Triste que en Cuba ya no sobreviva ni el café

Triste que en Cuba ya no sobreviva ni el café

Ojalá lloviera café en el campo, porque nada de lo que se propuso esa “revolución” en sesenta años mejoró el cultivo y la producción del codiciado grano

café
Foto archivo

LA HABANA, Cuba.- Ojalá que llueva café, pero no solo en el campo, como desde hace algún tiempo desea Juan Luis Guerra, sin que tal cosa suceda. Y sí que sería buena una lluvia de esos granos en cada sitio de esta Isla; y en los campos, en las ciudades. Sería extraordinario verlos rodar montaña abajo, y sin tropiezo, hasta alcanzar el llano. Sería genial que nos cayera encima y sin restricciones, y sin excesos en los precios, y que nos invadiera suave y oloroso, y calmado, y sin estridencias.

Sería rico que irrumpiera sin sosiego, que nos llegara en aguacero, en una fuerte lluvia de aromas estrellando sus granos sobre el camino arcilloso, o contra el asfalto rudo. Sería lindo mirar los granos cayendo, y enredados luego en los penachos de las palmas, retumbando gozosos en múltiples sembradíos, sobresaliendo a la caña y al arroz, disminuyendo a la yuca. Me encantaría un aguacero de café que hiciera tronar el techo de guano de un bohío, las cubiertas de cartón, o zinc, de las casas pobres.

Sería insuperable un volcán que escupa el café tostado, el café listo ya para colar. Pero desconsuela, y mucho, que no aparezca ese granito en esta isla triste, y tampoco el polvo; ni siquiera en “mercados exquisitos”, ni siquiera “en los centros espirituales”, en una isla que tanto lo produjo, una isla que tanto lo exaltó, que le cantó casi hasta el cansancio. Resulta triste que en Cuba ya no sobreviva ni el café, ese néctar negro que fue el centro de nuestras mañanas, que fue centro de nuestra poesía y de la cultura.

Pobrecita la Cuba sin café, pobrecita esa Cuba a la que le escasea uno de los “centros imantados” de su cultura. Y pobre también hasta ese Martí, si viviera, notando como desapareció el café de nuestras vidas. Triste, pobre ese Martí que alguna vez escribió: “El café me enardece y me alegra, fuego suave, sin llama y sin ardor, aviva toda la sangre de mis venas”. Pobre ese Martí a quien tanto le gustaba el café con miel, con un tín de anís, con nuez moscada, si es que quisiera ligar hoy esos sabores en La Habana.

Triste, acongojado el Martí que podría descubrir ahora mismo los tan elevados precios del café en esta isla, en esta tierra que le quitó el sueño y por la que perdió la vida. Pobrecito ese Martí para quien no había alivio mayor que “el sol y el café en la casa”. Desconsolado hoy el Martí que, incluso, era capaz de establecer diferencias entre los muchísimos sabores que percibía en el café que iba probando en sus viajes por América.

Si José, el de los “Versos sencillos”, desandara ahora las calles de La Habana, comprobaría cuánto de aventura, cuánto de riesgo, hay en una cola para comprar café, y cuánto de imposible; y hasta Maceo miraría impávido desde el Café del Louvre, todo cuanto cuesta la tacita con el néctar, negrísimo antaño, y ahora tan “agüao”,  tan agüao que hasta podría matarlo del susto, de la indignación. Y no podría tampoco entender Martí a una “revolución” que hizo tantos alardes, que hizo tantos proyectos para sembrar campos y campos de café, como en aquel “cordón de La Habana”, sin que consiguieran nada bueno, ni tampoco unas oncitas más de café en la canasta básica, ni en la extraordinaria, si es que existiera.

Ojalá lloviera café en el campo, porque nada de lo que se propuso esa “revolución” en sesenta años mejoró el cultivo y la producción del café. Miles y miles de hombres enfrascados en su cultivo en el “cordón de La Habana”; miles y miles de casas exhibieron aquel cartel en la puerta que decía: “Estamos para el cordón”, pero ni ausentándonos de la casa, ni desatendiendo a la familia, ni movilizando a “malanga y a su puesto de viandas” consiguió Fidel producir todo el café con el que estuvo soñando.

Y todavía no conseguimos despertarnos bien, y todavía seguimos soñando con una tacita de café caliente, con una tacita en la mañana, con otra en la tarde, aunque no consigamos más que ese paquetico, único en el mes, que tiene guardado en un nailon unas onzas del néctar negro para todo el mes, y luego, pues…, luego a “llorar por los portales”, a mendigar, a soñar, a morir en el intento o a tomar moringa.

Y así se proponen celebrar hoy el día de la cultura nacional, sin que antes consiguiéramos tomar un poquito de café…, no todo el que tomaba el apóstol, porque realmente ahora solo pienso en tomar una tacita, una simple y breve tacita de café. Quizás sería mejor prohibir la difusión de Juan Luis Guerra…, porque nos despierta muchas ansiedades. Entonces creo que no debíamos celebrar el día de la cultura nacional, si después de sesenta años no conseguimos, aunque sea, una tacita de café diaria, aunque Martí tomará muchísimo en el siglo XIX.

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Jorge Ángel Pérez

(Cuba) Nacido en 1963, es autor del libro de cuentos Lapsus calami (Premio David); la novela El paseante cándido, galardonada con el premio Cirilo Villaverde y el Grinzane Cavour de Italia; la novela Fumando espero, que dividió en polémico veredicto al jurado del Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos 2005, resultando la primera finalista; En una estrofa de agua, distinguido con el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar en 2008; y En La Habana no son tan elegantes, ganadora del Premio Alejo Carpentier de Cuento 2009 y el Premio Anual de la Crítica Literaria. Ha sido jurado en importantes premios nacionales e internacionales, entre ellos, el Casa de Las Américas

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