“Ojalá no regresen esos tiempos”

“Ojalá no regresen esos tiempos”

Alain Gómez tuvo en 1993 que dejar la escuela y ponerse a trabajar para ayudar a su familia

Alain, junto a su hija y esposa (Foto: Frank Correa)
Alain, junto a su hija y esposa (Foto: Frank Correa)

LA HABANA, Cuba.- En 1993, el año más duro del periodo especial, Alain Gómez tuvo que dejar la escuela de comercio y ponerse a trabajar de custodio en un hospital para sustentar a su familia, compuesta por sus abuelos enfermos y su hermano Alexis, que cursaba el octavo grado.

Vivían en un apartamento del cuarto piso de un edificio situado en 51 y 114, en Marianao, cuando de pronto la crisis económica les cayó encima como una tromba, con su abuelo con alzhéimer y su abuela que no salía del puesto médico, acosada por la hipertensión y la diabetes.

“Hasta ese momento sobrevivíamos de la pensión de mi abuelo, pero un día el precio del arroz amaneció a 50 pesos la libra y la carne de puerco a 75, con los 128 pesos de retiro del viejo solo podíamos hacer un almuerzo y ni siquiera alcanzaba para medicinas. Entonces tuve que dejar la escuela y vestirme de hombre”.

Con 18 años, Alain comenzó a trasnochar con sus guardias en el hospital, donde sustraía sueros, jeringuillas, antibióticos, sábanas, frazadas de piso y cualquier cosa que pudiera sacarle algún provecho para comprar comida. Envejeció rápidamente y aunque nunca reconoció que era robo a los bienes del estado, le molestaba tener que vender cosas del hospital para sobrevivir.

“Daban lástima aquellos dos viejitos, flaquitos, sucios. Mi abuelo sin pelarse ni afeitarse, mi abuelita con un solo vestido, mi hermano llorando de hambre por la noche. Vendí la pecera, un escaparate, los muebles de la sala, pero el dinero que les sacaba solo servía para dos o tres comidas, nada más. Recuerdo una vez que estuvimos una semana comiendo potaje de chícharos y pan. Fue cuando mi abuelo se levantó una mañana y dijo que me iba ayudar. Pasó por todos los apartamentos del edificio despidiéndose de los vecinos, subió a la azotea y se lanzó de cabeza a la calle”.

La abuela murió una semana después, de tristeza. Cuenta Alain que le dolió en el alma perder a sus viejitos de aquel modo, pero quedó aliviado, “porque aquello que vivían no era vida”.

“Fueron tiempos terribles. No sé cuanta gente sobrevivió de esa manera, y quizás hasta peor. Después, al paso de los años, cuando mejoró un poco la situación, conocí a personas que nunca supieron qué cosa fue el periodo especial porque tenían dinero, trabajaban en firmas o eran de la nomenclatura comunista, entonces descubrí la diferencia entre ellos y nosotros. Mi hermano Alexis tampoco terminó la escuela, se casó con una muchacha de Bauta y se fue a vivir con ella. Yo hice una familia, me volví cristiano y cambié de trabajo varias veces, hasta poner este negocio de carretillero. Ahora que la situación comienza a ponerse mala otra vez, les cuento esta historia a mis hijos y oramos todos los días porque esos tiempos no regresen”.

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