LA HABANA.- Hace unos días me contaba un amigo, casi octogenario y con varios padecimientos, que, ante el pedido de su hija residente en Europa de que le concediera un plazo de seis meses para sacarlo de Cuba, le contestó que no podía esperar más y le advirtió que, si no se apuraba con los trámites del viaje, no volvería a verlo con vida.
“Seis meses en este país, con esta situación de carencias y apagones, equivalen a varios años. Y en ese tiempo puede pasar cualquier cosa, ninguna de ellas buena. A mi edad, si quiero sobrevivir, no puedo esperar meses. Tengo que irme lo antes posible, aunque sea a Burundi. Si no me muero de hambre o por no tener las medicinas que necesito, moriré en una guerra o me matarán para robarme”, le dijo a su hija.
Mi amigo teme más a los delincuentes que a una guerra con los norteamericanos, si el Gobierno estadounidense se decide a intervenir en Cuba, o a una guerra civil que pudiera ocurrir entre bandos del régimen que se disputen el poder cuando finalmente ocurra de verdad la varias veces rumoreada y desmentida muerte de Raúl Castro.
“En este barrio vive mucho mal elemento, y sé que hay varios maleantes que nos tienen echado el ojo a mí y a mi casa porque saben que mi hija me envía dinero cada dos o tres meses. Ya una vez me carterearon en una cola para comprar huevos. Otra vez tuve que darle un bastonazo a un muchachito que me quiso arrebatar el celular. Y no puedo dormir, especialmente en las noches de apagón, no tanto por el calor como por el temor de que se me metan en la casa a robar”, me explicó.
Como mi amigo, muchos cubanos viven con temor a la delincuencia, que cada día se incrementa más. A diario se sabe de robos con fuerza en las casas, asaltos en la calle, asesinatos…
No es que estos hechos ocurrieran siempre y, como alegan algunos, la gente no se enterara porque en la prensa oficial no hay crónica roja y no existían las redes sociales: las propias autoridades han tenido que reconocer el aumento de los hechos delictivos, muchas veces violentos.
Cada vez hay más casas enrejadas y, hasta en barrios que hace poco se consideraban tranquilos, la mayoría de las personas, si no es por necesidad, evitan salir de noche a la calle, especialmente cuando hay apagón, porque tienen miedo de que las asalten.
Incluso de día se recela, se está pendiente y se mira de reojo a quien camina detrás de uno en la acera, y se le rehúye si intenta entablar conversación. Máxime con la cantidad de gente rara, tipos drogados con el químico, borrachos o con aspecto enajenado y pinta de malhechores que andan en la calle.
Se ha hecho peligroso usar prendas de oro o plata, un buen reloj, zapatos y ropa de marca, o llevar encima un celular. Hasta tener tanques de agua en el patio se ha vuelto peligroso, porque te los pueden robar y, si descubres a los ladrones e intentas detenerlos, te pueden agredir. Le sucedió a un vecino de mi barrio que, cuando una madrugada sintió ruido, salió al patio, vio a tres tipos que le robaban el tanque plástico donde almacenaba el agua y, cuando trató de impedirlo, los ladrones lo apedrearon y amenazaron con un machete.
Y con la Policía no se puede contar. Si acude ante un pedido de ayuda, lo hace tarde y con desgano. A veces, cuando sus agentes llegan, es para llevarse a los heridos o recoger a los muertos. Su prioridad, todos lo saben y lo comentan, es reprimir a quienes protestan en las calles.
Para eso sí acuden rápido y no escatiman en el número de agentes ni de carros patrulleros.










