septiembre 2, 2026

Salvavidas desde el exterior: cómo funcionan las remesas informales en Cuba

Los remeseros y el mercado informal de remesas suplen funciones de protección económica que el Estado no logra cubrir y sostienen a miles de familias cubanas.
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Foto referencial: El Estornudo / Monteagudo

LA HABANA, Cuba.- En las calles del Vedado habanero, el sonido de una notificación de WhatsApp no siempre anuncia un mensaje personal; para miles de familias, es la confirmación de que hay comida sobre la mesa. En la Isla, donde la inflación galopante y el desabastecimiento de alimentos y medicinas estrangulan la cotidianidad, las remesas procedentes de la diáspora se han consolidado como la principal red de protección social. Sin embargo, ante el cierre prolongado de las vías bancarias tradicionales y la desconfianza hacia las instituciones estatales, un complejo entramado informal de intermediarios y «mulas» ha asumido el control de este flujo millonario.

El circuito funciona al margen del sistema bancario centralizado. Un familiar en Miami, Madrid o San José transfiere divisas a la cuenta bancaria de un intermediario en el extranjero. Casi en tiempo real, un repartidor informal —conocido popularmente como «remesero»— toca la puerta de la vivienda en Cuba para entregar el equivalente en efectivo, ya sea en dólares, euros o pesos cubanos a la tasa del mercado informal.

«Si espero a que el dinero pase por la banca oficial, la tasa de cambio estatal me quita la mitad del valor real y el cobro puede tardar semanas», explica Manuel Rodríguez, de 62 años, residente en Centro Habana, cuyo único ingreso estable son los 150 dólares que le envía su hija desde Florida. «El remesero llega en bicicleta a mi casa, me da los billetes en mano y con eso pago la comida, los remedios en el mercado negro y la electricidad».

La figura del «mula» o gestor informal se ha diversificado. Ya no solo transportan divisas en efectivo ocultas en el equipaje; ahora manejan complejas redes de transferencia digital de saldo y pasarelas de pago no oficiales que evaden las sanciones internacionales y las normativas locales.

Aunque la llegada de divisas a través de viajeros e intermediarios ha existido desde la década de 1990 (tras el fin del subsidio soviético y la posterior legalización de la tenencia del dólar), la novedad estructural radica en la profundización, profesionalización e hipertrofia de esta red informal.

Lo que antes era un mecanismo secundario de ayuda puntual se ha transformado en el motor financiero principal de la Isla. Las causales directas de este fenómeno se resumen en el derrumbe del sistema financiero interno, la transformación digital de los métodos informales y la grave escasez de productos básicos en las tiendas donde se puede pagar en pesos.

La parálisis de la banca formal y el desplome monetario se consolidaron con la fallida reforma monetaria impuesta por el gobierno («Tarea Ordenamiento«) que provocó una devaluación descontrolada del peso cubano. El tipo de cambio oficial quedó completamente desfasado frente a la realidad del mercado informal, donde la moneda local perdió casi todo su valor adquisitivo.

Además, con las nuevas tecnologías se propició la digitalización de la informalidad, pues a diferencia de las décadas pasadas —donde el «mula» dependía exclusivamente del billete físico traído en la maleta— hoy el sistema opera mediante aplicaciones con cifrado punto a punto, cuentas bancarias intermedias en terceros países y transferencias p2p (persona a persona) instantáneas.

El tercer factor resultó letal: el desabastecimiento absoluto en tiendas en pesos porque los productos básicos migraron hacia mercados que exigen divisas (o hacia la economía informal) y obligó a las familias a necesitar billetes de moneda extranjera en mano, algo que las instituciones financieras estatales no pueden ni quieren abastecer al tipo de cambio real.

En noviembre de 2020, las sanciones impuestas por la administración estadounidense prohibieron las transacciones con Fincimex, la entidad financiera estatal vinculada a las fuerzas armadas cubanas que procesaba los pagos de la compañía en la Isla. Ante la imposibilidad legal de operar con la contraparte militar designada por el gobierno cubano, Western Union cerró de golpe sus más de 400 sucursales en todo el país.

Las cifras reflejan una vulnerabilidad estructural sin precedentes en la historia reciente del país. Según los análisis del economista Emilio Morales, presidente de The Havana Consulting Group, más del 70% de la población cubana depende de forma directa o indirecta del envío de remesas para cubrir sus necesidades básicas.

«El modelo económico actual ha demostrado ser insostenible, desplazando la responsabilidad del bienestar social desde el Estado hacia la diáspora», señala el economista cubano Ricardo Torres, investigador del Centro de Estudios Latinoamericanos de la American University. «Las remesas en Cuba han dejado de ser un subsidio o un ahorro familiar para convertirse en la fuente primaria de liquidez de la microeconomía doméstica. Sin este capital, el nivel de pobreza extrema y el colapso del consumo interno serían infinitamente mayores».

Detrás del servicio hay personas que operan en una delgada línea de ilegalidad. Jorge (nombre protegido), de 34 años, trabaja como repartidor en La Habana para una red que coordina envíos desde el exterior.

«Sabemos que corremos riesgos con las autoridades porque la actividad económica no estatal no regulada está castigada», relata Jorge mientras revisa las direcciones del día en una aplicación con cifrado de punto a punto. «Pero la gente nos necesita. Nos ven como un salvavidas. Si nosotros no caminamos la calle con el dinero, miles de ancianos no tienen cómo comprar comida en las Mipymes o en el mercado informal».

Jorge explica además que el margen de ganancia oscila entre el 5% y el 12% por transacción, una comisión que los remitentes en el extranjero están dispuestos a pagar a cambio de inmediatez y garantías de que el dinero llegará en efectivo y no en saldos digitales bloqueados por el banco.

El impacto de este fenómeno trasciende lo financiero y toca el ámbito sociológico. La extrema dependencia respecto a la diáspora ha fragmentado la estructura social en dos bloques claramente delimitados: quienes tienen familiares en el exterior que les envían remesas y quienes sobreviven únicamente con los salarios estatales en pesos cubanos, ahogados por la pérdida del poder adquisitivo.

La diáspora cubana no solo ejerce como garante financiero, sino que ha asumido las funciones de un sistema de seguridad social informal. Mientras las vías oficiales intentan captar esas divisas mediante tiendas en moneda libremente convertible, el flujo informal sigue ganando terreno, demostrando que la confianza, en tiempos de crisis, se ha trasladado de las instituciones bancarias a las redes comunitarias de boca a boca.

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