Che Guevara: el mito más rentable del castrismo

Autoritario, inflexible y defensor de la violencia revolucionaria, el Che Guevara sigue siendo venerado por la izquierda mundial, pese a sus fracasos.
Che, Cuba
Mural del Che en La Habana. (Foto: CC)

LA HABANA, Cuba.- Cincuenta y nueve años después de que, el 9 de octubre de 1967, Ernesto “Che” Guevara, que había sido capturado herido el día anterior, fuera ultimado en La Higuera por   un oficial del ejército boliviano, el revolucionario argentino sigue siendo el más reverenciado icono de la extrema izquierda mundial.  

La leyenda póstuma de Che Guevara resultó ser el más exitoso y lucrativo ejercicio de marketing del castrismo. La foto de Guevara que hizo Korda en 1960 durante el sepelio de las víctimas de la explosión de La Coubre y que luego difundió el italiano Giangiacomo Feltrinelli por el mundo, cual fetiche de la sociedad de consumo, en reñida competencia con la lengua del logotipo de los Rolling Stones, aparece reproducida en afiches, camisetas y llaveros.

Paradójicamente, muchos de los que llevan las camisetas con el rostro del Che o lo tienen en los carteles que adornan las paredes de sus dormitorios, que dicen ser amantes de la paz y estar en contra de la discriminación racial y de género, tienen una vaga y romántica noción de quién fue el personaje, pero ignoran, además de su prédica de odio y en pro de la violencia revolucionaria, su homofobia y sus prejuicios racistas.   

Si se tiene en cuenta que cosechó fracasos en todo lo que emprendió —en la medicina que estudió, pero no ejerció, en la guerra y como economista—, el de Che Guevara es un raro caso de perdurabilidad de un mito.   

Como guerrillero, su único triunfo fue en diciembre de 1958, en la batalla de Santa Clara, frente a un ejército desmoralizado que abandonaba a una dictadura en retirada. Sus otras aventuras guerrilleras tuvieron patéticos desenlaces. En 1965, su misión secreta en el Congo terminó con una retirada, en la que, según el mismo Guevara reconocería en sus escritos sobre aquella operación, “no hubo un solo rasgo de grandeza”. Y en 1967, su grupo guerrillero fue aniquilado por bisoños rangers bolivianos a quienes Guevara, en su diario de campaña, despectivamente llamaba “soldaditos”.

Como economista distó mucho de ser exitoso. Primero como presidente del Banco Nacional de Cuba y luego como ministro de Industrias, tuvo un pésimo desempeño. Y por mucho que escribió sobre el modo de organizar la economía socialista, nunca llegó a concretar con claridad y coherencia su pensamiento económico.

Discrepando de Moscú, Guevara advirtió sobre “la posibilidad de zarpar hacia el comunismo y nunca llegar a la meta”. Tales criterios heréticos provocaron entre 1963 y 1964 una polémica con Carlos Rafael Rodríguez y los más ortodoxos seguidores de los lineamientos soviéticos acerca del modo de organizar la economía socialista. Finalmente, fueron ellos los que se impusieron y tuvieron que encargarse de reparar los daños dejados por Guevara cuando se fue al Congo, luego del costoso fracaso de su proyecto de industrialización.

A Che Guevara no se le daban bien las teorizaciones. En “El socialismo y el hombre en Cuba” —título que dio a la extensa carta dirigida a Carlos Quijano, director del semanario uruguayo Marcha— solo logró mostrar lo desmesurado e impracticable de su idealismo estatista-colectivista y su obsesión por la moral comunista.  

Convencido de que la historia de la revolución cubana no debía ser escrita por otros que no fuesen sus protagonistas, Che Guevara escribió Pasajes de la guerra revolucionaria. Luego quiso plasmar su doctrina militar en el libro La guerra de guerrillas, pero lo que resultó fue un confuso manual de táctica y estrategia. El francés Régis Debray, con su libro ¿Revolución en la revolución?, intentaría lo que no consiguió Guevara: formular la teoría del foco guerrillero. Pero el propio Debray reconocería luego el fracaso de sus teorizaciones, porque no era realista mostrar como ejemplos a seguir por una guerrilla los hechos providenciales de la insurrección castrista.

En Cuba, donde dicen que se perdona cualquier cosa excepto ser pesado, Guevara, que resultaba antipático por altanero y zoquete, es presentado por el castrismo como “el más consecuente y virtuoso de los revolucionarios”. Pero las anécdotas suyas que cuentan para ilustrar esas características, aun las que se supone que muestren su lado más humano, consiguen todo lo contrario. Y es que su inflexibilidad, estoicismo revolucionario y fanático apego a la ética comunista llevaron a Guevara a excesos deshumanizados de exigencia, disciplina y austeridad. 

Los castristas, en su afán de presentar a Guevara como ejemplo a seguir, han llegado al extremo de que, en las escuelas primarias cubanas, los niños sean obligados a jurar: “Seremos como el Che”. Es monstruoso que el modelo a seguir para un niño sea un hombre con rasgos psicopáticos que desde muy joven, en cartas a familiares, confesaba que le había cogido el gusto a ver correr la sangre, y luego, como jefe militar, se hizo el propósito de formar combatientes revolucionarios que, según sus propias palabras, “fueran frías máquinas de matar”, lo que consiguió con los integrantes de los pelotones de fusilamiento que en la fortaleza de La Cabaña, en 1959, cumplían sus implacables órdenes que hubieran hecho palidecer a Robespierre. 

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