septiembre 11, 2026

¿“La isla de los esqueletos” es Cuba?

El escritor reflexiona sobre las preguntas que ha despertado su libro y explica por qué esa isla de vidas convertidas en una ilusión es Cuba y, al mismo tiempo, mucho más que Cuba.
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Cubierta del libro "La isla de los esqueletos"/ Fachada de la biblioteca. (Collage: CubaNet)

Puerto Padre. _ Lectores que compraron el libro en Amazon, antes de su presentación formal en la Biblioteca Kennedy de Hialeah el pasado sábado 22 de agosto, y, después otros “interrogadores” con intenciones menos literarias y quizás cuasi policiales, de forma reiterada me han preguntado: “¿La isla de los esqueletos es Cuba?

Un lector, otro, _no el “amoroso antropólogo”_ me escribió: “En mis manos ya tengo La isla…, ahora voy por los esqueletos, soy antropólogo forense”.

El conciso mensaje de un veterano periodista, escritor y sociólogo, acompañando el texto con su fotografía, sosteniendo el libro a la altura del pecho justo al lado del corazón dice: “Y entonces… ¡Sottovoce…!”

Sí. Sólo una imagen y tres palabras. Pero suficientes para ser la reseña más exhaustiva que de esta colección de cuentos pueda hacerse, porque ni yo mismo que soy el autor, puede explicar mejor un libro que, según otro lector, por el “desasosiego” y la “tristeza” brotando página tras página, como en un susurro inquietante, al final de la lectura a él lo dejó con “la cabeza en ebullición”.

Aunque nunca yo imaginé esos resultados más selváticos que la jungla misma, ya lo había dicho nuestro editor: “Cada relato conduce al lector por escenarios donde la dignidad, la justicia y la esperanza son constantemente desafiadas”, y por supuesto, ese desafío implica contestar esa pregunta cardinal de los lectores que da título a esta columna: “¿La isla de los esqueletos es Cuba?” Adelanto: ¡No! 

Pero, antes de fundamentar esa negación e ir a ese reto, antes de recoger el guante arrojado en la arena, quiero de forma pública agradecer a cada una y a todas las personas que de buena fe asistieron a la presentación del libro, entre ellos mi familia, y en ella, los más pequeños, mis nietas Victoria y Sophia y mi nieto Albert Jr., y las palabras de mi hijo, y, muy especialmente quiero reconocer a quienes desde el Instituto de la Memoria Histórica Cubana Contra el Totalitarismo, Plantados Hasta la Libertad de Cuba, Atlantic University y la Biblioteca Pública John F. Kennedy, de Hialeah, exitosamente hicieron posible la edición, publicación, presentación y comercialización de La isla de los esqueletos, una colección de cuentos escrita hace más de veinte años, entre el verano del año 2000 y la primavera de 2005, censurada en Cuba, como todos mis libros, pero que gracias a estas personas y primordialmente al amigo Pedro Corzo, fue un hecho literario público en la ciudad de Miami.

Ahora debo responder, otra vez. Como hice once años después de aquel verano caliente de 1989, cuando una conexión criminal denigró la muy encumbrada cohorte militar cubana, hechos que vienen a ser el origen de la cleptocracia castrense que hoy sufrimos en Cuba, al involucrarse (o involucrar) aquella vez a jefes principales en un muy publicitado caso de tráfico internacional de drogas. Pero que fuera juzgado no como un prosaico delito común, sino contra la seguridad exterior del Estado cubano, cual un “delito contra la paz y el derecho internacional”. Y dentro de ese capítulo del Código Penal, tal cual si fueran “actos hostiles contra un Estado extranjero”, que, _si bien no se menciona en la Causa No. 1 de 1989_ ese país, ¡oh, sí!, era Estados Unidos. Aunque hoy se niega que Cuba haya sido o sea un peligro para esa nación.

De tal suerte, cuando entre noviembre de 1999 y diciembre de 2000 escribí la novela Bucaneros, que repito, no es la historia de “la Causa Uno”, ni de ninguna otra causa en particular sino la ficción de los hechos posibles en disímiles escenarios, poco después, fui llevado a la policía política según las imputaciones por “escribir la novela de la Causa Uno”, dijo el investigador.

“No”, dije aquella vez, como mismo afirmo hoy: “Mis libros procuran desbordar los límites de una historia para explorar los hechos probables a través de la fábula. Entonces la ficción ocurre donde las relaciones entre los seres humanos se traducen del mismo modo que las leyes de la selva, ¿por qué confundirse?”

Se sabe. Cuba es un país de esqueletos. Pero no al modo que los concibe un arquitecto, como armazones, proyectos, bosquejos o planes que son el fuste primario de cualquier obra. No. Cuba es un país de esqueletos porque carece de cualquier plan viable y es pura osamenta, sí, meros restos del país, del Estado y de la nación que un día fue y hoy no es.

En el libro yo no me refiero a los que carecen de músculos sobre sus huesos por exceso de circo y falta de pan. No. Al final de la primera historia un corresponsal de guerra dice: “la isla de estos chicos es diferente a todos los lugares del mundo que he visitado; en ella la gente cree vivir, pero la vida allí sólo es una ilusión. Las ciudades de esa isla están pobladas de cadáveres insepultos, que van sonrientes por las calles, como si fueran personas vivas, pero aún los bueyes están muertos; los campesinos están muertos junto a sus bueyes.”

Ven…, “la vida allí sólo es una ilusión”, dice uno de los protagonistas de ese cuento. Pero igual ocurre con la ¿existencia?, de los personajes de cualquier otra de las narraciones del libro. ¿Y qué es una ilusión sino un sueño? De soñadores es el comportamiento de la mayoría de los cubanos hoy. Pero no según dijo el arqueólogo, espía y escritor T. E. Lawrence: “… los soñadores diurnos son hombres peligrosos, porque pueden actuar sus sueños con los ojos abiertos y hacerlos posibles.”

No. “La isla de los esqueletos” no es Cuba, es mucho más que los meros despojos humanos de un país porque es, sotto voce, sottovoce… preludios de Chopin; es, una conversación online, pudiera ser el albergue hoy vacío pero que fue el barracón en el que otros días casi todos habitamos porque sin opción nos condujeron allí, o, acaso sea el último deseo de un ser humano, del convicto que todavía no lo es pero lo será. Si ese es su destino.

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