Las otras luchas por la independencia de Cuba

Las otras luchas por la independencia de Cuba

El vocablo “lucha”, entre los cubanos, puede significar desde un esfuerzo honesto por salir adelante hasta el uso de las más disímiles artimañas

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Vendedor ambulante en el malecón habanero (foto archivo)

GUANTÁNAMO, Cuba. – Se han cumplido dos meses que los cubanos fuimos testigos de la celebración de los 150 años por el inicio de nuestras guerras de independencia.

Cuando se celebró el centenario del suceso, Fidel Castro afirmó, refiriéndose a los mambises y a los dirigentes del castrismo: “Hoy, ellos habrían sido como nosotros; nosotros, entonces, habríamos sido como ellos”, una expresión inequívocamente manipuladora, pues Carlos Manuel de Céspedes, Ignacio Agramonte y otros padres fundadores desaprobaron las ideas comunistas, como también lo hizo luego José Martí.

No creo que la idea expresada por el dictador cubano se haya enraizado en personas con un mínimo de conocimientos, entre ellos el saber que la guerra contra la dictadura de Batista estuvo basada en el restablecimiento de la democracia y no en la imposición de una dictadura neo estalinista, pero a partir de esa celebración —y hasta ahora— una frase se hizo muy popular entre nosotros para responder a una simple indagación por nuestro estado. Me refiero a: “Aquí, en la lucha”.

Por bromear, cuando alguien me responde con la frase de marras, suelo preguntarle: “¿Tu lucha es libre o grecorromana?”. Casi todos responden que no saben, pero que desde que se levantan hasta que se acuestan su vida es una “lucha” constante por la subsistencia.

Es que el vocablo “lucha”, entre nosotros, puede significar desde un esfuerzo honesto por salir adelante hasta el uso de las más disímiles artimañas, algunas tan ingeniosas que empequeñecen los más inverosímiles artilugios de los protagonistas de las novelas picarescas. Otras se desarrollan en las lindes del delito o inmersas en él.

Una mirada hacia esa “lucha” revela casos que acusan una acendrada rebeldía frente a los abusos del socialismo cuartelario implantado en el país. Constituyen evidencias del afán por lograr la otra independencia, consistente en alcanzar una posición lo más alejada posible del control omnímodo del Estado.

La más visible y reiterada de esas “luchas” es la búsqueda de una visa que permita quebrar el cerco de muchas circunstancias adversas —incluida la maldita del agua por todas partes, según el decir del poeta— que han convertido a los cubanos en emigrantes potenciales para casi todo el mundo. Hay compatriotas hasta en Nepal y, como van las cosas, no me sorprendería que en cualquier momento se establezca —gracias al calentamiento global— una colonia cubana en Groenlandia o en la mismísima Antártida. La juventud es la gran protagonista de esa estampida hacia otros lares, aunque el ansia por salir no es única de ese grupo etáreo.

Otra manifestación de la búsqueda de la independencia —aunque más limitada con respecto a la anterior— es el creciente deseo de tener un negocio particular que permita no sólo acceder a una mayor solvencia económica, sino también escapar del clima asfixiante del trabajo estatal, siempre bajo la mirada conminatoria de la administración, el sindicato y el partido.

Negocios particulares los hubo siempre en Cuba, incluso hasta después de la nefasta Ofensiva Revolucionaria, pero se han extendido durante los últimos años, sobre todo después de la crisis estatal que lanzó a la calle a más de un millón de trabajadores. Paulatinamente hemos visto surgir y desaparecer en ese lapso a muchos de esos negocios, pero otros se han mantenido gracias a la perseverancia e inteligencia de sus propietarios. Hoy existen en todo el país negocios particulares que aventajan en mucho a los del Estado, gracias a la creatividad de sus dueños que, también, han aumentado su calidad de vida, algo que no es bien visto por los mandantes cubanos a pesar de su ritornelo de que aspiran a un socialismo próspero y sostenible.

Muchos de esos propietarios se quejan de las trabas excesivas que impone el gobierno, de los altos impuestos, de la gran cantidad de documentos que deben llevar diariamente, y es cierto. Pero también lo es que nadie mantiene un negocio que ofrezca reiteradas pérdidas y que el castrismo va a continuar aplicando esos controles para impedir el empoderamiento económico de esos propietarios. ¿Cuánto más podría lograr ese sector emergente si el Estado eliminara esas trabas y la competencia desleal que le impone? Seguramente muchísimo, pero en Cuba se ha impuesto una economía de subsistencia y de sus métodos absurdos no escapan esos negocios.

Otro síntoma de esa otra guerra silente por la independencia ciudadana se advierte en las construcciones asumidas por los nuevos pudientes cubanos, entre los que incluyo a los médicos que cumplen misiones de trabajo en el extranjero y regresan con dinero suficiente para montar un negocio. Casi todas esas edificaciones —además del pésimo gusto de sus dueños— se caracterizan por altas tapias, rejas y una reducida —por no decir nula— visibilidad para los ojos del Gran Hermano, que en Cuba tiene una representación permanente en los Comités de Defensa de la Revolución.

Y aunque pudieran citarse muchos ejemplos de esa lucha por la emancipación, creo que uno de los más reiterados últimamente es el de los dirigentes que se presentan como furibundos defensores del castrismo mientras desangran con sus robos y corruptelas a la economía nacional. Más de uno ha habido —sobre todo en el sector del comercio y la gastronomía— que han partido hacia el extranjero —familia incluida— con una abultada suma de dinero convertida en dólares, robada a la entidad que dirigían. Hasta la víspera de su huida hacia “el corrupto capitalismo”, estos “comunistas”, “revolucionarios” o “fidelistas ardientes” —que de todos hay en esta viña del castrismo— aparecieron en las listas de candidatos a delegados del Poder Popular, en las de las reservas de cuadros del partido y del gobierno, y eran presentados en los actos públicos como ciudadanos respetables. Casos hay que por la premura de su huida olvidaron descolgar de la sala de sus casas alguna que otra fotografía junto a altos dirigentes del castrismo. Son tan dichosos que muchos obtienen refugio político o residencia legal en el extranjero gracias a un súbito cambio que los convierte, de ladrones empedernidos, en furibundos luchadores por la democracia.

Así se integra el inconmensurable ejército de “luchadores” cubanos. Se pueden diferenciar por los métodos aplicados en su “lucha”, pero todos tienen como referente un objetivo común: escapar de un sistema cuya nomenclatura cree que puede continuar sometiendo al pueblo y desestimando su inteligencia y sabiduría.

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