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El cine cubano libre sigue marcando pautas

cineastas cine cubano

MIAMI, Estados Unidos.- En el año 2010 el cineasta Lester Hamlet era invitado al Festival de Cine de Miami con su largometraje Casa vieja, adaptación de una reconocida y controversial pieza teatral de Abelardo Estorino.

Aquí lo conocí personalmente y luego he seguido su carrera en los medios sociales, donde supe que dirigiría una telenovela y numerosos actores lo felicitaban y aprovechaban la ocasión para ofrecer sus servicios.

A finales de agosto Hamlet dejó saber que lo declararon persona non grata en su propio país porque no regresó en el tiempo estipulado de un viaje al exterior, nada de extrañar, parte del modus operandi del régimen.

Entonces el ministro de Cultura le sale al paso públicamente y dice que es un error de “protocolo” del ICAIC y su entrada está garantizada, pero todo parece indicar que Hamlet desconfía de tanta benevolencia y hace unas horas bajó en el aeropuerto de Miami, al parecer con intenciones de no retornar.

De tal modo continúa la fuga de miembros de diversas generaciones pertenecientes al cine independiente cubano, que el régimen ha desarticulado tomando ventaja de la pandemia y de enfrentamientos públicos que se produjeron entre artistas y funcionarios impresentables.

Igual que antes, quienes se exilian dejan de existir para la llamada cultura oficial, aunque a diferencia de otras épocas el público se mantiene al tanto del quehacer de sus coterráneos gracias a los medios sociales.

Orlando Jiménez Leal, Fausto Canel, Roberto Fandiño, Eduardo Manet, Alberto Roldán, Fernando y Miñuca Villaverde, integran un grupo de cineastas adelantados, quienes luego de intentar lidiar con la realización cinematográfica en un medio hostil, no demoraron en dilucidar la trampa a la cual estaban abocados: el llamado cine revolucionario ─iniciado justamente en 1959─ debía entrar por el aro ideológico castrista ya fuera de modo subliminal o directamente.

Los mencionados realizadores prefirieron reinventar sus vidas, como parias de la izquierda internacional, que seguir siendo cómplices de una agobiante dictadura.

En aquellos tiempos de incertidumbre, el presidente del ICAIC, Alfredo Guevara, mediante sus conexiones era capaz de influir para que los cineastas “contrarrevolucionarios” fueran omitidos por eventos cinematográficos y potenciales productores.

Desde entonces resulta difícil y complejo seguir siendo colaboradores de la narrativa y los modelos ideados por el ICAIC para legitimar sus enjutas quimeras, si realmente se quiere disfrutar de las ventajas de la libertad.

Casi todos los cineastas que permanecieron en la isla luego de aquellos exilios preliminares terminaron siendo parte de la componenda oficialista.

Fueron mangoneados o privilegiados, en dependencia de su lealtad, y en ocasiones hasta reclutados por la policía política para delatar a sus semejantes.

Algunos de los que prefirieron esperar para tomar el camino irremediable del destierro, dictado por la dignidad, o fallecieron sin lograrlo, sufrieron la censura de obras emblemáticas como Nicolás Guillén Landrián, Sergio Giral, Orlando Rojas, Rolando Díaz y Daniel Díaz Torres.

Fernando Pérez, hoy por hoy, sigue siendo la paradójica excepción de un cineasta de rasgos contestatarios bendecido por las estructuras burocráticas del régimen.

El ICAIC falleció de irrelevancia, el propio castrismo lo liquidó en un arranque de soberbia cuando supo que ya no servía a sus propósitos doctrinarios y propagandísticos.

Los jóvenes cineastas que ahora se abren paso en cónclaves internacionales con lo que parecen ser obras reveladoras sobre los desmanes del régimen como El caso Padilla, documental de Pavel Giroud, seleccionado por el prestigioso Festival de Telluride en Colorado, van armando su propio legado, distante de la turbulencia causada por el ICAIC en sus años de esplendor.

Los medios de prensa oficiales ignoran esta y otras noticias, como la presencia del largometraje Vicenta B, de Carlos Lechuga, en algunos de los principales festivales de cine más importantes del mundo.

El propio encuentro cinematográfico de La Habana, que se celebra en diciembre, acaba de cerrar su convocatoria con dos mil películas, donde debieran figurar Lechuga y Giroud, quienes ahora mismo prestigian la cultura nacional, como otros artistas, escritores e intelectuales que han decidido vivir en libertad.

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Reconocido director de arte desesperado por precaria situación de su vivienda

Luis Lacosta cultura cubana

MADRID, España.- El reconocido director de arte cubano Luis Lacosta dijo en Facebook estar desesperado por las pésimas condiciones en que se encuentra su vivienda. 

“¡Estoy desesperado, no sé qué hacer!”, expresó Acosta luego de explicar que lleva más de dos años intentando arreglar la cubierta de su casa, sin poder lograrlo por solo contar con unos pocos ahorros.

