Secuelas de viejos vicios

Secuelas de viejos vicios

En estos tiempos, los fósforos y la sequía resultan mejores aliados que el entusiasmo comunista encenizado

CAIBARIÉN, Cuba.- Como en el hábito de fumar, solo por el simple placer de ver al humo ascender en volutas, entre las viejas generaciones de cubanos y cubanas está arraigado el concepto de que prenderle fuego a la basura, además de hermoso ejercicio estético, parece solución higiénica cuando el carro puñetero no pasa, o desparece de improviso –igual que la anhelada lluvia primaveral– en temporadas exasperantes como esta.

Si Nerón hubiese sido cubano, su legado chisporroteante nos estigmatizaría, con profusión de pebeteros y hogueras a la vera, donde la resequedad de naturalezas muertas nos reclama llama en mano. Porque en épocas no tan lejanas, iluminarse con lo que hubiese en derredor no fue más que lógica solución para eliminar detritus.

Ahora la situación con la Dirección de Comunales se agrava con la extensión en los ciclos de recogida de inmundicias en todo el país. Y ya no es cuestión del parque tecnológico para el almacenamiento, ni si hay o no camiones, sino –y principalmente– de los materiales indirectos que esas labores precisan.

Por estos días, en que los combustibles fósiles que se emplean han elevado de nuevo precios estatales, controles e insuficiencias en depósitos y gasolineras –ya saben Uds. los orígenes del mal–, se anuncia entre comentarios de pasillos y oficinas de la comisión electoral que en abril se desempolva, que lo que nos va a caer encima pronto será la “candela” brava.

Repiten, quienes han oído mascullar a la gobernanza en acto de extrema confianza, que las reducciones incluirán a las ventas y/o “momentánea congelación” en tiendas minoristas de artículos eléctricos tales como aires acondicionados, ollas y refrigeradores, además de reducir las importaciones de muchos otros del orden no comercial, impidiendo de antemano el disparo de la floja fusi(b)lería nacional.

Destacan que la fábrica mixta que ensamblaba la modernas hornillas de inducción conocidas como Gelect aliviadoras del exorbitante consumo de corriente, haya parado (sin anunciarse en ningún medio) el montaje de esos artefactos chinos y no dé abasto a la población que se quedó varada por debajo del 10%. Lo que parecía una promesa sustitutiva para la cacharrería anterior, se ha visto colgada en la perplejidad, pues siquiera hemos llegado a enterarnos que los bombillos ahorradores (LED) puedan encontrarse fuera del área destinada a las escurridizas divisas.

Han instruido a delegados para que expliquen en sus respectivas circunscripciones que al final todo tendrá magnífica solución,

Periódicamente nos vemos abocados a análogas crisis de suministros provenientes del cielo y la tierra para necesitados, con toda la fila correspondiente de restricciones adjuntas. Podemos intuir que los apagoncitos que hoy se experimentan de vez en cuando, sean reacomodo para las intermitencias y los cortes “imprevistos” de luz que se vislumbran.

Cuando uno trata de advertir –a estos viejitos aviva fuegos de las fotos– del daño extraordinario que infligen a los árboles, pulmones naturales de la comunidad con sus peligrosas piruetas pirománticas hechas por ignorancia o por “entusiasmo revolucionario” –aparte del deterioro al entorno, animales y personas que respiran los gases de sus fogatas incluyéndolos a ellos–, nos han respondido tajantes que más perjudiciales resultan las antorchas y los sahumerios en los cotidianos desfiles y acampadas que organizan las hermanas ideológicas UJC/FEEM/OPJM varias de veces al año, y ningún general/científico/pionero “asfixiado” hasta ahora les ha pedido suspenderlas.

Por tanto, se creen firmemente estos carcamales en misión redentora de la sociedad contaminante en la que viven, bajo el riego de matarla, produciendo toxinas a tutiplén mientras perfeccionan técnicas para piras perpetuas, que nos iluminarán a todos en noches por venir, y nadie osará apagarlas. Así argumentan como fidedignos cromañones.

¿Reghresamos a la era cavernícola?

Ante tamaña arbitrariedad pues, sería útil extender aquí los hornos de marabú y algo vendible habrá de tanta quemazón necia.

Nuestra tradición fogosa proviene de los tiempos del célebre Plan Tareco, auspiciado por las organizaciones de masas e institucionalizado tipo competencia realista-socialista entre vecinos aún aunables, cuando algunos nos quedamos plantados en la puerta de semiderruidos hogares con gran parte de lo excedente sin que jamás la recogieran y no hubo más salida que achicharrarla.

Quizá con el probo fin de que nos proveyeran del gallardete “Mi Casa Alegre y Bonita” o declararnos solemnemente miembros de nueva “Ciudad-Jardín”.

Hoy, ante esta rémora desfasada de los tiempos absurdos, los fósforos y la sequía resultan mejores aliados que el entusiasmo comunista encenizado.

Con el verano a metros de distancia, es una fanfarronada anticipar qué va a pasarnos ante ambas disyuntivas: cuando el calor combinado con la humedad confluyan y no haya dónde adquirir ni cómo echar a andar ventiladores.

Entonces; ¿retomaremos la penca?

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