Cuba es un país de opositores

Cuba es un país de opositores

Culminó otro año de dictadura en Cuba y sobre los opositores, cada vez más, recae la responsabilidad histórica de conquistar la ansiada justicia

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Familia de José Daniel Ferrer protesta en el parque Céspedes de Santiago de Cuba. (Foto archivo)

LA HABANA, Cuba. – Cuba siempre ha sido un país de opositores. Las evidencias sobran desde los primeros tiempos de la colonización, cuando el indio Hatuey, al oponerse a la conquista española, protagonizó el primer acto de rebeldía registrado en la historiografía cubana. También los cimarrones desafiaron la explotación para vivir libremente en los campos de Cuba.

Fueron opositores Félix Varela y José de la Luz y Caballero. Ambos formaron parte destacada de esa intelectualidad criolla que contribuyó a consolidar el concepto de Patria. El padre Varela arremetió incluso contra imposiciones de la Iglesia Católica y la metrópoli.

Todos los precursores la independencia de la mayor de las Antillas durante el siglo XIX se opusieron a la metrópoli española. Así contamos con Narciso López -el creador de la bandera nacional cubana- y Joaquín de Agüero y Agüero -el primero en dar libertad a sus esclavos-; también con Carlos Manuel de Céspedes, Calixto García, Francisco Vicente Aguilera, Máximo Gómez, Ignacio Agramonte, Antonio Maceo, Mariana Grajales, José Martí y miles de hombre y mujeres que se lanzaron a la manigua a conquistar la libertad.

Fueron las diferencias políticas, el regionalismo, caudillismo y falta de unidad entre los mambises lo que condujo al fracaso de la Guerra Grande, en 1868. Esta amarga experiencia Martí la asimiló y, pese a sus fuertes discrepancias con Maceo y Gómez, logró aunar las fuerzas para llevar adelante la guerra que él llamó fatalmente necesaria.

Entre 1902, al instaurarse la República, y 1958, en Cuba se desarrollaron decenas de disputas políticas. La lucha contra la perpetuación en el poder de los presidentes llegó a constituir uno de los más importantes puntos de los reclamos populares. Aunque era permitida por la Constitución, fue la reelección de Tomás Estrada Palma lo que provocó la segunda intervención norteamericana; la de Mario García Menocal, la revolución liberal de 1917; y la de Gerardo Machado (1925-1933) no tardó en representar su propio fin. La Revolución de 1933 constituye uno de los ejemplos más exponenciales de la presión y el cambio que puede generar la oposición. Machado se vio obligado a huir del país.

Pero existieron igualmente políticos que dieron muestras de diplomacia. En la Asamblea Constituyente de 1939 participaron un total de 9 partidos políticos que, durante tres meses, debatieron cada aspecto que regiría en la Constitución de la República; legándonos una de las más avanzadas Cartas Magnas de su tiempo.

Fulgencio Batista, con el golpe de Estado del 10 de marzo de 1952, violentó la Constitución de 1940 y, por tanto, ganó cientos de detractores. Pese a que Fidel Castro no fue más que un oportunista, mitómano y manipulador, en cierta forma él también estuvo entre los contrarios a Batista. Fue la fuerte oposición a este dictador lo que posibilitó la unión final de las fuerzas y el triunfo de la Revolución, en enero de 1959.

No obstante, el nuevo proceso político pronto evidenció rupturas con la tradición laica y republicana del país; se impuso el socialismo, los fusilamientos masivos, se desplegaron persecuciones contra los “contrarrevolucionarios” y se derogaron los más elementales derechos ciudadanos. Comenzaba así una nueva etapa para la oposición política, una de las más oscuras de la historia de la nación.

Entre los opositores más paradigmáticos de entonces se hallaron los Plantados, grupo de prisioneros de conciencia que se negaron a aceptar el “Plan de Reeducación”, el cual pretendía obligarlos a trabajar y aceptar el adoctrinamiento político a cambio de rebajas en las condenas. Asimismo, se cuenta a Huber Matos quien, por oponerse al comunismo, fue condenado a veinte años de cárcel.