Él y su esposa, “discapacitada por una dolorosa enfermedad”, están jubilados, con la “desventajosa jubilación de ambos”. 

La situación es que las filtraciones inciden sobre las camas, la mesa de la computadora que está para protegerla cubierta con un nylon, los libros y todos los archivos que considero de gran valor patrimonial, que ahora me encuentro trasladándolos a buen recaudo”, precisó. 

Luis Lacosta

“Nunca pensé llegar a este punto de la desesperación. (…) Cuando me pongo a analizar la palabra desesperación, entiendo por qué tantas personas se quitan la vida en el ocaso de esta, por no tener solución a sus conflictos”, manifestó. 

De acuerdo a sus declaraciones, ha pedido ayuda a los organismos para los que ha trabajado y con los que continúa colaborando, pero no ha recibido respuesta. 

Luis Lacosta acaba de cumplir 80 años, de los cuales más de 60 ha estado trabajando al servicio de la cultura cubana. En el Instituto Cubano de Arte e Industrias Cinematográficos (ICAIC) y la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNION) se ha desempeñado como diseñador escenográfico, decorador, diseñador de vestuario y de iluminación. Además ha impartido clases de su especialidad en centros universitarios.

Tras la publicación de Luis Lacosta, personas cercanas han planteado la idea de hacer una recaudación para poder ayudarlo.

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Fernando Pérez: el naufragio de su quimera parece inevitable

Fernando Pérez

MIAMI, Estados Unidos.- El reconocido director de cine cubano Fernando Pérez concedió una entrevista al sitio Luz Nocturna, en la que habla de su carrera y de la fe que deposita en las nuevas generaciones de coterráneos.

Pérez se refiere a la creación del Grupo G-20 en el 2013, cuando los cineastas hicieron reclamaciones largamente obliteradas por el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), y responde una pregunta sobre la protesta del 27 de noviembre del 2020 frente al Ministerio de Cultura, cuando fue recibido por los burócratas, junto al actor Jorge Perugorría, para tratar de lidiar con aquella suerte de rebelión cultural.

La visita de ambos artistas, junto a otros miembros del movimiento 27N, previamente seleccionados por las instancias oficiales, no tuvo resultados notables.

No es primera vez que el cineasta tropieza con la intolerancia, al parecer nunca aplicada a sus más controversiales películas. Pérez dirigió la Muestra ICAIC de Cine Joven y la abandonó en el 2012 como protesta a la censura de un documental que había recomendado en la programación de ese año.

En su reciente entrevista, el director de la memorable Madagascar, donde se subliman ideas en franca oposición a la cerrazón castrista, dice echar de menos los años sesenta cuando “todo parecía posible”.

Mientras Fidel Castro trazaba su ruta hacia el totalitarismo que la Unión Soviética prodigaba a sus satélites, el cineasta asegura que su “generación estaba cambiando este país”. “La dinámica del pensamiento vibraba y, aunque todo el mundo no pensaba igual, las ideas predominantes eran las del cambio”.

En La vida es silbar hay unos personajes que cuando escuchan las palabras “libertad”, “democracia” u otras anatemizadas por el castrismo se desmayan, no lo pueden soportar.

José Martí: el ojo del canario presenta a un joven Martí que increpa al vejestorio colonial español por no dejarlo expresarse y vivir libremente.

En la propia Madagascar la protagonista siente angustia en una reunión de mediocres colegas profesores, donde parece no haber salida a sus reclamos, y se pregunta si mejor es poner una bomba en aquel lóbrego cónclave.

A diferencia de otros cineastas de generaciones precedentes a la suya, la obra de Fernando Pérez no parte de la posibilidad de restaurar la llamada “revolución”.

La ruina sistemática acontecida entre los nostálgicos años sesenta y los primeros veinte y tantos del siglo XXI pone en duda la idea de que “las ideas predominantes del cambio” significarían algún tipo de progreso para la nación sin libertad.

Pérez subraya que el ICAIC era una escuela, nunca con sentido académico, donde la cultura florecía y se “discutía constantemente”.

En medio de ese supuesto esplendor intelectual, algunos de sus colegas decidieron buscar el destino en otra parte y, durante muchos años, fueron eliminados de los anales culturales de la nación, hasta de la Cinemateca que debió protegerlos.

Actualmente, no pocos jóvenes cineastas hartos de esperar cambios que no acontecen han tomado el mismo camino del exilio. Algunos se interesan por la historia y están convencidos que el pecado original de tanto desasosiego nacional proviene de la trampa que significó sustituir dictadura, por tiranía y ya no se dejan engañar.

Las nuevas generaciones no guardan vínculos de ninguna índole con pasado tan abyecto. Fernando Pérez se queja lastimosamente de la realidad que apabulla esperanzas de recuperación ciudadana:

“El discurso oficial va por un lado y la realidad por otro. Eso es muy dañino. La gente necesita respuestas, necesita diálogo. ¿Cómo mantener un diálogo? ¿A nivel de oposición? Yo no quiero ser opositor, pero ¿cómo voy a seguirte si lo que me dices no tiene que ver con mi realidad?”.

