: un mentís a la propaganda castrista

Nació en Santiago de Cuba el 5 de junio de 1844 y fue hijo de Facundo Bacardí y Massó, el catalán fundador de la importante ronera que lleva ese apellido.

Se trasladó a Barcelona siendo muy joven y allí hizo sus estudios primarios y algunos de pintura.

Se destacó tempranamente en la literatura al obtener en 1867 un premio otorgado por el Liceo de Puerto Príncipe.

Por su vinculación al movimiento independentista cubano fue enviado en 1876 a la prisión española de Chafarinas. Terminada la Guerra de los Diez Años regresó a Cuba, pero por vincularse a la conspiración que fraguaba el levantamiento conocido posteriormente como Guerra Chiquita, fue deportado otra vez a España en 1879.

Un año después de iniciada la tercera guerra por nuestra independencia, Emilio Bacardí sufrió su tercer destierro acompañado de prisión, esta vez en Ceuta.

Obtenida la independencia y radicado nuevamente en Santiago de Cuba, fue elegido alcalde en 1901.

Como gobernante realizó una activa labor que ha trascendido hasta nuestros días como ejemplo de civismo, lo cual desmiente la reiterada afirmación castrista de que todos los políticos de la república eran corruptos.

En el caso de Emilio Bacardí, pueden citarse, como resultado de su labor en beneficio de su ciudad natal la creación del museo que lleva su nombre, donde se exponen valiosos documentos y objetos vinculados a nuestras guerras por la independencia. Anexa al museo todavía se encuentra la biblioteca Elvira Cape, también fundada por él. A esas obras se sumó la Academia de Bellas Artes, todas creadas en gran parte con fondos de la fortuna personal de Bacardí.

Retirado de la política, Bacardí se dedicó por entero a la creación literaria. Entre sus obras más destacadas se encuentran las Crónicas de Santiago de Cuba, escritas en diez tomos, las crónicas de sus viajes por Egipto y Palestina y el drama El abismo, puesto en escena en 1912 por la compañía de Virginia Fábregas. Pero los estudiosos coinciden en señalar a sus novelas Vía Crucis y Doña Giomar como lo más trascendente de su creación literaria, aunque gran parte de ella quedó inédita cuando falleció un día como hoy hace cien años.

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De la historia a la hystoria: la ausencia de las cubanas en la narrativa nacional (III)

mujeres cubanas
“La historia –el triunfo de la virilidad y el heroísmo- la escriben los hombres.”
Isel Rivero, feminista y poeta cubana

MIAMI, Estados Unidos.- Sé que mi planteamiento es controversial. Acepto de antemano las críticas, pero mi análisis de las omisiones de los historiadores está más claro que el agua. Lo hago con el objetivo de hacer pensar sobre nuestra ausencia de las narrativas de historia y lo que ello pueda tener que ver con el reiterado machismo y caudillismo que flagela a nuestra Patria.

Aunque no es suficiente que la hystoria sea un acápite aparte, un libro aparte, una nota al pie de la página, celebro la existencia de textos que resalten nuestros aportes dentro y fuera de Cuba. Quiero referirme aquí a tres libros básicos, cuyo contenido comprueba que la historia de Cuba que se aprende es inexacta e incompleta. Esa historia excluye la gestión de las cubanas, y por tanto no contribuye a una apreciación integral o equitativa de la identidad nacional o del acontecer político, social o económico de la nación cubana. El progreso de Cuba también lo hemos forjado las mujeres.

Además, al excluirnos, la historia tradicional refuerza el patriarcado machista, el caudillismo, la sobredimensión de los patriotas, y la invisibilidad de la mujer, todos factores peligrosos para cualquier nación.

Cabe mencionar que el primer libro que se escribe sobre las mujeres en la historia de Cuba se publicó en el extranjero y en inglés: From the House to the Streets: The Cuban Woman’s Movement for Legal Reform (1898-1940), (Duke University Press, 1991), publicado en español por la Editorial Colibrí bajo el título De la casa a la calle. Lo escribió Lynn K. Stoner, académica norteamericana que tuvo acceso al Archivo Nacional de Cuba cuando escribía su tesis doctoral, y pudo investigar a plenitud.

El primer libro que se publicó sobre el tema dentro de Cuba ─En busca de un espacio: Historia de mujeres en Cuba (Editorial Ciencias Sociales, 2005) ─ lo escribió un hombre, el historiador feminista cubano Julio César González Pagés, fundador de la Red Interamericana de Masculinidades. En 2012 recorrió la Isla celebrando el centenario del Partido Nacional Feminista y recuperando la historia de las cubanas.

