El mortal aburrimiento de La Habana

LA HABANA, Cuba, octubre,www.cubanet.org – Mientras la mayoría de los jóvenes no tienen prácticamente ningún lugar adonde salir, otros van a clubes donde tan solo la entrada representa más que el salario semanal de un cubano promedio. El precio, en realidad, no es nada del otro mundo; pero ya se sabe que en Cuba 5 CUC es una suma de dinero que pocos bolsillos estarían dispuestos a pagar para entrar a un establecimiento medianamente bueno.

La Habana es una ciudad que no ha muerto, pero languidece. Los fines de semana la mayoría de sus habitantes se dedica a deambular por ahí por tal de vencer un poco el aburrimiento colectivo. La gente se agrupa en escasos puntos de la ciudad, como el Paseo de G o Coppelia, o deambula sin más remedio por conocidas franjas de la urbe como la calle 23 o el Malecón. La diversión más extendida consiste en compartir a pico de botella, lata o cartón, el alcohol que se pueda conseguir y cualquier parque o esquina son propicios para un pequeño guateque. Esto, lejos de representar aquella alegría colectiva que muchos turistas relatan encantados sobre Cuba de regreso a sus países, sí constituye un rasgo distintivo de la decadencia que va marcando cada vez más a las generaciones recientes de cubanos.

Hay que tener bastante dinero para divertirse y pasarlo verdaderamente bien en la capital. Algunas muchachas –y también muchachos– se prostituyen sólo para tener el privilegio de entrar a los lugares considerados “lujosos” dentro del breve circuito nocturno de La Habana: cabarets para extranjeros y discotecas dentro de los hoteles que, en cualquier gran ciudad del mundo, pasarían por sitios de segunda categoría, salvo que en los de aquí el sexo rentado sale infinitamente más barato. La cifra de cubanos que van a estos sitios es muy pequeña.

Mientras, en las calles, en medio de la inmovilidad aparente y la falta de alternativas afloran las más vandálicas formas de entretenimiento, las cuales han sido criticadas últimamente en los medios de difusión propiedad del gobierno, que hace continuos llamados al orden público y a “combatir” los “comportamientos impropios de un pueblo como el nuestro”. Algunos adolescentes ponen en práctica toda clase de juegos peligrosos, dañan el entorno urbano e incluso agreden a otros transeúntes. Les da lo mismo colgarse de los ómnibus con sus bicicletas que hacerlo descalzos en los días de lluvia para resbalar sobre el asfalto; rompen depósitos de basura o escriben carteles soeces, maltratan vehículos, gritan, insultan, empujan y causan bastantes molestias. El mortal aburrimiento de La Habana llega a su punto álgido con los carnavales que se realizan cada año, que tienen una cuota nada tranquilizadora de muertos y lesionados en riñas tumultuarias o peleas con armas blancas.

El gobierno, en vez de estimular opciones sanas, se esmera en aplicar castigo a los indisciplinados. No procura crear ambientes propicios, estimular el mercado de los servicios a favor del consumo nacional, reparar a tiempo los daños ocasionados o brindar una mejor educación en las escuelas. Por supuesto, ningún hijo de ilustres residentes en los exclusivísimos barrios donde habita la casta de los dirigentes del país se asomará por las fiestas de los plebeyos: no las favorecerán con su presencia porque, para sus familias, ya bastante “generoso” resulta el haber convertido una de las ciudades más prósperas y movidas del Caribe en un oscuro y silencioso solar yelmo.

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