Virgilio vuelve al olvido

El silencio entero

Como se acabó el año de su centenario, Virgilio Piñera (Cárdenas, Matanzas, 1912-La Habana, 1979) regresa ahora en enero, solo, más flaco que un güin y enfurruñado, al olvido enorme que le espera en todos los sepulcros provisionales que habitó en la vida desde que, a los siete años, descubrió que era pobre, amaba el arte y se iba a revolcar en una carbonera porque se había enamorado de su tío.
En los últimos 12 meses se le hicieron homenajes en el exilio y dentro de la isla. Pudo ver a los pocos amigos que se atrevían a visitarlo, para jugar a la canasta o cargarle el agua para que regara su jardín protegido del sol por una pamela. Vio también a quienes se atrevían a saludarle en las calles y a otros que lo miraban desde lejos con admiración y respeto. Tuvo que soportar también las sesiones de espiritismo marxista que organizó el Gobierno para recuperarlo de las filas del enemigo.
Fueron los tarugos del Ministerio de Cultura quienes desbordaron en Cuba los festejos por su aniversario, los que pagaron los panes, los mojitos y mandaron a poner micrófonos y sillas de lujo en la presidencia de los actos, fueron los que siempre le persiguieron porque le tenían miedo a su teatro, a sus cuentos, a su poesía, a su lucidez. Y es que, Piñera, un tipo con hambre que sabía robar plátanos, un hombre culto que tenía su biblioteca particular en la cabeza, un señor temeroso, sin dinero ni reloj de pulsera, puede ser muy peligroso para una dictadura.
Con el año nuevo, Virgilio, después de las pachangas recordatorias, se queda para el oficialismo como un figurón perdonado que sirve para justificar la marginación, la censura y el acoso a artistas y a escritores que, en realidad, recobran la identidad con su certificado de defunción.
Nadie sabrá ya nunca si el escritor quería que sus censores le dejaran entrar como un fantasma a los sitios donde se reponen sus obras prohibidas y a las imprentas en las que se autorizan hoy que se publiquen sus poemas y sus cuentos. Parece que no. Creo que lo muestra Guillermo Cabrera Infante cuando describe la escena, en un hotel barato de París, en 1965, en la que Carlos Franqui le sugiere a Virgilio que no regrese a Cuba porque se avecinan redadas de homosexuales.
El autor de Dos viejos pánicos le dijo a Franqui que no podía vivir fuera de Cuba, que ya lo había intentado de joven (cuando se estableció en Buenos Aires) y no pudo, menos iba a poder ya en la vejez.
Virgilio lo que quería era vivir. Vivir y trabajar en su país. No tener que esperar 21 años enterrado para que los funcionarios permitieran reconocer lo que el mundo conocía a pesar de ellos.
El poeta Rafael Alcides esferno pasaste ya)/ la cruz y los clavos fueron borrados/ junto a la corona de espinas/ (la crónica oficial no los menciona)/ y tu enemigo, tu enemigo el viejo comisario/ hoy pronuncia tu nombre con unción,/ y te honra con misas/ y de rodillas llega/ al apartamento de N y 27/ donde todavía se te escucha/ escribiendo en el pasado/ los versos del porvenir».
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