La fiesta de Virgilio

Una filosofía de funerario municipal  y una memoria de gallo asistida con resignación y disciplina  por la prensa cautiva le han permitido a los funcionarios cubanos de cultura organizar el centenario del  natalicio del escritor Virgilio Piñera  (Cárdenas, Matanzas, 1912- La Habana, 1979) como si el autor de Aire Frío, Electra Garrigó y La isla en peso  les provocara de verdad  admiración y ese  respeto.

Piñera, uno de los intelectuales de más categoría y fuerza del siglo XX en su país y en América, después de un leve entusiasmo por los cambios anunciados en Cuba en 1959, pasó –.casi primero que nadie—a la nómina de sospechosos, perseguidos,   frágiles y temerosos personajes que encararon el castrismo con indiferencia o con un cauteloso pero implacable  rechazo.

Lo que pasa es que, a estas alturas, los regidores de la vida en Cuba, no pueden darse el lujo de dejar a Piñera en el cementerio de Colón con el mismo silencio enorme y rebuscado con que lo obligaron a vivir sus últimos años y  lo llevaron  después  a la tumba. Necesitan del fulgor de  su obra para dar una imagen de tolerancia y anotarse el cumpleaños  como una  fiesta de perdón y resurrección para el hombre que escribió Presiones y diamantes.  Un señor que vivía en soledad, con unos  amigos fieles (Antón Arrufat y Abilio Estévez, por ejemplo) obligados a compartir sus miedos y amarguras, sus salidas brillantes y agudas y sus historias de conquistas con billeteros ciegos, estibadores en paro y plomeros románticos y enamorados.

El gesto oportunista del oficialismo, de todas formas, ha permitido que las nuevas generaciones de lectores cubanos se familiaricen con sus libros prohibidos y conozcan, con el asombro de quien recibe a un viejo tío que vuelve a casa, al más importante dramaturgo de ese país, al poeta, al novelista, al editor y traductor condenado al olvido que fue amigo en de Jorge Luis Borges, Vitold Gombrowicz, Victoria Ocampo y (con sus altas y sus bajas) de su compatriota José Lezama Lima.

Escritores, amigos y admiradores del mundo entero  han recordado estos primeros cien años de Virgilio Piñera con artículos, conferencias y artículos periodísticos.  Él, que era ateo y creía en el absurdo y en el humor negro, seguro que no ha  querido recibir ni los mensajes de felicitación  que se le llegaron desde otras regiones del mundo a  una humilde casa de Centro Habana donde funciona,  los viernes por la noche, un centro espiritista  y baja  sin falta el poeta matancero Gabriel de la Concepción Valdés (Plácido) muerto hacia 1840.

Un buen recuerdo a la grandeza de Piñera es la reproducción de unos  versos escritos en 1976,  poco después de la muerte su conflictivo compañero de viaje José Lezama Lima, un hombre con el tuvo, durante décadas,  distancias, peleas, combates  verbales y reconciliaciones. Aquí están: “Por un plazo que no pude señalar/ me llevas la ventaja de tu muerte:/ lo mismo que en la vida, fue tu suerte/ llegar primero, Yo, en segundo lugar./ Estaba escrito, ¿Dónde? En esa mar/ encrespada y terrible que es la vida/ A ti primero te cerró la herida:/ mortal combate del ser y del estar.”

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