Desconcierto en las Américas ante Venezuela

Desconcierto en las Américas ante Venezuela

La OEA se le escapa a Insulza. Kichner defiende democracias de derecha y de izquierda. Rouseff echa por tierra su pasado como víctima estudiantil. Santos trata de salvar su difícil relación con Venezuela. Ausencia de liderazgo en América Latina

Kichner, Russeau,LA HABANA, Cuba. – La crisis abierta en Venezuela desconcierta en toda América Latina y el Caribe. Ella tiene un lado económico importante. Muchos de los pequeños países de la cuenca caribeña, convertidos en Estados-cliente, avizoran la pérdida del petróleo barato que les viene proporcionando aquel país. Pero esto es un punto menor, excepto quizá con Cuba.

Una reorientación es fácil de sortear por esas naciones escasamente viables y poco pobladas, que nadie sabe por qué cambiaron una relación más cara económicamente con Estados Unidos, pero más segura y estable, por un vínculo con Venezuela a todas luces precario. Claro, sabemos que pensamiento estratégico es de lo que carece la región.  Cambiar petróleo y libertad por petróleo y condicionamiento es una operación política de lo más extraña para garantizar la independencia.

El punto más importante de la crisis venezolana a nivel hemisférico es, sin embargo, el que conecta la posibilidad estratégica de un cierto modelo de integración que se trata de desarrollar en América Latina y el Caribe, la conciencia y el compromiso de su elite con el valor de las instituciones, las crecientes luchas por el autoreconocimiento de sus ciudadanos y la inteligencia política de los líderes en la región.

En medio del estallido silencioso del ALBA, un Evo Morales se repliega hacia un modelo económico nacionalista, pero nada anticapitalista, pese a su retórica extravagante y desarticulada. Sus asesores parecen tener más influencia en él, que los de un Rafael Correa quien no sabe cómo responder a las crisis de su propio modelo y a las consecuencias de sus políticas erráticas  ―las que han sido―  y un día dice querer reelegirse,  otro día jura que no, para aparecer más tarde, en un acto de desespero que dice poco de su seriedad, amenazando con hacerse reelegir donde todos pensábamos que se trataba de Revolución Ciudadana.

Cristina Fernández de Kichner hace, por su parte, una cabriola mejor: defiende la democracia de derechas y de izquierda, dice que su apoyo no es a Maduro, sino al proceso democrático mismo y califica de golpe suave las protestas que forman parte precisamente de ese proceso democrático.

Juan Manuel Santos, atrapado entre la izquierda y la derecha, trata de salvar su difícil relación con Venezuela, las conversaciones con las FARC y La Habana al tiempo que se ve obligado a puntualizar el valor de las instituciones democráticas y la necesidad del diálogo del otro lado del Táchira, aunque para ello tenga que dejarse humillar por Maduro. Mujica casi no sabe qué decir, invoca a UNASUR, que poco tiene que aportar, mientras que Piñera, ya en la puerta de salida, se encarga de recordarnos que esto pasa porque en América Latina casi todos se dedican a culpar a los extranjeros del norte, no a los del sur, en vez de buscar los problemas en las propias vísceras.

En los inicios de la crisis venezolana, una Michelle Bachelet tuvo la inteligencia estratégica de reconocer una crisis institucional en ese país cuando recomendó un plebiscito. Ha sido en verdad la única en esta mar de desorientación que ha pensado con visión, a diferencia de una Rouseff que echa por tierra su pasado como víctima estudiantil de la represión carioca y se deja tomar la delantera, en un momento dramático, por los intereses económicos brasileños.

Nada raro en la tradición pragmática brasileña donde un Lula con ambición mundial, a quien todos queríamos en la Organización Internacional del Trabajo dando la batalla por los trabajadores de todo el mundo, pasa de sindicalista a la presidencia del Brasil para terminar de representante de Odebrecht, una transnacional donde las hay, y se da el lujo de decir en La Habana que Maduro es un hombre de buenas intenciones. Menos mal.

La desorientación es total. Incluso retórica. Maduro culpa a los yanquis, expulsa a sus diplomáticos, quiere hablar con Obama y nombra a un nuevo embajador en Washington, casi todo al mismo tiempo y dentro del cerrado ciclo de acontecimientos.  Ya antes había amenazado con utilizar la fuerza total del ejército contra civiles, precisamente lo que han hecho todos los fascistas, mientras denosta a sus enemigos como nazifacistas, y les invita a conversar en unos diálogos de paz para los que no tiene recursos en su memoria verbal y política.

La OEA se le escapa a Insulza, el hombre que ha perdido todas las oportunidades brindadas por América Latina para mostrar alguna clase de liderazgo, y que se da el lujo de venir a La Habana a sufrir un desplante de sus anfitriones en el mismo rostro de la OEA.  Esta es la única organización, sin embargo, que cuenta con mecanismos consolidados, con una referencia y una experiencia tradicional, pero que tiene que ser invocada en México por Obama, el enemigo, ante el silencio de Peña Nieto   —el nuevo amigo mexicano de los Castro—, la frialdad de Canadá y la indiferencia del resto.

¿Y la CELAC? Un fantasma político de reciente estreno de la que nadie en su sano juicio hablará en largo rato, si acaso lo hace en el futuro. Sin mecanismos, instituciones, representatividad política ni experiencia, como es lógico, la CELAC desaprovechó la oportunidad de responder preventivamente a los acontecimientos de Venezuela a través de la defensa vigorosa de las bases democráticas con las que se fundó ese esfuerzo integrador; una defensa que debieron hacer  los presidentes que participaron de esta peña política. No queriendo hablar de democracia para Cuba, desde la CELAC, América Latina y el Caribe se inhabilitan ahora para hablar de democracia en Venezuela, invocando el auxilio del fantasma.

Si hubiera hecho esto, la juventud de este nuevo esfuerzo de integración se habría compensado con un compromiso claro y visible en la dirección correcta, y Maduro contaría ahora con la legitimidad retórica necesaria para obtener respaldos más claros y consistentes, alejando a Washington, a quien ha querido tontamente acercar, de las orillas de Venezuela.  La CELAC no hizo en La Habana lo mejor que podía hacer y sus líderes tuvieron de todos modos que saltar por encima de los viejos principios de respeto a la soberanía y de no injerencia en los asuntos de otros Estados que solemnemente juraron respetar: todos, de una manera u otra, se han metido en los asuntos internos de Venezuela, ahora que están en juego muchas cosas. A empezar por La Habana que ha convertido ese país en un jugoso traspatio de petróleo, recursos y ensayos del siglo XXI. Hasta que termine por secarlo, si los patriotas de allí no triunfan.

Nadie en verdad sabe cómo actuar en una crisis que vuelve a evidenciar la ausencia de liderazgo en América Latina: un liderazgo que solo se puede alcanzar, por cierto, conjugando los  valores, los intereses y la visión estratégica de hacia dónde puede ir  una región. No por gusto algunas elites, con cierta claridad, miran al pacífico en el que, como en el síndrome de China, aparecen una vez más los Estados Unidos. Una región y un país que no estaban en los planes integracionistas de Bolívar o Martí.

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