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Octavio Paz contra García Márquez

Octavio Paz_foto tomada de internet
Octavio Paz_foto tomada de internet

LA HABANA, Cuba.- Al comienzo de este año, Casa de las Américas anunció su homenaje al poeta y ensayista mexicano Octavio Paz, en ocasión del centenario de su nacimiento. El ilustre intelectual fue galardonado en 1990 con el Premio Nobel de Literatura. Falleció en 1998.

Sin embargo, lo acontecido hasta el presente dista mucho de lo que merece una figura de tanto relieve. En días pasados, sin aviso previo por los medios de prensa, se celebró un panel sobre la obra de Paz en la propia Casa de las Américas. Y este lunes 5 de mayo, el Instituto Cubano de Investigación Cultural Juan Marinello fue sede de una conferencia impartida por el investigador Rafael Acosta de Arriba, tal vez el más conocedor entre nosotros del quehacer del pensador azteca. Esta última actividad, que sí fue anunciada con anticipación, contó con una escasa concurrencia, en la que no había ningún funcionario importante del Ministerio de Cultura.

Ya en sus palabras iniciales, y por si alguno de los presentes lo desconocía, Acosta de Arriba se encargó de contextualizar la dimensión política del poeta: Octavio Paz fue un intelectual de derecha, muy crítico de la revolución cubana, y en especial de Fidel Castro. El conferencista reconoció la trascendencia de la obra de Paz, en especial sus aportes a la poesía y el ensayo. Llegó a calificarlo como “el gran prosista de la lengua castellana”, superior tal vez al ibérico José Ortega y Gasset.

En cuanto a los sucesos que llevaron a Paz a romper con el castrismo, Acosta de Arriba se limitó a repetir los argumentos que ha empleado el discurso oficial. Todo enmarcado en la desilusión que experimentó el intelectual mexicano con lo que ocurría en el mundo comunista.

Lo cierto fue que el distanciamiento de Paz se manifestó a partir de 1968, cuando tuvieron lugar algunos encontronazos de escritores cubanos con el aparato de poder, y llegó a su clímax en 1971, a raíz del encarcelamiento del poeta Heberto Padilla. Mas, ya desde 1967, Octavio Paz iba perfilando su posición con respecto a la Cuba castrista. En una carta enviada a Roberto Fernández Retamar -hasta ese momento su amigo-, expresó: “Simpatizo con Cuba por lo que tiene de Martí, no de Lenin”.

A partir de ese momento, los libros de Octavio Paz dejaron de publicarse en Cuba, y hasta en las bibliotecas públicas se tornó difícil hallar algún texto suyo. En eso se basó Acosta de Arriba para afirmar que Paz es un autor prácticamente desconocido en Cuba, sobre todo entre las nuevas generaciones.

Investigador Rafael Acosta de Arriba (iz), junto a Ernesto Sosa, enviado de la Embajada de México al homenaje de Octavio Paz
Investigador Rafael Acosta de Arriba (iz), junto a Ernesto Sosa, enviado de la Embajada de México al homenaje de Octavio Paz

Los últimos amigos que el poeta mexicano tuvo en Cuba fueron Cintio Vitier y Fina García Marruz. Y la ruptura con ellos se produjo a raíz de la muerte de José Lezama Lima acaecida en 1976. Paz, como casi todos los observadores imparciales, opinaba que Lezama vivió en un ostracismo institucional los últimos años de su vida. Un punto de vista que no agradó al matrimonio Vitier-García Marruz, quienes ya se aprestaban a identificarse con el gobierno cubano.

Independientemente de la admiración que le profeso como escritor, siempre valoré la capacidad visionaria de Octavio Paz. En 1980, cuando aún nadie hablaba de la Perestroika y la Glasnot, escribió lo siguiente en su texto Ideas y Costumbres: “La solidez de la Unión Soviética es engañosa; su verdadero nombre es inmovilidad. Rusia no se puede mover. Si lo hace aplasta al vecino o se desmorona ella misma”.

Un certero anticipo de lo que ocurriría años después cuando Mijail Gorbachov intentó reformar el anquilosado socialismo soviético.

