Sin ropa, sin zapatos y sin comida: la crisis post-coronavirus en Cuba

Sin ropa, sin zapatos y sin comida: la crisis post-coronavirus en Cuba

“Nos veremos hambrientos y en harapos”, lamenta una cubana que navega en el desabastecido mercado informal de la provincia de Holguín

Cuba
Sin ropa, sin zapatos y sin comida: la crisis post-coronavirus en Cuba. Foto del autor

HOLGUÍN, Cuba.- El 24 de marzo, cuando Miguel escuchó que los residentes en Cuba no podían salir del país por tiempo indefinido, presintió que su próspero negocio iba a quebrar.

Desde hacía seis años, Miguel viajaba a Guyana, Rusia y Panamá, donde compraba electrodomésticos, ropa, zapatos y otras bisuterías que luego vendía en el mercado informal de Cuba.

Con el tiempo, Miguel aprendió a sortear las trabas de la Aduana, los riesgos de decomisos de la mercancía y otros obstáculos propios de este negocio considerado “ilegal” por el régimen de la Isla.

Pero nunca, desde que los cubanos pueden viajar fuera del país, se había enfrentado a algo como esto: la desaparición de su negocio.

Por toda Cuba hay muchas personas como Miguel. Desde que se cerraron las fronteras, el ejército de “mulas” que solía abastecer al país de productos vitales que el Estado no provee quedó inactivo.

En las calles de Holguín, hoy, es complicado encontrar chancletas y zapatos, y el precio de la ropa ha aumentado de manera generalizada.

Los importadores al margen de la ley temen además que el Gobierno utilice la situación para prohibir totalmente sus negocios, aun cuando se restablezca la normalidad.

A causa del incremento exponencial de los contagios por el nuevo coronavirus, el Gobierno cubano ordenó el cierre de puertos y aeropuertos desde el 24 de marzo. En la actualidad, ni cubanos ni extranjeros pueden entrar o salir de la Isla.

Una medida que por un lado tiene “el propósito de cuidar la salud de sus ciudadanos y la de sus familias”, pero por el otro ha afectado el negocio de miles de emprendedores que surtían el mercado informal de la Isla.

“Siempre priorizaba la importación de la ropa y los zapatos porque es lo más fácil de transportar y lo que más rápido se vendía en Cuba”, comenta Miguel, un hombre de mediana estatura y de hablar pausado.

“Muchas personas vivimos de este negocio que ha sido por años el sustento de nuestra familia y de la noche a la mañana nos hemos quedado sin trabajo”, lamenta.

Para su primer viaje, Miguel pidió prestado una parte de los 6000 dólares que necesitaba. Los obtuvo de varios prestamistas privados a cambio del 5% de interés y algunos equipos electrodomésticos como garantía.

Los comerciantes cubanos por cuenta propia reemplazan el déficit de mercancías en los centros comerciales estatales de la Isla. Sin embargo, el Gobierno siempre ha tenido en la mira esta actividad privada cuyo auge comenzó a partir de enero de 2013, cuando el régimen eliminó la llamada “tarjeta blanca” o permiso de salida y facilitó los viajes de los cubanos al exterior.

Desde entonces, para restringir esta actividad privada el Gobierno solo permite a los residentes cubanos importar 125 kilogramos de misceláneas o equipos electrodomésticos (cuyo valor en puntos se descuenta del monto total de la importación) por un importe aduanal elevado, en moneda nacional. Sin embargo, tras la primera importación cada año, la Aduana comienza a cobrar su impuesto en moneda libremente convertible.

Antes de las regulaciones adoptadas por la pandemia estaba vigente la Resolución Aduanal 207 de 2014, que establece que los pasajeros mayores de 10 años también tienen derecho a importar hasta 125 kilogramos de mercancías desglosadas en misceláneas (alimento, calzado, confecciones, bisutería, perfumería, similares), o efectos electrodomésticos, artículos duraderos, partes, piezas y similares, por un valor en aduana de 1000 pesos.

Esta vez, el nuevo coronavirus ―dice Miguel― ha sido el pretexto perfecto del Gobierno para acabar con los comerciantes privados que importamos mercancía.

Así también piensa Silvia, otra de las perjudicadas por las medidas sanitarias. A su regreso de Haití, quedó 14 días bajo vigilancia epidemiológica en la sede universitaria Celia Sánchez Manduley, uno de los centros de aislamiento para viajeros creados en la ciudad de Holguín.

“Desde hace mucho tiempo las autoridades quieren deshacerse de nosotros y para ello el coronavirus les viene como anillo al dedo. El pretexto de aligerar operaciones en los aeropuertos es poco creíble cuando se sabe que apenas entra un vuelo diario y a veces no entra ninguno”, dice Silvia.