De lectura obligatoria son tres libros: el de Concepción Alzola, Trayectoria de la mujer cubana (Ediciones Universal, 2009), y los de Teresa Fernández Soneira: Mujeres de la Patria, y Contribución de la mujer a la independencia de Cuba (Vol. I y II, 2014). En los volúmenes de Fernández Soneira quedan reseñadas más de 1 500 cubanas ─blancas y negras─ que, desde la manigua o el exilio en Nueva York, Tampa y Cayo Hueso, hasta los más altos niveles políticos en Washington y París, lucharon durante el siglo XIX por la independencia de Cuba.

En el tomo de Alzola ninguna mujer queda afuera: esclavas, prostitutas, cortesanas, benefactoras, primeras damas, mártires, mambisas, abolicionistas, sufragistas, exiliadas del XIX y del XX, feministas, educadoras, poetas, novelistas, ensayistas, activistas políticas, periodistas, bibliotecarias, diseñadoras, bailarinas, compositoras, científicas, médicos, dentistas, enfermeras, investigadoras, farmacéuticas, arquitectas, ingenieras, aviadoras, militares, deportistas, abogadas, líderes cívicas, religiosas, anarquistas, empresarias, sindicalistas, líderes obreras  presas políticas.

En su “Advertencia Preliminar”, Alzola señala la importancia de narrar a la mujer como individuo, y no abordar bajo su nombre los logros y méritos de toda la parentela masculina y asumir que con ello se reseñó su biografía. Eso es lo que hace del volumen de Antonio J. Molina, Mujeres en la Historia de Cuba (Ediciones Universal, 2004), un ofensivo desacierto a pesar de los más de 1 000 nombres que aporta.

En su tomo, Molina comete el mismo error que el de Antón y Hernández. Aquí, entre nombres de mujeres no-cubanas, de información incompleta y superflua, y de personajes literarios o de la cultura popular que son ficción y no realidad, también aparece Cecilia Valdés. Aparece, además, Chepilla, su abuela. Este tomo está plagado de resúmenes biográficos masculinos ─del padre, hermano, esposo, o hijo de tal o mas cual mujer─ referencias que describen a la mujer como “tronco de familia”. Otros datos que para Molina constituyen referencia adecuada son, por ejemplo: “farmacéutica en Union City”; “dueña de una agencia de publicidad en Los Ángeles”; “dentista en Houston”; “repostera en San Juan”.

Es en los tomos de Alzola, Fernández Sonera, Stoner y González Pagés donde está la gran obra de consulta a partir de la cual en el futuro se podrá escribir la hystoria de Cuba.

En estos libros encontramos a Hortensia Lamar, Tina Forcade y María Corominas, sufragistas, fundadoras de entidades feneminas en los ’20 y ’30; veteranas de la lucha contra el dictador Gerardo Machado, cuya renuncia en 1933 ayudaron a gestar. A Elena Mederos, feminista desde los ’30, fundadora de la Escuela de Servicio Social a mediados del siglo 20; nombrada embajadora ante la UNESCO en los ’50; nombrada ministra de Bienestar Social ─la primera mujer en ocupar una verdadera cartera en un gabinete presidencial─ en el gobierno de Manuel Urrutia, con el cual rompió en 1960 y partió al exilio; fundadora de Of Human Rights, por los derechos humanos y la libertad de los presos políticos cubanos.

Encontramos a María Luisa Dolz, pedagoga, feminista desde principios de la República, fundadora del proyecto de estudios en la Universidad de Harvard para maestros y maestras cubanos, que revolucionó a partir de 1901 el sistema escolar cubano. A Ana Betancourt, delegada suplente a la Asamblea de Guáimaro (1868) y primera persona que habló de los derechos de la mujer en un contexto político y público. A Edelmira Guerra, feminista y activista pro independencia, que en 1897 propuso el primer tratado sobre los derechos civiles de las mujeres. A Mirta Aguirre, pensadora y política de la Cuba republicana, y en adelante; miembro del Partido Socialista Popular de Cuba desde 1932, eminente académica de la Universidad de La Habana.

Encontramos a Ofelia Domínguez, feminista, abogada, fundadora de varias organizaciones feministas en Cuba, delegada a la UNESCO en los ’50. A Ofelia Acosta, galardonada escritora, novelista y feminista de los ’30 y ’40. A Blanca Sabas Alomá, feminista, escritora y periodista durante la república. A Magdalena Peñarredonda, feminista y periodista, conocida como “La Delegada”, veterana de la Guerra de Independencia de donde egresó con grados de comandante del Ejército Libertador.

La nueva historia de Cuba hay que escribirla con “Y”, apropiándonos de la palabra griega hystera (“útero, matriz”). En inglés, las feministas utilizan el término herstory; el idioma se presta. Pues nosotras, desde nuestro idioma, adoptemos “hystoria”.

