LA HABANA, Cuba.- Había estallado en San Antonio de los Baños, pero en cuestión de minutos la rebelión del 11 de julio de 2021 se extendió por toda la Isla y, en La Habana, fue en la localidad de La Güinera, en el municipio de Arroyo Naranjo, donde los represores mostraron su faceta más sangrienta al arrebatarle la vida a un joven cuyo sueño era vivir de la música que hacía.
Diubis Laurencio Tejeda, de 36 años, iba entre los primeros que, cansados del abandono y la miseria en que transcurrían (y aún transcurren) sus vidas, decidieron marchar hasta la Unidad de Policía del reparto Capri, colindante con La Güinera, para hacerse escuchar por los uniformados, convidarlos a que no acataran la “orden de combate” lanzada por Miguel Díaz-Canel y a que se pusieran del lado del pueblo, pero un esbirro, tan prepotente como cobarde, buscando transformar en violenta una manifestación acalorada pero aun así totalmente pacífica, sacó una pistola y disparó contra la multitud.
El asesinato de Diubis no fue un acto imprudente y una decisión personal —como luego quisieron mostrarlo la fiscalía y el propio Ministerio del Interior—, sino un crimen totalmente amparado, primero, en la misma orden dada por el representante de la dictadura castrista y, segundo, en una narrativa de la criminalidad y la violencia exacerbadas en determinados sectores de la población mayoritariamente contrarios a la dictadura y, por tanto, muy oportunamente elaborada por el régimen para justificar el abandono institucional, la marginación, la represión y las actitudes elitistas de una cúpula militar mayoritariamente blanca y racista.
Pocos años han pasado después de aquel suceso sangriento y hoy La Güinera, aunque muchos al escuchar el nombre de la localidad aún la asociamos a los sangrientos acontecimientos del 12 de julio y a la valentía de sus pobladores, no es por eso que está en boca de todos, ni siquiera por esa narrativa de criminalidad y violencia que, sin negarlas del todo, el régimen cultivó para desvirtuar la rebeldía de sus habitantes, sino por el comercio informal que se practica en absolutamente todas sus calles, la mayoría de las veces de contrabando, al punto de haberse convertido en el principal punto de referencia en la Isla para las personas que buscan adquirir mercancías, al por mayor o al detalle, a precios más bajos que los que usualmente vemos, aunque los efectos de la inflación ya se reflejan en unos márgenes de diferencia prácticamente insignificantes.
A La Güinera, que ha desplazado a La Cuevita, en San Miguel del Padrón, como el principal mercadillo popular de contrabando, llegan personas de todas partes de la Isla. Hasta de las provincias orientales arriban grupos de más de veinte personas que, buscando abaratar el costo del pasaje, se coordinan para rentar camiones entre todos y hacer la travesía cual verdaderas expediciones. Luego retornan a sus lugares, donde tienen sus pequeños emprendimientos, cargados de artículos artesanales de plástico, sacos de arroz y frijoles, electrodomésticos, ropas, zapatos, medicamentos importados y hasta animales vivos.
La Güinera es como un oasis en medio de un escenario económico devastado y definido históricamente por la intolerancia del régimen con aquello que no pueda controlar, pero igual contra todo negocio verdaderamente privado (y por tanto ilegal, que es el único modo en Cuba de ser auténticamente autónomo) que le demuestra con hechos que la estatalización del comercio solo es garantía de fracaso y que su liberación, y no el control excesivo, es el camino a la prosperidad individual y colectiva. Algo que el régimen impedirá siempre a toda costa cuando la pobreza general inducida es su principal método de control político.
Aun así, las opiniones en la calle están divididas entre los que piensan que la evidente tolerancia del régimen con lo que sucede en cuestiones de comercio informal en La Güinera es una estrategia de contención social simulada, surgida después del 11 de julio de 2021, y los que ven en ese “estado de excepcionalidad” una evidencia de participación directa o indirecta, en términos de ganancias, de algunas de las principales figuras de la dictadura y de sus familiares, a quienes pertenecerían muchos de esos establecimientos que, para mantener precios “de primera mano”, obligatoriamente deben estar conectados con las empresas que importan y almacenan las mercancías. Esto último pudiera ser muy evidente, más cuando la versión es mayoritaria entre los propios comerciantes, pero muy difícil de probar cuando no existen registros ni modo de rastrear un dinero que solo se mueve de bolsillo en bolsillo.
Lo cierto es que tanto la policía como los inspectores estatales se mantienen al margen de lo que acontece allí, en contraste con las ofensivas que regularmente despliegan en otros puntos de comercio informal y contrabando como los que existen debajo del puente de Calle 100, en Boyeros, o en La Cuevita, donde los frecuentes episodios de estafa habrían contribuido en gran medida al auge de La Güinera, a pesar de que en este último lugar, como en cualquier mercadillo popular que exista, hay estafadores, “habilidosos” y oportunistas, y la persona que asiste obligatoriamente deberá estar atenta a lo que ocurre a su alrededor.
En La Güinera, como en todos los barrios marginados (que no marginales) de Cuba, se lucha por sobrevivir. Por eso no solo funciona como una meca del comercio de contrabando sino como el lugar en donde, quizás por ser el más concurrido, apartado y el más “tolerado” de la ciudad, puedes conseguir, más allá de las mercancías comunes, casi todo lo que necesites con solo preguntar a la persona correcta, y el lugar en donde se constatan prácticas macabras de prostitución infantil y sexo por dinero, drogas y sicariato, entre muchas otras. Quizás sea también el único lugar de la Isla donde el policía y el inspector lo piensan bastante a la hora de fastidiar demasiado, quizás cuidándose de un “ajuste de cuentas” o, algo peor, de que alguien por encima de ellos se pueda molestar.
Quizás hasta para no desobedecer la orden de dejarlos en paz, porque entretenidos con sus pasatiempos, enojados pero ocupados en hacer dinero o en apenas sobrevivir, no pensarán en intentar tomar de nuevo la estación de Policía o en ir más allá en el hartazgo y, por ejemplo, protestar frente a la casa del exespía Gerardo Hernández, a unas cuadras de La Güinera, aunque en la parte más “bonita” del Capri, si es que en medio de tanta ruina aún quede algo que podamos llamar así.
La miseria y el abandono instalados desde hace décadas no justifican la violencia, pero sí la explican claramente, como igual la rebeldía de sus habitantes nos dice por qué fue en La Güinera donde los acontecimientos del 11 y 12 de julio terminaron en el asesinato de un joven y en el encarcelamiento de manifestantes, probablemente en una proporción mayor que en otros sitios, igualmente marginados y violentos, aunque no tan “desobedientes”. Pero en realidad, en La Güinera percibimos un contexto similar en actitudes de violencia a cualquier otro de la Isla.
No obstante, que en La Güinera, ese visitante que solo va las horas necesarias para adquirir mercancías no perciba la violencia que incluso se pudiera respirar en otros lugares similares de La Habana no quiere decir que esta no exista.
No es la violencia per se, como tampoco la que muchos, por prejuicio, han atribuido casi como rasgo natural de una población mayoritariamente negra y pobre, sino la violencia que en toda Cuba nace de la miseria casi endémica, del abandono, de la criminalización de la pobreza y de la frustración ante la ausencia de oportunidades y ante la certeza —porque la vivimos a diario en carne propia— de que todo está corrupto y de que no existe otra salida que intentar sobrevivir a toda costa.


