El castrismo no repara ni en intelectuales de esta categoría, con alguna permisibilidad, que le pudieran dispensar buena promoción internacional. No le interesa lo que dice el cineasta, no lo respeta. Sus declaraciones ni siquiera son rebatidas por los medios oficiales.

“Mientras sigamos cerrados, con el mismo discurso; mientras no se abran nuestros medios y la Mesa Redonda vaya por una sola línea, esto no va a mejorar”, asegura Pérez con desilusión tardía.

“Tenemos que lograr un país más plural, como lo quería Martí. Esa era la idea de la revolución por la que luchamos. Y yo me siento revolucionario”, subraya Fernando Pérez, esperanzado, aunque el naufragio de su quimera resulta inevitable.

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Cine cubano, resumen del año 2021

cubanos cine ICAIC

MIAMI, Estados Unidos.- Hubo un tiempo en el que el llamado Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) funcionó como una suerte de aparato ideológico privado del dictador Fidel Castro. Luego, otras circunstancias históricas hicieron que su obstinación se fuera disipando.

Sitio sumamente elitista, montado en una edificación sofisticada de El Vedado, incautada a sus dueños originales, sin recompensa.

Aquel lugar lo fundó y presidió un comunista cabal, aficionado a los desplantes, no muy afín a las masas populares, quien, entre sus numerosos desempeños e intrigas palaciegas, debía afrontar la oposición de otros militantes en el poder, más burdos a la hora de hacer valer “la dictadura del proletariado”.

En el ICAIC se enquistó la especie intelectual supuestamente en conflicto con la burocracia intermedia de la nomenclatura gobernante. Muchas de sus obras abogaban por la idea peregrina de perfeccionar las iniquidades tempranas de la revolución socialista.

Los que se resistían a entrar por tan estrecho aro, terminaron exiliados. Excepcionalmente, algunos de los que permanecieron en la isla abogaron por espacios de libertad de opinión, en medio de la impetuosa dictadura, y pagaron caro por su infidencia.

Contados son los que siguen utilizando estéticas antediluvianas, puestas en práctica por directores del socialismo real europeo, para evitar atropellos subsiguientes. Otros optaron por agenciarse una carrera de realizadores cinematográficos a costa de mancillar su decoro personal.

Aquellas aguas turbulentas trajeron los “fangos” actuales. Son las consecuencias de la prioridad que recibió la censura velada y la amenaza, durante los supuestos años dorados de la institución.

Actualmente, la mediocridad y la represión abierta se han entronizado en los dilapidados espacios del edificio del ICAIC, dirigido por funcionarios sin señas culturales, con la activa colaboración de “artistas” que, desde temprano, militaron en la execrable plantilla de las delaciones y los traspiés.

Una información aparecida en la prensa oficialista da cuenta del desarrollo de la filmografía nacional durante el año 2021, no obstante, la pandemia y el llamado “bloqueo” americano.

“La decisión fue filmar, crear, hacer”, subrayó Ramón Samada, el actual presidente del ICAIC, quien ostenta en su cuenta de Twitter una suerte de dazibao castrista, donde lo que menos abunda son las reflexiones sobre cine.

La producción resultó ser tan precaria como la propia economía desvencijada que la sustenta y controla.

Se estrena póstumamente un largometraje de Rigoberto López, El Mayor, sobre la figura de Ignacio Agramonte. Según comenta un prestigioso crítico de cine y profesor, quien recientemente ha sido fulminado por uno de sus propios alumnos, se trata de más de lo mismo. Épica estatuaria de próceres anquilosados.

Enrique Alvarez logró hacer otro largometraje, La caja negra, que ha sido descrito, perturbadoramente, por un crítico de cine más cercano a la historia oficial: “La alegría del triunfo revolucionario el primero de enero, la convocatoria a la huelga general, la desbordante efervescencia generada en las calles, la admiración a Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y el Che Guevara, los cambios sociales emprendidos por la revolución naciente, la incertidumbre por la perdida de Camilo, la explosión de la Coubre y muchos otros acontecimientos”.

Al parecer, el proyecto Palomas se sigue preocupando por los desventurados, en dos documentales sobre las abuelas y las “cuidadoras”, respectivamente.

Se estrenó un documental titulado Soberana, con el tema de las vacunas cubanas contra el COVID 19, que termina siendo una mezcolanza propagandística bastante intolerable y aburrida.

También se presentó el largometraje Agosto, de Armando Capó, que pude ver hace como dos años en el Festival de Toronto, sobre un adolescente que se entera tarde sobre la partida de seres queridos en el terrible verano del año 1994, durante la llamada crisis de los balseros. Tal vez la obra más reveladora e independiente de las exhibidas en las salas de cine.

