La ambulancia que nunca llegaba

La ambulancia que nunca llegaba

El caso de un anciano agonizante, el soborno, la falta de oxígeno, la indolencia como norma

LA HABANA, Cuba, marzo, 173.203.82.38 -Me encontré por la mañana, en una esquina, con José Luis, un amigo del barrio, economista devenido excelente albañil para poder sobrevivir, que esperaba una ambulancia. La casa de esa esquina es una enorme mansión de El Vedado muy bien arreglada y pintada (en lo que mi amigo había puesto su mano) donde habita una pareja de ancianos cuyos hijos, en el extranjero, les garantizan un buen nivel de vida, a tal punto que no tienen que recurrir al alquiler de habitaciones ni al cuentapropismo, además de que pueden pagarles a dos personas para que se encarguen de los trabajos de la casa. La mujer de José Luis, Carmita, era una empleada y en los últimos meses había tenido que dedicarse sobre todo a los cuidados de Miguel, un anciano de más de setenta años con cáncer de pulmón y mal de Parkinson, entre otras enfermedades.

Precisamente, por eso estaba allí José Luis: el anciano se encontraba en estado crítico y habían llamado a una ambulancia a las seis y diez de la mañana, pero a las ocho y media todavía no había aparecido.

Carmita se mantenía dentro de la casa con el anciano y su esposa, desesperada esta última. Salía a cada rato para enterarse de la ambulancia y para decirle a José Luis cómo seguía el anciano Miguel, que había perdido el conocimiento desde el amanecer;  casi no tenía pulso y estaba muy frío.

Era un espectáculo lamentable. Habían pedido la ambulancia tres veces y nada, pese a las explicaciones de rutina. En la espera, mi amigo se quejaba de los desastres del país. “Lo peor es que no hay a dónde ir a quejarse”, me decía, “y después en el noticiero te ponen las maravillas de la salud en Cuba”. Me contó anécdotas que se comentaban sobre cómo eran utilizadas las ambulancias para menesteres como el traslado de pasajeros o de carne de res, negocios más lucrativos que el simple traslado urgente de personas graves a un hospital. Lo peor era que el anciano estaba tan mal que ni siquiera podía ser llevado en un vehículo cualquiera.

A las nueve y cincuenta apareció por fin la ambulancia.

Se bajaron una mujer y un hombre y se comportaron como si no hubiera la menor prisa. Nos quedamos afuera José Luis y yo, pero, unos minutos después, nos llamaron para que ayudáramos a pasar al anciano de la cama a la camilla. El enfermo se hallaba, evidentemente, agonizando. De hecho, parecía haber fallecido ya.

Por momentos, respiraba en un estertor, movía la boca y se quedaba inerte. El paramédico dijo que Miguel estaba perdiendo el pulso. Le pusieron un suero en vena, pero no tenían oxígeno para suministrarle, como hubiera sido preciso. La esposa hablaba constantemente por teléfono, a veces rompiendo en sollozos. Entre los tres hombres lo subimos a la camilla usando la sábana de la cama y José Luis y yo tuvimos que ayudar incluso a entrar al anciano en la ambulancia, porque había un problema con el tren de la camilla. Todo eso demoró unos veinticinco minutos. Carmita y la anciana esposa subieron al vehículo con el enfermo. Aunque ya todo estaba listo, la partida demoró más de cinco minutos porque el chofer hacía anotaciones en unos papeles y hablaba con alguien por el intercomunicador. Por fin se fueron.

Entonces, José Luis me dio más detalles del caso.

Gracias al dinero que enviaban los hijos desde el extranjero, Reina, la anciana, podía recurrir cuando lo necesitara a una doctora amiga para que atendiera a Miguel. De hecho, ya esa doctora estaba esperando la ambulancia en el hospital Clínico Quirúrgico de Diez de Octubre, y eso, precisamente, había ocasionado un pequeño problema con los paramédicos, que tenían órdenes de llevar al anciano primero al policlínico de 15 y 18, desde donde sería remitido hacia algún hospital. “No sé si Reina les habrá pagado algo a los de la ambulancia, porque ella estaba dispuesta a darles lo que fuera para ir directo al Clínico”, me dijo José Luis. “Tú no te imaginas el dinero que ella ha gastado con el viejo”, me explicó, “porque ya sabes que si no sueltas dinero te dan el trato que le dan a cualquiera. Y en esos hospitales los viejos en esas condiciones se mueren como moscas”. Sí, eso es bien sabido. Los ancianos moribundos frecuentemente reciben un trato muy descuidado y negligente en hospitales como el Calixto García, La Covadonga, el mismo Clínico Quirúrgico de Diez de Octubre y en muchos otros. Por desgracia, eso se ha convertido en algo bastante normal. Desde hace muchos años. Incluso desde antes del llamado período especial.

Ojalá que el anciano Miguel, en medio de su crítico estado, haya tenido alguna mejoría en el hospital gracias a los cuidados de la doctora amiga (y pagada), pero de todas maneras parecía, y los paramédicos se lo dijeron a Reina, que había pocas probabilidades de que sobreviviera en las siguientes horas. Lo irritante, lo inexplicable y lo que, al mismo tiempo, habla acerca del estado de la salud pública cubana, es que la ambulancia haya demorado, tratándose de un caso extremo, ¡más de tres horas en acudir! Además, cualquiera sabe que eso ocurre con frecuencia. Y estamos hablando, en definitiva, de un caso en el que la familia puede pagar los mejores servicios que hay a mano.

No es difícil imaginar qué ocurre cuando no es así. Estoy seguro de que, entre los ancianos que estuvieran agonizando esa mañana en la ciudad, Miguel no era el que peor suerte corría.

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