Hilda Landrove: “No hemos visto todavía la magnitud real del resentimiento”

La antropóloga Hilda Landrove analiza los retos de una Cuba después de la dictadura: hacer justicia sin venganza, reconstruir la sociedad civil y aprender a convivir con las diferencias.
Los autores de un artículo de opinión publicado en 'The Hamilton Spectator' denuncian el aumento de la represión en Cuba
Los autores de un artículo de opinión publicado en 'The Hamilton Spectator' denuncian el aumento de la represión en Cuba (Foto: Archivo de CubaNet)

LA HABANA.- ¿Cómo reconstruir Cuba después de casi siete décadas de totalitarismo? Para la antropóloga y ensayista Hilda Landrove, el desafío va mucho más allá de sustituir las actuales instituciones. Será necesario formar ciudadanos preparados para participar en democracia, reconstruir una sociedad civil independiente y transformar una cultura política marcada por la polarización, la simulación y la intolerancia hacia la diferencia.

En esta entrevista, Landrove aborda algunos de los principales retos de una eventual transición: cómo hacer justicia sin convertirla en venganza, cómo afrontar la memoria y el dolor acumulado, qué papel tendrán los artistas y la cultura en la reconstrucción del país y cómo integrar a la diáspora y al exilio. También imagina cómo podría ser una Cuba democrática dentro de veinte años.

Cuando termine el régimen actual, ¿qué significa realmente “reconstruir” la sociedad cubana? ¿Basta con cambiar las instituciones políticas o será necesario transformar también una cultura política arraigada durante décadas?

La formación de la ciudadanía y su preparación para participar en lo que vendrá cuando por fin llegue el fin del régimen hay que pensarlas en dos dimensiones: una más estructural, que tiene que ver con las instituciones, y otra relacionada con la formación ciudadana.

Ambas están completamente correlacionadas porque, primero, las instituciones actuales están completamente diseñadas para servir a la reproducción de un poder monolítico, homogéneo, extremadamente vertical, impositivo, arbitrario, que se ejerce desde el Partido Comunista de Cuba hacia abajo. Por eso hay que reconstruir completamente las instituciones.

Hay que pensar, diseñar y poner en ejecución instituciones que puedan lidiar con una forma de vivir en la sociedad que no tenga esa imposición, donde al mismo tiempo que haya instituciones del Estado que regulen la vida cotidiana, existan mecanismos para la participación ciudadana.

Estoy pensando, por ejemplo, en organizaciones de la sociedad civil, que hoy son organizaciones extremadamente restringidas. Las que existen son aprobadas y están diseñadas para que participen también de esa reproducción del poder, de arriba hacia abajo. Entonces, tendrá que haber más espacio para la sociedad civil.

Tiene que haber una ley de asociaciones real, de manera que se pueda ejercer el derecho a reunirse, a organizarse, a manifestarse, a participar en la vida política.

Pero me parece que el tema de la formación ciudadana, para que eso pueda funcionar, es fundamental porque 67 años de totalitarismo crean un tipo de sociedad muy particular:  una sociedad que no está habituada a la participación democrática y que está muy marcada por una visión extremadamente polarizada, o sea, preparada más para eliminar al contrario que para entenderlo y tratar de encontrar una forma de convivencia que haga posible la existencia de la diferencia dentro de una sociedad.

Ese es el famoso “daño antropológico” que se repite una y otra vez, que es un término que a mí no me gusta mucho, pero que, definitivamente, explica algunas de las dificultades y las limitantes con las que podríamos entrar eventualmente en ese proceso de construcción democrática.

Me parece fundamental trabajar para eso, o sea, eso requiere una propuesta educativa y muchas organizaciones de la sociedad civil trabajando para construir ese conocimiento ciudadano que es fundamental para la participación. Porque si tienes las instituciones y no tienes la preparación necesaria para que la ciudadanía aproveche el potencial de esa infraestructura, pues igual no haces nada.

Se han hecho algunos esfuerzos, pero me parece que hay que poner en el centro el tema de la formación ciudadana y el tema de la preparación, no tanto para lo que va a venir después, sino para tratar de participar desde ya.

