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Viernes, 19 de enero 2018

Un paquete de plomo sobre la cabeza del gobierno cubano

Si el nuestro fuese un país real, y no un San Nicolás del Peladero, tal método de distribución de material audiovisual no existiría

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Con las nuevas relaciones entre Cuba y EEUU, ¿qué pasará con la televisión estatal y el pago de derechos?

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LA HABANA, Cuba.- Aburre ya el exceso de análisis y de tejemanejes en torno al llamado “paquete semanal”. Entre lo irrisorio y lo patético, hemos estado despilfarrando montones de palabras y conceptos y sentencias acerca de un problema que sólo es real en la medida en que resultan irreales el escenario y las circunstancias en que discurre.

Según el sitio Havana Times, cierto conocido intelectual cubano calificó al paquete como “uno de los fenómenos culturales más importantes que ha vivido este país en el último cuarto de siglo”. ¿Lo habrá dicho en serio? Si fue así, lo que posiblemente quiso decir (o dijo sin querer) es que durante el último cuarto de siglo han tenido lugar en Cuba muy pocos fenómenos culturales de importancia.

Si el nuestro fuese un país real, y no un San Nicolás del Peladero fabulado por el patológico fundamentalismo fidelista, ni a un loco se le hubiera ocurrido poner en órbita el “paquete semanal”; jamás éste habría logrado un impacto público cuya resonancia convirtiera a sus gestores en empresarios con utilidades que probablemente pasan el millón de dólares semanalmente; ni el gobierno habría necesitado gastar inútilmente elevadas sumas de dinero movilizando, para intentar contrarrestarlo, a tres ministerios (de cultura, educación y del interior), o a instituciones como el PCC y la UJC -con sus innumerables satélites-, o al Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), entre otras.

El último episodio de este vodevil por entregas (ridículo y fallido como todos los otros) ha sido el programa televisivo de participación popular “Sonando en Cuba”, kitsch imitación de otros espacios kitsch extranjeros que se dedican a la competencia entre cantantes aficionados, aunque presumiblemente destinado a distraer o sustituir la atención que el público de aquí le brinda a esos espacios foráneos, cuyas incidencias siguen, claro, gracias al “paquete semanal”.

Como era de esperar, tan pronto finalizaron las primeras emisiones de “Sonando en Cuba”, la prensa oficial –particularmente los periódicos Granma y Juventud Rebelde- se lanzaron a calzar tan “feliz iniciativa” del ICRT. De muy poco valdría detenerse en detalles tanto sobre las múltiples insuficiencias del programa, como sobre las maromas verbales a las que debieron acudir los críticos oficialistas a la hora de sobredimensionar sus aciertos y señalar sus fallas.

No obstante, detengámonos a vuelo de pájaro en unos detalles, breves y pocos.

Más que desagrado, provocaban sonrisas textos como “Sonando en Cuba: empate a cinco”, de Pedro de la Hoz, que publicara Granma el 5 de octubre. Por un lado, de la Hoz elogia: “En primer lugar, el hecho de que la música cubana haya ocupado un plano relevante…”. Por otro lado, lamenta que tal relevancia se le haya otorgado únicamente a la salsa y la timba (las que generosamente él engloba como música popular vinculada al son y sus derivaciones contemporáneas), y califica la elección como reduccionista, mientras se pregunta: “¿dónde el bolero, la trova, la canción, la guajira, la guaracha, la rumba e incluso otras especies soneras anteriores…?” Y es así como desvalora lo que antes dijo sobre el “plano relevante” otorgado a la música cubana.

Mediante esta reseña de Granma, nos enteramos de que el mediocre músico Paulo FG destaca entre los impulsores de “Sonando en Cuba”. Y aunque el texto no lo dice, sí lo ha dicho abundantemente vox populi en la calle, que también Paulo corrió con una parte considerable de los gastos del programa. Ello tal vez explique las causas del reduccionismo en los géneros que lamenta de la Hoz.

Si Paulo pagó, ¿quién quita que lo haya hecho como inversionista para su propia promoción y la de su estilo musical? Porque para nadie es aquí un secreto el arrinconamiento que el reguetón les está imponiendo a muchos timba-salseros como el de marras, de la misma manera en que se conocen bien sus apurados esfuerzos y gestiones por remontar la merma en términos de popularidad y de ganancias económicas que los reguetoneros les ocasionan.

De hecho, en “Sonando en Cuba” quedó marcadamente evidenciado el protagonismo de Paulo FG, e incluso la prevalencia de sus intereses y simpatías personales en el momento de seleccionar a la ganadora del concurso.

