septiembre 13, 2026

La Habana que Robreño contó: recuerdos de un maestro del costumbrismo

Escritor, dramaturgo y profesor, dejó en sus libros, artículos y programas de televisión un valioso testimonio de las costumbres cubanas.
Eduardo Robreño
Eduardo Robreño (Foto: La Jiribilla)

Eduardo Robreño, nacido en La Habana el 23 de septiembre de 1911 y fallecido el 24 de junio de 2001, fue uno de los más destacados cronistas de nuestro pasado.

Hijo de Gustavo Robreño, una de las grandes personalidades del teatro en Cuba, heredó las dotes de su progenitor. Tuvo una amplia trayectoria intelectual y profesional. Fue escritor, periodista, dramaturgo, profesor, abogado y director del grupo teatral Jorge Anckermann. Además, dirigió obras en el Teatro Martí y protagonizó varios espacios televisivos dedicados a temas históricos y costumbristas.

Robreño, que no perdía oportunidad de asegurar que era «un habanero por los cuatro costados», era un conversador excepcional. Su forma de contar anécdotas, vivencias y disímiles historias, en un lenguaje en el que mezclaba lo culto con frases populares de manera picaresca y con sabor criollo, lo hacía muy atractivo para el público.

Su estilo de narrar también se reflejó en los libros que escribió, como Cualquier tiempo pasado fue…, Como lo pienso lo digo y Como me lo contaron, te lo cuento, así como en sus trabajos periodísticos publicados en revistas como Bohemia y Verde Olivo, el semanario humorístico Palante y el periódico Juventud Rebelde.

El primer libro que escribió, Historia del Teatro Popular Cubano, lo elaboró mediante la recopilación de información archivada por su progenitor.

Autor de sainetes y obras picarescas, Robreño defendió con gran energía el teatro vernáculo.

Son esenciales las formidables descripciones de Robreño sobre sitios de La Habana que conoció y amó y que ya no existen, como el famoso teatro Alhambra, que se derrumbó en 1935 y fue reconstruido posteriormente como cine Alkazar, en Consulado y Virtudes.

Otro de esos sitios a los que se refirió Robreño, ubicado en una de las esquinas más famosas de La Habana, la de Cuatro Caminos, fue el restaurante «Los Parados», que no tenía sillas ni banquetas. Esto desagradaba a muchos parroquianos, pues, según afirmaba, «al cubano le gusta refocilarse después de ingerir comida». Robreño explicaba que posteriormente el restaurante se trasladó a la esquina de Neptuno y Consulado, con el mismo sistema.

Podemos decir que Robreño fue precursor de otro cronista similar, Ciro Bianchi Ross, y, en cierta forma, del fallecido historiador de la ciudad de La Habana, Eusebio Leal, aunque sin su elocuencia.

Una de las últimas presentaciones públicas de Robreño fue en el espacio creado por el Grupo para el Desarrollo Integral de la Capital, promovido por el desaparecido arquitecto Mario Coyula, en la Maqueta de La Habana, donde ofreció uno de sus amenos conversatorios con participación de los asistentes.

Robreño recibió diversos reconocimientos por su meritorio trabajo. Entre otros, la Distinción por la Cultura Nacional, la Medalla Alejo Carpentier y la Réplica del Machete de Máximo Gómez.

Pero hoy casi no se habla de este versátil maestro del costumbrismo y el arte de la conversación. Bastante ignorado por los medios informativos, no se reponen sus programas en televisión ni se reeditan sus libros. Algo muy lamentable, porque Robreño dejó testimonios de nuestro pasado de incalculable valor.

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