Contrasta grandemente el tratamiento dado a Paz con el ofrecido a otro Nobel, el colombiano Gabriel García Márquez. Ello demuestra que aquí la consideración política se impone a la cultural.

 

 




El escritor en su laberinto

Gabriel-Garcia-Marquez-fallecio-jueves_LNCIMA20140417_0091_28MIAMI, Florida -A Gabriel García Márquez, el diario El País, de Madrid, lo llamó “genio de la literatura universal”, El Washington Post lo describió como “el gigante de la literatura moderna”, en su natal Colombia, el presidente Santos declaró: “Mil años de soledad y tristeza por la muerte del más grande colombiano de todos los tiempos”, mientras, Cubadebate, sitio oficial del gobierno cubano, destacó que el escritor era un “entrañable amigo de Fidel Castro”.

El Gabo –como le llamaban sus amigos–, nació en el poblado de Aracataca, en 1927. Publicó su primer cuento, La tercera resignación, en 1947; la fama le llegó en 1967 con su cuarta novela Cien años de soledad, y su consagración en 1982 con el Nobel de Literatura. En total publicó 42 libros, entre novelas, cuentos y crónicas periodísticas. Vendió más de 40 millones de ejemplares, en 36 idiomas.

En enero de 1959 viajó a Cuba. Integró el núcleo de periodistas que fundaron la agencia de noticias Prensa Latina. Conoció a Fidel Castro en el aeropuerto de Camagüey. Su amistad duró toda la vida. Solía dialogar con Castro durante toda la noche y la madrugada. Seguramente, de mucho más que literatura.

Desde los años 60, la contrainteligencia mexicana vigiló de cerca las actividades extraliterarias del novelista de Aracataca por sus ideas de izquierda y su activismo en favor del régimen cubano. Esa información fue analizada cuando García Márquez pidió asilo político en México, en marzo de 1981

castro-y-gaboEn diciembre de 1985, Castro le comunica su idea de crear la Fundación Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano, de la que García Márquez fue su primer director. Al año siguiente, el escritor colombiano participa en la fundación de la Escuela Internacional de Cine y Televisión, de San Antonio de los Baños, donde impartió, durante varios años, el curso “Cómo se cuenta un cuento”.

Aunque sus relaciones privilegiadas le permitieron mediar ante Castro para las cosas más disímiles, desde sacar de la isla al escritor Norberto Fuentes —amigo de los fusilados Tony La Guardia y Arnaldo Ochoa—, y al periodista independiente, Raúl Rivero, miembro del grupo de los 75, muchos exiliados cubanos y opositores en la Isla, no le perdonan su estrecha amistad con Castro.

Y el escritor terminaría diciendo: “Ningún dirigente político, ningún jefe de Estado oye absolutamente a nadie. De manera que tener influencia en un jefe de Estado es lo más difícil que hay en este mundo, y finalmente ellos terminan teniendo mucha influencia sobre uno”. (“Juventud Rebelde”, Cuba, 1988)

gabriel-garcia-marquez-cien-anos-de-soledad_113167.jpg_19222.670x503Durante la IV Cumbre Iberoamericana de Cartagena de Indias, en 1994, Gabo paseó junto a su amigo Fidel en coche de caballos por las calles pese a la amenaza de atentado que había contra el líder cubano, y cuatro años más tarde, al visitar la isla el Papa Juan Pablo II, Castro lo invitó a sentarse a su lado durante la misa que el Pontífice ofició en la Plaza de la Revolución.

También realizó discretas gestiones ante Bill Clinton durante la crisis de los balseros, y en 1997, tras los atentados con bomba contra varios hoteles de La Habana, sirvió de correo a Castro para enviar un mensaje a Clinton que posibilitó que ambos países establecieran intercambios secretos de cooperación antiterrorista durante algún tiempo.

García Márquez fue un hombre contradictorio, repudiaba a las dictaduras militares, y admiraba a Fidel Castro. Para juzgarlo, habría que separar al escritor del hombre. O calificarlo, según una de sus novelas populares, como el escritor en su laberinto. Otro escritor de izquierda, Mario Benedettí, escribió: la mala conducta de un hombre no invalida la obra de un hombre.

