Barnet se va de rositas, por una vereda tropical

Barnet se va de rositas, por una vereda tropical

Ahora quieren hacer de Rosita Fornés una suerte de hito incomparable

Rosita Fornés y Miguel Barnet (lazarosarmiento.blogspot.com)

FILADELFIA.- Rosita Fornés, vedette cubana nacida en Estados Unidos y formada durante la República tan denostada por el régimen castrista, es una figura de la farándula a la que algunos recuerdan todavía, si bien la de sus fanáticos constituye una especie en vías de extinción. Nacida el 11 de febrero de 1923, Rosita cumplió recientemente noventa y cinco años. Repentinamente, el hecho cobra, según parece, relieve nacional según un artículo del periódico Granma. No hace mucho, según recuerdo haber leído en alguna de las innúmeras gacetillas del régimen, la misma homenajeada “oficial” de hoy se había visto obligada poco menos que a recalar en los brazos del “Circo nacional” cubano (no pun intended) en busca de algún reconocimiento, sin dudas merecido por ella.

Ahora, con motivos del nonagésimo quinto aniversario de la exdiva, como ya he dicho antes, el señor Miguel Barnet, a quien parece habérsele encomendado de un tiempo a esta parte escribir los obituarios de ciertas figuras venidas a menos del mundillo “cultural”, le dedica una columna inflamada de nostalgia. Barnet ha fungido en su ya larga carrera al servicio del castrismo de presidente del único sindicato de escritores consentido oficialmente, la UNEAC; miembro del Comité Central del Partido Comunista de Cuba; diputado a la llamada “Asamblea Nacional” y miembro del “Consejo de Estado”, y es además, el autor, entre otras recopilaciones por el estilo, de una célebre transcripción publicada en el año 1966, arrancada a pico de botella al viejo Esteban Montejo, quien fuera esclavo, y alcanzó a vivir hasta los ciento tres años de edad. El recurso del aguardiente Coronilla, según se rumoraba con insistencia en círculos cercanos al recopilador, consiguió al fin soltarle la lengua al anciano. En esos años de abierta y brutal represión contra los homosexuales, (la que se extendería sin disfraces a lo largo de dos décadas) y por la cual fueron a parar a campos de trabajo forzado cientos de miles de “locas”, o sospechosos de serlo, Barnet en plano de etnólogo e improvisado novelista, se impuso dejar constancia de su “confiabilidad” y adhesión al régimen, proclamando en el texto recogido por él, su condición de “diferente”, pero no “indiferente” al “Proceso revolucionario”. Mientras en privado podía permitirse, en presencia de un virtual desconocido, alguna queja u observación del tipo “ahora ya no pueden meterse conmigo. La ópera de Leipzig, nada menos, está trabajando en un montaje de Biografía de un cimarrón —lo que en su caso debería suponer algún ‘detente’ a la política represiva del régimen contra los homosexuales y disidentes de cualquier clase, en vistas de que se trataba la suya de una importante contribución a la propaganda del régimen—”, de cara a la galería se mostraba por esta misma fecha aquiescente hacia el régimen. A partir de entonces, tanto llegó a proclamar en público su apego y devoción al poder, que no sólo alcanzó a ser premiado finalmente por el aparato, sino que él mismo llegó a convencerse “a pesar de todo, de la justeza de la causa revolucionaria”, según declaró en el anfiteatro de Temple University el año 1981, cuando confrontado públicamente por quien esto escribe, se vio obligado a aceptar que “podían haberse cometido algunos errores” durante el éxodo masivo de cubanos por el puerto del Mariel, pero según declaró igualmente entonces, a él como a muchos otros, el ‘”hecho revolucionario” en su profunda radicalidad lo había tomado un tanto “fuera de base, (en sus comienzos) pese a reconocer de inmediato la innegable necesidad y la brutal justicia que se imponía establecer para acabar con tanta injusticia y sometimiento a los Estados Unidos”.

Acudo a mis notas de entonces más que a la memoria para reproducir estas citas, pero creo que podrían hallarse igualmente en cualquier parte, si alguien se interesa en buscarlas. Barnet recibió toda su educación elemental y secundaria en Estados Unidos, y proviene de una de las familias mejor colocadas financieramente de las élites cubanas anteriores a 1959, es decir, que pudo integrarse sin gran dificultad a la nueva nomenclatura que proclamaba su apego y adoración por el “líder máximo”, quien a fin de cuentas era uno de los suyos. A diferencia de otros como el poeta José Mario, de procedencia humilde y sincero entusiasta del “proyecto revolucionario” visto desde un idealismo lírico, Barnet no sufrió el descrédito social y político ni el internamiento forzoso en las UMAP, ni se vio forzado a exiliarse una vez que la providencial intervención de Nicolás Guillén consiguiera la autorización de su salida del país, como sí ocurrió con Mario. Es pues, este personaje, quien se encarga de escribir un panegírico de Rosita, la diva en declive, con motivo de su cumpleaños, pieza esta que es menos una exaltación de la homenajeada que una excusa para reiterar “posiciones” y dar la impresión de que la cultura cubana es sinónimo de “oficialismo militante” y corresponde en exclusiva a los cánones adocenados y opresivos de la peor tiranía que haya conocido el continente, y una de las peores y más destructivas en cualquier parte.

