‘Cuba vibra’ al compás del ballet Lizt Alfonso

‘Cuba vibra’ al compás del ballet Lizt Alfonso

Un viaje a la Isla de los años 50 del pasado siglo

Bailarines interpretando el rocanrol (Foto: Ana León)

LA HABANA.- La sala Avellaneda del Teatro Nacional acogió durante el pasado fin de semana el espectáculo Cuba vibra, de la prestigiosa compañía Lizt Alfonso Dance Cuba; tres presentaciones que dejaron al público con ganas de repetir un merecido homenaje a las tradiciones músico-danzarias y la cultura popular cubanas.

Con música en vivo, interpretada por la carismática Yaima Sáenz y su grupo, Cuba vibra fue un viaje a la música cubana de los años 50 del siglo XX, momento de oportunas fusiones donde confluyeron ritmos como el son, la rumba, el danzón, el mambo, el chachachá, el jazz, el rocanrol y ese maravilloso movimiento de la cancionística cubana conocido como feeling. Desde el canto, el baile y la actuación se reconstruyó una época dorada, que trajo de vuelta los clásicos de siempre para ser aclamados por un auditorio variopinto que ve en el ballet de Lizt Alfonso un armonioso concilio de las preferencias musicales más diversas.

En sentido general, fue un espectáculo muy bien concebido cuya excelencia descansó, fundamentalmente, en la música en vivo. Algunos detalles redondearían el resultado final, otorgándole mayor prestancia con miras a futuras actuaciones fuera de la Isla, pues Cuba vibra tiene todos los ingredientes necesarios para venderse con éxito en la arena internacional.

Para el público y la prensa hubiera sido de gran ayuda un programa de mano que explicara, más allá del obvio tributo a la música cubana, el orden lógico de toda la obra. Algunas coreografías, no obstante su impecable ejecución, violentaron un marco temporal delimitado por el mambo, el rocanrol y el chachachá. El ambiente de la década de 1950 cedió paso abruptamente a pasajes folclóricos que parecían justificarse más por voluntad comercial que por la omnipresencia de las raíces africanas en los ritmos cubanos.

Una nota del Consejo Nacional de las Artes Escénicas previa al estreno de Cuba vibra, la definió como un “sugerente recorrido por la música y los bailes que le han dado fama a la Isla desde los años 50 del pasado siglo hasta la actualidad”. Quien aseveró tal cosa no tenía muy claro de qué iba el espectáculo, pues la única época que se distingue claramente en casi dos horas de música, canto y baile, es el decenio de 1950.

Tal vez ese detalle funcione como una metáfora de lo sucedido con la música cubana tras enero de 1959, cuando todo el color, la fusión y la creatividad del último lapso republicano fue sustituido por un efímero amasijo de ritmos emergentes ―Mozambique, Pilón, Dengué, Pa´cá…―, los cuales, no obstante su limitado aporte al acervo nacional, marcaron una época y no estuvieron presentes en el “recorrido” propuesto por la Maestra Lizt Alfonso.

Algunas transiciones no fueron claras, como el paso de la etapa republicana a la era socialista; un contexto clave que solo podía asociarse al pasaje donde todos los bailarines, vestidos con atuendo militar, ejecutaron una marcha rígida y acompasada que introdujo elementos de la danza contemporánea en lo que hasta ese momento había sido una seguidilla de bailes populares elegantemente orquestados.

Tras el “despliegue militar”, una incomprensible regresión al feeling y otro cuadro de folclor, dejaron el recuento en un horizonte pretérito e impreciso. Salsa, timba y reguetón quedaron totalmente descartados, así que Cuba vibra integró varios recursos, pero todos distantes de esta actualidad musical que pocos coreógrafos logran llevar con decoro a las tablas.

Cuba vibra quedó varada en la espléndida década de 1950. En una cuidadosa reconstrucción epocal donde se tuvieron en cuenta todos los elementos ―vestuario, diseño de luces, trabajo coreográfico, música y un apreciable histrionismo por parte de los bailarines―, radica la fuerza de un espectáculo creado para el público más heterogéneo.

Cada pasaje unido por ese lazo temporal fue disfrutado sin esfuerzo, a otros les faltó organicidad y en un par de ocasiones los movimientos en escena recordaron obras de otras compañías cubanas de danza contemporánea vistas en fechas recientes. De no haber sido por la música, el espectáculo se hubiera agotado mucho antes del final.

La versatilidad de músicos y bailarines, la atmósfera tan delicadamente evocadora y la maestría con que fue preparado el show en general, compensó los pasajes inconexos y las imprecisiones que surgen cuando intérpretes mejor entendidos en géneros populares se aventuran hacia las complejidades del ballet clásico.

Con algunos retoques, Cuba vibra podría ser el próximo éxito de Lizt Alfonso Dance Cuba, una compañía que continúa renovándose sobre la base del flamenco, el folclor, la danza clásica y la música popular bailable para acercar a las nuevas generaciones al pasado de una Isla que, años atrás, llegó a convertirse en la capital musical del mundo.

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