El también ganador del premio Nobel de Literatura, Mario Vargas Llosa, llamó a Gabriel García Márquez ¨lacayo de Fidel Castro, pero afirmó del creador la saga de Aureliano Buendía: “sus obras le sobrevivirán”.

Al Gabo se ajusta perfectamente aquella frase de León Tolstoi: “pinta tu aldea y serás universal”. García Márquez, pintó de magia su pueblo natal, lo convirtió en Macondo, lo hizo universal.

 

 

Nota de la Redacción: David Canela es un periodista independiente, colaborador habitual de Cubanet, que se encuentra de visita en Estados Unidos.

 

 




Lo que calló García Márquez lo dijo Vargas Llosa

LA HABANA, Cuba, abril -El Nobel colombiano de literatura, Gabriel García Márquez, apoyó incondicionalmente al régimen de Fidel Castro, a diferencia del Nobel peruano, Mario Vargas Llosa, quien denunció sistemáticamente y sin dobleces a todas las dictaduras.

Se conocieron en Venezuela, en 1967, durante la entrega a Mario Vargas Llosa del Premio Rómulo Gallegos. Ese mismo año, Márquez publicaba Cien años de soledad. Ésta sería el núcleo de la tesis doctoral de Llosa, “García Márquez: Historia de un deicidio”, con la que se doctoró en la Universidad Complutense (1971)

“Todos saben de mi amistad personal con Fidel Castro y que yo apoyo a la revolución cubana”, dijo García Márquez en una entrevista en el año 1992.

“Es el hombre más tierno que he conocido”, dijo en otra ocasión refiriéndose al ex presidente cubano.

Mientras el Nobel colombiano degustaba con Fidel Castro un suculento venado asado en un cayo del archipiélago cubano, miles de presos políticos sufrían el hambre y el maltrato en las prisiones de la isla.

Fue de los escritores que, como Mario Benedetti, denunciaron la falta de libertad y los desmanes de las dictaduras de derecha latinoamericanas contra sus ciudadanos, pero no denunciaron las mismas faltas de libertades y la persecución en las dictaduras de izquierda, como las de Cuba.

“Como si no hubieran pasado escritores por las cárceles de la isla y no hubiera decenas de intelectuales de ese país en el exilio”, así diría en una ocasión el escritor peruano Mario Vargas Llosa, refiriéndose a los escritores que consideraban como buena a la dictadura cubana.

Las enemistad entre ambos fue aumentando con motivo de sus crecientes diferencias ideológicas. En 2007, Vargas Llosa aceptó publicar un texto elogioso sobre Cien años de soledad en una nueva edición de dicha obra

Vargas Llosa se preguntaba cómo un poeta como Neruda, por ejemplo, pudo haber escrito poemas en loor de Stalin, sin que lo turbase en lo más mínimo los crímenes del déspota soviético.

Nuestro Nobel peruano creía que para los escritores latinoamericanos no bastaba con los aportes literarios, sino que también era importante en ellos el comportamiento político, por lo que cuestionaba la actitud de los escritores que habían abdicado de la facultad de pensar políticamente, de opinar, de criticar y se habían entregado  a repetir los dictados del Gobierno a los cuales servían.

Para él esos escritores no cumplieron su función cívica de la misma manera que la artística. Les reprochaba que se hubieran puesto al servicio incondicional de un partido o un régimen abdicando del primer deber de un  intelectual: ser libre.

Lo apenaba el absolutismo ideológico que sufrían escritores latinoamericanos para quienes encarcelar y exiliar era menos grave en los países socialistas que en los capitalistas, y de quienes no recuerda haber leído nunca una sola palabra de admonición o protesta por ningún abuso contra los derechos humanos cometidos en aquellos países.

Gabriel García Márquez deleitó a los cubanos con su literatura, pero les negó el realismo mágico de su pluma a los que sufrieron persecución y cárcel por oponerse “al hombre más tierno que él había conocido”.