La nueva hystoria de Cuba tendrá que incluir a las invencibles cubanas que integran, desde mayo 2003, las Damas de Blanco: sus fundadoras Blanquita Reyes, Miriam Leiva y Claudia Márquez; su segunda presidenta, Laura Pollán; la actual líder del grupo, Berta Soler; y las docenas de Damas que desfilan los domingos en cada provincia; y a todas las activistas de organizaciones opositoras que luchan por la libertad y los derechos civiles de todos.

Tendrá que incluir las hystorias rescatadas de las presas políticas ─más de 5 000─ de las primeras dos décadas del castrismo: la Niña del Escambray, Cary Roque, Albertina O’Farrill, Carmina Trueba, Sara Del Toro, Doris Delgado, Hilda Felipe, Mercedes Chirino, María Vidal, Ana Lázara Rodríguez, Pola Grau, Nenita Caramés, Manuela Calvo, María de los Ángeles Habache, Esperanza Peña, Gisela Sánchez, Ana Luisa Alfonso, Mary Martínez Ibarra, Reina Peñate, Vivian de Castro, María Vidal, Esperanza Peña, Josefina Souto, Estrella Riesgo, Mercedes Rosselló, Selma Hazim, Gisela Sánchez, Cándida Melba de Feria, Emilia Tamarit, Carmen Gil, Raquel Romero, Gladys Chinea, por mencionar a algunas, al igual que a los centenares de presas de conciencia que luego sufrieron y sufren cárcel: un total de 130 en la actualidad, según Prisoners Defenders.

Tendrá que incluir a activistas, intelectuales, periodistas independientes y creadoras: Ana María Simo, Isel Rivero, Tania Díaz-Castro, María Elena Cruz Varela, Tania Bruguera, Martha Beatriz Roque, Omara Ruiz Urquiola, Laritza Diversent, Bertha Mexidor, Elena Montes de Oca, Carmen Julia Arias, María Elena Aparicio, Bertha Lidia Aizpurúa, Claribel Mena, Victoria Ruiz Labrit, Yoani Sánchez, Anamely Ramos, Mary Karla Ares, Zelandia Pérez, Martha María Ramírez, Marthadela Tamayo, Mabel Pérez, Aimara Peña, Carolina Barrero, María Matienzo, Iris Ruiz, Camila Acosta, Thais Mailén Franco …

Tendrá que incluir a cientos de cubanas que han seguido escribiendo la hystoria en el exilio: desde Ileana Ros-Lehtinen hasta María Elvira Salazar, desde Nancy Pérez-Crespo hasta María Werlau, desde Magdelivia Hidalgo hasta Belkis Cuza Malé.

Y, en honor a la imparcialidad, también tendrá que incluir a las alzadas del batallón “Mariana Grajales” ─Haydée Santamaría, Melba Hernández, Olga Guevara, Violeta Casals, entre otras─ que lucharon contra la dictadura de Fulgencio Batista; a las mujeres que han participado de manera justa y consecuente en el acontecer de los últimos 60 años dentro de la isla; y también, hasta donde se pueda documentar, a las viles cómplices de seis décadas de ignominia ─Vilma Espín, Celia Sánchez, Vicentina Antuña, Delsa “Teté” Puebla, Caridad Diego, por ejemplo─ que al menos entre las tapas de un libro tengan que enfrentarse al juicio de la Hystoria.

Cierro este texto con mi lema, o como dicen mis detractores, mi mono-tema: Sin cubanas, no hay país. Sin cubanas, no hay país.

**Vea también: 

De la historia a la hystoria: la ausencia de las cubanas en la narrativa nacional

De la historia a la hystoria: la ausencia de cubanas en la narrativa nacional (II)

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Dos fechas de marzo que pudieron cambiar la historia de Cuba

José Antonio Echeverría y Fulgencio Batista, Marzo, Cuba

LA HABANA, Cuba. — Hay en marzo dos fechas de hechos ocurridos en los años 50 del siglo pasado que, de haber tenido otros resultados, hubieran hecho totalmente diferente la historia cubana de las últimas siete décadas. Me refiero al golpe de Estado del 10 de marzo de 1952 y al ataque al Palacio Presidencial del 13 de marzo de 1957.

La madrugada del 10 de marzo de 1952, Fulgencio Batista Zaldívar, desde el campamento militar de Columbia, encabezó un cuartelazo que derrocó al gobierno de Carlos Prío Socarrás. El pretexto de Batista para la  fractura del orden constitucional fue acabar con el pandillerismo y la corrupción administrativa.

Batista, que desde 1944 se había radicado en Daytona Beach, Florida, había regresado a Cuba  para aspirar de nuevo a la presidencia. Pero sus posibilidades de vencer en los comicios, a pesar del descenso de la popularidad de los auténticos y el debilitamiento de los ortodoxos tras el suicidio de Eduardo Chibás, eran casi nulas. Sólo le quedaba recurrir a la vía más expedita para llegar al poder: el golpe militar.

