LA HABANA.- En general, el término bodega designa instalaciones destinadas al almacenamiento de mercancías. En Europa y otras partes del mundo, quizás lo primero que venga a la mente sea una bodega de vinos: un sótano acondicionado para conservarlos. También puede referirse al espacio de carga de un navío. En Cuba, en cambio, basta decir “bodega” para pensar en ese sitio donde, desde la época colonial hasta no hace tanto, comprábamos víveres.
Los más ancianos seguramente evocarán la época dorada de aquellas singulares tiendas de esquina, muchas propiedad de españoles y, en ocasiones, de chinos. Hasta 1958, el cliente podía adquirir —a libre demanda y bien pesados, ojo— café, tocino, arroz, granos, harina de maíz, aceite de oliva y otros comestibles de uso cotidiano. Además de llevarse la “contra” de sal y azúcar como regalo por su compra, podía admirar y, cómo no, paladear distintas variedades de quesos, jamones, chorizos y otros embutidos, acompañados de pan o galletas de calidad. Para beber, había sodas de diferentes sabores y marcas, buenos vinos, cerveza, coñac y otros licores, a elección.
Frijoles negros y colorados, judías, chícharos, garbanzos, lentejas, bacalao, salchichas, aceitunas, frutas en conserva, artículos de higiene y limpieza, cigarros y tabacos colmaban, junto con innumerables productos, los entrepaños de aquellos establecimientos. Limpias y bien pintadas, algunas bodegas también tenían mesas donde vecinos y parroquianos animaban las tardes, después del trabajo, entre barajas, dominó, parchís, damas y conversación.
Hoy, aquel vestigio de las libertades económicas del pasado apenas cumple una función como herramienta de control, por intermedio de la mermada libreta de racionamiento. Hace décadas que a su mantenimiento no se destina, al menos que se observe, presupuesto alguno. Como consecuencia, las grietas han tomado posesión de las paredes que aún quedan en pie. Ratas y cucarachas han hecho otro tanto a ras del suelo.
Unas cuantas bodegas, catalogadas por la nomenclatura como “inhabitables reparables”, sirven de premio flaco a algún “afortunado” medianamente bien conectado, siempre que sea capaz de convertirlas en vivienda con su propio peculio… y con el extra que buenamente pudiera rapiñar, faltaría más.
Como ya se ha mencionado en ocasiones anteriores, los clientes de las bodegas clausuradas son redistribuidos entre las pocas que siguen funcionando. Cuando llega alguna mercancía, aumentan las colas y, con ellas, el sufrimiento de los necesitados, que somos casi todos. Por suerte o por desgracia, ese acontecimiento es cada vez menos frecuente: por esta vía ya solo se distribuyen cigarros y algún que otro alimento esporádico procedente de donaciones.
Así las cosas, los funcionarios de grandes ideas autorizados para tomar decisiones en la finquita han sacado de la manga otra de sus maravillosas soluciones: los llamados “mercados de barrio”.
Según Marpesa Portal, directora de Ventas Minoristas del Ministerio de Comercio Interior (MINCIN), se trata de “un proyecto diseñado para poner a disposición de la población un grupo de productos de primera necesidad tanto alimenticios como de aseo, fundamentalmente arroz, azúcar, granos, conservas de tomate, pastas alimenticias, café, aceite, entre otros, y de igual manera jabón, detergente, desodorante, crema dental”.
La funcionaria explica que podrán ser gestionados “por todos los actores económicos que existen en el entramado empresarial del país hoy: trabajadores por cuenta propia, empresas estatales, mipymes y otros, incluyendo las entidades de la inversión extranjera”.
El sistema, detalla Portal, “está diseñado para implementarse en la actual red de bodegas, mercados Ideales y carnicerías” con “bajos niveles de ofertas en la actualidad”.
De ser así, habría que empezar por reparar los locales, dado su precario estado constructivo. No es difícil imaginar que tanto las reparaciones como los demás gastos necesarios para poner en funcionamiento cada negocio terminarán cargándose al bolsillo de su nuevo administrador.
Con la promesa de llevar a los barrios alimentos que hoy escasean y reducir “entre un 15 y un 30 %” los precios que pagan los consumidores, el proyecto está llamado a suplir a las bodegas de toda la vida. Cuesta creer, sin embargo, que consiga recuperar lo que aquellas representaban.
Las antiguas bodegas no solo ofrecían productos en cantidades y a precios accesibles para los menos favorecidos: también fiaban. La relación del bodeguero con sus clientes era cercana, incluso personal.
Su nueva versión, en cambio, y pese a las intenciones anunciadas, muy probablemente se regirá por una política más próxima al “al duro y sin guante”, combinado con el “sálvese quien pueda”. Esa parece ser la tendencia predominante en el comercio del país.
Los tiempos han cambiado, sin duda alguna.