El realismo mágico del sufrimiento y de las largas condena cumplidas por los prisioneros políticos cubanos en las cárceles hubiera sido para él una fuente repleta de hechos e historias para cuestionar y criticar al régimen que decidió servir.

Lo que García Márquez calló de Cuba lo dijo Vargas Llosa.

 




García Márquez: Coartadas para desastres

Asención de Remedios la Bella (recreación de la imagen literaria)_tomada de internet
Asención de Remedios la Bella (recreación de la imagen literaria)_tomada de internet

LA HABANA, Cuba.- En Latinoamérica, después de Cien años de soledad, se esfumó el límite entre realidad y fantasía. Eso, si es que alguna vez, entre tanto encantamiento, mezcolanza y confusión de estirpes malditas, lo hubo.

Luego de la ascensión al cielo de Remedios la Bella, de los avatares del Coronel Aureliano Buendía, de la lluvia interminable sobre Macondo y del paso del tren rumbo al Caribe con los cadáveres de miles de huelguistas de las bananeras masacrados, Gabriel García Márquez curó al mundo del mal de los asombros. Y lo que es más importante para los que habitamos en este continente: nos dio las coartadas para nuestros desastres. La esperanza y la posibilidad de tener una segunda oportunidad…

No sé qué sería de nosotros sin estas coartadas casi imbatibles que nos dio el Gabo. Por insólitas, resultaron más bellas y estimulantes que las de los politicastros al uso y los gobernantes en desuso. Nos han consolado en nuestro desamparo y ayudado a soportar a tantos milagreros de la desilusión, criminales con prestigio y medallas, iluminados de pesadilla e idiotas quijotescos que cabalgan siempre a la zurda en un continente donde la derecha parece no lograr tener nunca la razón, ni siquiera cuando efectivamente la tiene.

Hubiese sido demasiado pedirle a Gabo el exorcismo que nos librase de los demasiados demonios con los que cargamos. ¡Si él mismo, caribe al fin, como ciertas mariposas ante la luz, sucumbió en algún momento a su fascinación fatal!

Pero, luego de Cien años de soledad, que definitivamente convirtió la fabulación y la hipérbole en nuestra cotidianidad, ¿qué no íbamos a disculparle al Gabo?

García Márquez siempre jugó limpio con sus lectores. Excepto cuando nos hipnotizaba con su técnica narrativa para que no pudiésemos soltar sus libros antes de la última página. Aunque, por ejemplo, la muerte de Santiago Nasar estuviese anunciada desde el primer capítulo…

García Márquez no se cansaba de repetir que no había inventado nada, que se había limitado a observar atentamente la realidad y contarla luego a su modo. Que lo más importante no es cómo fue la vida, sino del modo en que la recordamos. ¿Qué importa -mejor aun- si no coincide exactamente con la verdad?
Decía que escritores como Faulkner sacaron a flote todo lo que llevaba dentro de él. Así, tan creíble y necesaria resulta Macondo como Yoknapatawpha, y lidiamos con los Buendía como antes lo hicimos con los Sartori.

Siempre tendremos que agradecer a García Márquez por contarnos las cosas que nos rodeaban y en las que no reparábamos: la lluvia interminable, los amores en época de epidemia, los burdeles trashumantes, las hembras insaciables que parecen escapadas de un bolero de ensueño, las putas de candidez letal.

Por suerte para nosotros, sus lectores, García Márquez no tuvo suerte con el cine. Así, ningún director nos robará las fisonomías, colores y hasta olores que imaginamos cuando leemos.




Antonio José Ponte: Macondo hecho un pisapapeles

Hace cinco años, a propósito de un artículo que me pidieron, leí de corrido toda la obra narrativa de Gabriel García Márquez. Es decir, releí muchos de sus libros y entré por primera vez, y no con demasiado gusto, en los últimos títulos suyos, que había visto aparecer en librerías sin atenderlos.