En este proceso habrá que contar con la ayuda de la diáspora y del exilio, porque Cuba ya no es un país que esté limitado a la geografía de la isla y hay aprendizajes que, por las circunstancias, ha habido que comenzarlos afuera. Y ese aprendizaje y esa colaboración entre el interior y el exterior tienen que traducirse finalmente en organizaciones formales, estables, que puedan trabajar antes, durante y después de cualquier transformación política en Cuba.

Además del cambio institucional, ¿qué transformaciones culturales y políticas serían necesarias?


Creo que la primera y principal transformación cultural —que es también una transformación política— es la de un tipo de mentalidad que es funcional al totalitarismo a un tipo de mentalidad que sea funcional al ejercicio democrático.

La mentalidad que es funcional al totalitarismo está marcada por la simulación. Este ejercicio de simulación constante conlleva un quiebre ético fundamental: no hay correspondencia entre lo que se hace y lo que se dice. Cuando tienes una sociedad entera funcionando así, finalmente tienes una cultura política marcada también por el doble rasero como estrategia básica de supervivencia. Y está marcada también por una dificultad para aceptar la diferencia; en cambio, reacciona ante la diferencia para tratar de eliminarla, y muchas veces por vías violentas. Los actos de repudio son un ejemplo de cómo en el totalitarismo se maneja la diferencia.

Esto tiene, además, una consecuencia: dificulta muchísimo la capacidad de organizarse. Y todo esto no se elimina cuando se cambia de régimen político, sino que, de alguna manera, se filtra. Y eso lo vemos incluso hoy, fuera del país. Hay muchas posiciones sobre Cuba que pasan por esta incapacidad de sentarse a conversar las diferencias, simplemente, porque lo que es diferente no debe existir.

El diálogo se suele ver como algo negativo porque siempre se asume que sería darle armas a quien nos está oprimiendo. Pero yo me refiero a conversaciones que tenemos que tener entre nosotros, los que no estamos en el poder, y creo que es importante para poder hacer una oposición con fuerza real para desestabilizar y, finalmente, para dar al traste con el régimen actual en Cuba.

Tiene que haber una transformación que normalmente es paulatina, pero que tiene que ser urgente por la situación en la que estamos.

Y después de tanta herencia totalitaria, ¿qué cultura política necesitará una Cuba democrática para aprender a convivir con nuestras diferencias?

El tipo de cultura que requiere una construcción democrática es un tipo de cultura política que dice que el otro tiene derecho a existir, aunque yo no esté de acuerdo con él. Por supuesto, también tiene que estar todo el tiempo cuestionando cuáles son los límites a ese derecho a existir porque, por ejemplo, un tema que preocupa mucho ahora es la existencia futura del Partido Comunista.

O sea, tiene derecho a existir todo aquello que no intente eliminar el derecho de los demás a existir. Esa es una condición fundamental. Toda libertad tiene que pensarse de acuerdo con ciertos límites. O sea, tú puedes ser libre de odiarme, pero no de matarme.

Y eso va a ser muy necesario repensarlo de cara también a la memoria, a cómo recordar, cómo hacer justicia a partir de la experiencia de casi siete décadas de totalitarismo. Porque, obviamente, la justicia que vendrá va a estar muy marcada por eso, por el impacto de haber sufrido durante tanto tiempo y por el natural deseo de que quienes han causado ese sufrimiento paguen por lo que han hecho.

¿Puede Cuba reconciliarse sin olvidar? ¿Cómo equilibrar justicia, memoria, perdón y convivencia?


Creo que va a ser difícil. No hemos visto todavía la magnitud real del resentimiento, del rencor, del deseo de venganza.

Lo hemos visto del lado del exilio, de esas generaciones que tuvieron que irse, que fueron expulsadas, donde hay mucha gente que tuvo que pagar décadas de prisión política, gente que perdió a su familia, que no pudo regresar nunca a su país. O sea, hay mucho dolor acumulado ahí. Es, además, un dolor de capas, que se van acumulando con generaciones.