Por supuesto que el menoscabado ICAIC ha hecho caso omiso de momentos que merecen ser reconocidos en cualquier resumen respetable sobre los acontecimientos cinematográficos nacionales del pasado año.

Miguel Coyula pudo terminar y estrenar su largometraje Corazón azul, luego de diez años de realización y todo tipo de artimañas y obstáculos para que no ocurriera. Se ha presentado, con éxito, en festivales internacionales.

El cortometraje Tundra, de José Luis Aparicio, fue aceptado por el exigente festival Sundance, donde antes solamente solían entrar filmes producidos por el ICAIC, mediante componendas con la dictadura.

Carlos Lechuga le da los toques finales a Vicenta B., para terminar la trilogía donde brillan Melaza, así como Santa y Andrés.

Tanto Coyula, como Aparicio y Lechuga son “no personas” para el tramitado panorama cultural del castrismo. Todos, de alguna manera, culpables de haberle faltado el respeto, con sus respectivas poéticas, al proceso revolucionario “irreversible”.

Por último, vale la pena recordar en este recuento el capítulo insólito de un cineasta exiliado, invitado al Festival de Cine de La Habana, con un documental sobre República Dominicana, cantarle públicamente las cuarenta a la tiranía en su propio escenario achacoso. Con tal gesto, Rolando Díaz abrió un resquicio de esperanza en medio de tanta penumbra.

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La Diva y el olvido injusto

Gina Cabrera

MIAMI, Estados Unidos.- El revelador documental Divas, dirigido por Adolfo Llauradó en 1995, convoca entrevistas de 11 leyendas cubanas que hicieron historia durante la gloria republicana. No sólo son apuntes históricos para la posteridad de muchas figuras preteridas por la rusticidad “verde olivo”, entronizada en 1959, sino la demostración fehaciente de su éxito rotundo cuando se desenvolvían profesionalmente en libertad.

Todas las actrices elogian el pasado, no solamente porque eran jóvenes, bellas y mimadas por su público, sino debido a que las posibilidades artísticas eran variadas, numerosas y respetables en términos económicos.

En el grupo figuran, incluso, dos divas seguidoras del castrismo como Consuelo Vidal y Raquel Revuelta, quienes, sin embargo, se quejan enfáticamente de las distorsiones ocurridas en el oficio por la burda intromisión política.

Con el paso del tiempo el documental del actor Llauradó ha ganado en relevancia porque muchas de sus protagonistas ya han fallecido, y algunas de las entrevistas son los únicos testimonios en imágenes que quedan de las mismas para el porvenir.

El zar del cine revolucionario cubano, Alfredo Guevara, consideraba a estas figuras como rezagos del pasado, con la excepción de Raquel Revuelta o la propia Vidal, quienes ostentaban notable influencia política. Hizo todo lo que estaba a su alcance para que no aparecieran en la nueva filmografía.

Rosita Fornés fue rescatada, excepcionalmente, por Orlando Rojas, en Papeles secundarios (1989), y Juan Carlos Tabío, en Se permuta (1995).

El propio concepto de “Divas”, utilizado por Llauradó como un guiño maldito, estaba en las antípodas de la idea proletaria para denotar a las actrices del cine oficial cubano como “compañeras”.

Aquellas estrellas del pasado, además de pertenecer a una clase social en quiebra, generalmente estuvieron involucradas con galanes que terminaron por exiliarse o conspiraron contra el castrismo, circunstancias que las alejaba más de la posibilidad de participar del cine europeizante alentado por Guevara y sus seguidores.

El ICAIC y la tramitada cinemateca que incautó a sus fundadores originales, también prohibieron durante años la cinematografía nacional realizada antes de 1959.

Muchos de aquellos actores y directores, principalmente de los años cincuenta, terminaron por abandonar la intolerancia dictatorial, pero actrices que permanecieron en la isla como Gina Cabrera y Maritza Rosales, por mencionar dos figuras emblemáticas, debieron sufrir el castigo de ninguneo deparado a los “apátridas” en el coto del ICAIC.

A pesar de la insufrible politización de la televisión como medio de adoctrinamiento, sus estructuras de producción no pudieron eludir a quienes habían logrado colocar la pequeña pantalla de la isla entre las más exitosas del continente antes de la dictadura.

Allí se refugiaron las “Divas”, aceptaron recortes salariales leoninos, hicieron guardias de milicias y trabajo voluntario en la agricultura. Sufrieron, en silencio, inimaginables carencias y humillaciones. Solamente hay que ver en el documental de Llauradó a Margarita Balboa referirse a los comerciales que hacía de pasta dentífrica, mientras exhibe una dentadura devastada por la desidia.

Ahora acaba de fallecer, a los 93 años, Gina Cabrera, tal vez una de las más versátiles artistas que aparece en Divas, donde se mueve con el donaire de una reina extemporánea resumiendo, mediante perfecta dicción, su extensa y triunfante carrera.