La revista mexicana y española Letras Libres me encargaba un examen de la obra del narrador colombiano que aparecería bajo el título “El Nobel en la picota”, pues otros premiados por la Academia Sueca —Toni Morrison, Darío Fo, José Saramago y J. M. G. Le Clézio— iban a ser escrutados también.

Al recibir aquella invitación, lo primero que hice fue preguntarme por qué me reservaban a García Márquez, cuando no recordaba haber hablado de su obra ni para bien ni para mal, y no me interesaba en lo más mínimo la personalidad del autor. Entonces supe que era debido a su amistad con Fidel Castro. Le procuraban el juez más severo posible, alguien que tuviera que sobreponerse a un enorme prejuicio a la hora de leerlo.

De modo que lo segundo que hice al recibir el encargo fue jurarme que no haría en mi texto alusión alguna a esa amistad. Leería a Gabriel García Márquez como si la revolución cubana de 1959 no existiera. Compré ediciones de bolsillo de todas sus novelas y volúmenes de cuentos, y me di a la tarea tan cronológicamente como pude.

Quizás no es buena idea leer de corrido la obra completa (o casi completa) de un autor, por magnífico que sea. Quizás no resulten fiables los efectos de un festival así. No obstante, experiencias parecidas con la obra de Joseph Roth o de Isak Dinesen no me hacen desaconsejar tal ejercicio. Si bien debo reconocer que Roth y Dinesen son narradores muy superiores a García Márquez.

Ahora, a propósito de su fallecimiento, vuelvo a publicar aquí mi examen de su narrativa y no me privaré de hacer una observación acerca de su amistad con el dictador cubano. García Márquez confesó alguna vez que cuando estaban juntos hablaban de literatura. Así, el Premio Nobel sostenía conversaciones sobre libros y autores con el creador de un régimen de censura política. Mientras que generaciones de lectores en Cuba tenían prohibido el acceso a las obra de dos (por citar solo dos) maestros como Jorge Luis Borges y Octavio Paz, Gabriel García Márquez admiraba a Fidel Castro y cultivaba su amistad.

Es un detalle, y no el más repudiable de esa complicidad política, aunque sí el más específico para alguien que se ocupó de escribir libros.

Las que siguen son mis opiniones sobre sus novelas y cuentos.

El enigma del trópico

Antes de Macondo fue Comala, la tierra imaginada por Juan Rulfo. Antes, Bolombolo, “país exótico y no nada utópico,/ en absoluto! ¡Enjalbegado de trópicos/ hasta donde no más!”, que cantara el colombiano León de Greiff. Y antes, dentro de la obra narrativa de Gabriel García Márquez, los cuentos recogidos en Ojos de perro azul.

La lectura de esas piezas publicadas tardíamente revelan torpeza veintiañera e incapacidad para lo fantástico. “De nada le valió arrastrarse con las vísceras rotas para ahuyentar los cuervos de la lujuria. Trató de apostarse tras el baluarte de su infancia. Trató de levantar entre su pasado y su presente una trinchera de lirios”, escribió el joven García Márquez.

Y en otro cuento: “Pero el esteta que lo habitaba, tras una lucha aproximadamente igual a la raíz cuadrada de la velocidad que hubiera podido averiguar, venció al matemático, y el pensamiento del artista se fue hacia los movimientos de la hoja que verdeazulblanqueaba con los diferentes golpes de luz”.

Luego mejorará, por supuesto. En medio de esos cuentos primerizos aparece Macondo. Zancudos, astromelias, alcaravanes, gallinazos, campanadas de iglesias, almendros de hojas podridas: García Márquez ha confesado que aprendió de Graham Greene un álgebra para codificar el trópico. Mediante unos pocos elementos, dispersos pero unidos por cierta coherencia, podía reducirse “todo el enigma del trópico a la fragancia de una guayaba podrida”.

Idénticos detalles botánicos y bestiarios rotarán de novela en novela. Caerá siempre la lluvia. (Cualquier adaptación cinematográfica del mundo garcíamarquiano tendrá que reservar un buen renglón del presupuesto para lluvia artificial.) Según confesión suya, Franz Kafka le había regalado el desparpajo suficiente para que alguien despertara convertido en insecto sin más. Kafka le enseñó, luego de unos intentos fallidos, a evitar el embrollo de las explicaciones.