Por el peligro que representa para su perpetuidad, durante los últimos 61 años la dictadura más larga del continente americano se ha encargado de amedrentar y liquidar a la oposición política. El resultado ha sido el temor de unos, pero también la valentía de otros.

Uno de los opositores más reconocidos es Oswaldo Payá, fundador y presidente del Movimiento Cristiano de Liberación (MCL). Fue el MCL el que gestó el Proyecto Varela, proyecto de ley que abogaba por reformas legislativas para el logro de mayores libertades individuales en Cuba. En 2012, Payá moriría sospechosamente y, hasta la fecha, no se han realizado las investigaciones pertinentes.

La Primavera Negra de Cuba, en 2003, constituyó un hecho sin precedentes en el país; en esta ocasión, setenta y cinco disidentes fueron encarcelados. Los implicados, conocidos como el Grupo de los 75, fueron acusados de realizar actos contra la protección de la independencia nacional, la economía y la integridad o estabilidad territorial del Estado Socialista cubano.

Uno de ellos fue José Daniel Ferrer García, quien permanecería en prisión hasta 2011. Una vez liberado, fundaría la Unión Patriótica de Cuba (UNPACU). Ferrer García ha sido objeto de cientos de agresiones y arrestos por parte de la Seguridad del Estado cubana. El más reciente ocurrió el primero de octubre último. Desde entonces, ha permanecido encarcelado, sometido a tratos crueles, inhumanos y degradantes, violándosele sus más elementales derechos.

Pese a existir unos 127 presos de conciencia en Cuba, el caso de Ferrer ha generado decenas de polémicas inclusive dentro de la propia oposición. Pese a las críticas a su personalidad, temperamento, ideas políticas o errores, y a la “conveniente” aparición de varios testimonios en su contra, hasta el momento no existen pruebas de los supuestos delitos que se le imputan a él y a sus tres compañeros igualmente en prisión. Nada ha justificado la detención y los atropellos a sus derechos.

El caso de Ferrer ha hecho un llamado de atención internacional sobre la alarmante situación de los opositores y presos políticos en Cuba.

Pero existe también en el país una “oposición del silencio”, conformada por esos que no expresan abiertamente sus discrepancias con el sistema. No obstante, cada vez son más los ciudadanos que protestan, pues el miedo se hace pequeño ante la miseria y la explotación.

Del mismo modo, en el exilio, fundamentalmente en los Estados Unidos, se han creado organizaciones opositoras al régimen de La Habana. Mientras, en Cuba cada vez aumenta la represión contra cualquier persona u organización mínimamente disidente. Pero, ¿debemos callarnos ante ello? ¿Debemos consentir que la existencia de algunos oportunistas y traidores opaque la obra de una mayoría honesta y osada? Los oportunistas y traidores están en todos los bandos. El error de unos no tiene por qué significar el ocaso de todo un movimiento opositor que ha venido creciendo en el país pese al absolutismo.

Cuba siempre ha sido un país de opositores. ¿Por qué no lo puede ser ahora? ¿Acaso el miedo es más imponente que el ansia de libertad? Qué peor miedo que el de tener que bajar la cabeza, callar y arrodillarse frente al tirano.

Ser opositor en Cuba nunca ha sido tarea fácil, como no lo ha sido en ningún régimen totalitario. Sin embargo, los disidentes siempre han sido los fundamentales agentes de cambio en las sociedades. Negarlo, sería negar a Varela, Céspedes, Gómez, Maceo o a Martí. Todos ellos, en su tiempo, se opusieron a determinadas formas de gobierno y, en consecuencia, enfrentaron la cárcel, el destierro, la represión o la muerte.

Ahora, Cuba también es un país para opositores; lo es toda aquella nación en donde exista una dictadura y se violen los derechos de sus ciudadanos, porque es precisamente ahí donde la oposición es más necesaria.

Culminó otro año de dictadura en Cuba y sobre los opositores, cada vez más, recae la responsabilidad histórica de conquistar la ansiada justicia y emancipación; educar y preparar al pueblo cubano para una vida pública de respeto y tolerancia.

Las diferencias de opinión garantizan la democracia. El contraste de ideas asegura el progreso. Y una oposición activa custodia la libertad.

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