110 años de Dulce María Loynaz

A pesar de su vasta obra, fue publicada completamente luego de haber obtenido el premio Cervantes

GUANTÁNAMO, Cuba, diciembre, www.cubanet.org -Hoy  10 de diciembre se  cumplen 110 años del nacimiento en La Habana de Dulce María Loynaz, hija del general del Ejército Libertador Enrique Loynaz del Castillo. Desde su niñez,  recibió un gran influjo cultural en su propia casa, un activo centro de  veladas sociales y artísticas donde  se debatía todo lo concerniente a la movida  sociedad habanera de entonces.

Con apenas 17 años, Dulce María dio a conocer sus primeros poemas en La Nación. Poco tiempo después viajó por los Estados Unidos de América y por casi toda Europa. En 1927 se doctoró en Derecho Civil en la Universidad de La Habana, aunque nunca ejerció la carrera. Dos años después, viajó por Turquía, Siria, Libia, Palestina y Egipto. Es muy posible que de ese periplo haya surgido el extraordinario poema en prosa “Carta de amor al Rey Tut-Ank-Amen”, publicado en el extranjero en la década de los años cincuenta del pasado siglo y en Cuba muchos años después, cuando el éxito internacional de su obra obligó a las autoridades culturales cubanas a iniciar un lento reconocimiento que tuvo su eclosión en el primer tercio de la década de los años noventa. Entonces  Dulce María ya era un mito viviente  de la literatura hispanoamericana, no sólo por la indiscutible calidad de su obra, sino también por la actitud que asumió dentro de una sociedad que la relegó hasta el extremo, como ella misma se encargó de narrar en varios libros de entrevistas publicados posteriormente.

La obra poética de Dulce María Loynaz comprende los libros “Versos”, “Juegos de agua”,  “Poemas sin nombre”,  “Carta de amor al rey Tut-Ank-Amen”, “Últimos días de una casa”, “Poesías escogidas”, “Bestiarium” y “Poemas náufragos”. En prosa publicó su novela lírica “Jardín” y su libro de viajes “Un verano en Tenerife”. En 1983 comenzó a desmoronarse el silencio en torno a esta figura imprescindible de nuestra literatura cuando en Cuba se publicó por primera vez, después de 1959, una selección de sus poemas con el título de “Poemas escogidos”, pero su mayor divulgación ocurrió en 1993, al año siguiente de que se le otorgara el premio Cervantes, ocasión aprovechada por la editorial Letras Cubanas para para publicar toda su obra, la cual desapareció de inmediato de las librerías y hoy continúa siendo de interés para los lectores.

Su meritoria carrera literaria la llevó a presidir la Academia Cubana de la Lengua y a ser también miembro de la Real Academia Española. Recibió múltiples condecoraciones,  entre las que destacan la Cruz de Alfonso X, EL Sabio, que le otorgó España en 1947; el Premio Nacional de Literatura, que recibió en 1987; la Orden Félix Varela de  Primer Grado (1988) y la Orden Isabel la Católica, otorgada por España en 1993.

A pesar de que su obra alcanzó una alta divulgación y fue publicada completamente luego de haber obtenido el premio Miguel de Cervantes en 1992, sus libros no han vuelto a reeditarse, mucho menos aquéllos donde la poetisa dejó constancia de sus valoraciones críticas sobre la época posterior a 1959, un tiempo en el que ella misma fue blanco de discriminaciones y maltratos.

Dueña de un estilo donde la belleza se entrelaza con la sencillez y la elegancia, que sólo alcanzan los poetas de extraordinaria sensibilidad y cultura, sus libros son un paradigma de exquisitez en el uso del español. Su catolicismo ferviente, pero reacio a la aceptación de la hojarasca que oculta las esencias, es una marca indeleble de su poética y quizás la causa más evidente del silencio a que ésta fue sometida durante más de 24 años. Su fe  quedó inmersa en obras imperecederas como “Oda a la Virgen María”, “San Miguel Arcángel”, “La novia de Lázaro” y la mayoría de los poemas recogidos en su libro “Poemas sin nombre”, textos en los que el sujeto lírico aparece transido por una serenidad de espíritu no exenta de indagaciones, algo que impacta inmediatamente al lector.

La poesía de Dulce María Loynaz es ajena a  esos experimentos estériles que en busca de una presunta originalidad lo único que logran es espantar a los lectores. Su culmen es  sencillo  y  resonante como un villancico, y  transparente como el agua de las serranías de su patria, a la que amó con la veneración congénita de los patricios.

Hace ya muchos años, de esta cubana universal que soportó mucho con una hidalguía y un estoicismo propio de los espíritus más altos, dijo otra grande de las letras hispanoamericanas, la también poetisa Juana de Ibarbourou: “Dulce María dejó en mí una impresión tan profunda, que prefiero no repetir la experiencia de un encuentro con la poetisa. Quiero  guardar para siempre aquella primera impresión. Ella ha dicho que me admira, ¡cómo entenderlo, si quien lo dice es más grande que yo! Dulce María Loynaz es hoy y de todo corazón lo creo, la primera mujer de América”.

No en balde esta mujer que amó de forma sosegada, pero también ferviente, nos legó versos como éstos que cierran su extraordinario poema “Tiempo”:

Voy a medirme el amor

Con una cinta de acero:

Una punta en la montaña.

La otra…! clávala en el  viento!…

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