La “cadena alimentaria” de la prostitución en Cuba

La “cadena alimentaria” de la prostitución en Cuba

Así funciona esta sórdida industria underground

(Archivo)

LA HABANA.- “Diván en concierto”. Lo anuncia el cabaret Guanimar, al Este de La Habana y aunque la promoción en los medios de prensa oficialistas es nula, ni eso ni el precio de las entradas ni el horario de la medianoche de un domingo, en una zona de la ciudad donde la transportación pública es dificultosa y cara, impiden que una multitud acuda al lugar. ¿Cómo lo han hecho?

Más de mil personas, la mayoría jóvenes que apenas alcanzan los 30 años, han pagado los 10 dólares que cuesta escuchar en vivo al cantante e incluso algunos, por estar cerca de la tarima, a unos metros de la estrella, han multiplicado esa cifra unas cuantas veces. En cualquier caso una fortuna en un país donde el ingreso salarial promedio está por debajo del dólar diario. Pero es una noche en que el dinero llueve entre vanidades, bebidas y sexo.

Un trabajador del cabaret estima que la recaudación total haya superado los 25 mil dólares, una cifra que pudiera ser muy superior si se le suman las propinas, las extorsiones, las estafas, los servicios y “mercancías” que se comercializan “por la izquierda” (de contrabando), algo muy normal en cualquiera de los centros nocturnos que, en La Habana o en cualquier ciudad del mundo, lucran con la satisfacción y el goce de los placeres mundanos.

Pero estamos en Cuba, donde estudios recientes, sobre la economía, han demostrado que los niveles de pobreza son muy superiores a lo que indican las estadísticas oficiales y donde basta con echar una mirada al entorno, incluso en las zonas consideradas “de lujo”, para comprobar que el buque se hunde.

No obstante, es noche de concierto en el Guanímar y en el lugar parecieran confluir todos los “bolsillos excepcionales” de un país muy diferente, a juzgar por los edificios derruidos, las personas mal vestidas y peor alimentadas, el aburrimiento cotidiano donde se hunden aquellos millones de desafortunados cuyos salarios no pueden sustentar siquiera la compra de una copia pirateada de un éxito de Diván, por no hablar de un cigarro, “genuinamente cubano”, en ese entorno mucho más exclusivo que es el Festival del Habano y donde las recaudaciones de todas las actividades que genera, más el costo de los servicios asociados, nunca han estado por debajo de los 10 millones de dólares, de los cuales pocos en la isla conocen el verdadero destino. ¿Hay tanto dinero para gastar? ¿De dónde viene y hacia dónde va?

Para los turistas, que solo aspiran a encontrar esa “alegría” que, como “valor agregado al producto”, le adjudican al cubano, el Guanímar, así como la decena de lugares similares que animan las noches habaneras, es la prueba máxima de que no han sido estafados por esas agencias de viaje que les han prometido el paraíso en la Tierra.

Aunque Marita, una jinetera “de alto vuelo”, les pida 100 dólares por hacerles sexo oral bajo la mesa, para Jordi y Sebastián, los dos españoles que han solicitado su compañía, la cubana es solo una joven divertida. No les importa si paga 200 dólares de alquiler en Cojímar, si dejó de estudiar para convertirse en prostituta, mucho menos si debió comprar el permiso al Ministerio del Interior para poder vivir y “trabajar” en La Habana.

Marita tiene una hija a la que no ve hace años porque la dejó en Holguín, con la abuela. Pero esa noche, en el concierto de Diván, Marita lleva un vestido y unos zapatos que muy pocas mujeres pueden lucir en las calles de La Habana y, aunque prostituta, solo se va con cubanos cuando le enseñan la cartera repleta, dice entre jaranas. También confiesa que en el cabaret nunca paga por entrar, que la dejan pasar, a ella y a sus amigas, porque ellas hacen que los clientes gasten más.

“Cuando se emborrachan no saben ni lo que están pagando. Un camarero les pide veinte dólares por una cerveza y ellos, sin molestarse, incluso dan propina. También los cubanos, como no”, dice Marita. Pertenece a lo que ella misma llama “la cadena alimentaria”.

Al igual que ella, un ejército de medio centenar de mujeres hace su trabajo en el lugar. Se contonean exageradamente frente a las narices de los posibles clientes y les piden tragos, cigarrillos, los invitan a bailar. Están “sentimentalmente disponibles” y ellas pueden hacer que el Guanímar supere las ganancias habituales.

Mientras tanto, los fanáticos de Diván rodean el escenario y se hacen selfies para luego jactarse de que pudieron estar a unos metros de la estrella. Es una sociedad cubana que solo surge por las noches porque a pleno día pareciera que no existe. Que todos somos iguales, pero no.

“¡Cuando enseñe esto en la ‘escul’!”, es lo único que repite un adolescente cuyos padres le han pagado la entrada al concierto. Lo acompañan varios amigos, también adolescentes de preuniversitario. Llevan los bolsillos llenos de dinero y no se cohíben para gastarlo. Incluso piensan, finalizado el espectáculo, llevarse un par de prostitutas para la playa o para uno de los tantos alquileres cercanos al cabaret.

A Marcos el padre le dio doscientos dólares para gastar esa noche. El chico usó tan solo 40 en sobornar al camarero de la zona VIP para que lo dejara sentarse en una mesa junto a la pasarela. Otra parte se le fue en bebidas para él y sus amigos.

“No importa, el fin de semana me dan más dinero (…). Mi papá es militar y trabaja en una firma (empresa extranjera) y mi mamá tiene dos paladares en el Vedado”, dice Marcos tal vez por alarde pero su respuesta es reflejo de una realidad cada vez más compleja y difícil de vislumbrar aun cuando se observa desde afuera, desde la distancia.

Es cierto que hay mucho turista en el lugar, pero la mayoría del público es de cubanos con dinero.

Al pasar junto a las mesas se les escucha hablar de negocios, de viajes al exterior, de compras de casas y vacaciones en lugares exclusivos, que conocen a tal o más cual dirigente o que trabajan a la sombra de alguno. Beben licores importados y, aunque algunos son algo viejos, acarician mujeres que parecen las hijas.

Dicen que, por el concierto, Diván apenas cobró unos mil dólares, una cifra insignificante, simbólica, en comparación con lo que gastaron algunos clientes cubanos esa misma noche en ese cabaret, o en otro cercano, en los propios límites de una ciudad y un país que, según su gobierno, aspira a un “socialismo próspero y sostenible”.

Nada que asombre a los que viven fuera y conocen que el mundo no va precisamente por donde dicen los políticos y las estadísticas. Pero tampoco nada que sorprenda a los de adentro, ellos también saben, pero no lo pueden decir.

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