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EL GOBIERNO descubrió ahora, cuando iba a comenzar el verano, que el socialismo es una calamidad de 111.111 kilómetros cuadrados, el tamaño de Cuba. Lo hizo público como si hablara de un escenario ajeno que se mira de frente por primera vez y se cuidó de ocultar que ha utilizado todos los instrumentos de la represión para perseguir y encarcelar a los hombres y mujeres del periodismo independiente que denuncian y describen todos los días esa realidad a pesar de las mordazas y la policía.

El panorama, que es hoy el paisaje oficial admitido, lo dibujó el general Raúl Castro en un discurso de 35 minutos en el que reconoció que se percibe un acrecentado deterioro de valores morales y cívicos como la honestidad, la decencia, la vergüenza, el decoro, la honradez y la sensibilidad ante los asuntos de los demás.

Castro lamentó que se haya pasado a ver con normalidad el robo al Estado, la comercialización ilícita de bienes y servicios, el incumplimiento de los horarios de trabajo, el hurto y sacrificio de ganado, las talas forestales, los juegos prohibidos, la aceptación de sobornos y prebendas y el asedio al turismo. Para el dirigente, lo único que florece en Cuba es la música alta y la cría de cerdos en las ciudades, la chabacanería y el maltrato, la destrucción de monumentos, parques y jardines. «Hemos retrocedido en cultura y civismo ciudadanos», afirmó.

El orador entró en detalles sobre el fraude escolar, el vestuario, el vocabulario de los jóvenes y otros desastres sociales que, desde hace más de veinte años, aparecen descritos en las piezas de los comunicadores alternativos.

El asunto es que la dictadura suele aplicar la fuerza en los sectores equivocados. Acosa y manda a prisión a quienes cuentan con profesionalismo y honestidad las historias de la vida cotidiana. Allí tienen que compartir celdas con los miles de cubanos que cumplen largas condenas por matar una vaca y que van a los calabozos enviados por quienes eliminaron la libertad de prensa y arruinaron la ganadería.

Allá están. Allá siguen y trabajan, solos, pobres y alertas, los comunicadores que, como dice el veterano columnista Jorge Olivera, no son muchos, pero son los que son. En una sociedad enferma por la corrupción y la hipocresía nadie es más peligroso para el poder, ni nadie es más necesario que un periodista libre.

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