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Viernes, 30 de septiembre 2016

Una casa en La Habana

La señora le propuso a Carmen que viviera con ella. Su hijo nació en La Habana, y al poco tiempo, su protectora murió

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LA HABANA, Cuba, agosto (173.203.82.38) – Carmen, “la santiaguera”, soñó con superarse e irse a vivir en la capital. En 1993 se enteró que en La Habana estaban contratando trabajadores para la construcción, y no lo pensó dos veces. Se matriculó en el curso de técnico medio en construcción de materiales, en la Escuela Nacional de la Construcción Oscar Lucero, en el municipio habanero de Arroyo Naranjo. Trajo consigo, esperanzada, el documento de cambio de dirección y la baja de la libreta de racionamiento.

Pero como soñar no cuesta nada, las cosas no salieron como “la santiaguera” pensaba. Una vez graduada comenzó a trabajar en un contingente. La alojaron en un albergue, sin derecho a libreta de racionamiento, ni al cambio de dirección oficial. Fue en aquel trabajo donde conoció al padre de su primer hijo, constructor y santiaguero. La relación duró poco, cuando él regresó a su provincia. Pero ella, a pesar del embarazo, quería vivir en La Habana.

Transcurrió el tiempo y Carmen hizo amistad con una anciana que vivía sola. La señora le pidió que viviera con ella. Su hijo nació en La Habana, y al poco tiempo, su protectora murió. Y se inició el calvario, de casa en casa; unos amigos ahora, otros después.

Conoció a un matrimonio que le cuidaba el niño, mientras ella trabajaba hasta tarde La pareja se encariñó con el pequeño, lo bautizó y se llevaron a madre e hijo a vivir con ellos. A los cinco años el matrimonio fue de visita a los Estados Unidos, y no regresó. Carmen esperaba su segundo hijo, pero fue desalojada con una orden de volver a su lugar de origen. Comenzó otra vez su odisea. Esta vez fue a parar a un cuarto en el barrio marginal La Jata. Allí dormía en el suelo, se mojaban cuando llovía, y más de una vez se acostaron sin comer, porque tenía que cocinar en el patio, con leña, y si el agua decía “aquí estoy yo”, era imposible encender el fogón. Pero no cejó en su empeño. A sus amigos solía decirles: “Allá, a la casa de las quimbambas, no vuelvo, me quedo en La Habana”.

Continuó trabajando en la construcción, porque mientras se necesitara mano de obra, no la regresarían a su provincia.

Nuevos amigos la invitaron a residir en su casa, pero en ese momento entró en vigor el decreto ley 217, que establece que en una vivienda no puede haber más de 1 habitante por cada 10 metros cuadrados. El área del apartamento fue medida por un técnico, que sentenció: “Tiene capacidad para tres personas y media”. Carmen y sus hijos se fueron con la música a otra parte.

Después de múltiples gestiones, le entregaron una vivienda inhabitable, y le otorgaron la licencia para arreglarla con su esfuerzo.

“Cuando termine de repararla –dice Carmen- me darán el habitable. Mis hijos y yo podremos inscribirnos en OFICODA para que nos den la libreta de la comida, y actualizar la dirección del carné de identidad. Después de casi veinte años de sacrificio, no puedo creer que ya esté cerquitica el día en que tenga mi casa en La Habana”.

Acerca del Autor

Gladys Linares
Gladys Linares

Gladys Linares. Cienfuegos, 1942. Maestra normalista. Trabajó como profesora de Geografía en distintas escuelas y como directora de algunas durante 32 años. Ingresó en el Movimiento de Derechos Humanos a fines del año 1990 a través de la organización Frente Femenino Humanitario. Participó activamente en Concilio Cubano y en el Proyecto Varela. Sus crónicas reflejan la vida cotidiana de la población.

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