Pero creo que no hemos visto todavía eso desde el interior. No hemos visto cómo esa gente, que hoy está sufriendo en Cuba, va a procesar lo que está pasando. Creo que tenemos que prepararnos para un escenario duro.

Las manifestaciones del 11 de julio nos dejaron claro que estamos ante una sociedad que es, básicamente, muy pacífica, pero también es una sociedad que ha estado sometida a muchísima violencia durante muchísimo tiempo, sin tener la posibilidad de ripostar.

¿Qué papel tendría la sociedad civil en una transición en Cuba?



Habrá que encontrar la manera de hacer justicia y que esos procesos no se conviertan en venganza. Y eso no solo va a necesitar de unas reglas claras, sino de procesos de memoria, de verdad, de revisión de los archivos que permitan reconstruir los casos, y de instituciones fuertes.

Habrá que implementar un tipo de proceso que establezca niveles de complicidad, de actuación y de participación (más activa o más pasiva, o de mayor o menor impacto).

Hay un trabajo ya avanzado en ese sentido, por ejemplo, están Archivo Cuba, Cubalex y varias organizaciones que están trabajando y revisando modelos de otros países, además de que tienen bases de datos sobre violaciones de derechos humanos y represores.

¿Qué papel pueden desempeñar los artistas y la cultura en la recuperación del espacio público y en el proceso de reconstrucción y de sanación de los traumas que ha dejado esta dictadura?

Los artistas son fundamentales siempre porque son los que, de alguna manera, transforman la experiencia en materiales tangibles.

Lo que ha pasado es muy desestructurador porque te deja con un país donde las cosas no tienen sentido. El gobierno cubano está todo el tiempo vendiendo una idea de nación, de patria, de historia y de futuro que la propia realidad ha derrumbado. No hay nada más explicativo, por sí mismo, que la realidad. Pero eso significa que va a haber un vacío.

Tiene que haber un sentido o una idea medianamente compartida sobre cuál es el rumbo que se quiere seguir en ese país, sobre cómo procesar los traumas que va a dejar la experiencia totalitaria, sobre cómo reinventar absolutamente todo.

Pienso, por ejemplo, en algo tan básico como la familia. ¿Cómo reinventas la familia cubana que ha sido dividida por el exilio? Ese tipo de relatos y de realidades hay que reconstruirlos.

También el hecho de que la nación cubana hoy no esté contenida dentro de los límites geográficos y de que muchas dinámicas que construyen esa sociedad pasen por la relación entre gente que está a tres mil kilómetros del país y gente que está dentro implica que hay que reinventarla de otras maneras. Y los artistas, básicamente, hacen eso.

Van a tener un rol fundamental en crear esos imaginarios nuevos que nos permitan conectarnos alrededor de una idea de país, que no sea una idea monolítica, que incluso celebre la diferencia, que asuma, como parte de su constitución, haberse convertido en una nación transnacional.

Yo creo que en Cuba, como en muchos regímenes totalitarios, los artistas tienen una doble importancia porque están, de alguna forma, preparados por la propia naturaleza de su trabajo para lidiar con entornos altamente represivos.

Y no significa que lo van a hacer desde cero, sino que ya hay un camino recorrido con los movimientos de artistas contestatarios que hemos visto en los últimos años.

Y creo que, por ejemplo, más que producir imágenes o símbolos concretos, también está la capacidad movilizativa de una canción como “Patria y Vida”. Ese tipo de acciones performáticas ya se han ensayado y pueden contribuir a que estas fracturas dentro de la sociedad, que parecieran irreconciliables, puedan ir encontrando sus puntos de confluencia y de resonancia.

Podría mencionar una larguísima genealogía, pero creo que se va a potenciar nuevamente en cuanto haya un espacio mínimo de posibilidad.

¿Cómo deberían reconstruirse las instituciones culturales para garantizar la autonomía de los creadores y su derecho a organizarse y financiarse sin tutela estatal?

En el caso de la institucionalidad de la cultura, hay personas pensando si el Ministerio de Cultura, como tal, debería existir o no. Yo creo que, en principio, no habría problema con que existiera si su labor fuera únicamente regular un grupo de normas mínimas para la existencia de un tipo de cultura que pueda ser pública, como hay en todos los países.

