LA HABANA, Cuba.- El régimen de la continuidad postfidelista, en estos momentos, con tantos vaivenes y bandazos que da, se asemeja a una gallina que, tras el fracaso de un intento desmañado de retorcerle el pescuezo, da tumbos, se bambolea y no acaba de morirse.
En medio de la peor crisis que ha enfrentado no solo el régimen en sus 67 años, sino el país en toda su historia, los mandamases se extravían cada vez más en el cruce del callejón sin salida al que los han conducido sus disparates, su soberbia y su terquedad.
En los últimos meses, el mandatario Miguel Díaz-Canel, el primer ministro Manuel Marrero y el canciller Bruno Rodríguez Parrilla, en sus discursos y declaraciones, repletos de disparates, torpezas, ridiculeces e inconsecuencias, cada uno parece ir por su lado: solo coinciden en culpar al “bloqueo” de todos los males.
No cesan de invocar y celebrar a Fidel Castro mientras siguen desmontando su andamiaje. Zigzaguean, barren el polvo debajo de la cama, echan mano de eufemismos para evitar llamar las cosas por su nombre, se dicen y se contradicen, dan por bueno y necesario lo que hasta antier decían que era malo y ayer inoportuno.
Cuando informan (o más bien desinforman) sobre algo que ya no es posible seguir ocultando, ya sea la presencia de mercenarios cubanos en Rusia, un accidente en un supertanquero en Matanzas o los contactos con el Gobierno norteamericano, lo que consiguen —en vez de dar certezas a los pocos que aún creen en las versiones oficiales— es generar más dudas y confusión.
Las contradicciones e incoherencias se hacen palpables en las explicaciones de los mandamases sobre las 176 medidas con las que, manoseando herramientas del capitalismo, pretenden reimpulsar la economía y salvar lo que va quedando —amputaciones y trasplantes mediante— de lo que ellos caprichosamente llaman socialismo.
Es como si no acabaran de ponerse de acuerdo. Intentan justificar esas medidas, pero, aferrados a los prejuicios y los temores de la habitual perspectiva ideológica comunista, advierten de las distorsiones y resultados nocivos —tales como el crecimiento de las desigualdades sociales— de políticas económicas que recuerdan las terapias de choque del socialismo salvaje que tanto criticaron.
Estas contradicciones en las explicaciones y la insistencia en “la continuidad del proyecto revolucionario” y en negar que se vaya a producir una restauración capitalista, son un intento de los mandamases de aplacar la pugna intestina en las altas esferas del régimen entre la facción ortodoxa e inmovilista y la más pragmática e inclinada a las reformas.
Pueden imaginar cuán duro debe ser para los bonzos y retranqueros del inmovilismo, luego de tanta intransigencia, tragarse el sapo de que un arreglo a base de concesiones con el Gobierno estadounidense y convertirlo en su garante sea, si no ocurre un milagro que los salve, el único recurso que les va quedando.









