La homilía póstuma de Pedro Meurice

No puede ser casual que la muerte le haya sorprendido en Miami, en una fecha tan cargada de símbolos encontrados

MIAMI, Florida, julio, 173.203.82.38 -El misionero C. Studd, quien predicó el evangelio en China durante el siglo XIX y que invirtió la fortuna heredada de sus padres en una empresa que denominó el Banco del Cielo, escribió que Cristo no sabe que hacer con aquellos que hurgan en torno a lo posible. “Necesita de gente que arranque de raíz lo imposible”, acotaba en su reflexión el teólogo inglés.

Bregar contra lo imposible fue una de las características que marcó la vida pastoral de Monseñor Pedro Meurice Estiú, fallecido el pasado 21 de julio en la ciudad de Miami. Su acción como pastor de la Iglesia cubana consistió en sembrar un terreno que parecía estéril y hostil a la obra de Dios. Junto a muchos sembradores de lo imposible no solo logró conservar las viejas plantas haciendo que reverdecieran en medio adverso, sino que aportó una cosecha que apunta a rendir buenos  frutos.

Solamente aquellos que comprenden el misterio de la Palabra dirigida directamente a ellos, pueden hacer esa faena sin hacerse notar. La deben vivir en lo oscuro, luchando con la tentación de querer ser signo visible, modélico y admirado como ente superior. El desafío consiste precisamente en la disposición de la entrega desde la mayor humildad para expresar la verdad con plena autoridad.

Meurice mostró con sus hechos de  fe lo que significa vivir una vida religiosa al estilo de la descrita por el autor religioso Alessandro Pronzanto en su libro La provocación de Dios. Vivir la religión en desafío a lo imposible pero sin que ello parezca fruto de una heroicidad personal… “como si un religioso tuviera que gritar ante el mundo entero:- mirad que valiente soy. Daos cuenta de lo que consigo hacer. Vosotros en cambio…”

En su entrega consagrada, Meurice cumplió a cabalidad con la condición de humildad y este signo es el que mejor define al obispo cubano que desde su altura episcopal se hizo pequeño para poner en alto la  sencillez anónima de la gente y el agobio aplastante de su realidad.

A Monseñor Meurice pude verlo en tres facetas de su labor pastoral. La primera durante una de las visitas que realizara a la Iglesia de La Merced en La Habana, donde acudía en persona para tratar asuntos de la archidiócesis santiaguera en la que misionaban los padres paúles. Vistiendo una guayabera blanca, en la mano un portafolio gastado y calzando unas recias botas de esas que en Cuba conocemos como cañeras, el obispo interpeló por el superior de la Congregación para la Misión sin entrar en detalles de su persona y rango. Un despistado al que hubiera anunciado su apellido, pudo haberlo tratado como un visitante cualquiera.

La segunda ocasión fue durante su inusitada alocución por los medios de comunicación oficiales de la Isla, cuando la visita de Juan Pablo II a Cuba en 1998. Las palabras de bienvenida pronunciadas por Meurice en la homilía del Papa en Santiago de Cuba quedaron como las más relevantes de las pronunciadas por la Iglesia cubana en esta histórica jornada.

El tercer encuentro, también fortuito, se produjo durante una estancia en Santiago para presentar ante la Virgen del Cobre el proyecto Varela. En una caminata nocturna encontramos a Meurice reclinado en un taburete contra la puerta del arzobispado, luchando contra el fuerte calor a golpes de un clásico abanico de cartón, mientras conversaba con un grupo de vecinos sobre temas tan mundanos como el papel desempeñado por el equipo de pelota local en la serie de aquel año.

Ahora Pedro Meurice hace de su última acción, justo al abandonar la vida terrenal, un gesto de servicio callado en favor del pueblo dividido. No puede ser casual que la muerte le haya sorprendido en Miami, en una fecha tan cargada de símbolos encontrados. Mucho menos que el obispo nacido en San Luis, en las estribaciones de la Sierra Maestra, transitara el paso de la muerte a la vista del mar que baña las costas de su patria y aquella donde se asienta el mayor núcleo de la diáspora cubana, casi frente a la capilla dedicada por el exilio a la Virgen de la Caridad, primera en acoger sus restos mortales.

Seguramente a Meurice le espera en Cuba la despedida final en su querida tierra santiaguera. Tras una semana de silencio la prensa cubana publicó una nota de la Conferencia Episcopal en la que el cardenal llama al pueblo cubano a rendir un merecido homenaje al obispo fallecido. Meurice les reserva con su regreso sin vida un último pero no menos importante signo profético. Se trata del advenimiento de algo inevitable y cada vez más próximo y que no es otra cosa que la unidad de todos los cubanos no importa el sitio donde estén.

La obra a la que dedicó su vida Pedro Meurice está por concluir. Los continuadores no pueden perder de vista la doble condición que requiere el empeño de completarla. La poetisa española Ángela Figueras  Aymerich expresó en bellos versos lo que Meurice aplicó en su vida diaria. Es el mejor legado que deja su paso misionero, como pastor de la Iglesia Católica y como cubano.

Si fuéramos humildes… (el peso de las cosas ¿no iguala la estatura?)

Si el amor nos hiciera poner hombro con hombro,

fatiga con fatiga

y lágrima con lágrima.

Si nos hiciéramos unos.

Unos con otros,

unos junto a otros

por encima del fuego y de la nieve

más allá del oro y de la espada.

Si hiciéramos un bloque sin fisuras

con los dos mil millones

de rojos corazones que nos laten,

si hincáramos los pies en nuestra tierra

y abriéramos los ojos, serenando la frente

y empujáramos recio con el puño y la espalda

y empujáramos recio, solamente hacia arriba,

¡que hermosa arquitectura se alzaría del lodo!

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