En la última parte de la entrevista se acerca a un librero, habla de su relación casi filial con aquellos volúmenes y señala dos de los mismos, El arte poética, de Aristóteles, así como otro que atribuye a una autora llamada Rosa María, que se titula El arte de comer bien, para terminar con la frase que es toda una suerte de sutil provocación: “Es muy importante comer bien”, como para recordarnos que nadie podía escapar de la devastación alimentaria de la isla.

Tuve la oportunidad de conocer personalmente a Gina Cabrera cuando coincidimos en la Escuela de Letras de la Universidad de La Habana, en la licenciatura de Historia del Arte.

Era un programa nocturno, abierto para profesionales, donde a la sazón figuras consagradas de la televisión fueron impelidas a sacar títulos universitarios para poder seguir trabajando en el medio.

Mi aula era todo un espectáculo con Mariana Ramírez-Corría, Edwin Fernández, Nilda Collado, Maritza Rosales, Cuqui Ponce de León y la propia Gina Cabrera, entre otras estrellas.

La recuerdo puntual y distante, en ocasiones todavía enfundada con parte del vestuario del personaje que había acabado de interpretar en una de las tantas series de Aventuras que protagonizó.

En cierta ocasión sentí pena cuando vi aquel fantasma solitario del pasado, antes de comenzar la clase, disfrutando con premura croquetas que había envuelto en el papel de libretos recién actuados.

Ahora la prensa oficialista cubana le dedica tardíos ditirambos, como fundadora de la televisión y protagonista de programas comerciales que hasta el otro día fueron anatemas en el prontuario ideológico del castrismo.

El laborioso realizador Carlos Collazo le dedicó recientemente un documental titulado Gina, donde incluso el director actual de la Cinemateca de Cuba, quien no es muy dado a tomar riesgos, se refiere a cómo el cine oficialista no la tuvo en cuenta luego de 1959, aunque no explica por qué.

Tal vez le hubiera correspondido al funcionario de marras rendirle algún tributo a la carrera cinematográfica de Cabrera, tanto en Cuba como en México, aprovechando la ausencia de la malsana influencia de Guevara en la presidencia del ICAIC.

Todo parece indicar, sin embargo, que Gina Cabrera evitó caer en la indigencia debido a la esmerada atención de su hijo, quien da las gracias en un texto que se incluye al final del documental de Collazo, donde hace, por otra parte, la siguiente salvedad: “A pesar del olvido injusto”.

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Bergman y Kubrick también fueron víctimas de la censura castrista

película Cuba censura

MIAMI, Estados Unidos.- Luego de algunos a­ños he vuelto a disfrutar, en detalle, la transgresora película “Persona”, realizada por Ingmar Bergman en 1966, en prístina copia restaurada que pertenece al exquisito catálogo del Criterion Channel.

Al igual que alguna otra filmografía de esa década, tan conflictiva para el mundo, las reflexiones políticas y filosóficas del preámbulo y el epílogo del filme, llamadas a epatar el confort del espectador occidental, tienen un tufo extemporáneo.

El argumento no deja de ser raro pero simple, cierta actriz famosa ha dejado de comunicarse, no quiere hablar, y convalece en residencia junto al mar con una enfermera parlanchina y sincera.

Liv Ullmann es la actriz y Bibi Andersson la asistente, dos íconos de la escuela de actuación sueca, que cargan sobre sus espaldas las especulaciones de mujeres imbuidas en distintos tipos de desconcertantes encrucijadas existenciales.

La guerra de Vietnam figura como brevísimo apunte colateral en la imagen del bonzo que se prende fuego, así como el holocausto en la foto de un niño judío polaco que alza las manos cuando es detenido por los nazis.

“Persona” no tiene ninguna otra referencia política, sin embargo, los comisarios ideológicos del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos) consideraron que el espectador cubano común, al cual siempre pretendieron adoctrinar desde 1959, aún no estaba preparado para sentarse en un cine y disfrutar la exquisita puesta en escena de Bergman.

¿Cuáles serían las razones de esta absurda censura, me sigo preguntando en lo que repaso la película? ¿Tal vez la detallada orgía que describe la enfermera Alma, prohibida, parcialmente, incluso en los propios Estados Unidos e Inglaterra, hasta que se editaran nuevas versiones a principios del siglo XXI? ¿La imagen del pene erecto que aparece en el prólogo? ¿O las insinuaciones de acercamientos lésbicos entre ambos personajes?

Claro que la película fue controversial en su momento. Discutida hasta el agotamiento. Premiada en diversos festivales y muy celebrada por la crítica especializada. No es para programar en una matinée de domingo, pero tampoco para ser totalmente censurada.

Uno de los absurdos de la prohibición castrista de “Persona” fue que, desde entonces, el filme solo podía ser exhibido a los alumnos que estudiaban Psicología en la Universidad de la Habana, carrera sumamente selectiva, sólo para revolucionarios.

Supe de amigos, cinéfilos empedernidos, que intentaron matricular la carrera de Psicología para estar en una de las funciones docentes de “Persona”.

