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Domingo, 25 de septiembre 2016

La familia de la victima

Supone el penalista que en la decisión influyó el malestar de los jueces ante el reguero de polvos y otras señales de brujería

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LA HABANA, Cuba, diciembre (173.203.82.38) – Un joven abogado que a veces me invita a sus juicios me contó que hace unos días sucedió algo insólito en el Tribunal Territorial Militar ubicado en San José de las Lajas, al sur de La Habana, donde unos santeros llenaron de polvo el estrado de los jueces, con la intención de favorecer el resultado de sus parientes, implicados en delitos de cierta gravedad. Su representado no contrató los servicios de ningún brujo, pero recibió una sanción imprevista, al igual que otros inculpados.

Supone el penalista que en la decisión influyó el malestar de los jueces ante el reguero de polvos y otras señales de brujería. Al percatarse de “la obra” el jefe de la sala le ordenó a la secretaria que buscara un trapo para “barrer la basura”. La tensión propia de la vista oral con las intervenciones del fiscal, sus testigos, los acusados, la defensa y el arbitraje del juez, estuvieron caldeados por el desafío del supuesto maleficio.

Señala el amigo que esto es más común de lo que muchos suponen. Hay quienes creen que el encargo a un palero puede revertir los resultados del juicio y “suavizar la propuesta del fiscal, enredarle la lengua al abogado si su cliente está en el bando contrario, o poner en voz de los jueces las órdenes de “la prenda”, vinculada a los muertos que asisten al practicante, quien dialoga con estos mediante un complejo sistema de adivinación que pasa por la interpretación de los caracoles y la alimentación de la ganga con animales como el gallo, chivo o carnero.

Aunque existen ingenuos y oportunistas, los “ahijados” de paleros, santeros y babalawos, creen en el poder de los encargos, en la fuerza de los muertos y en detalles propios de su concepción mágico religiosa, lo cual los induce a “tirarle a los jueces, el abogado o el fiscal”, previa exploración de la posible sentencia, de manera que a veces, al pasar por una ceiba o en la puerta de su casa, los operadores de derecho tropiezan con señales de brujería.

Al penalista no le preocupa que “lo metan en el caldero”, pues cree que todo juicio es una representación teatral, sobre todo si hay presión desde arriba, dinero por medio o policías que invocan “pruebas operativas secretas” que complican al acusado y dejan al defensor en desventaja, salvo que el jefe de sala desestime el testimonio de los uniformados y apueste por la imparcialidad.

Señala que semanas atrás, un babalawo que él sacó de la cárcel, acusado de acosar sexualmente a la hijastra, pasó por su casa con unos tragos de más, y en vez de darle las gracias le dijo que su libertad se la debía a Orula y Olofi, dioses del panteón yoruba, quienes le aconsejaron qué hacer durante el encierro.

Las caras del error de tan peculiar manera de influir en la justicia son palpables también en el Tribunal Provincial de La Habana, donde en ocasiones hay que sacudir estrados y retirar “otros regalitos” destinados a apaciguar a jueces, fiscales y abogados. Según el amigo penalista, si benefician a alguien es a la familia de la víctima, pues los jueces no se dejan impresionar y dictan sentencias sin pensar en la cólera de los muertos ni en el poder de Ochun, Yemayá y Orula.

Acerca del Autor

Miguel Iturria Savón
Miguel Iturria Savón

Miguel Iturria, La Habana 1955. Licenciado en Historia, postgrados en arte, literatura, cine, periodismo y etnología. Ejerció como profesor de la enseñanza media y superior y como investigador y director de instituciones culturales en Ciudad de La Habana. Ha publicado dos libros de ensayo, dos antologías, dos poemarios y decenas de artículos y reseñas críticas en publicaciones periódicas de Cuba, España y los Estados Unidos. Colabora de forma sistemática con CubaNet, el semanario digital Primavera y otras páginas alternativas.

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