Fulgencio Batista fue, junto a Fidel Castro, el personaje más determinantes de la historia de Cuba en el siglo XX. Batista fue un  producto de la llamada “Revolución del 33” que derrocó al régimen  de Gerardo Machado.  Luego de haber sido cortador de caña en Banes, retranquero de ferrocarril en Camagüey y recadero de los guardias del Tercio Táctico de Holguín, en 1921, ingresó como soldado del Cuarto Batallón de Infantería, en el campamento de Columbia. Doce años después, el 4 de septiembre de 1933,  protagonizaría la asonada militar que derrocó al gobierno provisional que durante menos de un mes sustituyó al de Machado.

Fue casi por casualidad que Batista, de 32 años, se vio al frente de la conjura de los militares, que originalmente solo reclamaban un aumento salarial. Los tres sargentos que lideraban la asonada, Pablo Rodríguez, José Eleuterio Pedraza y Miguel López Migoya sumaron a Batista a su grupo porque era el único que tenía  carro, lo que les permitía desplazarse con rapidez, y porque era un taquígrafo veloz. La prominencia se la dio Sergio Carbó, que, sin consultar con sus colegas de la Pentarquía, nombró a Batista, el 8 de septiembre de 1933, coronel y jefe del Estado Mayor. Como tal, formó parte del gobierno provisional de Ramón Grau San Martín, a quien derrocaría en 1934. Durante los próximos cinco años, desde Columbia, fue Batista quien, con mano dura, ejerció realmente el poder en Cuba.

Paradójicamente, Batista fue quien abrió y cerró el paréntesis de estabilidad política y ascenso democrático que hubo en Cuba entre 1940 y 1952.  Lo abrió en 1940, cuando, luego de ganar las elecciones presidenciales al frente de una coalición que incluía a los comunistas, hizo la convocatoria a una asamblea constituyente que redactó una de las  constituciones más avanzadas de su época.  Y lo cerró abruptamente con el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952.

Nadie pudo imaginar que aquel golpe de Estado, que no encontró resistencia, y el fracaso, unos años después, del Diálogo Cívico entre Batista y la oposición democrática, abonarían el terreno para la violencia revolucionaria y la instauración del régimen totalitario de Fidel Castro.

En la tarde del 13 de marzo de 1957, miembros armados del grupo Directorio Revolucionario, encabezados por el líder universitario de 25 años José Antonio Echeverría, atacaron el Palacio Presidencial con el propósito de ultimar a Batista.

La acción, mal planeada, casi suicida, fracasó, y resultaron muertos Echeverría y la mayoría de sus compañeros. Fidel Castro, desde su campamento en la Sierra Maestra, criticó aquel ataque para el cual no fue consultado. Y no fue precisamente porque estuviera en contra del magnicidio o del terrorismo, que más terroristas eran los atentados con bombas cometidos en las ciudades por los miembros de Acción y Sabotaje de su Movimiento 26 de Julio.

A pesar de que Fidel Castro y José Antonio Echeverría  habían firmado en 1956 la llamada Carta de México, que supuestamente sellaba la unidad de las fuerzas que se oponían al régimen de Batista, entre ambos líderes existían grandes contradicciones. Y no eran solo de métodos de lucha las diferencias entre  Echeverría, un joven de formación burguesa, católico y nada inclinado a la izquierda, y el voluntarioso y autoritario Castro, que no ocultaba su aspiración de hacerse con el liderazgo absoluto de todas las fuerzas revolucionarias.

De haber tenido éxito el magnicidio planeado por Echeverría, y si eso hubiese provocado el fin de la dictadura, el Directorio Revolucionario, que se habría impuesto sobre el M-26-7, hubiese restaurado la Constitución y apoyado la celebración de elecciones libres que dieran por resultado un gobierno democrático.

Fidel Castro, que  llevaba solo cuatro meses en la Sierra Maestra y hostigado por las fuerzas gubernamentales no había podido todavía organizar el ejército guerrillero que luego tuvo y habría tenido que aceptar al gobierno resultante de esas elecciones, de lo contrario, sin posibilidades de éxito, habría tenido que seguir alzado en las lomas.

Pero no fue así.  La muerte de Echeverría le despejó el camino a Fidel Castro para imponer la primacía del Movimiento 26 de Julio sobre el Directorio Revolucionario, al que, después de enero de 1959, desarmaría y ningunearía al incorporarlo a las  Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI). Eso, sumado a los encarcelamientos y fusilamientos de varios miembros del Directorio Revolucionario y del Segundo Frente del Escambray, fue pieza clave en la instauración de la dictadura comunista.

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Lo que el castrismo no le perdona a Estrada Palma

Don Tomás Estrada Palma, Cuba

LA HABANA, Cuba. — Desde hace 63 años, Tomás Estrada Palma, el primer presidente que tuvo la República de Cuba, es constantemente denigrado por el régimen de la Isla. El ensañamiento del castrismo contra su figura ha sido casi tan feroz como el dirigido contra los dictadores Gerardo Machado y Fulgencio Batista.

