José Martí: el hombre detrás del mito

José Martí: el hombre detrás del mito

Son muchos más los que citan al Apóstol que los que lo han leído con atención. También han abundado los manipuladores de su ideario, que han creado un Martí multipropósito, útil y conveniente para tirios y troyanos.

José Martí, Cuba
Un niño sostiene un cuadro de José Martí (Foto: ACN)

LA HABANA, Cuba. – Pocos pueblos tienen el privilegio de tener un poeta como héroe nacional. Los húngaros tienen a Sándor Petőfi. Los cubanos tenemos a José Martí. Ambos murieron en el campo de batalla, enfrentados a un opresor extranjero. Pero mientras Petőfi está confinado a sus inflamados versos, Martí se quedó prendido a la vida nacional.

A los cubanos, desde pequeños, en las escuelas, nos inculcan el culto a Martí. Pero no vamos mucho más allá de las flores en los bustos en la conmemoración de su nacimiento (28 de enero) y de su muerte (19 de mayo), de unos cuantos versos aprendidos de carretilla y de tres o cuatro frases que citamos continuamente, vengan o no al caso.

Del Apóstol hemos construido un mito, pero no seguimos sus prédicas y enseñanzas. Mas bien, nos dedicamos a contradecirlas.

¿Qué se hizo de la república que nunca ha sido “con todos y para el bien de todos”, y donde la ley primera fuese “el culto a la dignidad plena del hombre”?

Nunca hemos sabido interpretar a Martí, que, ante todo, era un poeta, con todo lo que ello implica. En realidad, son muchos más los que citan a Martí que los que lo han leído con atención. Lo que sí han abundado son los tergiversadores y manipuladores de su ideario. Así, han creado un Martí multipropósito, útil y conveniente para tirios y troyanos.

Fidel Castro se lleva las palmas en el plagio y la apropiación de Martí. No satisfecho con achacarle la autoría intelectual del ataque al cuartel Moncada, utilizó la comparación con el Partido Revolucionario Cubano, creado con el único fin de organizar la guerra por la independencia, para justificar la dictadura de partido único. Y, por si fuera poco, basó su patológica confrontación con los Estados Unidos en la curiosa relación amor-odio de Martí por el país norteño, del cual era un gran amante de su cultura y conocedor de sus entresijos políticos.

El mito martiano contribuyó a la construcción de un metarrelato histórico, una teleología del destino nacional que nos ha hecho más daño que bien, y de donde derivan muchos de nuestros males de ayer y de hoy, entre ellos el hado de fatalidad que presuntamente persigue a nuestro país.

Los cubanos hemos preferido conformarnos con nuestra tan mal contada historia antes que hurgar en broncas y controversias e indagar por ciertas cartas y páginas de diario desaparecidas. Nos fascina idealizar a nuestros próceres, principalmente a Martí.

“Martí no debió de morir”, decía una conocida canción en tiempo de habanera de las primeras décadas del siglo pasado, cuando muchos pensaban que la República hubiese sido muy distinta de haber estado él vivo.

Al dejar en marcha la “guerra necesaria”, ya Martí había desempeñado su rol histórico. Ya poco más podía hacer frente a los jefes militares. Su muerte en Dos Ríos, el 19 de mayo de 1895, fue casi un suicidio que le facilitó la salida que no hallaba ante tanta tozudez e incomprensión.

Desde hacía más de una década, Martí venía luchando infructuosamente por imponer su visión civilista y democrática por encima de la militarista.

Antes de su primera reunión con Antonio Maceo y Máximo Gómez, que tuvo lugar en Costa Rica el 2 de octubre de 1884, Martí había tenido una fuerte controversia epistolar con Maceo. Ante la pretensión del Titán de Bronce de que las acciones bélicas no fuesen obstaculizadas por los civiles, el Apóstol le respondió: “…el Ejército, libre, pero el país, como país y con toda su dignidad representado”, dejando sentado que los generales mambises no decidirían más allá de las cuestiones tácticas y de estrategia.

Martí aceptó la petición de Antonio Maceo de que Gómez fuese el jefe del Ejército Libertador, pero, luego, debido a divergencias por el manejo de los fondos y otras cuestiones, designó a Flor Crombet y no a Maceo al frente de la expedición que los condujo a Cuba en 1895. Fue una decisión que indignó a Maceo y agrió su relación con Martí. Si la acató fue en aras de no crear más dificultades al esfuerzo bélico.

Ya en Cuba, la reunión entre Martí, Maceo y Gómez para definir el curso de la guerra no fue posible hasta el 5 de mayo de 1895, cuando se encontraron en el ingenio La Mejorana, cerca de San Luis. Hasta ese momento, Maceo dilató el momento del encuentro, alegando que se hallaba enfrascado en acciones militares. La reunión, en la que Gómez fungió de árbitro, distó de ser cordial.

¿Hubiese podido Martí, después de la independencia, hacerlo mejor que como lo hizo en La Mejorana y lidiar con los que pretendían dirigir la república como si fuese un campamento militar? ¿Habría podido imponerles su visión civilista y democrática a caudillos mambises, voluntariosos y de armas tomar, como José Miguel Gómez, Mario García Menocal y Gerardo Machado?

Con tanto que se ha idealizado a José Martí no faltarán quienes salten ofendidos y me digan: ¡Con Martí no te metas! Pero habría que ver, con tan abigarrado y confuso ideario político como mostró en sus escritos y discursos, qué hubiera hecho si le hubiese correspondido a él y no a Tomás Estrada Palma, su hombre de confianza en el Partido Revolucionario Cubano, ser el primer presidente de la República.

Martí, desde el exilio, creó con su pluma una Cuba ideal, en la que no vivió en total ni siquiera 20 de sus 42 años. La Cuba que fabricó con tinta y buenos deseos seguramente hubiese sido mucho mejor que la real si sus paisanos hubiésemos logrado llevarla a vía de hechos. Ahora solo nos queda lamentarnos… y citarlo.

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Luis Cino

Luis Cino Álvarez (La Habana, 1956).
Trabajó como profesor de inglés, en la construcción y la agricultura.
Se inició en la prensa independiente en 1998. Entre 2002 y la primavera de 2003 perteneció al consejo de redacción de la revista De Cuba. Fue subdirector de Primavera Digital. Colaborador habitual de CubaNet desde 2003. Reside en Arroyo Naranjo. Sueña con poder dedicarse por entero y libre a escribir narrativa. Le apasionan los buenos libros, el mar, el jazz y los blues.

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