Por esos años, la Facultad de Psicología fue expurgada, cruelmente, de estudiantes considerados gays o diversionistas, proceso que también sufriera la Escuela de Arquitectura. Me imagino que la proyección académica de “Persona” también terminó cuando se desató la ofensiva revolucionaria, llamada a frenar errores del “pensamiento crítico” universitario.

Si no fueran tan dañinas tales medidas arbitrarias y represivas bien pudieran figurar en la historia del ridículo o de los chistes de mal gusto.

A finales de los años ochenta estaba cubriendo el Festival del Nuevo Latinoamericano en La Habana y en la sección dedicada al mercado internacional supimos, casi como un secreto, que se proyectaría la película “El hombre de hierro”, del legendario director polaco Andrzej Wajda, que de alguna manera reflejaba la historia del Sindicato Solidaridad.

El mercado funcionaba en una salita de proyección cercana al ICAIC, y allí llegamos con nuestras credenciales y nos dejaron entrar. Recuerdo que en el grupo se encontraba el crítico de cine Mario Rodríguez Alemán.

Poco antes de que el filme comenzara a la hora prevista, sin embargo, se asomó un hosco burócrata del Instituto y, sin pestañar, les dijo a los presentes que “los cubanos” debían abandonar la sala.

Obedecimos sin protestar, y los extranjeros presentes tampoco preguntaron por qué los nacionales no podían ver el contestatario filme de Wajda.

El capítulo fue, sobre todo, una vergüenza para el venerable comunista Rodríguez Alemán, quien abandonó la sala, a todas luces, algo perturbado. Nosotros teníamos el hábito de los atropellos y el miedo.

Cierta vez, el ICAIC se hizo de una copia de “El resplandor”, la obra maestra de horror dirigida por Stanley Kubrick. Tal vez él mismo se las había hecho llegar, gesto bien común entre artistas que admiraban a la llamada revolución y estaban convencidos de que el cruel imperialismo americano impedía el conocimiento de sus obras en la “valiente isla”.

De nuevo la élite del Instituto, sus directores, funcionarios, especialistas, en fin, una caterva improductiva de “botelleros” y personas dadas a levantar obstáculos, consideraron que “El resplandor” no era apropiada para ser presentada al público cubano, y comenzaron a proyectarla en sesiones especiales a donde eran invitados otros tracatanes del régimen.

Recuerdo haber sabido, por uno de dichos burócratas, que se estaba considerando presentarla en cines de arte habaneros, previa reedición para cortar no se sabe qué fragmentos perniciosos desde el punto de vista de la perturbadora doctrina castrista.

Imaginar a diestros editores del ICAIC macheteando a Kubrick, causaba más horror que el de la propia película.

¿Será, tal vez, que alguno de los adláteres de Castro halló semejanzas entre los desafueros enloquecidos del dictador y la paranoia alucinante del personaje que interpreta Jack Nicholson, un aparente buen padre, quien se dedica a la literatura, y luego enloquece para desdicha de su familia?

El consabido cartel de “cualquier semejanza con la realidad es pura coincidencia” hubiera podido enmendar tal entuerto.

Cine Cubano en Trance con Alejandro Ríos.

Dilucidar la isla y su cultura a partir del séptimo arte que la denota. La intensa quimera de creadores, tanto nacionales como foráneos, que no cesan de manifestar una solidaria curiosidad por tan compleja realidad, es parte consustancial de esta sección.

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El ICAIC y sus también 62 años de dictadura

ICAIC Cuba

MIAMI, Estados Unidos.- Se acaba de celebrar, sin bombos ni platillos, debido a las limitaciones de la pandemia, un nuevo aniversario del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

El ICAIC tiene la edad del castrismo, 62 años, de lo cual se ufanan sus grises burócratas. También manifiestan regocijo al considerarlo la primera institución cultural fundada por la “revolución”.

En la foto que acompaña la noticia, tomada en el lobby del Cine Chaplin, recién restaurado, los artistas brillan por su ausencia. Hay muchos funcionarios enmascarados y periodistas taciturnos.

El actual presidente del ICAIC, Ramón Samada Suárez, internacionalmente tiene el “mérito” de figurar en una página que toma nota de los represores cubanos. Cuando escalaba a su nuevo cargo, intentó expulsar disidentes cubanos de una reunión pública con directores de cine y durante la Muestra de Jóvenes Realizadores del año 2010, en componenda con la policía política, prohibió la entrada al Cine Chaplin de otros opositores que habían comprado sus entradas para disfrutar el documental Revolution, sobre el dúo de rap Los aldeanos.

Al celebrar el nuevo aniversario del ICAIC fue bien explícito en la filosofía de la decadente institución que ahora trata de resucitar con una llamada “nueva identidad visual”: “Dedicamos este sencillo regalo a los 62 años de Alfredo, de Santiago, de Titón, de Humberto, de Fidel y el Che, porque estamos aquí gracias a ellos, a todo nuestro pueblo y a nuestros cineastas. Tomos somos ICAIC”.