La más reciente de las andanadas castristas contra Estrada Palma se produjo el pasado 16 de febrero, cuando, con motivo del aniversario 119 de la firma del Convenio de Arrendamiento de Estaciones Navales y Carboneras (1903) —que permitió a Estados Unidos instalar una base naval en la bahía de Guantánamo —, el periódico Granma, órgano oficial del Comité Central del Partido Comunista (PCC), publicó un artículo de Delfín Xiqués Cutiño titulado Comenzó como un arriendo y Estados Unidos lo convirtió en una usurpación.

En dicho artículo, colmado de tergiversaciones históricas, el periodista oficialista no escatimó en acusaciones contra quien llegó a ser elegido, casi por unanimidad, Delegado del Partido Revolucionario Cubano (PRC).

Afirmó el periodista que siendo Estrada Palma “el candidato favorito del gobierno estadounidense”, ganó la presidencia mediante un fraude en las elecciones de 1901. Y fue más lejos aún Delfín Xiqués en sus difamaciones cuando refirió que tras la muerte en combate de José Martí en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, Estrada Palma “se las ingeniaría para que lo nombraran como Delegado” del partido fundado por el Apóstol.

La verdad histórica que siempre oculta la historiografía castrista es que si Estrada Palma sustituyó a José Martí al frente del partido fue por sus méritos patrióticos (había sido presidente de la República en Armas entre 1876 y 1877) y su honestidad, era el segundo de Martí, el hombre de toda su confianza, al que en sus cartas llamaba “querido hermano”.

Pero el periodista de Granma aseguró que Estrada Palma “ocultó muy bien su pensamiento conservador, su falta de fe en el pueblo cubano, su recelo en que el Ejército Libertador pudiera obtener la victoria contra España y su exceso de confianza en el gobierno de Estados Unidos, tanto que lo acercaba al anexionismo”.

Y continuaba: “Como Delegado de Cuba en el exterior actuó de manera entreguista con el gobierno estadounidense y prepotente con el cubano. Estrada Palma se arrogaba constantemente el derecho de tomar decisiones que únicamente correspondían al Consejo de Gobierno, al cual desinformaba. Además, ignoraba a Máximo Gómez como General en Jefe del Ejército Libertador, entre otras violaciones”.

Y para rematar el enlodamiento de los méritos de Estrada Palma en la lucha por la independencia, afirma que tras el fin de la guerra, al Partido Revolucionario Cubano “lo disolvió de forma unilateral, irresponsable e inconsulta”.

Delfín Xiqués omite que el propio Martí siempre dejó claro que el objetivo del Partido Revolucionario Cubano era preparar y dirigir la guerra por la independencia. Una vez concluida la contienda, la existencia del PRC no tenía sentido, pues se constituirían otros partidos políticos. Pero eso es invariablemente manipulado por el castrismo, que quiere hacer ver que su referente para el partido único es el PRC de Martí.

Como muestras del entreguismo de Estrada Palma a los Estados Unidos, Xiqués refiere que durante su gobierno se firmaron el Tratado de Reciprocidad Comercial, el Tratado de Relaciones Permanentes y el ya citado Convenio de Arrendamiento de Estaciones Navales y Carboneras.

Los castristas no le reconocen mérito alguno a Estrada Palma. Ni siquiera el de haber sido el presidente más austero y honesto en el manejo de los fondos públicos que tuvo la República.

El gran error de Estrada Palma fue que, creyéndose insustituible al frente de los destinos del país, quiso reelegirse, lo que provocó un alzamiento de sus opositores, encabezados por José Miguel Gómez. Y Don Tomás, para evitar un baño de sangre, antes que negociar con los alzados, prefirió agarrarse a la Enmienda Platt y solicitar la intervención norteamericana.

En los primeros años del régimen castrista fue retirada la estatua de Estrada Palma de la Avenida de los Presidentes. De ella sólo quedaron los zapatones de bronce prendidos al pedestal. Sin embargo, en la misma avenida se yergue el monumento a José Miguel Gómez, el caudillo liberal que encabezó el levantamiento armado contra Estrada Palma.

Tomás Estrada Palma, Cuba
Base del antiguo monumento a Tomás Estrada Palma en la Avenidas de los Presidentes de La Habana (Foto: Abel Padrón Padilla/Cubadebate)

Es curioso que el castrismo, que tanto encono mostrara contra Estrada Palma, haya mantenido el monumento de José Miguel Gómez, su rival. Los méritos patrióticos de ambos están parejos: el primero, presidente de la República en Armas y delegado del PRC; y el segundo, general del Ejército Libertador. En cuanto a deméritos, Gómez, al que llamaban “el Tiburón que se baña pero salpica” fue de los presidentes más corruptos del periodo republicano. Y para colmo, durante su gobierno ocurrió la represión del alzamiento de los Independientes de Color, en la que fueron masacrados miles de negros y mulatos.

