“No compres pasaje”

“No compres pasaje”

No se deben esperar privilegios de un gobierno ajeno cuando no se le han exigido al propio los derechos mínimos

Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana_archivo
Oficina de Intereses de Estados Unidos en La Habana_archivo

LA HABANA, Cuba. – Lo primero es pagar 21 CUC (moneda nacional equivalente al dólar) porque le llenen un simple formulario online, que incluye su foto y una serie de datos que ha tenido que esforzarse en reunir (desde el nombre olvidado de la abuela materna, hasta la dirección de la escuela donde estudió o del último centro de trabajo).

Allí, en el apartamento donde un cartel anuncia el caro servicio -SE LLENAN PLANILLAS-, a unos pasos del imponente edificio de la SINA, siente que está a punto de cruzar la línea azul. No solo por la proximidad del mar, visible desde el Malecón, degustable en el aire cargado de salitre, sino además porque todos los que entran solicitando el caro servicio refuerzan la sensación de estar justo al borde, en el filo, como en los aeropuertos.

Unos se van por reunificación familiar, otros quién sabe si se ganaron “El Bombo”, pagaron un matrimonio, o se marchan por causas políticas. O un familiar los invita y han puesto velas a cuanto santo existe con tal de que les den visa.

Lo segundo, con la planilla en la mano, 160 CUC plegados dentro del pasaporte y el corazón desorbitado, es llegar cuatro horas antes al parque próximo a la Sección de Intereses de los Estados Unidos en La Habana.

La multitud, el perenne estropicio del lugar por el flujo constante, y los negocios improvisados a propósito de los que se van (o intentan irse), dan un aspecto inusitado, de límite, entre solemne y melodramático.
Abundan los carteles recalcando que SE LLENAN TODO TIPO DE PLANILLAS; los vendedores de comida y hasta hay baños de dudosa salubridad para quienes hacen la infinita cola que dos custodios organizan cada media hora, según una lista leída en voz alta, desde una escalera plegable.

Curiosamente, la multitud no viste como es tan usual en Cuba, sobre todo en un verano tórrido: ropas ceñidas o cortas, licras o escotes. Alertados por sus familiares de “allá”, de lo que causaría una buena impresión a los funcionarios americanos, usan sus prendas más elegantes y sobrias.

Después de varias horas esperando oír su nombre y el número que le toca en la lista, lo siguiente es entregar al custodio el carnet de identidad y unirse a la larga y gruesa fila por quizás otra hora, alternando entre zonas de sombra y de sol, mientras algunos intentan controlar sus nervios:

-Dicen que esa gente no cree ni en su madre.

-No te muestres inseguro, míralos siempre a los ojos.

-Hay que estar a la viva. Si te preguntan ¿a quién usted deja aquí?, le dices: No, a quien yo tengo aquí.

-A mi hermana hasta le preguntaron por qué no se quedaba (en los Estados Unidos).

-¡Mira que son cabrones, eso es una trampa!

-No te pongas nerviosa, que sea Dios quien decida…

En la cola_archivo
En la cola_archivo

Se respira tensión y una solidaridad extraña. A unos pasos, circula despacio un carro de la policía.

Lo tercero, una vez recuperado el carnet de identidad, es sortear la reja de altos y gruesos barrotes. En una garita le registran el bolso, los documentos. Se apresura a seguir a la marea de gente que entra a un local donde mujeres con chalecos rojos le “procesa”. La meta ahora es la lejana ventanilla del cajero y para pagar los 160 CUC que dan derecho a una visa incierta. Las mujeres en rojo controlan, delimitan, intentan ser corteses pero por momentos el estrés las domina.

A la izquierda, sentados en bancos de metal, se van corriendo los que tramitan su salida definitiva, una visa parole. La cola del centro fluye muy lentamente; la gente alterna el peso en las piernas fatigadas y tratan de mantener la disciplina. Las mujeres de chalecos rojos por momentos se irritan, corrigen, explican que la planilla debe estar doblada dentro del pasaporte (los datos hacia afuera); grapan el comprobante de pago, preguntan si hay alguien con más de ochenta años.

Lo cuarto, una vez con el comprobante de pago grapado en la planilla, es seguir de pie esperando un turno frente a cualquiera de las ventanillas a la derecha. A muchos ya le sudan las manos haciendo más difícil detectar las huellas dactilares. Del otro lado del vidrio sellado, una voz enérgica da instrucciones a través de un micrófono.

Lo quinto es salir de ahí y pasar a la antesala del “salón de entrevistas”, donde otra vez registran los bolsos, los documentos, debe ponerse de frente, de espalda mientras le pasan el detector, y entrar para seguir la cola de los que ahora esperan le tomen por última vez las huellas dactilares. Aquí las mujeres de chalecos rojos tienen también guantes de nailon. Guían el tráfico de gente, una sonríe, trata de hacer bromas, señala unos “piecitos” pintados en el suelo que indican dónde colocarse para dar al brazo la extensión exacta.

Lo sexto es avanzar junto a la banda negra que demarca el trayecto final. Allí son ubicados en grupos de tres o cuatro frente a las ventanillas de grueso cristal donde, ¡por fin!, un funcionario chequeará sus papeles, donde podrán intentar convencer con la mirada, los gestos firmes, las palabras parcas, de que son ciudadanos honorables, de que no violarán una ley, que sólo van de visita, que no piensan quedarse y que no serán un problema para el gobierno americano.

Lo séptimo es salir del “matadero”, como algunos le llaman en vindicativo susurro después que le devolvieron sus papeles con una negativa rotunda, una sentencia de distancia insalvable, de separación permanente, mientras salen por la puerta giratoria y ya en la calle, descubren que el aire cargado de salitre, que la proximidad del mar, puede ser tan falaz como cualquier espejismo.

Que un muro como el del Malecón puede ser tan parecido a una cárcel, que un mar tan apacible puede ser un abismo.

Que no se deben esperar privilegios de un gobierno ajeno cuando no se le han exigido al propio los derechos mínimos.

Calcular lo que hubieran resuelto esos 160 CUC perdidos… Tomar aire antes de hacer una llamada, escuchar el timbre, la voz ahogada (de los dos lados), y lograr decir:

-No vayas a comprar ningún pasaje.

Cola ante la oficina de intereses de Estados Unidos en La Habana_archivo
Cola ante la oficina de intereses de Estados Unidos en La Habana_archivo
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