Hubo escamoteo y hasta nada disimulada postergación con respecto a la concursante perdedora, la que contaba con la preferencia del público televidente. Fue extemporánea y de mal gusto la manifestación de rivalidades entre Paulo FG y el sonero oriental Cándido Fabré. Hubo claro diletantismo por parte de algún que otro miembro del jurado. Fue más que manifiesta la intención de reproducir (¿o parodiar?) el esquema de espacios extranjeros con el mismo perfil. Sin embargo, todo ello no iba a impedir que Pedro de la Hoz puntualizara en su reseña: “A diferencia de otras competiciones foráneas por el estilo, marcadas por rivalidades excluyentes, Sonando en Cuba se caracterizó por estimular un clima de participación constructiva entre todos los implicados en el programa”.

Lo curioso es que en vez de pasar gato por liebre, hubiesen podido realizar en verdad un buen programa de participación, destinado a procurar la relevancia de la más auténtica y trascendente música popular cubana. Y para ello no habrían necesitado quedarse cortos imitando esos espacios foráneos que en apariencia desdeñan. Porque en la misma televisión nacional tenían a mano una magnífica referencia, “Todo el mundo canta”, espacio que no es tan antiguo, ni fue tan intrascendente, como para desecharlo en favor de este otro, muy inferior.

Por lo demás, no podría decirse que la teleaudiencia no estuvo al tanto de las emisiones de “Sonando en Cuba”. En un sondeo que realicé personalmente entre varias decenas de habaneros, pude constatar que fueron muchos los espectadores que lo siguieron, bien con mayor o menor agrado, con más y menos fuertes señalamientos críticos, o con las inevitables comparaciones no carentes de burla. Pero estaría de más aclarar que con tal de ver este programa, ningún espectador dejó de ver sus habituales del “paquete semanal”.

Resulta increíble que las autoridades del régimen demuestren no darse cuenta de que el público cubano (y el de cualquier otro país, pero especialmente el nuestro, tan carente y ávido de distracción) optará siempre por el entretenimiento, cualesquiera que sean los soportes y los métodos y las vías por los que le llegue.

La rancia y enfermiza solemnidad patriotera que se empeñan en perder el tiempo imponiéndonos, corporiza el fantasma del “enemigo” en los contenidos del “paquete semanal”, algunos malos y otros buenos o regulares, frívolos o muy instructivos, populacheros o con alto vuelo técnico y aun estético, pero ninguno lo suficientemente nocivo para espectadores que, según los relatos oficiales, descuellan en el continente por su alto grado de instrucción y por su conciencia política.

Aburridos natos, y aferrados a la institucionalización del aburrimiento como norma de vida en un país por demás caribeño -lo cual convierte su propósito en delirio contranatural-, nuestros caciques no están capacitados para soportar sobre sus cabezas el peso de plomo del llamado paquete. Pero tampoco se animan a prohibirlo, creo yo que por tres razones cardinales, aunque pueden existir más:

Uno, sería ridículamente escandaloso que acusaran de piratería a sus gestores y distribuidores, porque nadie aquí aventaja a los organismos del gobierno pirateando espacios televisivos y otros muchos productos extranjeros. Dos, quienes facturan el “paquete semanal” se han cuidado muy bien de no incluir asuntos estrictamente políticos en sus contenidos. Desde luego que los censores del régimen evalúan como contenido político y propaganda del “enemigo” todo aquello que aun de la forma más vacua o hasta inocente exponga algún atractivo del capitalismo, pero quizá se conformen de momento con que el paquete no los ataque directamente. Tres, no obstante su mañoso pataleo, tal vez prefieran en el fondo que la gente fije su atención en las “banalidades” que le llegan desde afuera y no en las crudezas que tiene delante de la nariz.

En otro país cualquiera, o en este mismo, cuando algún día llegue a ser un país real, la gente no necesitará incurrir en “recepción delictiva” por comprar programas audiovisuales que, no obstante ser fruto de la piratería, no están a su alcance mediante vías formales, sean más caros o baratos, o más y menos triviales.

Acerca del Autor

José Hugo Fernández
José Hugo Fernández

José Hugo Fernández es autor, entre otras obras, de las novelas El clan de los suicidas, Los crímenes de Aurika, Las mariposas no aletean los sábados y Parábola de Belén con los Pastores, así como de los libros de cuentos La isla de los mirlos negros y Yo que fui tranvía del deseo, y del libro de crónicas Siluetas contra el muro.

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