Éxodo y dinero: asegurando la continuidad del socialismo

Éxodo y dinero: asegurando la continuidad del socialismo

Los cubanos prefieren poner pies en polvorosa de un escenario donde la esperanza es un producto deficitario o simplemente una sombra chinesca

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Una mujer hace un gesto de despedida momentos previos de abordar un vuelo en la terminal 3 del Aeropuerto Internacional José Martí (IPS)

LA HABANA, Cuba. – Por más que los funcionarios y voceros del régimen cubano se empeñen en camuflar los parches y abolladuras del modelo que todavía exhiben como nuevo y promisorio, la realidad apunta a la continuidad del declive.

Si el popular estribillo de una canción de Los Van Van, grabada en la década del 80 del siglo precedente, acreditaba que “La Habana no aguanta más”, en este caso por la estampida de cubanos, residentes en la parte oriental de Isla, hacia la capital, en busca de oportunidades para atenuar el impacto de las carencias materiales, el socialismo está saturado de fracasos económicos, promesas incumplidas, prohibiciones absurdas y de ciclos represivos continuos de rancio sabor estalinista, ejecutados diligentemente con el fin de conservar los necesarios márgenes de silencio y las unanimidades en torno al dogma del partido de gobierno.

Por tales razones, el sistema actúa como una fuerza centrífuga sin pausas y a velocidad constante en toda la extensión del territorio nacional.

No hay estadísticas oficiales públicas, pero es un hecho que cientos de miles de cubanos han preferido cobijarse bajo las alas del águila calva, en alusión al ave que simboliza a los Estados Unidos de América.

El tocororo, uno de los emblemas de la cubanía, viaja si acaso, en el fondo de las maletas junto a las demás fotos o guardado en la memoria hasta el retorno temporal a la Isla a compartir con la familia, tomarse unas cervezas frías junto a un grupo de amigos y recordar las travesuras de la adolescencia.

En Miami o New Jersey, la avecilla vuela con más soltura desde la quietud de un cuadro colgado en la pared del apartamento en un condominio de Coral Gables o en el interior de una habitación mínima, en Hialeah, para alguien que no cuenta con suficientes recursos.

Y es que, en Cuba, el tiempo se ha detenido. Todo se marchita y se corrompe irremediablemente.

El vistoso plumaje del tocororo tiene la misma tonalidad de los lamparones negruzcos de la mayoría de las edificaciones de La Habana, una ciudad que desfallece en los vaivenes de la miseria de sus moradores y las amenazas de un incontable número de inmuebles en sepultar a cualquier transeúnte o a sus inquilinos con una repentina lluvia de escombros.

Es por eso, y mucho más, que los cubanos prefieren poner pies en polvorosa de un escenario donde la esperanza es un producto deficitario o simplemente una sombra chinesca, breve y deforme, en dependencia de quien observa y padece los golpes demoledores de la supervivencia.

Por estos días, leía que más de 6000 compatriotas aguardan en la frontera de México con EEUU para ver si logran ser admitidos, en medio de un refuerzo de las políticas antiinmigrantes, por parte de la actual administración republicana.

Algunos expertos en estos asuntos, alegan que solo entre un 20 y 30% de los solicitantes de asilo, tendrían posibilidades de obtenerlo.

El asunto es que, pese a la proximidad del revés, acompañado de la deportación, las personas que han vendido en Cuba todas sus pertenencias, incluidas sus viviendas, para sufragar el peligroso viaje por las selvas centroamericanas, volverán intentarlo de alguna manera.

El desespero y la certidumbre de que su situación no mejorará dentro de las fronteras nacionales, los obliga a probar suerte, aunque mueran en el intento.

La inminencia de un recrudecimiento de las penurias en lo que resta de año, a causa de la compleja situación del chavismo en Venezuela y la posibilidad del cese total de los envíos de petróleo a precios de saldo, apunta a un alza progresiva en la cantidad de cubanos que se lanzan a la aventura de una travesía suicida.

Los detalles de este fenómeno, explican la existencia de un éxodo masivo, no con la espectacularidad del que hubo en 1980 y que se repitió en 1994, pero no menos deprimente.

La élite verde olivo no se inmuta, observa con frialdad criminal y saca cuentas de los honorarios que le reportan todos los que logran asentarse en el país vecino.

A ese ritmo las remesas pueden convertirse en la primera fuente de ingresos para la dictadura.

Bueno, quizás a estas alturas del problema, tal valoración no sea un augurio sino un hecho consumado.

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