Pesca de clarias, otra forma de “lucharse la vida” en Cuba

Pesca de clarias, otra forma de “lucharse la vida” en Cuba

Cuando José Luis ha pescado dos o tres clarias les corta la cabeza y las desolla allí mismo, porque a su mujer no le gusta el olor ácido de esos pejes

SANTA CLARA, Cuba.- A las seis de la tarde José Luis desciende la ladera del río, se posiciona debajo del puente junto a su inseparable saco de nylon que luce vetas amarillentas, un tanto desagradables, como su propio aspecto. El hombre, de 53 años, viste pantalones raídos, botas de goma y una camisa a rallas remendada.

Dentro del jolongo carga con un cuchillo, una caneca de alcohol preparado con agua, lombrices sacadas de la tierra pocos minutos antes y varias latas con metros de pitas enrolladas. Ha bajado a esa hora a uno de los afluentes putrefactos de la ciudad de Santa Clara con el fin de pescar clarias, la plaga de peces que sobreviven en Cuba a cualquier ambiente, hasta en los más sépticos e insalubres.

José Luis es de pocas palabras, las atropella y esboza frases incoherentes, con temor, quizá, porque le han invadido su espacio y no lo dejan trabajar. “Esto no es pa´ que la gente se lo coma”, aclara. “Yo las compro para vendérselas a los que crían puercos o gallinas, que los pollos, te digo a ti, que comen de todo. Mira, muchacha, con esto se saca un pienso buenísimo y se ponen gordos en menos de un año. Lo que pasa es que el arroz se ha puesto caro y hasta la harina de maíz está perdía. Oye, te digo a ti que criar un puerco lleva un dineral”.

Los ríos Bélico y Cubanicay de Santa Clara son dos zanjas antihigiénicas y nauseabundas desde tiempos inmemorables. Las aguas carmelitas arrastran todo tipo de cartones, troncos de árboles, bolsas plásticas, heces fecales, animales en descomposición. En sus orillas los vecinos lanzan escombros, trozos de madera, pomos vacíos altamente cotizados por los recogedores ambulantes. En los ríos Bélico y Cubanicay también habitan las clarias, una especie introducida en el país a finales de los noventa para vender a la población en los llamados puntos de Pescavilla. Hace meses que resulta prácticamente imposible encontrar los filetes o los tronchos de claria en estos establecimientos.

“Al principio, la gente les cogió tremendo asco, pero se fueron acostumbrando porque no hay mucho por ahí pa´ comer. ¿Tú nunca las has visto?, Son babosas y parecen como si tuvieran cerebro, como si te estuvieran oyendo. Hace poco vi una arrastrándose como un majá por la carretera. Estas cosas comen de tó y viven hasta en las fosas. ¿Te cuento algo? Una vez abrí una y tenía una íntima en el estómago, por eso yo sí que no me las como”.

Cuando José Luis ha pescado dos o tres clarias les corta la cabeza y las desolla allí mismo, porque a su mujer no le gusta el olor ácido de esos pejes. Cuando llega a la casa forma pequeños bultos en jabas de nylon hasta que tiene suficientes para proveer a los animaleros.

“A mí nunca me han dicho nada por pescar. Aquí no hay ningún cartel que diga que no se puede. Yo conozco gente que lo hace para vendérselas a las personas, pero yo no soy de esos, te lo juro. Si tú las descueras bien, las limpias y las fileteas nadie sabe de dónde salieron. Puedes decir que las pescaste en la presa de la Minerva o que las trajeron de Los Cayos, porque dicen por ahí que a los extranjeros les encantan, y sí conozco socios que hasta las proponen en los hostales. ¿Tú sabes lo que es venir a Cuba a comer claria? Debe ser que nunca han visto una”.

En los márgenes de los ríos Bélico y Cubanicay, José Luis ha visto a niños pescando, a viejos recogiendo latas de cerveza para vendérselas a materia prima, a fabricantes de puré de tomate y encurtidos que recopilan pomos plásticos de esos sumideros acuáticos. Me cuenta que un pescado, traído de Caibarién, el pueblo costero al norte de la provincia, puede llegar a costar más de 20 CUC, el salario mensual de cualquier cubano. Mientras, la tablilla de Pescavilla solo tiene a la venta croquetas de pollo, picadillo fluvial y mortadela de pescado. “Mira, hay quien se hace de la vista gorda y se come las clarias sin preguntar de dónde salieron. Cuando el refrigerador está vacío, ojos que no ven, estómago lleno y corazón contento”, espeta José Luis y lanza el anzuelo con la esperanza de llenar su saco esa tarde.

Acerca del Autor

Laura Rodríguez Fuentes

Laura Rodríguez Fuentes

Periodista. Ha escrito para Vanguardia, OnCuba, La Jiribilla y El Toque. Reside en Villa Clara

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