En una frase de La señora Dalloway dio con la anticipación de ruinas que luego prodigaría en tantas páginas. Virginia Woolf tenía escrito allí: “Pero no había duda de que dentro se sentaba algo grande: grandeza que pasaba, escondida, al alcance de las manos vulgares que por primera y última vez se encontraban tan cerca de la majestad de Inglaterra, el perdurable símbolo del Estado que los acuciosos arqueólogos habían de identificar en las excavaciones de las ruinas del tiempo, cuando Londres no fuera más que un camino de hierbas, y cuando las gentes que andaban por sus calles en aquella mañana de miércoles fueran apenas un montón de huesos con algunos anillos matrimoniales, revueltos con su propio polvo y con las emplomaduras de innumerables dientes cariados”.

Además de las ruinas premonitorias y los símbolos del poder político, él encontró en esta frase el miércoles preciso al que habría de apelar tantas veces: un día en contraposición a toda la eternidad, una concreción que permitiese avizorar lo demasiado abstracto. Si el trópico alcanzaba a abreviarse en cierta utilería recurrente, los manejos macondianos del tiempo quedarían reducidos a trascendencias (el hielo que rebota en el paredón de fusilamiento) y unas cuantas premoniciones: la muerte anunciada.

Sobrevivir a ‘Cien años de soledad’

Varios comentaristas de su obra han supuesto la carga de sobrevivir a una novela como Cien años de soledad, escrita a los cuarenta años. Los problemas, empero, habían comenzado antes. Pues ya a mitad del manuscrito, pasada la muerte del coronel Aureliano Buendía, Cien años de soledad podría considerarse escrito, no por Gabriel García Márquez, sino por los imitadores de Gabriel García Márquez a los que la novela daría lugar.

Muerto Aureliano Buendía, aquellas epifanías que resultaban graciosas se convertían en retórica mala: lluvia de mariposas amarillas para Mauricio Babilonia. Y en tanto las guerras federalistas traían aún buenas páginas al mundo de Macondo, la llegada de la compañía bananera estadounidense quedaba impostada, tan literariamente infausta como el mar que desmontan los ingenieros gringos en El otoño del patriarca. (Cuidadoso de no chocar con autoridades, delicadísimo al vérselas con la Iglesia Católica, el antimperialismo del autor no resulta convincente por escrito.)

Puesto a administrar su sobrevivencia, García Márquez tildó de superficial la escritura de su obra más conocida, mostró preferencia por otros libros suyos, sostuvo haber escrito Cien años de soledad para desviar lectores hacia una novela publicada antes: El coronel no tiene quien le escriba.

En El olor de la guayaba conversa con su amigo Plinio Apuleyo Mendoza acerca de los estorbos de la fama: “lo peor que le puede ocurrir a un hombre que no tiene vocación para el éxito literario, en un continente que no estaba preparado para tener escritores de éxito, es que sus libros se vendan como salchichas”. Y, empeñado en superar tal maldición, publica el que tal vez pueda considerarse su mejor libro: Crónica de una muerte anunciada.

¿Fue a partir de Cien años de soledad que las frases primeras de sus libros necesitaron ser rotundas, sus personajes se volvieron imposibles de tratar con esos nombres, y las descripciones pecaron de relamidas? Mientras que Jorge Luis Borges adjetiva para lo inusitado, García Márquez lo hace por razones reposteriles, para agregar almíbar a la frase, por engolosinamiento.

 Lo que vino después

Después de Cien años de soledad atinará parcialmente, por aquí y por allá. Compondrá un memorable encuentro entre el anciano dictador y la reina de la belleza en El otoño del patriarca (leído con detenimiento, el furor nerudiano de ese episodio resulta cercano a la parodia de Neruda hecha por Juan Ramón Jiménez a propósito de la teoría de la sustitución).

Subvertirá los modos de todas las novelas rosas con una novela rosa, El amor en los tiempos del cólera, obra de un cursi que se hace pasar por cursi.

