Supresión de la Visa B2: otro parteaguas entre cubanos

Supresión de la Visa B2: otro parteaguas entre cubanos

Definitivamente nos queda mucho por crecer como cubanos, y como seres humanos, antes de que podamos superar el trauma del castrismo

Foto tomada de Internet

LA HABANA, Cuba.- El reciente anuncio de las autoridades estadounidenses de la supresión a partir del 18 de marzo de 2019 de las visas de cinco años (B2) para los cubanos, ha caído como una jarra de agua helada sobre quienes hasta ahora se habían beneficiado con este tipo de visado que otorga hasta seis meses de estancia en territorio de EE.UU. y la posibilidad de entradas múltiples a dicho país, como los que aspiraban a obtenerla.

No es de extrañar, entonces, que por estos días éste haya sido el tema obligado en Cuba, casi en todas partes: paradas de ómnibus, comercios, colas, centros de trabajo o los habituales corrillos de amigos y conocidos. El impacto de la noticia sobre el común de los cubanos supera con creces cualquier otro evento acontecido en los últimos tiempos, incluyendo el muy controvertido referéndum constitucional del pasado 24 de febrero, y parece haber causado un efecto de desolación similar al que provocó el tornado que arrasó una gran franja de la capital cubana apenas varias semanas atrás.

Una vez más se ha hecho patente que las disposiciones y las políticas dictadas por el vecino del Norte con respecto a la Isla pesan más sobre el ánimo nacional y causan mayores efectos sobre la vida de los cubanos que cualquier lineamiento que dimane de la cúpula del Poder dentro de Cuba.

A despecho de la tan proclamada “independencia y soberanía”, tras seis décadas de dictadura “comunista” solo se ha logrado el resultado contrario: hoy por hoy  ̶ y cada vez más ̶ la supervivencia de una gran parte de los nativos de esta ínsula depende de alguna manera de los EE.UU., ya sea por los vínculos familiares que entrelazan ambas orillas, por las remesas salvadoras, por el flujo de artículos de todo tipo que escasean en la Isla y llegan a las familias cubanas a través de las agencias de paquetería que proliferaron a raíz del deshielo de la Era Obama, o por ser ese país una importante fuente para el abastecimiento de pequeños negocios y del socorrido comercio informal, a través de los constantes viajes de todo un ejército de “mulas”.

En lugar de la visa B2, en lo adelante los cubanos podrán aspirar a un visado con validez para solo tres meses de permanencia en EE.UU., que podrán utilizar para una sola entrada, lo cual encarece sensiblemente los trámites de solicitudes y pagos de visa para los viajeros frecuentes  ̶ que obligatoriamente deben realizarse a través de un tercer país debido al cierre de los servicios consulares en la Embajada estadounidense de La Habana ̶ debido a otros gastos por concepto de pasajes, alojamiento, alimentación, etc.

Esto conduce directamente a considerar otras posibilidades que comenzarán a surgir ante el nuevo escenario, una de las cuales sería que en lo adelante un mayor número de cubanos decida quedarse ilegalmente en territorio estadounidense, una vez vencidos sus tres meses de permanencia legal, hasta completar el tiempo necesario para solicitar acogerse a la Ley de Ajuste y, eventualmente, obtener el permiso de residencia permanente.

Otra consecuencia será el impacto sobre ventas de pasajes de las aerolíneas que cubren vuelos regulares entre Cuba y EE UU, de las cuales una buena parte de los clientes son cubanos residentes en la Isla. Es de esperar que, a corto plazo, al disminuir el número de viajeros, se encarezca el costo de dichos pasajes, afectando de manera directa a los emigrados que comúnmente costean los viajes de sus familiares de Cuba. De igual manera, lógicamente, se encarecerá el envío de paquetería a la Isla.

No obstante esta nueva estocada, y dejando a un lado la hipócrita declaración del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba, del 16 de marzo, donde las autoridades rechazan lo que cínicamente consideran “un obstáculo adicional al ejercicio del derecho de los ciudadanos cubanos de visitar a sus familiares en ese país” ya que, entre otras cuestiones, “impone también altos costos económicos a los viajes familiares y de intercambio en múltiples áreas”, no deja de sorprender la virulencia y el jolgorio con que no pocos cubanos emigrados residentes en EE.UU. han aplaudido una medida que tanto afecta a sus compatriotas a ambos lados del Estrecho de la Florida.

“Es bueno”, dicen algunos, porque así dejan de entrar dólares a la dictadura, termina el flujo de chivatos y segurosos que han estado entrando a EE.UU. y aumenta la presión interna hasta producirse un estallido social que derroque al títere Díaz-Canel. No parece importarles el costo de la separación familiar entre padres cuyos hijos emigraron, entre familiares cercanos y amigos entrañables, que ellos mismos debieron sufrir antaño. “Tienen lo que merecen”, afirman otros, que se sienten químicamente puros y políticamente iluminados, pese a que no faltan entre ellos los que participaron en marchas, fueron miembros de los CDR, de la UJC o del PCC, sintieron miedo a expresarse libremente y hasta aplaudieron en la Plaza de la Revolución. Unos y otros no parecen inmutarse por las necesidades materiales de sus compatriotas dentro de Cuba. El rencor acumulado por su propio dolor les ha envilecido el alma, y en respuesta a tanto inexplicable sentido de venganza, muchos cubanos de la Isla responden con desconfianza. ¿Acaso estos “paladines de la verdad absoluta” son los que pretenden trazar el futuro común? ¿Acaso se sienten tan elevados que serán un remedo de la cúpula castrista, desde las antípodas? No, gracias.

Obviamente, el daño antropológico que con tanto acierto definiera el reconocido intelectual cubano Dagoberto Valdés, no se circunscribe a los límites territoriales cubanos sino que  ̶ cual plaga que corroe el espíritu solidario que debería existir entre connacionales ̶  se extiende más allá, sobre una gran parte de la emigración.

Porque, si bien es cierto que el gobierno estadounidense y sus instituciones tienen el soberano derecho de decidir y disponer lo que consideren mejor o más apropiado a sus intereses, si bien las Leyes de ese país no tienen la obligación de velar por intereses foráneos  ̶ en este caso, los de los cubanos ̶ , y si, en efecto, es el (des)gobierno de Castrocanel el responsable de la crisis nacional y el único al que debemos pedirle cuentas y exigirle derechos, dice mucho y muy mal de nosotros como Nación y como compatriotas que nos alegremos por la desgracia de unos u otros.

En lo personal, aunque por mi condición de “cubañola” no me perjudicó especialmente por las cuestiones de visado, siento verdadera vergüenza ajena ante el aquelarre desatado en las redes, cubanos contra cubanos, burlas, odio, desprecio y rencores, como si no estuviésemos ya lo suficientemente fracturados y divididos, como si no hubiésemos consumido suficientes toneladas de odio inculcado desde el Poder dictatorial. ¡Y todavía hay arrogantes que se atreven a señalarnos a los cubanos residentes en la Isla por las miserias espirituales y la pérdida de valores que, según aseguran, todos padecemos!

Definitivamente nos queda mucho por crecer como cubanos, y como seres humanos, antes de que podamos superar el trauma del castrismo y encontrar lo bueno y amable que debe unirnos más allá de nuestras diferencias… O simplemente estaremos condenados a desaparecer como Nación.

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