“Estamos atados de manos”: un trabajador de Aguas de La Habana explica las causas de la crisis

Tras 15 años en la empresa estatal, el técnico describe una red envejecida, fugas constantes, escasez de piezas y combustible, y brigadas obligadas a trabajar con recursos mínimos.
Cuba, agua, crisis
Foto: Aguas de La Habana

LA HABANA, Cuba.- «Aquí el problema no es que falte agua; el problema es que la mitad de la que logramos bombear se pierde por el camino». Esta conclusión sobre la situación crítica del agua en Cuba es de Ernesto Valdés Carballo, de 52 años, un técnico de mantenimiento de tuberías e infraestructura en la empresa estatal Aguas de La Habana desde hace más de quince años. 

Con las manos endurecidas por el trabajo diario, la piel curtida por el sol tropical y los pies mojados tras una jornada extenuante, Ernesto describe una realidad cotidiana que dista de los informes oficiales: un sistema hidráulico exhausto, paralizado por la falta crónica de inversión, el desabastecimiento de insumos elementales y una cadena de mando administrativa desconectada de los problemas reales de la calle.

La crisis del suministro en la capital cubana hunde sus raíces en una infraestructura que ha sobrepasado con creces su vida útil. Ernesto explica que grandes tramos de la red central de distribución, especialmente en municipios como La Habana Vieja, Centro Habana, Diez de Octubre y El Cerro, superan los 80 o incluso los 100 años de explotación continua. Nunca las autoridades se preocuparon por el futuro de esta red.

Estas tuberías de hierro fundido y hormigón, corroídas por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento preventivo, ceden constantemente ante cualquier variación de presión. La red no cuenta con válvulas de corte sectoriales operativas, lo que significa que, para reparar una falla menor en una cuadra específica, a menudo es necesario paralizar el suministro a barrios enteros o dejar correr miles de litros de agua potable mientras se intenta trabajar con la línea cargada.

El trabajo de campo de las cuadrillas se ve frenado a diario por una escasez de recursos que convierte cualquier reparación simple en una odisea de improvisación. Los operarios carecen frecuentemente de insumos básicos como abrazaderas metálicas, juntas de goma, electrodos para soldadura, acoples rápidos, sellantes y tuberías de polietileno de alta densidad. Cuando se reporta una avería grave, la respuesta suele tardar semanas, pero no por falta de voluntad de los trabajadores, sino porque no existen piezas en los almacenes centrales para sustituir los tramos colapsados. Ante esta carencia, la instrucción habitual es colocar «tacos de madera», alambres o bandas de goma improvisadas con neumáticos viejos para contener las fugas de forma momentánea, soluciones paliativas que terminan reventando a las pocas horas de restablecerse el flujo.

A la falta de materiales de fontanería se suma una parálisis logística casi total en la flota de transporte. En la base de mantenimiento donde labora Ernesto, más de la mitad de los camiones de reparación, las grúas y las retroexcavadoras se encuentran fuera de servicio debido a la falta de neumáticos, baterías, piezas de repuesto para los motores o, más recientemente, por la severa escasez de combustible que atraviesa el país. Un turno de trabajo comienza a primera hora con una lista de más de treinta avisos urgentes de la comunidad, pero la brigada suele contar con un solo vehículo operativo y una cuota reducida de diésel que apenas alcanza para atender dos o tres puntos distantes antes de tener que regresar al taller.

Esta dinámica de trabajo deficiente ha impactado de forma directa en la plantilla de la empresa. Los salarios en moneda nacional resultan insuficientes para cubrir el costo de la vida frente a la inflación reinante, mientras que las condiciones de seguridad y salud en el trabajo son prácticamente inexistentes. Los fontaneros deben excavar zanjas e introducirse en pozos inundados sin botas impermeables, sin guantes de protección, sin linternas adecuadas y en ocasiones sin cascos de seguridad. Esta combinación de bajos ingresos y alta exigencia física ha provocado un éxodo constante de personal capacitado. Los técnicos con décadas de experiencia, mecánicos de bombas y soldadores especializados han abandonado paulatinamente la empresa estatal para migrar, insertarse en el sector privado o dedicarse a la fontanería informal en viviendas particulares, dejando las brigadas mermadas y compuestas en su mayoría por personal joven sin la calificación necesaria.

«La gente en la calle se molesta mucho con nosotros, y con toda la razón del mundo», señala Valdés Carballo. «Nos ven llegar al barrio, mirar la zanja y darnos la vuelta sin hacer nada. Lo que los vecinos no ven es que no nos dan ni los tubos ni la maquinaria para romper el concreto, y que muchas veces tenemos que comprar nuestras propias herramientas con dinero de nuestro bolsillo si queremos avanzar algo. La población ve el agua corriendo por las aceras durante semanas mientras sus cisternas y tanques están completamente secos, y asume que es apatía nuestra, pero la verdad es que estamos atados de manos por un sistema que no nos da con qué trabajar».

El problema se multiplica en la red de estaciones de bombeo que alimentan a los grandes sistemas de la ciudad, como Cuenca Sur, Cayo La Rosa y Central. En estas instalaciones, las constantes fluctuaciones y los cortes prolongados en el fluido eléctrico provocan un fenómeno devastador conocido como «golpe de ariete», una onda de presión destructiva que ocurre cada vez que las bombas se detienen bruscamente y el agua regresa con fuerza por las tuberías. Este impacto repentino rompe las conducciones principales en sus puntos más débiles, generando nuevos salideros masivos a lo largo de kilómetros de trayectoria. Además, los motores de extracción, muchos de ellos de tecnología obsoleta, sufren averías constantes por la falta de lubricantes adecuados y la imposibilidad de importar piezas de repuesto.

Para Ernesto Valdés Carballo, el deterioro acumulado en Aguas de La Habana no se resolverá con inspecciones administrativas, sanciones al personal de base ni campañas publicitarias sobre el ahorro del agua. Desde su perspectiva en el terreno, el rescate del servicio de agua potable en la capital requiere una reestructuración profunda con inversiones millonarias en la sustitución integral de las tuberías más antiguas, la modernización de los equipos de bombeo y, sobre todo, una gestión que garantice condiciones laborales dignas y suministros continuos para los trabajadores que intentan mantener en pie un sistema al borde del colapso.

El testimonio de Ernesto resulta excepcional en un contexto donde los empleados de empresas estatales rara vez acceden a hablar públicamente con tal nivel de franqueza. En Cuba, romper el silencio para señalar abiertamente las fallas estructurales y la desidia institucional implica enfrentar graves riesgos de sanciones, despidos e incluso represalias legales. Que un técnico con más de 15 años de servicio decida exponer la crisis desde sus entrañas refleja no solo la desesperación de un gremio empujado al límite, sino también el quiebre del temor frente a una realidad que ya no se puede ocultar tras el discurso oficial.

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