Martí, otra impercedera resonancia de la libertad

Martí, otra impercedera resonancia de la libertad

El Apóstol no es una entelequia inventada por los cubanos, como alguna que otra vez han afirmado varios desnaturalizados

Monumento a José Martí (Cubadebate)

GUANTÁNAMO, Cuba.- Este 28 de enero del 2017 se cumplen 164 años del natalicio del más universal y trascendente de todos los cubanos, el Apóstol de nuestra independencia José Martí Pérez.

José Lezama Lima lo definió como “ese misterio que nos acompaña”, frase de hondas proyecciones si nos atenemos a que el legado del Apóstol es parte inseparable de lo cubano y objeto de una fe que se cultiva desde la cuna hasta la muerte, porque se mantiene como un referente inevitable.

Es misterio porque lo veneramos como santo, aunque no lo fue. Misterio porque asombra que en sólo 42 años haya escrito una obra descomunal en la que resalta el poeta modernista, cuyos versos, a diferencia de tantos contemporáneos suyos, mantienen la frescura de la inmortalidad. Destacan también en ella sus discursos, verdaderos ensayos políticos de innegables valores literarios. Por encima de la obra fulge inextinguible el ejemplo de un hombre congruente, fiel a lo que proclamó en célebre cuarteta: “¡Verso, nos hablan de un Dios/ Adonde van los difuntos: /Verso, o nos condenan juntos/ o nos salvamos los dos!”.

Martí duele a todo cubano honesto ante tanta afrenta. Duele a quien lo lee sin mediación de los turiferarios de los efluvios castristas, quienes cada vez que mencionan su nombre deberían limpiarse la boca de tanto que lo mancillan cuando manipulan sus ideas o las silencian para callar la vocación democrática del Apóstol.

Leer a Martí no es fácil. No sólo por el barroquismo de su prosa y la amplitud de su lenguaje, sino por la originalidad de su escritura donde las ideas, expuestas en múltiples oraciones encadenadas, llenan los párrafos como torrentes que se despeñan en el alma y nos exigen detenernos, humedecernos en ellos una y otra vez para calar sus esencias, transidas por su patriotismo vehemente.

Los libros de Martí no abundan. Siendo el Héroe Nacional de Cuba sus Obras Completas deberían estar en todas las librerías pero no es así. Se ha llegado al extremo de venderlas excluyendo algunos de los tomos, como ocurrió con la edición publicada por la Editorial Ciencias Sociales en 1975, de la que fueron suprimidos dos tomos cuyos textos contenían acerbas críticas a las ideas de Carlos Marx, Federico Engels y otros pensadores socialistas. Desde hace años se publica la edición crítica de su obra pero en Guantánamo no existe.

En cambio sí abundan, elogiados como paradigmas de la interpretación del pensamiento martiano, los libros de pedestres exégetas del castrismo, empeñados en entregarnos al pensador que les interesa, ocultándonos su dimensión total y, sobre todo, su innegable vocación democrática.

El artículo 1 de la Constitución castrista de 1976 expresa que Cuba es un estado “organizado con todos y para el bien de todos”. En realidad Cuba es un país organizado con todos los que defienden al castrismo y para el único bien de ellos con exclusión de los cubanos que no piensan igual, quienes viven sin derechos políticos y sociales, una de las más cínicas afrentas a Martí. La frase “Con todos y para el bien de todos” fue dicha por el Apóstol en el Liceo Cubano de Tampa el 26 de noviembre de 1891 y pertenece al discurso homónimo. En él, luego de afirmar que abrazaba a todos los que saben amar y que traía en su corazón la estrella y la paloma, Martí alertó sobre el peligro de seguir a ciegas, en nombre de la libertad, a los que se valen del anhelo de ella para desviarla en beneficio propio.

Conocedor de la historia de América y del peligro de las dictaduras que la corroían, dijo en otro momento de su célebre discurso: “Para libertar a los cubanos trabajamos, y no para acorralarlos. ¡Para ajustar en la paz y en la equidad los intereses y derechos de los habitantes leales de Cuba trabajamos, y no para erigir, a la boca del continente, de la república, la mayordomía espantada de Veintimilla, o la hacienda sangrienta de Rosas, o el Paraguay lúgubre de Francia!”.

¿Qué república habría creado José Martí de haber sobrevivido a la guerra? Ya había asegurado en Nuestra América: “Injértese en nuestras repúblicas el mundo; pero el tronco ha de ser el de nuestras repúblicas”. De lo que no tengo duda es que habría sido una república democrática, multipartidista, con prensa libre, abierta a la tolerancia, a la prosperidad, al disfrute de la justicia para todos los cubanos y no sólo para los aduladores de un poder jamás elegido por el pueblo mediante elecciones libres, secretas y directas.

Ese es el sueño inconcluso de Cuba, el único país del hemisferio occidental que acumula 67 años de continuos gobiernos dictatoriales. Sobre tal ignominia se yerguen las ideas del Apóstol, veneradas por los que no tenemos voz ni derechos ante quienes se proclaman campeones defensores de la dignidad humana y ni siquiera cumplen su propia Constitución.

Martí no es una entelequia inventada por los cubanos, como alguna que otra vez han afirmado varios desnaturalizados. Además de misterio, es el gran subversivo que nos acompaña y, sobre todo, otra imperecedera resonancia de la libertad.

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