Parece que para el castrismo, tan injusto en la historia como en todo lo demás, son más fáciles de perdonar los pecados del Tiburón que los de Don Tomás.

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“Cordillera de plantados”, un libro imprescindible

“Cordillera de plantados”, Cuba

HARRISONBURG, Estados Unidos. — La toma del poder absoluto en 1959 por Fidel Castro y sus adláteres nefastos sacudió los cimientos de Cuba. Lo que un día se proclamó revolución devino en la dictadura más prolongada del hemisferio occidental y en causa de la escisión que polariza a los cubanos.

En medio de la trifulca ideológica, política, económica y militar causada por el castrismo, quienes nacimos poco antes de 1959 o a partir de ese año recibimos una enseñanza sectaria de la historia patria, donde primó el punto de vista de los presuntos vencedores.

Habrá un día en que nuestro país será normal y sus ciudadanos tendrán acceso a todas las fuentes, algo que sin dudas les permitirá formarse una opinión más objetiva sobre lo ocurrido desde 1959 hasta hoy. Pero los intelectuales no deben esperar a que ese día llegue para ir haciendo sus aportes, por eso siempre será loable el esfuerzo de dejar constancia de detalles o sucesos que luego pueden perderse para siempre.

En todo lo expuesto precedentemente pensé luego de leerme de un tirón un ameno y emocionante libro que me ofreció información y esclarecimiento sobre momentos y protagonistas de esa historia tan tergiversada por el castrismo. Me refiero a Cordillera de Plantados, un conjunto de testimonios escrito por Gonzalo Altozano.

Escrito de forma amena el libro muestra el testimonio de 12 cubanos que advirtieron a tiempo las intenciones del nuevo déspota disfrazado de cordero. Algunas de esas historias parecen fantásticas, pero todas ocurrieron y dejaron indeleble huella en sus protagonistas y familiares.

Gracias al testimonio de Roberto Pérez Valdés Montiel conocí más detalles del famoso juicio a los pilotos del ejército nacional que sirvieron a las órdenes de Batista. Luego de haber sido absueltos en un primer juicio por un tribunal presidido por el comandante Félix Pena, Fidel Castro acudió a la televisión y ordenó que se hiciera un nuevo juicio donde se les impuso 30 años de privación de libertad, algo que Altozano califica como la inauguración del uso arbitrario del derecho en Cuba, aunque esa arbitrariedad se consolidó desde el período de guerrillas en la Sierra Maestra. El comandante Félix Pena no pudo superar los efectos de la humillación pública a la que fue sometido y se suicidó.

Conocí la extraordinaria historia de Osvaldo Figueroa Gálvez, “Maqueca”, temerario luchador contra Batista que al constatar que Fidel Castro iba a implantar el comunismo comenzó a conspirar y fraguó un plan para ajusticiarlo en el estadio Latinoamericano. Una historia que una vez más enseña que en ese tipo de lucha no se puede confiar en nadie.

¿Y qué decir del testimonio de Roberto Perdomo? En tono humorístico Altozano lo identifica como el autor del primer sabotaje contra la dictadura de Batista, pero su historia es también un ejemplo aleccionador sobre las posibilidades de crecimiento humano y la defensa de valores esenciales, algo que demostró al salvarle la vida al Dr. Manuel Urrutia Lleó, primer presidente del gobierno revolucionario.

En el libro constan los lacerantes testimonios de Jorge Gutiérrez Izaguirre (El Sheriff), de Alfredo Izaguirre —líder de la operación Patty, con la cual se pretendió ajusticiar a Raúl Castro en Santiago de Cuba—, la del campesino Agapito Riviera Milián y la de Ricardo Toledo, historias que revelan la crueldad de la nueva dictadura y sus acciones manipuladoras de la realidad, que adquieren un significativo relieve en el testimonio de Toledo sobre lo ocurrido en la Iglesia de La Caridad, ubicada en la calle Salud, entre Manrique y Campanario, La Habana, el 10 de septiembre de 1961.

El libro —editado por Ángel De Fana— también ofrece la historia de Roberto Martín Pérez, hijo de Lutgardo Martín Pérez, otra figura depositaria de todos los denuestos comunistas. Luego de abandonar Cuba con su padre en enero de 1959, Roberto se unió a otros cubanos que decidieron formar una expedición para derrocar a Castro. Traicionado el operativo pasó 28 años en las cárceles de Castro.

También aparece en el libro la participación de Mongo Grau en la Operación Peter Pan; la vida de Reinaldo López Lima y la sorpresa que recibió en los EE. UU., luego de estar 23 años preso, así como el invaluable testimonio de entereza de Servando Infante, apodado “El loco” por sus compañeros de prisión debido a su temeridad y desprecio a los peligros. Cada uno de esos testimonios bastaría para escribir un ensayo.

