La confusión de Confucio

Nada pueden hacer por formar cualidades en los niños quienes carecen de buenas cualidades

LA HABANA, Cuba, noviembre, 173.203.82.38 -Se le desfleca el corazón a cualquiera que tenga la ocurrencia de ponerse a observar alguno de esos actos “patrióticos” que se realizan cada mañana, antes del inicio de las clases, en nuestras escuelas primarias. Son fábricas de minusválidos mentales. Asusta pensar que de ahí saldrán los ciudadanos que dentro de unos años van a estar al frente del poder (de todos los poderes) en Cuba.

Hay que gastarse un optimismo a prueba de cañonazos para no desconfiar en la civilización, luego de ver que instituciones que hoy se consideran de avanzada en el mundo, como la UNICEF, aprueban y aplauden desafueros tales.

Es la irracionalidad dictatorial en función de devolver a los seres humanos a su arranque homínido, no sólo mediante una manera uniforme de comportarse, sino de pensar y de hacerlo todo como artefactos de serie única. Desde los más menudos gestos hasta la sonrisa. Desde el tono de la voz, con estandarizada y fingida ternura para decir buenos días, para recitar versitos o para cantar en coro de androides, a la vociferante dureza (no menos fingida) para repetir consignas en las que hasta la idea cruel de matar o morir perdió su esencia.

Parece increíble que luego de vivir sometidos durante varias generaciones a este experimento de ablación cerebral en masa, todavía haya cubanos que, a título personal y más o menos a tiempo, logren reincorporarse a la línea evolutiva.

La mala noticia es que las autoridades educacionales del régimen se muestran empeñadas en que cada vez sean menos esos que consiguen escapar del molde.

No por gusto han proclamado, desde el inicio del nuevo curso escolar, la urgente necesidad de formar cualidades en los niños. Tiene gracia, pero no es para reír.

Arrasan las ciudades sistemáticamente, durante medio siglo, y luego quieren disimular sus ruinas de la forma más chapucera, con improvisaciones de urgencia. Erosionan la tierra, se emplean a fondo durante décadas para hacerla baldía, y una mañana despiertan acusando a los campesinos de improductivos. Desmontan, con indolencia de conquistadores, las mejores tradiciones, junto a todas las estructuras culturales del país, y ahora están apurados por formar cualidades.

En principio, si por cualidades entienden lo que esencialmente hay que entender, o sea, cada una de las características naturales o adquiridas que diferencian a las personas de los animales y las cosas, entonces tendrían que empezar por: a) suprimir los matutinos políticos en las escuelas; b) buscar maestros capacitados moral e intelectualmente para formar cualidades; c) que las autoridades se impartan a sí mismas la primera lección, basada en aquella máxima, según la cual, para enseñar a decir la verdad, antes hay que aprender a oírla.

Porque es de ahí exactamente, del simple hecho de decir la verdad y de afrontarla, de donde habrá que partir para la recuperación de la honradez, la dignidad, el amor propio, el civismo, la respetuosa consideración al semejante, y todas las demás cualidades que el ciclón totalitario le arrancó de cuajo a los cubanos.

El fingimiento y la mentira, impuestos como irremediables normas de supervivencia, han terminado alterando la idiosincrasia de nuestra gente. Casi podría decirse que ya forman parte de nuestro perfil identificativo. Los adoptamos como expresión natural para todos los momentos y las circunstancias.

Por inaudito que parezca, es un hecho que el pueblo de Cuba ha involucionado, víctima de la aberración de un grupo de chiflados por el poder, que implacable e impunemente, actuaron (actúan) sobre la psiquis de la ciudadanía, causándole estragos tan demoledores que hoy resultaría inaplicable en las escuelas la lección de Galileo, para quien la mejor manera de educar a un ser humano es enseñarle a descubrir lo que guarda en su interior.

Nada pueden hacer por la formación de cualidades en los niños quienes carecen de ejemplares cualidades y siempre han vivido muy alegremente sin ellas.

Para Confucio, había tres maneras de aprender y de ganar sabiduría: la reflexión, la imitación y la experiencia. Nuestros caciques, siempre dados a priorizar la astucia sobre la sabiduría, confundieron el confucionismo al impartir únicamente la imitación, y con patrones falsos. Así han enredado la pita hasta un punto en que hoy no lograrían desenredarla ni con la sabia ayuda de Confucio.

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