Con la rotundidez acostumbrada de los “buenos revolucionarios” donde los haya, y de los propagandistas a usanza, de los regímenes totalitarios, Barnet declara al comienzo de su descarga: “¿Cómo hablar del arte en Cuba sin mencionar a Rosita Fornés? ¿Cómo hacer un recuento de la vida cultural del país entre los siglos XX y XXI sin hablar de Rosita Fornés? ¿Cómo ser cubanos y contemporáneos si no contemplamos en nuestro imaginario y nuestra memoria colectiva la figura de Rosita Fornés?”. El reduccionismo idiotizante, de semejante propuesta, es evidente. Para ser cubano “de verdad”   —Barnet dixit— habría que reconocer en Rosita el origen de las artes nacionales en su conjunto, hazaña por la que habría que reverenciarla casi tanto como al difunto “Tiranosaurio en Jefe”. Contra toda evidencia en contrario, Barnet quiere hacernos creer que “el pueblo cubano” comulga con semejantes ruedas de molino.

Los que hoy tenemos más de cincuenta años, sin dudas recordamos a Rosita. Aunque no soy ni fui nunca uno de sus “adoradores”, le reconozco un talento particular, y agradezco que alguna vez pusiera en el árido panorama de la “cultura cubana” que ocupaba toda la televisión, el refrescante toque de una copla zarzuelera de otra época, o cualquier otra canción moderna o tradicional, pero tampoco olvidamos su coqueteo con la propaganda del régimen. La inmensa mayoría de quienes de un modo u otro recordamos a Rosita, ni siquiera se halla en Cuba. Muchos de sus “incondicionales” lograron escapar de la isla durante el éxodo del Mariel, y con posterioridad. En Miami, esos aficionados la recibieron años después como acólitos de un culto en vías de extinción, cuyo principal sacerdote reapareciera inesperadamente. En el exilio algunos se lo tuvieron a mal, teniendo en cuenta que Rosita Fornés sí venía por cuenta del régimen cubano, pero no hubo que lamentar en la ocasión heridos ni muertos como los provocados por el régimen durante los días del Mariel, “actos de repudio” mediante, que Rosa nunca ha denunciado.

En el fondo, ella también ha sido una víctima de su afán de afianzarse en el “divato” y permanecer en Cuba, cuando tantas otras figuras de primer orden dejaban un vacío imposible de llenar —de Olga Guillot a Celia Cruz y Blanca Rosa Gil (sólo en el ámbito de la cultura popular) pasando por una lista interminable— del único modo posible, al servicio del régimen, que le permitía viajar al exterior y seguir disfrutando de un nivel de vida semejante al que había gozado antes del castrismo. Al resto de los cubanos de a pie, incluidos otros artistas que no disponían de la doble ciudadanía estadounidense-cubana de la Fornés, no les estaba permitido salir y entrar al país para realizar una “tournée” de México, luego televisada a bombo y platillo por la TV cubana —expropiada a sus fundadores y legítimos dueños por el castrismo— como un doble éxito de la artista y del régimen.

Obviando todo esto y más, Miguel Barnet afirma que sería imposible hablar de un arte lírico en Cuba, entre otras manifestaciones artísticas mencionadas por él, sin mencionar a la Fornés. La lista de nombres y figuras “olvidados” por disposición del régimen al que en diversos grados sirven, la estrella nonagenaria y el articulista de hoy, constituiría por sí misma, como he dicho ante, un diccionario biográfico de las artes cubanas en los diferentes géneros. Sin embargo, ni al presente ni nunca antes ha afirmado el dicho, que sería imposible escribir la historia de las artes en Cuba a pesar de tantas omisiones. El fenómeno conocido como Buena Vista Social Club que hace algunos años “dio a conocer” a algunos veteranos representantes de la cultura musical cubana dentro de la isla, suprimidos por el régimen durante años, con argucias que pasaban por una “evaluación” musical, constituye otro ejemplo de censura y manipulación de la cultura cubana por parte del régimen y sus alabarderos. ¿Cómo y dónde habían estado todos esos músicos “desconocidos” u olvidados, que sin embargo, nunca salieron al exilio? ¿Por qué de repente, un músico estadounidense con mentalidad empresarial “descubre” y lanza el “fenómeno” Buena Vista Social Club? ¿Quiénes le permiten explotar este “descubrimiento” y a quiénes benefició económicamente? ¿Cuánto menos beneficiados resultaron en sus últimos años dichos músicos, si es que lo fueron, respecto a los demás involucrados? ¿Cómo pues, hacer descansar de repente sobre los hombros fatigados y el nombre ya casi olvidado de la Fornés, los lauros fundacionales de las artes en Cuba?

Es cierto que la hoy nonagenaria figura acaparó por décadas, espacios que otras de sus contemporáneas habían ocupado antes de marcharse del país, y que lo hizo conservando en lo posible “una cierta elegancia” asociada al pasado, con lo que ayudaba a digerir el ladrillo nuestro de cada día. ¡A ver, nene, abre la boquita que ahí viene el aeroplano! Las demás opciones contemplaban principalmente a Sara González, Silvio Rodríguez, Amaury Pérez Vidal y el “Grupo de Experimentación Sonora del ICAIC”. Rosita era en este entorno un verdadero oasis donde bebíamos los pobres camellos medio aplastados por la carga que debíamos soportar, mientras atravesábamos el desierto de infinitas lontananzas y futuros luminosos, que eran sólo espejismos de la propaganda, el engaño y la opresión sistemáticas. Con evidente nostalgia de una rica tradición artística y popular, que el propio Barnet contribuyó a destruir de mil modos mediante su complicidad y defensa del régimen, ahora éste quiere hacer de Rosita Fornés una suerte de hito incomparable, a la manera de Eusebio Leal empeñado en reconstruir espacios habaneros por los que obtienen  crédito (y beneficios contantes y sonantes) los mismos que se propusieron desde el primer día, demoler y saquear la ciudad que invadían como hordas de vándalos. ¡Felicidades, Rosita! Y que vivas muchos más años para verlo todo hasta el fin.

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