Junto a cineastas de impecable trayectoria y garantía ideológica, sobre todo después de muertos, y en un acto de suprema adulonería, Samada le ha concedido el título de cineasta al dictador, quien nunca manifestó simpatías por los mencionados creadores con excepción de Santiago Álvarez, su juglar puntual, privilegio que disfrutó hasta el día que se le enfrentó, así como a uno de sus matones, homofóbico confeso, que despreciaba a intelectuales y artistas que no hubieran participado directamente en la lucha antibatistiana. Los hacía sentir cargo de conciencia histórico.

Sobre la nueva imagen gráfica del ICAIC han declarado sus promotores y creadores, de manera atropellada e ininteligible: “La imagen pública a partir de este momento se verá fortalecida, pues a través de esta identidad se podrá proyectar un entorno más distintivo (…) consolidar el sentimiento de pertenencia, sistematizar los soportes comunicativos y frenar la viralización de imágenes no creadas por el ICAIC utilizadas para representar el Instituto en determinadas circunstancias, que en algunos casos no corresponden con el discurso de comunicación institucional”.

No salgo de mi asombro cuando constato que, en los medios sociales, respetables artistas cubanos exiliados o más bien emigrados, se unen a la celebración de la institución donde todos sus congéneres que intentaron creerse la premisa de la libertad de expresión “fuera de la revolución” terminaron siendo censurados públicamente o advertidos de que no serían toleradas actitudes diversionistas.

El ICAIC resultó ser un coto de exclusividad, muy cercano al poder del dictador y distante de otras organizaciones culturales, consideradas populares y prosaicas, en tanto sus miembros rindieran pleitesía al enrevesado y voluntarioso dogma castrista.

Mantenerse en esos parámetros garantizaba viajes a festivales y producción para la próxima película. En términos culturales, era la clase media que la revolución había aniquilado con saña.

Al igual que la nomenclatura del régimen, los dirigentes del ICAIC tomaron posesión desvergonzada de los bienes de sus antecesores audiovisuales —toda una prominente industria de la República— a los cuales, por cierto, borró de la historia, en componenda con la izquierda internacional que se prestó gustosa para considerar que el cine cubano comenzaba en 1959.

El ICAIC era una de las pocas instituciones culturales donde los llamados “segurosos”, cuerpos represivos creados para “atender” artistas descarriados, eran de todos conocidos, siempre por sus sobrenombres árabes o africanos.

En la clandestinidad de la vigilancia, el chantaje y la delación figuraban, sin embargo, directores de cine revolucionarios, a toda prueba, que eran gustosamente reclutados para estos siniestros menesteres.

Muchos de los “segurosos” honoris causa ya han fallecido y los sobrevivientes casi no tienen a quien chivatear y atormentar, porque el ICAIC ha dejado de ser un centro de creación privilegiado en medio de la dictadura para devenir simple tramitador de servicios.

La historia de la censura en el ICAIC también se atiene a su sexagésimo segundo aniversario. Comenzó temprano en los años sesenta, con el corto documental “PM”, y ha llegado hasta nuestros días con el largometraje “Santa y Andrés”, así como con numerosas obras independientes presentadas cada año en la Muestra de Jóvenes Realizadores.

El curso regular del cine cubano, con sus virtudes y defectos, fue abruptamente interrumpido por quienes se apropiaron, a sangre y fuego, de la sociedad y su posibilidad de expresarse libremente.

Ningún supuesto mérito del ICAIC justifica tal atribulación histórica.

Cine Cubano en Trance con Alejandro Ríos.
Dilucidar la isla y su cultura a partir del séptimo arte que la denota. La intensa quimera de creadores, tanto nacionales como foráneos, que no cesan de manifestar una solidaria curiosidad por tan compleja realidad, es parte consustancial de esta sección.

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ICAIC publica nota aclaratoria sobre nuevas regulaciones al TPC

ICAIC cinematográfica
Foto Cubacine

MIAMI, Estados Unidos.- a directiva del Instituto Cubano del Arte y la Industria Cinematográfica (ICAIC) publicó este jueves una nota aclaratoria en el portal web Cubacine, con motivo de las nuevas regulaciones sobre el trabajo por cuenta propia en Cuba, en la que asegura que la producción audiovisual y cinematográfica independiente no se verá afectada por estas nuevas disposiciones.

Según el texto, “la producción audiovisual y cinematográfica se ampara en el Decreto Ley 373 y sus normas complementarias, entendiéndose que esta no se considera una actividad del trabajo por cuenta propia, por lo que los creadores audiovisuales y cinematográficos independientes no son cuentapropistas”.

A continuación, reproducimos de manera íntegra la nota aclaratoria:

La producción audiovisual y cinematográfica independiente no está afectada por las nuevas disposiciones sobre el trabajo por cuenta propia.

