Burdeles y prostitutas de la Cuba oculta

Burdeles y prostitutas de la Cuba oculta

Un tema tabú, apenas tratado por los medios de comunicación castristas

Historias de prostitución recorren La Habana a diario (EFE)

LA HABANA, Cuba. – El tema de los burdeles ha sido tratado de modo más bien superficial, sin abundar mucho, en la literatura, el cine y el teatro cubano.

En la época republicana hubo en La Habana varias  “zonas de tolerancia”, como las llamaban las autoridades, donde se podían instalar prostíbulos y  burdeles. Los más famosos estuvieron en los barrios de San Isidro y Colón, ambos en la Habana Vieja.

En las puertas y ventanas, algunas con cancelas, de estos prostíbulos,  se paraban las meretrices, pintarrajeadas y ligeras de  ropa, para atraer a los clientes.

El interior de estos sitios tenía una sala que servía de recibidor, con biombo o cortina, que limitaba la visión hacia la parte trasera del inmueble, donde estaban las habitaciones. Se podía acceder a estos cuartos por medio de un zaguán o un corredor.

Los burdeles más humildes tenían  cubículos divididos por un tabique  de tablas, una cortina o simplemente una sábana  que servía de separación.  Cuando se practicaba el acto sexual en piezas con tan poca intimidad, se escuchaban los quejidos emitidos por las prostitutas, generalmente de manera fingida, y de sus acompañantes, lo que contribuía a excitar a las parejas vecinas.

Las prostitutas casi nunca vivían en los burdeles. Iban al anochecer para hacer su trabajo. Las que residían en ellos, generalmente eran  de origen campesino, sin domicilio fijo en la capital, y atendían a sus clientes en cualquier horario que se les solicitara.

Los burdeles casi siempre eran regentados por  mujeres que ya habían pasado la mediana edad,  a las que llamaban matronas, que en su juventud habían sido prostitutas.

Había chulos que también controlaban estos negocios. Ellos y las matronas se quedaban con la mayor parte de la recaudación diaria que obtenían las prostitutas.

El más famoso de los chulos cubanos fue Alberto Yarini Ponce de León. Procedía de una familia acaudalada y fue asesinado, en los primeros años del siglo XX  por un chulo francés de apellido Letot, quien fue muerto también en la riña por  José Basterrechea, un amigo de Yarini.

Hubo burdeles de lujo para hombres de la alta sociedad, que eran conocidos como “los castillitos del Vedado”. Eran  mansiones con una arquitectura similar a la de los castillos medievales y entradas traseras para autos.

En muchos burdeles la matrona solía mostrar a los clientes un álbum con las fotos de sus “pupilas”, como las llamaban. El cliente escogía la que más le gustara, la llamaban y acudía enseguida a atenderlo.

En el argot popular los burdeles eran llamados “bayuses”.  El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define bayú como “casa, sitio o reunión indecente u obscena”, pero  esa denominación solo se usa en Cuba.

Luego del triunfo de la revolución, las casas de lenocinio fueron cerradas. A muchas prostitutas el gobierno pretendió “rehabilitarlas” enviándolas a escuelas de corte y costura o convirtiéndolas en choferes de taxis (las llamadas “violeteras”).

En las primeras décadas luego del triunfo de la revolución,  el gobierno se preciaba de haber acabado con la prostitución, que según afirmaban, era “una lacra del pasado”, pero en realidad, el oficio solo cambió de estilo.

Antes de la revolución, a las prostitutas las llamaban eufemísticamente, “mujeres públicas” o “mujeres de la vida” (hay un libro muy interesante de Tomás Fernández Robaina, titulado “Recuerdos secretos de dos mujeres públicas”, que contiene testimonios de mujeres de  edad avanzada, quienes en su juventud fueron prostitutas).

Desde hace varias décadas, si se prostituyen con extranjeros, las llaman “jineteras”.

La primera vez que se reconoció de manera pública la existencia del jineterismo fue en la revista “Somos Jóvenes”, número 93-94 de septiembre de 1987, donde  apareció un amplio artículo titulado “El caso Sandra”.

Conocí a una mujer que llamaré por discreción Natty. Hace treinta y tantos  años jineteaba en los alrededores del hotel Capri.  Me contó lo difícil que resultaba eludir la persecución policial y tener que “acostarse con  hombres que no le gustaban”, para poder conseguir  jeans,  vestidos y zapatos y algunos dólares.

Las prostitutas cubanas, según dicen muchos extranjeros, son las más baratas del mundo. Y según afirmó una vez Fidel Castro, “las más cultas del planeta”.

Natty finalmente fue detenida. Tuvo suerte. El instructor policial del caso se enamoró de ella y la convirtió en su esposa.

Los bayuses, como la prostitución y el proxenetismo, tampoco han desaparecido. Ahora son clandestinos y más caros. Hace unos años dieron mucho de qué hablar los que había alrededor de la esquina de las calles Monte y Cienfuegos.

También, luego que en los años 90 cerraran las posadas o las convirtieran en albergues para personas sin vivienda, han proliferado las casas de citas. Con licencia o sin ella, con precios en dependencia de la calidad,  alquilan habitaciones o la casa entera, por horas. O por días, a extranjeros que van con jineteras. O con los llamados “pingueros”, porque la prostitución masculina va en aumento.

librero@nauta.cu

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