No es ponerle leyes, sino que lo haga posible. Lo que pasa es que, al mismo tiempo, hay otras tres mil formas de acceder a la cultura que no están reguladas.

Creo que el primer problema de Cuba es que ya no puede existir una cosa tal como eso que le llaman la política cultural, que es una política única que dice quién tiene derecho a ser artista o quién tiene derecho a hacer cultura y quién no. Y eso está basado en las palabras de Fidel Castro a los intelectuales, que básicamente dijo que la única forma de ser intelectual, artista, de crear cultura en este país es si eso se crea para reforzar la ideología dominante.

Eso no puede ser y es un disparate, porque ya no vivimos en un mundo donde se pueda determinar lo que la gente hace porque la producción de la cultura y del arte se ha liberado de tal forma que los artistas cuentan con sus propias herramientas.

No puede existir ningún imperativo político sobre lo que los artistas puedan crear.

Estoy pensando, por ejemplo, que una institución del Estado podría dar dinero para proyectos, y es algo que en Cuba se hace hoy únicamente desde esas instituciones que solo le dan dinero a quienes trabajan para reproducir la ideología del Estado cubano. En otros lugares eso existe también como un apoyo a los artistas, pero sin condicionamientos políticos.

Lo que hay es que encontrar todas las formas en las cuales la institucionalidad cultural y artística pueda funcionar para apoyar a los artistas, pero al mismo tiempo no puede existir ningún imperativo político sobre lo que los artistas puedan crear.

Si tuviera que imaginar la Cuba democrática de dentro de veinte años, ¿cómo sería? ¿Qué tendría que haber cambiado?

Tendría que haber cambiado el régimen político, tendría que ser un régimen democrático, con un reconocimiento explícito y protegido por la ley de todos los derechos. Tendría que haber muchos partidos, un sistema electoral fiscalizado, digamos, contra el fraude.

Yo sueño con que eso suceda, con ese proceso —que tendrá que ocurrir— que es la reincorporación de la diáspora y el exilio a la vida dentro de Cuba. Es algo que va a tener un impacto y que cambiaría mucho la faz del país porque toda esa experiencia adquirida fuera se revertiría al interior.

Otra cosa que tendría que haber cambiado es el diseño económico, que hoy es un diseño económico monopólico donde una élite que es dueña del gobierno también es dueña de los principales recursos del país.

Tiene que abrirse la economía de una forma real, que dé espacio a inversiones económicas grandes y que van a ser imprescindibles porque estamos ante un país completamente devastado, que va a necesitar unas inversiones y recursos también por concepto de alivio a la crisis humanitaria.

También que se dé espacio a la sociedad civil, incluso en lo económico, que la gente pueda abrir pequeños negocios y que esos pequeños negocios permitan oxigenar la economía.

El país tiene que repensarse desde lo básico que tiene, que es la agricultura y que ha sido completamente olvidada. Cuba es hoy un país donde apenas se producen alimentos.

Finalmente, lo que quisiera que cambiara mucho sería esa cultura política de la que hablamos al inicio. Que tuviéramos una sociedad mucho más preparada para discutir sus diferencias, para ponerse de acuerdo, para impulsar transformaciones, que pudiera discutir intensamente, pero que tuviera la capacidad para enfrentar esos procesos. También tener la capacidad de reconstruir la memoria de todo lo que ha sucedido, entender qué es lo que ha sucedido de una manera que permita que no lo repitamos en el futuro. Y que sea suficiente también para retribuir a las víctimas.

Eso es, probablemente, pensar y desear mucho para 20 años, que es un espacio corto para procesos que muchas veces necesitan al menos dos o tres generaciones, pero creo que al menos son como las cosas básicas en las que habría que poner muchísima atención para poder atender todas las demás, para poder pensar en diseños económicos, pensar en economía, en la cultura, en la política y en la democracia.

Esta entrevista se realizó como parte de una colaboración con el proyecto de Cuba Siglo 21 «Cuba: reconstruir y reinventar»

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