No habrá República sin pagar el precio definitivo

No habrá República sin pagar el precio definitivo

Es casi imposible restaurar la República que quería José Martí, sin pagar el precio definitivo que pagó el Apóstol

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Protesta frente a embajada de Ecuador en La Habana, 2015 (foto: EFE)

LA HABANA, Cuba. – Las buenas noticias sobre el enfrentamiento a la pandemia han dejado la emergencia sanitaria en un segundo plano y abierto la conversación a otros temas de actualidad, más entretenidos. El 118 aniversario de la instauración de la única y verdadera República que ha existido, ha traído las obligadas comparaciones entre lo que antes éramos y lo que somos hoy. Las redes ayer se llenaron de catarsis nostálgicas, agresivas, gemebundas; pero más que nada cíclicas.

Sucede lo mismo cada año y no solo por el 20 de mayo. La imposibilidad de huir físicamente de esta miseria atroz provoca que la imaginación y la memoria se desboquen hacia el pasado republicano. Que si llegamos a tener tanta comida per cápita; que si fuimos el primer país de Iberoamérica en tener tranvía, automóvil y alumbrado eléctrico público; que si el primer hotel con aire acondicionado… Tuvimos todo eso y lo más importante: una Constitución que plantó a Cuba a la cabeza de América Latina en materia de derechos políticos, económicos y sociales. Una verdadera joya.

Hubo crecimiento de todo tipo hasta que llegó el Comandante, mandó a parar y además arrasó con lo que muchísimo que había. Resultado: el presente. Sobre cómo salir de esto nadie tiene una idea clara. Es más fácil y gratificante escapar al pasado a través del recuerdo de quienes lo vivieron o de nuestra propia fantasía sobre un país mejor, que sabemos no está en el futuro a corto o mediano plazo. Tan poco prometedor luce el porvenir, que miramos atrás para enorgullecernos e inspirarnos.

Tanto anhelamos que no hacemos nada por diversas razones, desde preservar la vida hasta dejarnos ganar por la incertidumbre de cómo será el reordenamiento nacional después del hipotético derrocamiento. Una vez depuesta la actual corruptela, ¿quién gobernará? ¿Dónde están esos líderes de pensamiento prodemocrático que desean trabajar por una República donde se reconozcan todas las libertades y prosperen los individuos sin renunciar a programas de salud y educación gratuitas, y de mejor calidad? ¿Dónde está el programa político para esa Cuba democrática y de qué manera el pueblo lo llevará a cabo?

Seis décadas de dictadura no solo han debilitado y corrompido la nación hasta sus cimientos. También han impregnado en su gente la desconfianza hacia los líderes. Fidel Castro se encargó de cercenar esa credibilidad a golpe de terror y engaño, convirtiendo a los cubanos en seres temerosos y apolíticos que prefieren malo conocido que bueno por conocer.

Esa es una de las principales razones por las que el cambio no se proyecta de forma objetiva. Los cubanos desconfían tanto de Díaz-Canel y Raúl Castro como de cualquier líder opositor. El discursillo machacado desde la infancia sobre el pretendido servilismo al amo yanqui, obstaculiza el entendimiento entre los ciudadanos y la oposición política dentro o fuera de la Isla. Ese temor popular a traicionar la “moral revolucionaria” ha sido el principal aliado de la dictadura frente a otras alternativas políticas que supuestamente buscarían venderle el país al “imperialismo”.

Algunos defienden la idea de que el régimen castrista podría recapacitar y cambiar con un poco de presión. A la mayoría le da igual si existe un solo partido, encima comunista, con tal que declare la libertad de empresa y respete de verdad los derechos civiles. Incluso si decidiera no respetar tales derechos en su totalidad, pero concediera plena autonomía a los emprendedores, sería suficiente para millones de cubanos que se han adaptado a entender su país solo en términos económicos. Es así de simple.

Estamos más lejos que nunca de esa República que nació en presencia del Generalísimo, por eso corremos hacia ella con el pensamiento. El presente se diluye en arranques de euforia, en un querer y no poder, en invocar un nuevo Maleconazo del que esta vez sí se enterará todo el mundo porque hay Internet. Está claro que la dictadura no podrá ocultarlo, pero saldrá a reprimirlo. Para el castrismo jamás será una revuelta del pueblo insatisfecho a causa de tantas privaciones; sino un alzamiento pagado desde Miami, o Washington DC, da lo mismo; la cuestión es culpar a Estados Unidos para justificar el uso desmedido de la violencia. Había que matarlos, dirán, porque eran mercenarios enemigos de la revolución.

Ese podría ser el desenlace de otro Maleconazo, tan necesario como el de 1994 pero mucho más peligroso porque el castrismo está herido de muerte y lo sabe. Sin embargo, los cubanos no están preparados para morir. No están preparados para confrontar su propia historia y entender que no solo les han mentido sin compasión; sino que es casi imposible restaurar la República que quería José Martí, sin pagar el precio definitivo que pagó el Apóstol.

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Acerca del Autor

Javier Prada

Javier Prada

La Habana, 1979. Graduado de Lengua Inglesa por el Instituto Superior Pedagógico “Enrique José Varona”, durante ocho años fue maestro en los niveles de enseñanza Medio y Superior, donde también debió impartir clases de Historia de Cuba debido al déficit de personal docente. Desde 2014 se desempeña como profesor particular de inglés. En su tiempo libre se dedica a la pesca y el dibujo. Actualmente incursiona en la prensa independiente.

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