Pero entre todos los testimonios me impactó extraordinariamente el del sacerdote Miguel Ángel Loredo, acusado de proteger a Ángel María Betancourt, ingeniero de Cubana de Aviación que intentó secuestrar un vuelo y desviarlo a Miami. Sometido a torturas y golpizas desde su detención en Villa Marista y acusado de ser agente de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), el Padre Loredo pasó 10 años preso y fue abandonado a su suerte por la jerarquía de la Iglesia Católica cubana y por el nuncio del Vaticano, Monseñor Zacchi.

Cuando el Padre Loredo llegó a Isla de Pinos fue recibido por los presos políticos con aplausos y vítores. Allí afincó su indeclinable vocación a pesar de los despechos y las injusticias. Allí fortaleció la fe de quienes también eran víctimas y hermanos de sufrimiento. Allí realizó celebraciones eucarísticas presididas por “dos maderos clavados toscamente en la pared, vino fabricado por los presos en una destilería clandestina, un panecillo repartido en mil pedazos como por milagro de multiplicación y una túnica confeccionada con una sábana”. Cuenta Altozano que la madre del sacerdote fue a ver al nuncio y este se negó a recibirla aduciendo que su misión no era consolar a nadie.

Algún día se enseñarán en las escuelas estas historias y los niños cubanos aprenderán quienes fueron “El Quija” y Margarito Lanza Flores, “Tondike”. Y también, para que no se repita jamás, se enseñarán las crueldades cometidas por los comunistas contra esos presos y luchadores contra el comunismo. Por eso hay que agradecer libros como este que preservan del olvido los nombres de cubanos valerosos y altruistas que dieron los mejores años de sus vidas para impedir que nuestra querida Patria fuera lo que lamentablemente es hoy.

Algún día tendremos una Patria democrática y verdaderamente libre y tolerante. Entonces estaremos obligados a levantar un monumento a todos esos cubanos, porque toda nación se fortalece cuando se abre a la verdad y recupera la memoria de sus héroes.

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¿Es bueno o malo el nacionalismo?

HAWÁI, Estados Unidos. – Me he decidido a tratar el nacionalismo en una breve columna periodística. El nacionalismo es complejo e incomprendido. Sin embargo, lo intentaré en las 680 palabras que tengo asignadas.

Comencemos por aclarar que nacionalismo y patriotismo no son sinónimos. A menudo se encuentran juntos, pero son diferentes. Igualmente, no debemos equiparar la nación ni el Estado con el gobierno. Ser patriota no implica que uno deba ofrecer un apoyo inquebrantable a todas las políticas del gobierno, como implica la frase “Mi país, acertado o equivocado”.

Esa frase se atribuye a Stephen Decatur Jr. (1779-1820), oficial naval y comodoro de Estados Unidos. Este joven, patriota y héroe de las Guerras de Berbería y de la de 1812 desempeñó un papel importante en el establecimiento de la identidad de los Estados Unidos. A propósito de la frase, el erudito inglés G. K. Chesterton señaló: “´Mi país, acertado o equivocado´” es algo que ningún patriota se atrevería a decir excepto en un caso desesperado”. Básicamente, Chesterton quiso decir que no debemos ser incondicionales a las políticas emprendidas por nuestra nación.

El patriotismo se define como el amor o devoción a la patria. Del mismo modo, el nacionalismo también refleja la lealtad y devoción a una nación pero, y esta es una diferencia fundamental, el nacionalismo también busca construir y mantener una única identidad nacional sobre características sociales compartidas: cultura, lengua, religión, política o historia. Esto hace que el nacionalismo sea excluyente y que prive de derechos a quienes no comparten esas características. La definición de nacionalismo incluye “exaltar una nación por encima de todas las demás…”. Sin control, el nacionalismo puede convertirse fácilmente en fascismo o nazismo, como ocurrió en Italia y Alemania. Así lo aclaró Charles de Gaulle: “El patriota ama a su patria, el nacionalista odia a todas las patrias que no son la suya”.

Los historiadores suelen situar los orígenes del nacionalismo moderno en la agitación política del siglo XVIII, asociada a las revoluciones americana y francesa. En el siglo XIX, el nacionalismo se convirtió en una de las fuerzas políticas y sociales más influyentes de la historia. Los historiadores han identificado varios tipos de nacionalismo, tres de los cuales presentaré aquí: el cívico, el étnico y el económico.

El nacionalismo cívico define la nación como formada por personas que tienen derechos políticos iguales y compartidos. El nacionalismo cívico sirvió de inspiración para el desarrollo de las democracias representativas en países multiétnicos como Estados Unidos.