El general en su laberinto, donde un autócrata tan desolado como el patriarca de un volumen anterior vive una muerte anunciada como la de otro libro previo, consigue aburrir.

Del amor y otros demonios es el esbozo para una mala novela. Y en su último relato publicado, Memorias de mis putas tristes, los enamorados devoran gardenias y rosas, se inventa el teléfono sin corazón… Cabría allí, en suma, cualquiera de las ridiculeces del cine de Eliseo Subiela.

Lo peor, sin embargo, es que esa historia pretende acogerse al ejemplo de La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata, citada en el epígrafe. La traducción del japonés al colombiano transforma el delicado erotismo del original en voracidad por el virgo y alarde de potencia nonagenaria. Cabe preguntar entonces por qué sedan cada noche a la joven del prostíbulo colombiano. En casos como este, o cuando habla de música clásica, no es difícil sospechar en Gabriel García Márquez a un espíritu poco sutil.

Amén de su narrativa, el Premio Nobel colombiano es autor de unas memorias de infancia y juventud, y de un periodismo confundible con su literatura, al que podría calificarse de columnismo sentimental, no tan atento a la verdad como a las emociones. Vivir para contarla, sus memorias, permite reconocer a los vecinos de Macondo en los lugares menos pensados. De ese entrecruzamiento practicable en muchos de sus libros recuerdo, en Cien años de soledad, la llegada a la firma del tratado de Neerlandia del joven tesorero de la revolución, anciano en El coronel no tiene quien le escriba.

García Márquez para los arqueólogos

Me pregunto qué pensarán los acuciosos arqueólogos imaginados por Virginia Woolf cuando, entre las ruinas del tiempo, lleguen a identificar la obra de Gabriel García Márquez. Vueltas las capitales un camino de hierbas, de las manos fosilizadas de los pasajeros de metro podrán extraerse los volúmenes del colombiano, y quizás sean celebrados como sus mejores libros Crónica de una muerte anunciada y El coronel no tiene quien le escriba (pese al final enfático reutilizado en El amor en los tiempos del cólera). Cabrá tal vez en esa selección futura alguna otra novela, aunque ninguno de sus cuentos y ninguna de sus intentonas cinematográficas.

En cuanto a Cien años de soledad, aventuro que pasará a formar parte de la literatura para jóvenes o niños. Los Buendía quedarán emparentados con la familia Mumín. Macondo cobrará su decisiva forma de pisapapeles e, igual que en los pisapapeles, importará poco la intensidad de la lluvia o de la nieve, puesto que el mundo está al abrigo de una bola de cristal. (Ese abrigo es lo que se ha dado en llamar realismo mágico, un método para abaratar epifanías.)

Macondo podrá entregarse a jóvenes y niños en la confianza de que lo terrible está domesticado y cualquier desgracia resulta irrelevante. No habrá necesidad de cerrar las tapas de un portazo, porque siempre el autor borrará lo inadmisible con la dulzura de la siguiente frase.

Valga como ejemplo esta narración del final de un personaje en Crónica de una muerte anunciada: “sin amor, ni empleo, se reintegró tres años después a las Fuerzas Armadas, mereció las insignas de sargento primero, y una mañana espléndida su patrulla se internó en territorio de guerrillas cantando canciones de putas, y nunca más se supo de ellos”.

La patrulla no tenía reparos, a pesar del peligro, en delatarse con sus canciones a viva voz. Iban directamente a la emboscada, ninguno de los hombres saldría vivo, pero, ¿quién podría resistirse, en una mañana tan espléndida, a cantar canciones de putas?.

Los lectores más jóvenes entrarán en la obra narrativa de García Márquez con la misma felicidad irresponsable de esa patrulla. Apartarán tiranos y libertadores, asesinatos y guerras, ruinas y señales del Apocalipsis, hasta dar con el acto fundamental del universo macondiano: el amor primigenio.

Ahora bien, para aventuras más adultas resulta más recomendable Yasunari Kawabata, por citar otro Nobel.

Publicado en Diario de Cuba