Era la tercera visita de Silvia al país más pobre de Latinoamérica donde, por ser afrodescendiente y hablar el idioma francés, “creían que era una haitiana”. Allí Silvia compraba al por mayor ropa, calzado y varios productos de ferretería para luego revenderlos en Holguín.

“En Haití nos enteramos que la Aduana cubana solo permitiría la entrada de un equipaje de mano y una maleta”, dice la emprendedora.

La eventualidad epidemiológica obligó a Silvia a dejar gran parte de los productos comprados bajo el resguardo de una prima con residencia en Haití. “Allí estarán en buenas manos y yo sé que no me robarán”, afirma.

Sin embargo, su preocupación mayor es recuperar la inversión. “No sé cuándo podré regresar a buscar la mercancía, porque con lo que traje no recupero el dinero que invertí”, dice afligida por el cierre de las fronteras cubanas.

“Pedí dinero prestado para este viaje y mira qué mala suerte tuve”, lamenta.

Una de las soluciones en mente es vender los productos que logró traer al triple del precio que rige habitualmente en el mercado informal cubano. Pero Silvia reconoce que será muy difícil lograrlo porque ahora la gente prioriza la comida que, en tiempos de crisis epidemiológica, también ha subido de valor.

En el mercado informal la libra de arroz y frijol se cotiza a un dólar cada una, mientras el precio del plátano ascendió a 20 centavos de dólar la unidad. La libra de carne de cerdo y un paquete de leche en polvo se venden a casi tres dólares, respectivamente, en un país donde el salario medio al mes es de 43 dólares.

Marisol es una holguinera que guardó cuarentena en el Instituto Politécnico Mayor General Calixto García Iñiguez, otro centro de aislamiento creado tras los primeros casos de COVID-19 en Cuba.

Marisol estuvo en Guyana, donde compró ropa y zapatos para comercializar en Cuba.

“El día antes de mi vuelo aplicaron las medidas restrictivas en la Aduana cubana y tuve que dejar gran parte de lo que compré en la casa donde estaba alquilada. Aquí estoy con la incertidumbre de si podré recuperar los productos”, comenta la holguinera, a quien todavía se le notan las ojeras provocadas por las pocas horas de sueño.

“La preocupación por el futuro del negocio no me deja dormir bien. Estoy tomando pastillas para calmarme un poco”, dice.

“En el centro de aislamiento ―cuenta Marisol― había personas que viajaron como ‘mulas’ a Panamá, Jamaica, Haití y Uruguay, y tampoco pudieron traer la mayor parte de las mercancías. Otros no compraron los productos porque temían que se establecieran restricciones en la Aduana por el coronavirus. Estas últimas solo gastaron el dinero del boleto de ida y vuelta en el avión, el hospedaje, la alimentación y el transporte”.

Los precios de los productos importados por las “mulas” también han aumentado. Antes un blúmer (braga) y un calzoncillo costaban cinco dólares cada uno y ahora cuestan diez. El par de chancletas, de diez dólares subió a 15, mientras que el precio de las camisas de 20 ascendió a 25. Entretanto, los blue jeans que se comercializaban a 40 dólares ahora subieron a 50.

Así están los precios en la calle 13, una zona apartada del reparto San Field de la ciudad de Holguín, donde predomina el mercado informal. Allí continúan los negocios dentro de las casas, ahora de una forma más solapada. El bullicio ha disminuido desde que se solicita el aislamiento social por la COVID-19.

La escasez exponencial ya marca la tendencia al alza de los precios. “Desde hace varios días quiero comprar un par de chancletas para mi hijo de 11 años y no las encuentro”, dice una madre que llega a una venta informal.

En otros puntos de la ciudad, por cuestión de seguridad, los comerciantes informales ofertan su mercancía solo a las personas conocidas y, aun así, algunos han sufrido registros policiales y decomisos tras una delación.

“Es un negocio que deja ganancia, pero es de mucho riesgo”, comenta Eugenia, una señora de más de 60 años que muestra a dos clientas de confianza los pocos artículos de vestir que le quedan para niños y para mujeres.

Debido al “bache” en la entrada de los productos del mercado informal a Cuba, muchos pronostican que para la segunda mitad del año la mayoría de los cubanos vestirán ropa zurcida y zapatos remendados tras tanto uso.

“Nos veremos hambrientos y en harapos”, sentencia otra mujer que ha visitado varios puntos de venta informales en busca de un par de tenis para su hijo.

(Este reportaje se realizó en colaboración con IWPR)

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Acerca del Autor

Fernando Donate Ochoa

Fernando Donate Ochoa

Periodista independiente. Reside en Holguín

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