En contraste, el étnico es una forma de nacionalismo donde la nación se define por su etnia. El tema central del nacionalismo étnico es que la nación se delimita por características como una raza común, una lengua común, una fe común o una historia común.

El nacionalismo económico es una ideología que favorece el intervencionismo estatal en la economía, con políticas que hacen hincapié en el control gubernamental de la economía. Mis lectores latinoamericanos están muy familiarizados con esta variante.

En mi tribu cubana, el nacionalismo comenzó con las Guerras de Independencia y estuvo presente de forma patente en los primeros días de la República. El Partido Revolucionario Cubano  —comúnmente llamado Partido Auténtico— tuvo sus orígenes en la revolución nacionalista de 1933 y tenía como lema “Cuba para los cubanos”.

Los auténticos sostenían que la economía debía ser gestionada por comisiones tripartitas formadas por dirigentes obreros, burócratas del gobierno y empresarios. En 1933, un gobierno provisional encabezado por el líder auténtico Ramón Grau San Martín habilitó una ley que exigía que no menos del cincuenta por ciento de todos los empleados de las empresas nacionales o extranjeras debían ser cubanos. La famosa Constitución cubana de 1940 también estuvo muy influenciada por las ideas nacionalistas de los auténticos.

El nacionalismo cubano se trasladó al exilio y a principios de la década de 1960 estuvo representado por un movimiento llamado Nacionalismo Realista, encabezado por Rafael Luis Serralta Nogues.

El nacionalismo puede significar cosas diferentes para cada persona, pero ser estadounidense siempre ha significado identificarse con un conjunto de ideas expresadas en la Declaración de Independencia, la Constitución y la Declaración de Derechos.

Nota: el último libro del Dr. Azel es “Libertad para novatos”

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“El anarquista elegante”, la biografía no vendida de Orestes Ferrara

Orestes Ferrara, Cuba

LA HABANA, Cuba. — La Editorial Boloña, de la Oficina del Historiador de La Habana, lleva dos años  posponiendo la venta del libro El anarquista elegante, de Alessandro Senatore. Se trata de una biografía del italo-cubano Orestes Ferrara, quien fuera coronel mambí y un destacado político y periodista durante la República.

Originalmente, la presentación y comercialización de El anarquista elegante estuvo prevista para el 8 de febrero de 2020 en una de las presentaciones paralelas a la Feria del Libro que realiza la Oficina del Historiador para el lanzamiento de los títulos de Ediciones Boloña. Sin embargo, la venta no se efectuó porque, según se explicó entonces, los ejemplares —que fueron impresos en España— aún no habían llegado a Cuba debido a la crisis originada por la COVID-19.

Casi dos años después, aún no se sabe cuándo será puesto a la venta el libro. Me personé en varias ocasiones en las dos librerías especiales con que cuenta la Editorial Boloña y no obtuve respuesta.

La pasada semana, para informarme al respecto, acudí a la librería ubicada en la esquina de las calles Mercaderes y Obispo, en el municipio de Habana Vieja. Fui muy bien atendido por una competente empleada que me explicó que había allí varias cajas con ejemplares del libro, pero que este no se ha podido vender porque en la factura no aparece el precio. Me explicó que el libro originalmente debía haberse vendido en CUC, pero como no llegó a tiempo, luego de la Tarea Ordenamiento, hay que venderlo en el equivalente en pesos (CUP).

La empleada me dijo que volviese en unos días para consultar al departamento económico de la editorial e informarme qué averiguó. Cuando volví,  me dijo que no se sabe cuándo se venderá. Es raro, me comentó, porque los demás títulos que llegaron con retardo ya están a disposición del público.

Resulta increíble que un libro que se imprimió en el exterior y cuyo costo es en divisa se mantenga tanto tiempo guardado y no den curso a su mercadeo, con la consiguiente pérdida monetaria.

La razón que explicaría por qué no acaban de vender el libro es que no quieren dar destaque a la figura de Orestes Ferrara porque fue secretario de Estado durante el gobierno de Gerardo Machado.

A la caída del régimen de Machado, Ferrara tuvo que huir de Cuba, pero luego de su regreso, unos años después, fue senador y participó activamente en 1940 en los debates de la Asamblea Constituyente. Murió en 1972 en Roma.

En la gran mansión en que vivió Orestes Ferrara —ubicada en San Miguel esquina a Ronda, a un costado de la Universidad de La Habana— radica, desde hace más de 60 años, el Museo Napoleónico, que exhibe pertenencias del emperador francés que Ferrara coleccionaba.

Esperemos que durante la próxima Feria del Libro no vuelvan a posponer la venta del libro y los lectores  cubanos tengamos la oportunidad de adquirirlo y conocer más sobre Ferrara, una polémica figura que se destacó no solo como político de la República, sino también como oficial del Ejército Libertador durante  la Guerra de Independencia.

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