septiembre 21, 2026

Nuevos billetes y una casa de cambio privada, que nada cambian

Ni los billetes de mayor denominación ni una casa de cambio privada resuelven la pérdida de valor del peso cubano, solo traerán más inflación y más pobreza.
Primera casa de cambio privada en Cuba. Está ubicada en la intersección de la calle Rafael Tristá y la Carretera Central, en la ciudad de Santa Clara
Primera casa de cambio privada en Cuba. Está ubicada en la intersección de la calle Rafael Tristá y la Carretera Central, en la ciudad de Santa Clara (Foto: Laura Rodríguez Fuentes)

LA HABANA, Cuba.- Primero con billetes de 2.000 y 5.000, y ahora con otros de 10.000 y 20.000, es evidente que la inflación no solo llegó para quedarse, sino también para profundizar la situación de miseria de los millones de cubanos que aún esperan por cobrar sus salarios y pensiones, aunque sea en esos billetes de a 1, 3, 5 y 10 pesos cubanos que de tan viejos y deteriorados huelen a podrido.

Los de a 20, 50 y 100 también huelen y se ven muy mal, pero se conservan “mejor”, teniendo en cuenta que la palabra “mejor” en Cuba jamás significa “bien” sino algo así como “no tan grave como los demás”, aunque ya con evidentes señales de muerte.

Los de a 1, esos que con la figura de José Martí en la cara principal debieran ser la digna representación del país a través de su moneda, ya ni se los ve, y mucho menos se los quiere, y es por eso que, como aquellas “morocotas” amarillas —que al menos entre los años 90 y unos pocos años ya entrado el nuevo milenio servían para pagar la guagua o una “croqueta al plato”, un “frozen” o un cucurucho de maní—  a veces se los encuentra uno tirados en la calle, desechados, como alguna vez pasó con el centavo, porque al menos al quilo prieto lo conservaban algunos para “brujería”, así como la abuela siempre guardaba una peseta para frotarnos un chichón.

Igual son todos billetes y monedas que ya nadie quiere, que casi todos miran con desprecio o que a algunos causan vergüenza a la hora de pagar ya sea porque se los rechazan en los comercios —allí donde solo aceptan de 200 o más— o porque hacen del portador una extensión de esa miseria que un papel moneda tan devaluado representa, algo similar a lo que sucedía cuando años atrás veíamos a alguien pagar un artículo de 10 o 20 pesos con un manojo de centavos, medios, pesetas, algo que generalmente se asociaba con la mendicidad, la pobreza extrema.

La diferencia con aquellos tiempos en que dos pesetas (dos monedas de a veinte centavos) pagaban un pasaje, así como veinte pesos eran hasta cierto punto garantía de no quedarse botado en la calle cuando una máquina (un taxi particular) del Vedado a la Víbora costaba entre 5 y 10 pesos, es que ahora no somos solo nosotros, “los de abajo”, quienes nos miramos de reojo y con desprecio cuando sacamos del bolsillo un billete menor de 50 pesos, sino que es el régimen quien se burla de todos al apostar por hacer más profundas las diferencias entre el centenar que puede darse el lujo de portar los nuevos billetes, y el millar de pensionados y trabajadores estatales que, a diario, batallan a la entrada de los bancos por cobrar sus salarios y pensiones, aunque sea en billeticos podridos y malolientes, así como alguna vez batallaron los mendigos por la calderilla que tiraban a la calle.

Para colmo de males, a la inflación y a la impresión de nuevos billetes —que ya están los que, entre rumores y bromas, anuncian en breve una nueva denominación de 50 mil y 100 mil— les viene siguiendo los pasos la arrolladora dolarización total de la economía, con lo que muy pronto hasta un billete de 1 millón en moneda nacional en nuestros bolsillos será tan tóxico, vergonzoso e inútil como ahora portar un fajo de billetes de esos que nadie quiere, ni siquiera el banco que en su momento los imprimió.

Esta semana el dólar en el mercado informal superó los 700 pesos, y esta misma semana funcionarios del Banco Central de Cuba (BCC) anunciaban con gran entusiasmo la apertura de la primera casa de cambio privada como si se tratara de uno de esos tantos “logros de la revolución” que apenas logran hacernos llorar, en tanto encierran en sí mismos la hipocresía, la mentira y la burla que emanan como esencia del castrismo y del Partido Comunista.

También abrió una casa de cambio “privada” manejada por una mipyme cuya licencia fue extendida originalmente para prestar servicios gastronómicos, como los de cafetería, pero que ahora, entre croquetas y cervezas, ofrece el dólar como plato principal y muy por encima de cómo se vende en la calle. Además, los que la han visitado con el fin de adquirir el billete verde aseguran que allí solo están comprándolo, al mismísimo estilo de la CADECA del BCC, con lo que se hace evidente que se trata del mismo perro aunque con un collar de “privado” que le queda o demasiado chico, al punto de ahorcarse, o excesivamente grande, al punto de hacer el ridículo. 

Ya con los días llegaremos a saber quiénes en realidad están detrás de esa cafetería-cadeca y por qué no ha causado asombro e “indignación” entre los “dirigentes” cubanos, aun cuando parece haber fijado su tasa de cambio echando los dados, aunque al parecer así es como calcula la suya “oficial” el Banco Central (además de echando el ojo a los medios independientes que monitorean ese mercado).

Pero esas, además del programa de radio en el que al menos no veremos a la no primera dama untarle saliva en el pelo a su marido, son las “buenas noticias” que el régimen tiene para ofrecernos entre apagones, desconexiones y hambre: la emisión de más billetes “grandes”, que en breve se harán demasiado chicos frente al dólar, y la apertura de una CADECA privada, que ni juntas ni por separado mejorarán la situación.

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