La revolución ‘leñergética’ y los fogones de palón

La revolución ‘leñergética’ y los fogones de palón

“Mire, yo tengo una hornilla eléctrica nueva que me dio mi hija, pero no puedo usarla porque si no, la cuenta de la corriente llega por las nubes”

El humo aspirado afecta la salud (foto de Marelis Fonseca)
El humo aspirado afecta la salud (foto de Marelis Fonseca)

BAYAMO, Cuba.- Mientras el mundo moderno aboga por disminuir la contaminación ambiental y el Gobierno cubano pregona haber alcanzado una mejor calidad de vida con la revolución energética, en cientos de miles de hogares cubanos se retoman los fogones de leña y carbón, como la vía más económica de cocinar los alimentos.

La revolución energética cubana sustituyó equipos electrodomésticos obsoletos por otros más ahorradores. Sin embargo, los equipos para la cocción de alimentos vendidos a la población a partir de mayo de 2004, no estaban diseñados para el uso diario como única manera de cocinar. La rápida puesta en práctica del experimento fidelista y la falta de previsión respecto al poder adquisitivo, la calidad y disponibilidad de piezas de repuesto, convirtió el aparente mejoramiento de la calidad de vida en un verdadero trampolín al pasado.

Los escasos recursos del obrero que no permiten la compra de nuevos equipos, el alto precio de la electricidad y la desaparecida venta normada de combustible, dejan como única opción viable para muchos cubanos el retorno a los tradicionales fogones de leña y carbón, el tizne y la buscadera de leña. Por tal razón el precio del carbón en el mercado interno ha subido notablemente.

El humo es nocivo para la salud, afecta la higiene y la limpieza de la cocina, paredes y ropa. La quema de maderas aporta una considerable cantidad de gases contaminantes a la atmósfera, pero ante la carencia se impone la necesidad.

La actual venta de los módulos de cocción que incluye varios electrodomésticos, genera pocas expectativas entre la población. Precios altos y artículos no acordes a las necesidades cubanas, pero al no existir competencia acepta con desgano la única oferta estatal en el mercado.

“Como es costumbre en la distribución de lo que sea en Cuba, primero van los casos sociales, luego los socios y amigotes, jefes, empresas, etc., y luego de una larga lista de sanguijuelas priorizadas es que llegan a manos del pueblo”, explica Daiquelin Delia Santoya Guerra, ama de casa que tuvo que recurrir al fogón de leña.

Agrega: “A este por ser el último y menos subvencionado, le tocarán los mayores precios y sin garantías. La mayoría de la gente tiene poco poder adquisitivo pero sí tienen memoria suficiente para recordar la malísima calidad de los equipos anteriores, no se apurarán por comprarlos y continuarán tiznando sus vasijas con sus fogones de ‘palón’, total, marabú es lo que más sobra en Cuba… a mí me da lo mismo cuando lo den, para lo que duran es mejor seguir cocinando con leña para ni embullarse”.

“Nada más tiene que mirar las vasija para saber cómo yo cocino”, dice Carmen (foto de Roberto Rodríguez Cardona)
“Nada más tiene que mirar las vasija para saber cómo yo cocino”, dice Carmen (foto de Roberto Rodríguez Cardona)

“Nada más tiene que mirar las vasija para saber cómo yo cocino”, dice Carmen Reyes Salazar, quien vive en la periferia bayamesa. “Yo nunca he podido usar esas ollas que dieron porque esta casa ni siquiera tiene contador (servicio eléctrico) pero eso no me preocupa porque casi todo el mundo las tiene rotas o han tenido que arreglarlas un tongal de veces, déjeme a mí con la leña que esa siempre aparece y es más barata”.

Al respecto, Midelmis Naranjo, ama de casa y madre múltiple refiere: “Las ollas que me dieron las tengo tiradas en un rincón porque gasté más en los arreglos que lo que costaban ellas. Hace más de tres años que estoy cocinando con leña y aunque el humo molesta, gasto menos que cuando tenía esas ollas que no sirven para cocinar todos los días y enseguidita se rompen.”

Por su parte Yolanda, una jubilada manzanillera, considerada caso social priorizado por enfermedad respiratoria, dice mientras nos atiende a través de la cerca que separa su casa de la calle: “Con leña se cocina con menos gasto, yo no puedo darme el lujo de mandar a arreglar ese tarequero con los particulares que cobran carísimo y en los talleres (estatales) nunca tienen piezas de repuesto”.

Luego de atizar el fogón ubicado en el suelo en un rincón del patio y a la intemperie, Yolanda añade: “Por mi enfermedad no puedo cocinar con leña, pero si no lo hago me muero de hambre. Mire, yo tengo una hornilla eléctrica nueva que me dio mi hija, pero no puedo usarla porque si no, la cuenta de la corriente llega por las nubes y de dónde voy a sacar. Si a veces termino el mes con las cosas que me regala la gente y aun así ya no sé qué hacer con las deudas”.

Variadas son las razones que tiene la población, para mirar con recelo la venta de ese nuevo módulo de electrodomésticos de cocina que se oferta, la experiencia les hace desconfiar de su calidad y durabilidad y por lo general las posibilidades económicas se imponen ante la decisión de compra. Mientras tanto, muchos toman rumbo al pasado y se suman a la revolución ‘leñergética’ y los fogones de palón.

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