El documento recién publicado sobre las actividades donde no se permite el trabajo por cuenta propia, en la sección J, “Sobre información y comunicaciones”, acápite 57, establece que no está permitida la producción audiovisual y cinematográfica.

El ICAIC aclara que la producción audiovisual y cinematográfica se ampara en el Decreto Ley 373 y sus normas complementarias, entendiéndose que esta no se considera una actividad del trabajo por cuenta propia, por lo que los creadores audiovisuales y cinematográficos independientes no son cuentapropistas, sino que realizan su actividad desde su condición de artistas, reconocida como una forma de gestión no estatal en el referido Decreto Ley.

La diferencia entre el CREADOR AUDIOVISUAL Y CINEMATOGRÁFICO INDEPENDIENTE y el TRABAJADOR POR CUENTA PROPIA, surge de los amplios debates llevados a cabo por los realizadores para la conformación de las normas vigentes para la producción audiovisual y cinematográfica en el país, haciendo un especial énfasis en su condición de artistas.

En las normas complementarias que apoyan este Decreto Ley se reconocen, además, tres actividades no artísticas pero imprescindibles para la realización de la producción audiovisual y cinematográfica: operador y/o arrendador de equipamiento para la producción artística, agente de selección de elenco (casting), y auxiliar de producción artística, las que continúan bajo la modalidad del trabajo por cuenta propia.

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Censura de corto documental obliga a posponer Muestra Joven del ICAIC

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(Foto: Agencia IPS)

MIAMI, Estados Unidos. – El Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) informó este miércoles sobre la posposición de la Muestra Joven 2020 luego de que varios realizadores declinaran presentar sus obras en respuesta a un nuevo episodio de censura.

La pieza censurada por las autoridades culturales fue el corto documental “Sueños al pairo”, de José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela Fosado.

Tras el anuncio de la medida los realizadores tomaron partido y decidieron no participar en la Muestra.

“La dirección del ICAIC ha decidido posponer la celebración de la Muestra Joven ICAIC para fecha que se anunciará oportunamente con el objetivo de crear mejores condiciones para su realización y analizar diversos temas de trabajo en un ambiente apropiado y con el tiempo necesario”, señaló la institución en un breve comunicado.

Según el Comité Organizador de la Muestra, el corto documental “Sueños al pairo” fue censurado por la Presidencia del ICAIC debido a “diferencias políticas e ideológicas”.

Pese a censurar la obra, el ICAIC señaló que continúa apoyando la iniciativa y las obras de jóvenes realizadores, pertenezcan o no a instituciones culturales.

“El Instituto ratifica su apoyo y compromiso con la Muestra Joven ICAIC y, en general, con la obra realizada por los jóvenes dentro o fuera de las instituciones”, añade la nota.

Al respecto, jóvenes cineastas como Carlos Lechuga anunciaron su salida del evento.

“Hemos decidido retirar ‘Generación’ de la muestra joven en solidaridad con José Luis Aparicio Ferrera y Fernando Fraguela. En contra de cualquier censura”, declaró el realizador del largometraje “Santa y Andrés”, cuya exhibición también ha sido prohibida por el régimen de la Isla.

Medios de circulación oficial como la revista El Caimán Barbudo también fueron censurados por hacerse eco de lo ocurrido con la Muestra Joven.

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Muere cineasta cubano Ismael Perdomo

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Ismael Perdomo; ICAIC;
Ismael Perdomo (Foto: Facebook/ICAIC)

MIAMI, Estados Unidos. –  El cineasta cubano Ismael Perdomo murió este jueves en La Habana a los 48 años de edad, informó el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

En un comunicado publicado en redes sociales, la institución señaló que el cineasta falleció “después de haber luchado sin tregua contra una prolongada enfermedad”.

Graduado de Periodismo en la Universidad de La Habana en 1995, Perdomo fue uno de los más cercanos colaboradores del mítico cineasta y documentalista Santiago Álvarez, a quien acompañó como asistente de dirección y en la realización de otros audiovisuales.

Perdomo también realizó estudios en el Instituto Estatal de Cine de Moscú.

Su trabajo va desde géneros como el documental, el largometraje de ficción, series, hasta videoclips y web series.

Destaca el ICAIC que entre sus obras más notables se encuentran el largometraje de ficción “Mata, que Dios perdona”, los documentales “Fidel, el pensamiento”, y “La generación del entusiasmo”; las series documentales “Cuba por dentro”, y “Cuba, la Revolución”.

“Sus documentales se han transmitido en más de 15 países y fue jurado de festivales de cine alrededor del mundo”, añade la nota.

El portal Cubacine también reseña sus colaboraciones con Canal Plus Francés, Canal Plus España, Documanía y Canal Mezzo.

Desde 1999 pertenecía era miembro de la Asociación General de Autores y Editores (SGAE).

En los últimos años, Perdomo trabajó en la realización de audiovisuales para la cadena venezolana Telesur, dirigiendo la serie “From Havana” y las crónicas para el espacio “no son tuits, son historias”.

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