Caín

Caín

Escribió guiones de cine, ensayos y sobre todo novelas que eran su resguardo contra el olvido. Odió hasta su muerte, hace diez años en la noche, a quienes destruyeron su ciudad y le expulsaron de ella. Y se vengó contándolo

Guillermo Cabrera Infante, en su juventud (foto tomada de Internet)
Guillermo Cabrera Infante, en su juventud (foto tomada de Internet)

MADRID, España -Por si no fuera suficiente la renuncia que comporta toda huida, Guillermo Cabrera Infante hizo de la suya, de su salida de Cuba, un ejercicio de renuencia, y del exilio, exordio de una parte de su obra escrita fuera de los límites geográficos, psicológicos y sociológicos de una Habana a la que conocía como nadie sus tripas de neón y celuloide y a la que nunca regresó ni llamó por teléfono.

La Habana nocturna fue su karma y el jazz su salmodia. Cabrera Infante nació en Gibara, vivió en un solar habanero y sus padres eran comunistas. Estudió periodismo y lo ejerció con éxito bajo el seudónimo de Caín. Era miope, y en una foto en la que aparece junto a Marlon Brando, se constata que su estatura apenas superaba los dos cuerpos de tumbadora.

Jamás bailó el chachachá al que exoneró de toda culpa; la suya fue una enfermiza timidez juvenil a la que sólo alivió su pasión por el cine o la música y a las que luego incorporaría las noches habaneras y los seres que poblaban su franja horaria. Y de todo ello dio cuenta en Tres Tristes Tigres, una novela que debe a la degradación de la ciudad su carácter subversivo, pues al leerla no se puede creer que La Habana fuera alguna vez lo que fue sin condenar lo que ahora es.

Cabrera Infante y Marlon Brando, Hotel Packard, 1956 (foto cortesía del autor)
Cabrera Infante y Marlon Brando, Hotel Packard, 1956 (foto cortesía del autor)

En 1965, siendo agregado cultural en Bélgica, voló a Cuba a visitar a su madre enferma de muerte. Cuando intentó regresar, los servicios de contrainteligencia cubanos le impidieron subir al avión y le confinaron a vivir en la isla donde fue testigo del paulatino cierre anillado de la existencia en un país que se abismaba cada día más. Su más recurrente pesadilla, hasta su muerte, fue que perdía aquel avión.

Huyó por fin a la España de Franco de donde también huyó, convertido en un Cabrera Infante enfermo y casi difunto al que los sucesivos electroshocks le aligeraron la memoria. Tal fue el daño, que tuvo que sentarse frente a un plano de la ciudad y preguntar a Miriam Gómez (cuando hablaba de su mujer lo hacía siempre con nombre y apellido, como si la presentara en una gala) ¿y aquí qué había?, ¿y acá?, ¿cómo fue que…?, ¿de dónde venía…?, ¿cómo era…? Hasta que lentamente y desde Londres reconstruyó su memoria de La Habana.

Escribió guiones de cine, ensayos y sobre todo novelas que eran su resguardo contra el olvido. Cabrera Infante odió hasta su muerte, hace diez años en la noche, a quienes destruyeron su ciudad y le expulsaron de ella. Y se vengó contándolo.

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